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Chi no Yakusoku – El juramento de sangre - Capítulo 20

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20: Capitulo 19 – Sobrevivir No Es lo Mismo que Ganar 20: Capitulo 19 – Sobrevivir No Es lo Mismo que Ganar La habitación donde habían dejado a Donyoku era austera, apenas un tatami limpio, una lámpara de aceite y una vasija de agua.

Pero ahora, con Chisiki y Aika allí, el ambiente parecía menos lúgubre.

Aika, sentada al borde de la cama, observó a ambos con atención fingida y dijo, mientras se levantaba con exageración teatral: —¡Muy bien, me autoproclamo guardiana de esta puerta!

No porque quiera dejarlos solos ni nada… —tiró una mirada sospechosa a Donyoku—, solo que mi oído izquierdo está cansado de escuchar sus suspiros dramáticos.

¡Hora de que los niños conversen!

—Gracias, gran general Aika —dijo Chisiki, haciendo una reverencia burlona mientras Aika salía con el pecho inflado de orgullo falso.

Cuando la puerta se cerró, el silencio entre Donyoku y Chisiki fue breve.

No incómodo, solo denso.

Habían compartido tanto que las palabras parecían innecesarias… pero esa noche, algo los empujaba a hablar.

—¿Sabes…?

—dijo Donyoku, mirando sus manos aún temblorosas—.

A veces siento que nacimos solo para sufrir.

Como si estuviéramos destinados a perder, a fallar, a rompernos.

Chisiki suspiró, se dejó caer a su lado y le dio un leve golpe en la nuca.

—¡¿Y tú eras el que me llamaba pesimista hace unos años?!

Vamos, que si fuéramos tan inútiles no estaríamos aquí, ¿no crees?

Donyoku rió suavemente, una risa rota pero honesta.

—Supongo… aunque, lo que hicimos… todo lo que hemos visto… ¿realmente importa seguir por el premio?

¿Por lo que vinimos?

Chisiki negó con la cabeza.

—Ya no se trata de eso.

No estamos aquí por respuestas.

Estamos aquí porque, si no resistimos, nadie lo hará.

Si caemos… ¿quién quedará para proteger lo poco que aún vale la pena?

Ambos callaron.

Fuera, se oían voces lejanas, murmullos de otros participantes.

Pero allí dentro, el mundo se reducía a ellos dos.

—Nunca te lo dije, pero… —murmuró Donyoku—.

Eres como un hermano, Chisiki.

Siempre lo fuiste.

Con tus tonterías, tus libros, tus sermones… —Y tú con tu terquedad, tu impulsividad, tu… cara de vegetal cuando te cansas —bromeó Chisiki, sonriendo.

—Gracias por estar aquí —dijo Donyoku, mirándolo con sinceridad—.

Si estuviera solo… creo que ya me habría perdido del todo.

Chisiki no respondió de inmediato.

En lugar de eso, lo miró con seriedad por un momento, luego alzó una ceja y dijo: —Solo por hoy, te dejo ganar la discusión.

Pero mañana te insulto tres veces seguidas para equilibrar.

—Trato hecho —rió Donyoku.

En la puerta, Aika sonrió sin querer, con la oreja claramente pegada a la madera.

—Tontos —susurró—.

Pero son mis tontos.

— Dos guardias recorren el pasillo en silencio hasta detenerse frente a la puerta donde Aika permanece, escuchando la conversación entre Donyoku y Chisiki.

Sonríe apenas, con una calidez melancólica, como si quisiera quedarse un momento más.

—Participante número 27 —dijo uno de los guardias, con voz áspera—.

Tu prueba comienza pronto.

Prepárate y síguenos.

Aika suspiró, su expresión cambió.

Se levantó, se alisó el chaleco desgastado, y caminó hacia la puerta.

—Chisiki… Donyoku… —murmuró sin girarse—.

Los necesito.

No me dejen sola, ¿sí?

Chisiki respondió con firmeza: —Siempre te apoyaremos.

Se que ganaras y volverás con vida.

Lo sé.

Donyoku le dedicó una mirada serena, aunque cargada de preocupación: —Si fallas, está bien… No importa.

Solo… vuelve entera, por favor.

Ella asintió en silencio.

Pero algo en el ambiente, una vibración invisible, la perturbaba.

Era como si las distorsiones del Shinkon de otros participantes hubieran dejado una mancha densa en el aire.

—Mi instinto… —susurró para sí mientras avanzaba—.

Me dice que esto no tendrá un final feliz.

— La arena la recibió como una fosa.

El público vociferaba, esperando espectáculo.

El presentador, por primera vez en horas, pareció dudar.

—La siguiente prueba… consiste en evaluar… la lealtad, sí, pero también… la capacidad de una esclava para soportar la pérdida de dignidad.

Queremos saber cuánto demora su espíritu en romperse.

El público aplaudió.

Risas, silbidos, comentarios asquerosos llenaron el aire.

—¡Hazla posar como si vendiera su cuerpo, veamos si al menos sirve para eso!

—¡Que recite versos obscenos!

—gritó otro—.

¡Si el Shinkon se niega, es desobediencia espiritual!

—¡Baila!

¡No importa si lo haces mal, mientras obedezcas!

—¡Al menos quítate el chaleco!

¡Haz que valga la pena el oro que apostamos!

El presentador lo confirmó con un gesto incómodo.

Aika apenas podía respirar.

Aika tragó saliva.

Cerró los ojos un segundo… y se quitó el chaleco.

Lo hizo con una calma tensa, casi como una burla muda a sus pedidos.

Su Shinkon tembló, no de poder… sino de duda.

¡CRACK!

Un puño cerrado se estrelló contra su abdomen.

Tosió sangre.

Cayó de rodillas, atónita por el dolor.

—Si tu Shinkon duda, serás castigada —dijo un guardia—.

Esa es la regla.

Aika apretó los dientes, tratando de contener las lágrimas.

—¿Qué hago aquí…?

—pensó—.

¿Por qué acepté esto?

¿Por qué tengo que sufrir por entretener a esos monstruos…?

¿Y si simplemente me dejo caer… y ya?

¡CHAS!

Un látigo le cruzó la espalda, abriéndole un corte.

El ardor era insoportable.

Ella gimió.

Pero no cayó.

Aika respiró entre sollozos.

Se puso de pie e intento complacer un poco a las peticiones.

—Vamos, baila, ¡haz algo!

—gritó un noble—.

¡Eres nuestra ahora!

—Levántate —ordenó otro—.

Te estás demorando.

—¡Muévete como una buena perra!

—vociferó otro.

Algunos nobles comenzaron a tirarle pequeños trozos de carne, como si alimentaran a un animal en un circo.

Otros lanzaron pequeñas piedras, riendo al ver su reacción.

Ella intentó moverse.

Pasos torpes, palabras forzadas de la canción que le habían entregado.

Su voz era casi un susurro.

—¡No se te escucha!

—dijo un guardia, propinándole una patada en la pierna.

Aika cayó, sus brazos no lograban sostener su peso.

Moretones, arañazos, pequeñas gotas de sangre ya bajaban por su cuello.

Su alma parecía quebrarse lentamente.

—¿Esto es una prueba…?

—susurró una mujer entre el público—.

Esto… es una tortura.

El murmullo se ahogó entre el bullicio.

Aika, en el suelo, apenas podía respirar.

—Este mundo… —dijo, apenas audible, con los labios partidos—.

Ni los más nobles, ni los más puros podrían salvarlo.

Porque este mundo solo da a luz… a cerdos y a monstruos.

Lentamente, sus ojos se nublaron.

Pero justo cuando iba a rendirse, una chispa brilló en su mente.

Recordó a Chisiki.

Hablando con ella sobre libros antiguos, sobre filosofías que parecían de otro mundo.

Y lo recordó a él, a Donyoku, bajo la lluvia, ayudándola a levantarse, creyendo en ella cuando ella misma no podía hacerlo.

— Ella temblaba, de rodillas en un rincón de aquel callejón oscuro de Tsuyoi.

No sabía a dónde ir.

Había perdido lo poco que tenía, y su cuerpo no respondía.

Estaba sucia, hambrienta… rota.

Nadie se detenía a mirarla.

Nadie preguntaba si estaba bien.

Hasta que él apareció.

Un chico con ropas mal remendadas y mirada perdida, con un vendaje improvisado en el brazo y heridas frescas que apenas se notaban debajo de la mugre.

Se detuvo al verla.

Ella pensó que pasaría de largo como todos.

Pero no.

—¿Estás… estás rota o solo confundida?

—le preguntó con una torpeza casi ridícula.

Ella ni siquiera respondió.

Solo bajó la cabeza.

—Yo… yo no tengo idea de qué decir, la verdad —añadió él—.

Pero si te sientes como si no valieras nada, entonces supongo que… tal vez solo necesitas a alguien que te diga lo contrario.

Se sentó a su lado, sin más.

Compartió la mitad de un pan viejo que tenía guardado en su chaqueta.

No hizo preguntas.

No pidió nada.

Y entonces, cuando ella lloró, él la escuchó.

No intentó arreglarla.

Solo se quedó ahí.

—No eres basura —le dijo en voz baja—.

Estás viva, y eso ya es suficiente para hacer que el mundo tiemble algún día.

Fue en ese momento, en medio del silencio y las ruinas, cuando algo en su interior se quebró… pero no por el dolor.

Sino por el comienzo de algo nuevo.

“Ese día… Donyoku me salvó.

Y ni siquiera sabía quién era yo.” — Y entendió algo que le quemó el pecho de emoción: —Por eso me enamoré de él… —pensó—.

Porque me hizo sentir que este mundo no estaba completamente podrido.

Se limpió las lágrimas, se arrastró sobre una rodilla, y en un acto casi simbólico… se puso de pie.

Aunque tambaleante.

Aunque rota.

Pero aún de pie.

— Los abucheos no se hicieron esperar.

—¡¿Eso es todo lo que tienes, esclava?!

—¡Muévete!

¡Haz lo que te pedimos!

—¡Solo sirves para entretenernos, basura!

Los gritos caían como cuchillas sobre Aika.

Su cuerpo temblaba, cubierto de golpes, sangre y humillación.

Sus pies apenas la sostenían, sus ojos estaban vidriosos.

Ya no podía llorar… ni reaccionar.

Simplemente estaba allí, inmóvil.

El alma quebrada, el cuerpo deshecho, la voluntad en ruinas.

Un noble de mediana edad, ebrio de poder y vino, saltó desde las gradas, empuñando una varilla metálica.

La levantó con violencia.

—¡Te enseñaré cómo se obedece, perra!

Aika alzó la mirada.

No dijo nada.

Solo lo miró con desprecio absoluto, con una mezcla de lástima y asco.

Como si estuviera viendo un insecto hablar con voz humana.

Y fue justo cuando el brazo del noble estaba por caer sobre su rostro… —“Aquel que levante una mano contra mi esclava… no saldrá de esta noche con vida.” La voz cortó el aire como un trueno.

El silencio fue inmediato.

Todos voltearon.

Era Reiji.

Ya no tenía la expresión amable ni la mirada compasiva.

No era el maestro.

No era el hombre que una vez guiaba a los jóvenes con paciencia.

Era otra cosa.

Una figura entre la sangre y la rabia.

Una sombra elegante envuelta en determinación.

Sus ropas estaban rasgadas, aún llevaba heridas visibles del combate anterior, su respiración era pesada.

Pero su voz… su voz resonó como un castigo divino.

Incluso Bokusatsu y Seimei, que acababan de llegar buscando medicina, se detuvieron de golpe.

Sintieron algo que rara vez sentían: escalofríos.

No por el poder de su Shinkon… sino por el peso que cargaba su alma en ese instante.

El noble que iba a golpear a Aika retrocedió temblando.

Reiji descendió por las escaleras del coliseo.

Cada paso era un desafío a los presentes.

Elegante, lento, inquebrantable.

Sus piernas temblaban, sí.

Pero ni una duda empañaba su andar.

Llegó hasta Aika.

Ella, al verlo, no supo qué decir.

Solo tembló.

Y entonces, él la abrazó.

Con fuerza.

Con un gesto tan simple como poderoso.

Aika… rompió.

Las lágrimas que había guardado detrás del dolor, la vergüenza, y el miedo, salieron a borbotones.

Lloró.

Lloró como una niña, como un ser humano al fin libre.

Y en esos brazos… se sintió viva otra vez.

El presentador tragó saliva.

No se atrevía a decir una palabra.

Finalmente alzó la voz: —D-Debido a la interferencia del dueño y al incumplimiento de las reglas por parte de la participante… la prueba se declara fallida.

Pero… se permite su retiro.

Nadie se atrevió a protestar.

Nadie lo celebró.

En ese instante, no había juego ni espectáculo.

Solo quedó el eco de un abrazo… y el miedo colectivo… de haber despertado la ira de un hombre que ya no tiene piedad por los monstruos.

— Yodaku descendía las gradas como un lobo con traje de nobleza.

Cada paso suyo era como el tañido de una campana de muerte.

Cuando se detuvo frente a Reiji, lo observó con el mismo desdén con el que un rey mira a una rata que osa hablar.

Su voz fue un cuchillo: —¿No vas a soltarla?

¿A esta… maldita esclava?

—escupió las palabras como si le ensuciaran los labios—.

¿Esta perra que se vende por aplausos y se desnuda por órdenes?

Y entonces, sin previo aviso, levantó su pierna y pateó a Aika con brutal precisión en el costado ya herido, donde los moretones aún sangraban.

El golpe la arrojó al suelo como una muñeca rota.

Reiji sintió que su corazón se desgarraba.

El miedo lo rodeaba como cadenas, sí.

Pero esta vez no sería un obstáculo.

—¡Ya lo había advertido!

La voz de Reiji explotó como un trueno celestial.

No fue un grito.

Fue una declaración de guerra.

—¡Puede que tenga miedo!

¡Puede que no sea el más fuerte!

¡Pero prefiero morir defendiendo a una alumna… que morir sirviendo a este maldito reino podrido!

Y su Shinkon estalló.

La ilusión dejó de ser un simple arte.

El aire tembló.

Las sombras se alargaron.

Las paredes del coliseo parecían derretirse en un mundo alterno.

Yodaku quedó encerrado en una prisión etérea, una escena donde los gritos de miles de almas atormentadas lo rodeaban, donde cada palabra que él había dicho volvía en forma de eco maldito.

Todo era pesadilla.

Pero… Chasquido.

Un solo chasquido de dedos.

Y la ilusión colapsó como un castillo de cartas.

Los espectadores, nobles, soldados… todos enmudecieron.

Algunos cayeron de rodillas, otros vomitaron.

Bokusatsu dio un paso atrás.

Seimei frunció el ceño.

Incluso los demonios sienten miedo, pensó alguien.

Reiji jadeaba.

Aika apenas se movía.

Pero él no retrocedió.

— Mientras tanto… En un rincón oculto de la arena, entre estructuras de piedra agrietadas y pasillos olvidados, Enma sonreía con interés.

Una presencia silenciosa se acercó.

Kagenami.

El asesino de movimientos etéreos y rostro inmutable.

No llevaba su espada desenfundada.

Aún no.

Enma entrecerró los ojos.

—Kagenami no es así… —susurró con burla.

Kagenami no respondió.

Solo la observó.

—¿Tú eres el Omnipresente?

—preguntó con voz seca.

Enma sonrió.

No negó.

No afirmó.

Solo asintió con elegancia monstruosa.

—¿Vienes por respuestas?

Kagenami bajó levemente la cabeza, como aceptando que no.

—No.

Vengo a matarte.

Por un instante el mundo se volvió mudo.

Pero entonces… Un vacío.

Una presión.

Como si el universo dejara de respirar.

Como si los ojos de un dios se abrieran en algún rincón del cielo y apuntaran directo al alma de Kagenami.

Enma habló sin levantar la voz: —¿Sabes cuál es la diferencia entre ustedes y yo?

Su tono no era burlón.

Era… divino.

—Ustedes caminan con los ojos vendados por la verdad.

Pero yo… yo he visto más allá de toda comprensión.

He leído secretos que deforman la mente.

He oído susurros que enloquecen a los sabios.

He conocido el núcleo mismo del mundo, y no he muerto.

Eso me convierte en más que humano.

Yo no soy una simple enciclopedia viviente.

Soy un dios disfrazado de sabiduría.

Y tú… no eres más que un asesino con una espada.

— En un mundo donde la dignidad se subasta y el dolor es espectáculo, solo los que aún sienten miedo pueden desafiar a los dioses.

Gracias por leer este capítulo de Chi no Yakusoku.

Si te gustó, no olvides seguir para el próximo paso en este oscuro juramento de sangre.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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