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Chi no Yakusoku – El juramento de sangre - Capítulo 21

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  4. Capítulo 21 - 21 Capitulo 20 - El Primer Grito del Infierno
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21: Capitulo 20 – El Primer Grito del Infierno 21: Capitulo 20 – El Primer Grito del Infierno El Salón de la Corona estaba en completo silencio.

El aire era tan espeso que parecía cargar siglos de historia sin digerir.

Cada noble, cada general, cada ministro sabía que lo que sucedía en Kinzoku no Hana no era solo un incidente…

sino el posible inicio del fin.

El Rey, sentado en su trono de obsidiana, no hablaba.

No pestañeaba.

Solo observaba.

Las imágenes del espejo ceremonial mostraban a Yodaku enfrentándose a Reiji.

Mostraban a una esclava de nombre Aika sangrando, pero no rota.

Mostraban dudas.

Mostraban semillas peligrosas.

—Veamos —dijo el Rey, rompiendo el silencio como una campana funeraria—.

¿Hasta dónde llegará esta vez tu hambre, Yodaku?

Aquel tono no era de autoridad.

Era de curiosidad.

Como si ya supiera que la guerra había empezado… y solo quisiera ver cómo ardería.

Pero entonces… el pasado lo llamó.

El eco del presente fue silenciado por una memoria antigua.

Una escena tallada con sangre en los cimientos del Reino de Hokori.

Años atrás… El joven rey, aún sin corona formal, caminaba por entre las ruinas humeantes de un palacio anterior.

Sus pasos resonaban sobre restos humanos y madera quemada.

Los estandartes de clanes rebeldes yacían desgarrados a sus pies.

Los nobles suplicaban.

Hombres vestidos de oro lloraban de rodillas, con las manos unidas como niños mendigando misericordia.

—¡Majestad, por favor!

¡No sabíamos que su alma era tan poderosa!

—¡Solo queríamos proteger el trono… no usurparlo!

—¡Somos leales!

¡Siempre lo hemos sido!

Mentiras.

Todas.

El joven monarca no los miraba con odio.

Ni con desprecio.

Ni siquiera con decepción.

Los miraba con nada.

Sus ojos estaban vacíos.

Como un pozo sin fondo donde ni la luz se atrevía a entrar.

Y su Shinkon… Era una entidad que no necesitaba forma física para provocar terror.

Aquel que se atreviera a sostener su mirada, aunque fuera por un instante, caía de rodillas, invadido por visiones de muerte, miedo, y desesperanza absoluta.

Como si el alma fuese devorada por los siglos que aún no habían llegado.

“Su mirada era una sentencia.

Su silencio, una condena.

Su espada, el fin.” Uno a uno, los nobles traidores comenzaron a gritar, sin que aún se les hubiera tocado.

—¡Sáquenme de aquí!

¡Saquen este horror de mi mente!

—¡No quiero morir!

¡No quiero morir!

Pero el Rey sí quería que murieran.

Caminó entre ellos con una katana ceremonial bañada en oro y lodo… y en cuestión de minutos, cien cuerpos yacían en el suelo, partidos, decapitados o quemados por su Shinkon.

Ninguno pudo defenderse.

Ninguno pudo siquiera correr.

En los pueblos, las madres tapaban los ojos de sus hijos mientras los gritos de los nobles llegaban como eco de tormentas.

Algunos pueblerinos se arrodillaban en plazas públicas, rogando que aquel nuevo rey fuera más justo que el anterior.

Pero esa noche, no hubo justicia.

Solo orden.

Solo miedo.

Y cuando el amanecer llegó, el joven Rey se sentó en el trono por primera vez, rodeado de sangre, cenizas, y silencio.

Un general se atrevió a hablar: —¿Y… y ahora, su majestad?

¿Qué sigue?

El Rey limpió lentamente la hoja de su katana y respondió con voz neutra: —Ahora comienza el Reino de Hokori.

Uno donde nadie, jamás, olvidará lo que significa traicionar a su Rey.

— El Rey abrió lentamente los ojos.

El eco del pasado se desvaneció con una sonrisa fría.

—Si Yodaku quiere jugar con fuego…

…entonces será mejor que recuerde quién encendió la primera llama.

— Yodaku dio un paso al frente.

Su sonrisa era ancha, torcida, inhumana.

—Ya que todos parecen tan conmovidos con este espectáculo patético… propongo un juego —dijo alzando la voz mientras su mano derecha descansaba sobre la empuñadura de su arma—.

Si este hombre… este anciano roto, herido y consumido por el tiempo… logra hacerme sangrar de verdad…

Su tono cambió.

Se hizo agudo.

Quiebratemplos.

—Entonces los dejaré seguir con su circo un rato más.

Pero si no puede… —miró a todos los presentes, girando lentamente sobre sus talones— entonces… ¡comenzará mi evento!

Y no solo los esclavos sufrirán… ¡ustedes también lo harán!

Sí… ¡ustedes, los que disfrutaban de ver cómo suplicaban los débiles… también suplicarán!

Una carcajada seca, casi animal, estalló de su garganta.

Diez figuras más lo rodearon, guerreros encapuchados, altos, armados hasta los dientes.

Cada uno desenfundó al mismo tiempo que su líder.

Fue como si el aire se cortara.

Los nobles se volvieron hacia Reiji con ojos temblorosos, no de compasión… sino de desesperación egoísta.

—¡Muévete ya!

—¡Hazlo sangrar, inútil!

—¡Te dimos esclavos, gana esta maldita pelea!

—¡No te atrevas a fallar, o nos arrastrarás contigo!

Reiji escuchó cada palabra.

Y no sintió odio… Sintió asco.

> “¿De verdad creen que sus vidas valen más que las de mis alumnos?

¿Después de todo lo que han hecho…

se atreven a darme órdenes?” Sus manos temblaban, pero no por miedo.

Era su alma, su Shinkon, reaccionando a la verdad.

No era un héroe.

No era un guerrero glorioso.

Era un maestro que había fallado demasiadas veces.

Y ahora… no podía fallar de nuevo.

Cerró los ojos.

Recordó a Aika abrazándolo con lágrimas en los ojos.

Recordó a Chisiki discutiendo por filosofía incluso al borde del colapso.

Recordó a Donyoku, gritando con furia que prefería morir libre antes que vivir arrodillado.

Abrió los ojos.

Y el miedo desapareció.

—Yo no peleo por ustedes.

—Yo peleo por ellos.

Desenvainó.

Y por un instante, todos los gritos se callaron.

— El coliseo entero temblaba bajo el peso de las tensiones.

Las miradas iban de Reiji, aún firme a pesar de sus heridas, a Yodaku, cuyo semblante era el de una fiera impaciente antes del festín.

Pero no todos sabían cuándo callar.

Desde una de las gradas principales, un noble embriagado por el miedo… o por el odio… se puso de pie.

—¡Esto es una farsa!

—gritó, sin medir las consecuencias—.

¡El Rey no controla nada!

¡Yodaku es solo un perro rabioso al que le han dado demasiada cuerda!

¡Y ustedes, los esclavos, deberían estar muertos!

¡Esto no es justicia, es una comedia sangrienta!

Los murmullos cesaron.

Algunos se alejaron del noble de inmediato, como si el aire alrededor de él se hubiese tornado venenoso.

Y entonces, una figura entre los diez seguidores de Yodaku se levantó.

No rugió.

No desafió.

Solo descendió los escalones con una calma inhumana.

Su apodo susurrado por espías y asesinos: “Chi no Ude” — El Brazo de la Sangre.

Era un hombre de ojos hundidos, piel pálida y venas marcadas como raíces.

Su Shinkon se manifestaba con un don repulsivo y letal: podía controlar su propia sangre, solidificarla, afilarla, convertirla en látigos, lanzas o cuchillas.

Mientras caminaba, pequeñas gotas de sangre comenzaron a deslizarse de sus poros.

No manaban con violencia.

Fluían con propósito.

Una lanza carmesí comenzó a formarse desde su antebrazo.

—Las palabras sin poder… son solo gritos de cerdos antes del degüello —susurró.

Los guardias se apartaron.

Sabían que ni diez de ellos juntos podrían detenerlo.

El noble temblaba, retrocedía: —¡Espera, yo solo decía lo que muchos piensan!

¡No era en serio!

¡Yo— La hoja de la lanza brilló por un segundo.

Nada más.

Solo un paso.

Un destello.

Un corte.

La lanza de sangre cruzó el aire.

Se expandió como una serpiente líquida, cambió su forma en pleno vuelo y se afiló en una hoja delgada… le cortó el cuello con una precisión quirúrgica.

El cuerpo del noble cayó al suelo sin hacer ruido.

Su cabeza rodó lentamente por los escalones, dejando un rastro tibio y rojo, hasta detenerse frente a una noble que ahogó un grito.

Silencio.

Un silencio que oprimía el pecho.

Un silencio que sabía a muerte.

Yodaku sonrió.

No por admiración.

Sino por costumbre.

—Uno menos —murmuró, sin apartar la mirada de Reiji.

Luego, alzó la voz: —Mikazuki… ¿Aún abrazaras a tu esclava?

¿O piensas darme pelea de una vez?

La sangre de su subordinado aún goteaba del filo.

Yodaku no parecía preocupado.

Más bien… excitado.

—Si logras herirme de verdad, dejaré que esta faramalla continúe.

Si no… —su sonrisa se abrió como una grieta maldita— esta noche será el comienzo de mi juego, y los verdugos serán ustedes mismos.

Algunos nobles comenzaron a empujar a sus esclavos hacia el centro del coliseo.

Otros suplicaban.

Unos pocos ya estaban huyendo.

Pero Reiji no se movió.

Porque aunque temía por su vida… Él no peleaba por los nobles.

Ni por el espectáculo.

Peleaba por sus alumnos.

— Los pasos de Donyoku y Chisiki resonaban en la penumbra del pasillo.

Lentos.

Cautos.

Con cada metro que avanzaban, el aire se volvía más denso, como si el coliseo supiera lo que se avecinaba.

No sabían qué estaba ocurriendo más allá, pero cada vibración, cada eco, les advertía que lo peor había comenzado.

—Algo está mal… —susurró Chisiki, apretando los puños—.

Muy mal.

El rugido de la multitud, los gritos sofocados por la tensión, el estruendo del metal al chocar contra el mármol…

todo se fusionaba en una sinfonía de caos.

Y entonces lo vieron.

Reiji Mikazuki… caminando como si cada paso fuera una maldición.

Sus músculos temblaban, su respiración era quebrada, y sus ojos—cargados de fuego—no ocultaban el dolor.

Era un hombre derrotado por el tiempo, por las heridas, por los pecados de un mundo que ya no era suyo.

Pero aún así, estaba de pie.

Yodaku reía.

—¿Esto es todo, Mikazuki?

¿Dónde quedó el hombre que hacía llorar a los dioses con una ilusión?

¿El que le enseñó al infierno lo que era el verdadero tormento?

El filo de su espada destellaba con cada movimiento.

No estaba jugando: estaba disfrutando.

El combate no era entre dos iguales, era la ejecución lenta de un maestro que se rehusaba a morir sin propósito.

Desde las gradas, Seimei y Bokusatsu miraban con impotencia.

Eran guerreros, estrategas, sabios… pero en ese momento, solo eran amigos incapaces de actuar.

—¿Qué se supone que hagamos?

—masculló Bokusatsu, con los dientes apretados—.

Si entramos… moriremos.

—Y si no entramos… —dijo Seimei, casi sin voz—, él lo hará solo.

Donyoku dio un paso hacia adelante.

Chisiki lo detuvo, pero ambos sabían que estaban pensando lo mismo.

¿Lo dejaremos morir?

¿Otra vez alguien dará la vida por nosotros?

Aika, aún tirada en una esquina, abrazaba sus rodillas.

Sus lágrimas ya no nacían del dolor físico, sino del nudo asfixiante de la impotencia.

El maestro que había creído en ella…

se estaba cayendo a pedazos ante todos.

Y nadie…

nadie hacía nada.

Los diez compañeros de Yodaku no se movían.

Sus ojos lo observaban todo, como si fueran estatuas vivientes esperando el momento perfecto para destruir.

Sabían que cualquier intento de escape, cualquier movimiento sospechoso, sería castigado sin misericordia.

Yodaku levantó su espada.

El público, tembloroso, contenía el aliento.

Reiji apenas podía sostener su cuerpo, ya no digamos defenderse.

El filo descendió… directo hacia su pecho.

¡KRSHHHHHH!

Un estruendo helado.

Un muro cristalino se alzó desde el suelo con una violencia sobrenatural.

El impacto de la espada fue contenido por una capa de hielo puro, brillante, endurecido como acero celestial.

Yodaku dio un paso atrás.

Por primera vez… sorprendido.

Reiji, tambaleante, apenas levantó la vista.

—¿Hielo…?

Desde lo alto de las gradas, una figura caminaba con calma.

Las gotas de escarcha caían de sus brazos, y cada paso era acompañado de una neblina gélida.

Kōri no Seita.

—Ese hombre… —dijo con una voz suave, pero firme como el invierno—.

No caerá… mientras yo respire.

— —¡¿Estás loco, maldito esclavo!?

—vociferó un hombre desde las gradas—.

¡¿Quieres que nos maten a los dos?!

¡Arriesga tu vida si quieres, pero no la mía, imbécil!

El hombre se puso de pie, temblando de rabia.

Era el dueño de Kōri no Seita, uno de los nobles comerciantes más miserables de todo Kinzoku no Hana.

Su rostro se deformaba con cada grito, mientras su voz chillona buscaba humillarlo públicamente.

—¡Púdrete!

¡Ojalá nunca te hubiera comprado!

¡Con razón tu madre te vendió como un perro callejero!

¡Eres una vergüenza de ser humano, hijo de puta!

Las palabras quedaron suspendidas en el aire como puñales.

Incluso entre los gritos y el estruendo del combate, aquellas frases parecían rebotar con un eco maldito.

Y, sin embargo, Seita no se inmutó.

Siguió allí, de pie, con los brazos extendidos, invocando cada vez más y más fragmentos de hielo.

Su rostro no reflejaba ira ni dolor… solo determinación.

Una gélida y serena determinación.

—Él… otra vez —susurró Donyoku, con un nudo en la garganta—.

Él volvió a salvar a alguien… y yo… yo solo tiemblo.

Su voz era un lamento roto, tan silencioso como desgarrador.

—¿Cómo es posible?

¿Cómo puede… seguir enfrentando a gigantes?

¿Cómo puede ser tan fuerte?

Chisiki no respondió.

Ni siquiera él, con su mente lógica y aguda, sabía qué hacer.

Quería moverse, intervenir, pero sus piernas no respondían.

El miedo no era solo a la muerte… era al fracaso, al juicio que caería sobre ellos si actuaban mal.

Mientras tanto, Reiji aprovechó la apertura.

A pesar de sus heridas, dio media vuelta y corrió entre los escombros del coliseo, alejándose por una de las puertas laterales.

Yodaku lo notó.

—¡¿¡Huyes, Mikazuki!?

—gritó con una mezcla de burla y furia—.

¡Aún no hemos terminado!

Y sin pensarlo, comenzó a perseguirlo, apartando fragmentos de hielo con su espada maldita.

Pero Seita no lo permitió.

—No tan rápido —dijo con voz firme, invocando una pared de estacas heladas frente al paso de Yodaku.

Fue entonces cuando otra figura se deslizó entre las sombras.

Uno de los diez.

Un susurro distorsionado, casi como un canto, flotó en el aire.

—El hielo no puede silenciar el sonido… niño.

El ataque vino como una onda invisible.

Seita apenas alcanzó a levantar un muro en su defensa cuando una fuerza sonora lo hizo retroceder tres pasos.

—¡Tsssk…!

—chasqueó la lengua, mientras el aire vibraba—.

Frente a él apareció Kyōmei, “La Voz de la Destrucción”.

Uno de los seguidores más letales de Yodaku.

Su Shinkon, “Kekkai no Hibiki” (結界の響き – Eco del Límite), le permitía manipular las vibraciones del sonido y convertirlas en cuchillas sónicas, ondas de choque, o incluso jaulas auditivas capaces de romper los sentidos.

—No deberías estar aquí, pedazo de hielo defectuoso —dijo con una sonrisa torcida, su voz generando ondas que hacían temblar el suelo.

Seita alzó las manos.

El hielo a su alrededor se extendió en patrones intrincados, girando, afilándose, endureciéndose.

—Y aún así, aquí estoy —respondió con calma.

Y entonces, el duelo comenzó.

Vibraciones contra cristales.

Ruido contra silencio.

Yodaku se detuvo un instante para mirar… y por primera vez frunció el ceño.

—Ese esclavo… —murmuró—.

¿Quién demonios es?

— En una arena construida para quebrar cuerpos y voluntades, fueron los corazones rotos los que encendieron la llama de la rebelión.

Gracias por leer este capítulo de Chi no Yakusoku.

Si te gustó, no olvides seguir para el próximo paso en este oscuro juramento de sangre.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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