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Chi no Yakusoku – El juramento de sangre - Capítulo 22

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22: Capitulo 21 – De Rodillas ante el Fin 22: Capitulo 21 – De Rodillas ante el Fin La noche en Kinzoku no Hana no era una noche cualquiera.

Era densa, casi tangible.

Un velo oscuro que no solo cubría el cielo, sino que comenzaba a asfixiar el alma de la ciudad.

Narikami caminaba entre callejones silenciosos, con sus botas resonando sobre las piedras húmedas del suelo.

Las farolas titilaban como si la ciudad misma dudara en continuar encendida.

Cada paso lo acercaba más al coliseo, pero también al abismo.

—Si dejamos que ese demonio tome el control… —murmuró—.

Esta ciudad… esta maldita ciudad se convertirá en un cementerio.

No por guerra.

No por hambre.

Sino por miedo.

El aire olía a óxido, sudor y desesperación.

No era la peste de una batalla, sino de un sistema que ya se había podrido desde las raíces.

Pensó en los civiles, en los esclavos, en los niños… Pensó en lo que significaba el honor.

Pensó en lo que significaba la justicia.

Y entonces lo comprendió: —Ya no hay héroes.

No como antes.

Ahora solo quedamos los que estamos dispuestos a mancharnos hasta el alma para que no se pierda todo.

Su Shinkon comenzó a emanar una luz tenue, como si respondiera no a su fuerza, sino a su decisión.

A su determinación.

Pero de pronto… Un escalofrío recorrió su espalda.

Se detuvo.

El viento dejó de soplar.

Los murmullos nocturnos callaron.

Hasta las ratas se ocultaron.

Algo —o alguien— estaba cerca.

Una presencia que no se sentía viva, pero tampoco muerta.

No era Yodaku.

No era Reiji.

No era un soldado común.

Era algo que ni siquiera su experiencia como General del ejército podía identificar del todo.

—No estás solo… —susurró al aire—.

Lo sé.

Su mano tocó el mango de su espada con firmeza.

El acero vibró como si advirtiera el inicio de algo que no tendría redención.

Narikami no tenía miedo.

Tenía rabia.

Tenía propósito.

Y por primera vez en años… estaba dispuesto a matar sin preguntar primero.

— El campo temblaba con cada onda de choque.

Seita respiraba con dificultad.

Aunque su cuerpo aún podía moverse, su alma…

su alma comenzaba a deshacerse como nieve bajo el sol.

Años de sufrimiento, silencios reprimidos y un Shinkon que consumía más de lo que ofrecía estaban pasándole factura.

Por fuera aún parecía firme, pero por dentro se quebraba.

Seita avanzaba lentamente entre la bruma que comenzaba a cubrir los pasillos del coliseo.

A cada paso, su aliento se volvía más pesado.

No por cansancio físico, sino porque algo…

algo dentro de él comenzaba a romperse.

Frente a él, Kyomei, el guerrero del sonido, lo esperaba.

Su presencia era inquietante.

No gritaba, no se movía sin razón.

Su Shinkon vibraba en silencio, como una cuerda tensa a punto de estallar.

—Tú eres el perro de hielo que se atrevió a tocar al General Yodaku…

—dijo Kyomei, con una voz grave que parecía retumbar en las paredes, sin necesidad de levantar el tono.

Y sin previo aviso, chocó sus dedos entre sí.

Una onda de presión atravesó el aire, invisible pero brutal.

Seita apenas logró saltar a un lado, y aun así sintió un zumbido desgarrador en sus costillas.

Otro golpe de sonido lo alcanzó por el flanco.

No era visible, pero su carne sí lo sentía.

Cada impacto era como ser desgarrado por una garra de aire.

—¿Qué…

es esto…?

—susurró Seita, jadeando.

—Ondas de sonido —respondió Kyomei—.

No necesitas verlas para morir por ellas.

Comenzó una danza desigual.

Kyomei se deslizaba como un espectro, cada chasquido de sus dedos generaba una presión que destrozaba el entorno.

Paredes con grietas, pilares vibrando, sangre en el aire sin que una sola espada se hubiera desenvainado aún.

Seita aguantaba.

Esquivaba.

Se congelaba las piernas para evitar ser empujado.

Pero su respiración se acortaba.

No por el daño…

sino por el desgaste espiritual.

Su alma comenzaba a resquebrajarse.

El frío aumentaba.

No solo a su alrededor, sino dentro de él.

Y no estaba solo.

A lo lejos, pasos pesados comenzaron a resonar.

Yodaku.

Lo había notado.

Lo había sentido.

Reiji ya no era su prioridad.

Algo más lo estaba arrastrando hacia este punto.

—¿Así que tú eres el que juega a ser un héroe…?

—dijo Yodaku desde la penumbra, mientras el ambiente se congelaba a cada segundo.

—Puedo olerlo en tu mirada.

Ese deseo idiota de proteger a otros.

Seita, herido, se levantó mientras creaba una espada de hielo.

La sostuvo con firmeza, aunque sus brazos temblaban.

—Si proteger a alguien es un error…

entonces cometeré ese error todas las veces que haga falta —murmuró.

Kyomei sonrió por primera vez.

Desenvainó su espada.

Una hoja negra con púas, vibrante.

El combate cambió.

Ahora era cuerpo a cuerpo.

Golpes.

Gritos.

Choques de acero y hielo.

Las ondas sónicas de Kyomei vibraban a cada corte, pero Seita se defendía, contraatacaba, congelaba su entorno, usaba cada centímetro de su cuerpo y alma.

Yodaku observaba.

Impasible.

Y entonces, habló: —Sabes, chico…

los que se atreven a arriesgar su vida por otros…

son basura.

No por el riesgo, sino porque se creen mejores que el resto.

Se creen mártires en un mundo que ni siquiera los recuerda.

Seita apenas lo miró.

Sangraba.

Jadeaba.

Y con la poca voz que le quedaba, respondió: —Tú…

jamás ibas a cumplir tu promesa.

Aunque Reiji te hiriera, ibas a matarnos igual.

Porque tú no tienes propósito.

Tú solo destruyes… porque eso es lo único que te queda.

Por primera vez, Yodaku se detuvo.

No porque le doliera, sino porque esas palabras… lo describían demasiado bien.

Yodaku sonrió.

Una sonrisa que parecía la de un verdugo antes de soltar la guillotina.

—No estás tan equivocado.

Entonces, sin emoción, levantó su espada.

Kyomei también.

Un doble ataque.

Uno de sonido.

El otro, pura fuerza bruta.

Seita cayó.

Malherido.

Sangrando.

Pero no derrotado.

Yodaku se inclinó, mirándolo con un brillo inhumano.

—No te mataré aún.

Quiero ver cuánto tarda alguien como tú en suplicar… o en traicionar lo que cree.

— El campo se llenaba de ecos agrietados.

Seita, de rodillas, jadeaba.

Su cuerpo entero temblaba, no por el frío que emanaba de él, sino por el límite del alma al que había sido arrastrado.

Sus brazos colgaban, su espada se había deshecho en fragmentos de hielo.

Aún respiraba… pero más por costumbre que por deseo.

Yodaku se acercó con pasos burlonamente tranquilos, como si acabara de salir de una siesta.

—Me agradas, Seita —murmuró con voz rasposa—.

Me encanta ver a alguien que ya no sabe si está vivo o no.

Detrás de él, arrastrado por dos guardias, apareció un hombre mayor, gordo, sucio, con ropas nobles manchadas de sudor y orina.

Llevaba grilletes en las manos y la cara llena de golpes.

—¿Sabes quién es este gordo de mierda?

—preguntó Yodaku, con una sonrisa torcida—.

Él es tu dueño.

Hazekura Tōzen un comerciante despreciable, un hombre que prefiere dar mil vidas que perder mil monedas.

Donyoku y Chisiki miraban desde una galería lejana, escondidos entre sombras, el rostro desencajado.

No era solo terror.

Era el miedo de entender que incluso el hielo más puro no puede contra el fuego del infierno.

Hazekura cayó de rodillas también, sin dignidad alguna, y comenzó a gritar entre sollozos: —¡Ten piedad, gran señor Yodaku!

¡Ese bastardo es solo una herramienta rota!

¡No me compares con esa escoria!

¡Mátalo a él, no a mí!

Kyomei observaba en silencio, con su espada apoyada en el hombro.

Murmuró: —Incluso ante la muerte… prefiere suplicarle al diablo, antes que inclinarse ante su propio esclavo.

Qué miserable.

Yodaku soltó una carcajada vacía.

—Muy bien, Seita.

Aquí está el juego: Tienes que torturar a tu amo.

Hazlo como él te trató: con humillación, con dolor, con desprecio.

Si no lo haces… Todos los aquí presentes morirán.

El ambiente se congeló.

Literalmente.

Los copos de nieve comenzaron a caer dentro del coliseo.

El suelo crujía.

El frío no venía del cielo.

Venía de Seita.

Se puso de pie.

No con poder.

No con coraje.

Con duda.

Sus pasos eran lentos.

El dueño lloraba, suplicaba, se arrastraba.

—No te atrevas a dar un paso más, Seita… yo te compré cuando nadie lo hizo… Tú llorabas todos los días… pedías por tu madre… Yo fui el único que confió en ti… aunque todos me dijeron que eras un maldito inútil… La mente de Seita entró en un espiral.

Un recuerdo borroso.

Una celda.

Él, pequeño, flaco, lleno de mocos y lágrimas.

Hazekura parado frente a él, señalándolo.

—Llévate a otro, lord Hazekura.

Ese no vale nada.

—decía un comerciante.

—No.

Me lo llevo.

Me recuerda a mi primer perro.

También era escandaloso al principio… pero después aprendió.

Días después… Hazekura le regaló una bufanda.

Fría.

Horrenda.

Pero era un regalo.

Una vez… lo salvó de un castigo.

Otra… le enseñó a leer.

Otra más… lo llamó por su nombre.

No fue un padre.

No fue un amigo.

Pero… fue alguien que, en ese mundo cruel, no lo ignoró del todo.

Seita tenía la mano levantada.

Estaba a solo medio paso de su dueño.

Pero no lo hizo.

No gritó.

No atacó.

No eligió.

Y entonces, el mundo tembló.

¡CRACK!

La espada de Yodaku atravesó el pecho de Hazekura como si fuera papel mojado.

Una explosión de sangre.

Un grito ahogado.

Una mirada de horror congelada.

Hazekura cayó… muerto.

Sin redención.

Sin gloria.

Sin perdón.

Seita no reaccionó.

Solo bajó la cabeza.

Sus labios no temblaban.

Sus puños no se apretaban.

Pero de sus ojos comenzaron a caer lágrimas silenciosas.

Y en su interior, una voz le susurró: “No lo amabas.

No lo odiabas.

Pero al final… aún te dolió perderlo.” Yodaku lo miró, satisfecho.

—Esa es la verdadera belleza del alma humana.

Sufrir… incluso cuando ya no sabe por qué.

— Seita no se movía.

Las lágrimas seguían brotando, silenciosas.

Sus ojos estaban perdidos, su cuerpo inmóvil.

Yodaku lo observó con diversión macabra, mientras agitaba la espada aún manchada de sangre.

—Vaya, vaya…

Incluso los huecos, los rotos, los vacíos…

Parece que también pueden llorar.

Qué triste espectáculo.

Kyomei giró su cabeza sin emoción.

—Matémoslo.

Antes de que el hielo vuelva a tener forma.

Pero Yodaku levantó una mano para detenerlo.

—No aún.

Quiero ver si ese trozo de alma perdida aún se rompe más.

—dijo con una sonrisa torva.

En otro punto del coliseo, Reiji corría entre los pasillos de piedra agrietada, cargando a Aika entre sus brazos.

Su cuerpo ya no daba más, pero su alma ardía.

Entró en una sala abandonada y la recostó con cuidado.

—Quédate aquí, Aika.

Por favor… Aika lo agarró del brazo con la poca fuerza que tenía.

Su rostro, amoratado, pálido, lleno de lágrimas, intentaba detenerlo.

—¡No me dejes sola… no otra vez… por favor!

Reiji no sabía qué decir.

Quería quedarse.

Abrazarla.

Llevarla a casa.

Pero sabía que si no hacía algo… el abismo no se tragaría solo el coliseo.

Se tragaría todo el mundo.

Le acarició la cabeza, con suavidad.

Y le habló en voz baja: —Tú vas a estar bien… Eres fuerte, Aika.

Eres una chica increíble.

Ojalá recuerdes por qué llegamos aquí… Y no dejes que el abismo te arrastre también.

La dejó, apretando los dientes para no llorar.

Y caminó hacia la batalla.

— Mientras tanto, en un corredor lateral… Donyoku temblaba.

No de miedo.

No de dolor.

Su Shinkon vibraba.

Como si algo dentro de él gritara por salir.

Como si el alma misma pidiera permiso para destruir.

Chisiki lo notó, su mirada más analítica que nunca.

—Ese hombre…

Yodaku… no es solo un guerrero.

Es una ideología con forma humana.

Si no lo detenemos… esta será la historia final del mundo.

Donyoku no respondió.

Sus pupilas parecían llamas apagadas.

Un hambre insaciable comenzaba a despertar.

Deseaba matarlo.

No por justicia.

No por venganza.

Por instinto.

Chisiki elaboraba un plan.

Pensaba en rutas, posiciones, trampas… pero entonces… Los pasos de Donyoku y Chisiki se detenían más por instinto que por decisión.

Algo en el aire había cambiado.

Un olor salino, una humedad extraña… como si alguien hubiera llorado allí por días.

—Hicieron bien en salir de la habitación —dijo una voz suave, femenina—.

El espectáculo allá dentro… fue intenso.

Y, la verdad, también muy triste.

Nunca imaginé ver a un esclavo llorar por su amo.

Ambos giraron al mismo tiempo.

Del pasillo opuesto emergía una mujer de figura delgada, cubierta por un manto oscuro y desgastado.

Cada paso que daba dejaba atrás pequeñas gotas, como si el suelo llorara con ella.

Su mirada no era furiosa ni cruel… era profundamente rota.

Como si toda su existencia fuese una cicatriz emocional.

—¿Quién eres?

—preguntó Chisiki con firmeza.

La mujer se detuvo.

Una lágrima cayó de su ojo derecho, y con una voz que parecía arrastrar siglos de dolor, respondió: —Me llaman Nakigoe… Aunque hace tiempo dejé de tener una voz que no llorara.

Sus ojos brillaban húmedos, no de compasión, sino de dolor contenido.

Sus manos, temblorosas, sujetaban una vara larga coronada por una campana oxidada que no sonaba, pero parecía vibrar al ritmo de su pena.

—¿Y ahora qué?

—continuó—.

¿Van a intentar hacer justicia?

¿Salvar a su maestro?

¿Derrotar al demonio?

Una lágrima recorrió su mejilla, y sin secársela, sonrió con la tristeza de quien ha perdido demasiadas veces.

—No se preocupen… No voy a detenerlos por eso.

Voy a detenerlos porque duele menos que verlos fracasar.

Y entonces… las lágrimas que caían al suelo empezaron a siseñar como ácido, formando grietas finas en las piedras.

El aire se volvió más denso.

Como si la pena misma pudiera asesinar.

— Los pasos de Reiji resonaban pesadamente en los pasillos agrietados del coliseo.

Cada respiración era una daga, cada latido un tambor de guerra.

La sangre seca en su costado ya no dolía, pero su cuerpo temblaba con cada paso, como si una sola orden más pudiera hacerlo colapsar.

Entonces, el sonido de un golpe seco en la pared lo detuvo.

—Así que ahí estás… Mikazuki Reiji.

El héroe caído.

El traidor glorificado.

Del otro extremo del pasillo surgió una figura encorvada, con brazos cubiertos por placas de metal orgánico, como si su carne se hubiera fusionado con cuchillas.

Sus ojos eran grises, carentes de luz.

Era Haganezumi, uno de los diez compañeros de Yodaku.

—¿De verdad pensabas irte así?

¿Después de abandonar el combate como un cobarde?

¿Tu dignidad vale tan poco?

¿Dónde quedó el respeto por tu propio nombre?

Reiji no respondió.

Solo lo miró.

Un instante.

Nada más.

Pero en ese breve momento… la ilusión comenzó.

El pasillo se desvaneció.

Las paredes se derrumbaron.

Y Haganezumi quedó atrapado en una prisión de sus propios miedos: Un pasado que quiso olvidar.

Una figura que lo miraba desde un campo de cadáveres… su antiguo maestro, decepcionado.

El metal de su cuerpo oxidándose lentamente mientras la carne se pudría por dentro.

La voz de Yodaku, diciéndole: “Ni siquiera sirves para morir con honor.” Haganezumi gritó, pero no había nadie que lo escuchara.

Reiji, con pasos vacilantes, simplemente siguió adelante.

Su sombra se alargaba a lo largo del pasillo como la de un guerrero que ya ha muerto… pero que aún no ha caído.

Su destino: Yodaku.

— Entre las paredes fracturadas del coliseo, oculto entre sombras antiguas, Shirota observaba.

No con miedo, sino con ese brillo curioso en los ojos de alguien que ve una tragedia representada por idiotas.

—Qué espectáculo tan sucio… y aún así, tan lucrativo —susurró, ajustando su guante de seda.

Fue entonces cuando cinco figuras irrumpieron entre los muros resquebrajados.

Los subordinados de Yodaku, cada uno con su presencia abrumadora, sabían que aquel espía no era normal.

Y por eso vinieron en grupo.

Akai Chō Una mujer de cabellos escarlata y una sonrisa inquietante.

Su Shinkon: ‘Hanabira no Mōsō’ (Alucinación de pétalos), inducía visiones a través de aromas y contacto visual.

Goruja Un monstruo con más músculos que cerebro.

Su Shinkon: ‘Kōtetsu no Kūkan’ (Espacio de Hierro) le permitía solidificar el aire para aplastar y atrapar.

Jisei Un joven de ojos caídos y tono poético.

Su Shinkon: ‘Shi no Uta’ (Canción de la Muerte) alteraba emociones con susurros melancólicos.

Banchō Kiba De actitud punk y mirada salvaje.

Su Shinkon: ‘Kemono Retsu’ (Instinto Bestial) lo volvía más rápido, más brutal, más irracional.

Kōgai Un hombre vestido como un sacerdote oscuro.

Su Shinkon: ‘Uragiri no Kekkai’ (Barrera de la Traición) invertía cualquier ataque o promesa hecha dentro de un perímetro.

—Cinco para uno —dijo Shirota, con una sonrisa—.

No soy bueno en matemáticas, pero esto suena a sobreprecio.

Ellos no respondieron.

Solo se empujaban entre sí, discutiendo quién lo mataría primero.

—Ah, sí, la cortesía está muerta —chasqueó los dedos—.

Al menos preséntense, no todos los días conocen al mejor comerciante de esta región.

Los cinco lo ignoraron.

Y ese fue su primer error.

Akai Chō lanzó una ilusión floral, pero Jisei accidentalmente la contrarrestó con su melancolía.

Banchō embistió… pero su ataque golpeó a Goruja por error.

Kōgai intentó cerrar un campo, pero activó su propio Shinkon demasiado pronto.

Shirota no se movió.

Solo dio un sorbo a su taza de té.

—Ah… el sabor del desorden.

Con palabras suaves, con gestos apenas perceptibles, empezó a hablarle a Goruja, alimentando su ira.

—¿Viste eso?

Banchō te golpeó a propósito.

Él cree que eres un monstruo sin mente.

¿Vas a dejar que te falte el respeto?

Goruja gruñó.

Sus ojos enrojecieron.

Su furia explotó y empujó a Banchō contra una columna.

Banchō rugió.

Jisei se apartó, pero Shirota ya susurraba cerca de su oído: —¿No es interesante cómo todos quieren ser el protagonista?

Pero tú… tú eres el poema que nadie quiere leer.

Tal vez deberías irte… ¿o quedarte y ser útil?

En segundos, Jisei se volvió su guardián.

—Uno —dijo Shirota, contando con elegancia mientras se cruzaba de piernas.

Akai Chō no comprendía por qué Goruja ya no la defendía, ni por qué Kōgai dudaba tanto.

Entonces el comerciante sonrió.

La grieta estaba hecha.

—Dos.

Y pensar que todo esto fue solo el primer acto.

Las miradas entre los subordinados de Yodaku ya no eran de compañerismo, sino de sospecha.

La traición colgaba en el aire como una daga.

Y Shirota bebía su té, tranquilo, satisfecho.

Su Shinkon: ‘Gekijō no Kōen’ (Acto del Teatro) era una danza de manipulación pura.

No golpeaba cuerpos.

Golpeaba certezas.

Y ninguna de ellas sobrevivía intacta.

— En una esquina elevada, donde las sombras se entrelazaban con la arquitectura destruida del coliseo, Shirota se acomodaba con más elegancia que el propio Rey.

Con calma enfermiza, sacó de su capa un libro de portada escarlata… una novela erótica de dudosa procedencia.

—Siempre es bueno alimentar la mente y los sentidos —musitó con una sonrisa socarrona, mientras pasaba las páginas con ritmo pausado—.

Aunque debo admitir que los gemidos de estos idiotas también son un buen acompañamiento.

Los cinco subordinados de Yodaku ardían de rabia y frustración.

Uno tras otro lanzaban ataques, maldiciones, empujones.

Pero ninguno acertaba a Shirota.

No porque fallaran por completo… sino porque entre ellos mismos se estaban saboteando.

Banchō volvió a empujar a Goruja por error.

Akai Chō gritaba que alguien estaba manipulando sus sentidos.

Jisei se tapaba los oídos, temblando ante versos que nadie recitaba.

Kōgai dudaba si su Shinkon aún era suyo.

Shirota, imperturbable, sorbió su té.

Luego, hojeó su libro con teatralidad y levantó la vista.

—Una obra exquisita necesita tres cosas: actores desesperados, un público ignorante… y un director que sepa cuándo reír.

Y hoy, soy todos a la vez.

Mientras tanto, abajo en el coliseo, Yodaku seguía su propio espectáculo.

Jugaba con nobles como si fueran muñecos de trapo.

Algunos suplicaban.

Otros gritaban.

Uno incluso intentó arrancarse los ojos para no seguir viendo lo que ocurría.

Pero de pronto… Un trueno retumbó.

No como un rayo, sino como el rugido de un dios furioso.

Todos lo escucharon.

Incluso Yodaku, que mantenía su sonrisa torcida… se detuvo.

Por primera vez en toda la noche, algo cortó el aire más que su espada.

Desde la entrada colosal del coliseo, entre el polvo y las antorchas temblorosas, apareció una figura que caminaba con la rigidez de un castigo divino.

La figura que emergía entre el trueno no era solo un hombre, era un símbolo.

Narikami, el general que se negaba a morir, caminaba con el porte de un dios de la guerra, envuelto en un uniforme ceremonial que parecía haber sido forjado en medio de una tormenta.

Su chaqueta era negra como la noche, de corte imperial, con bordes carmesí que parecían brillar bajo las llamas cercanas.

En el pecho, se distinguía el emblema bordado de un dragón bicéfalo, con ojos hechos de gemas que parecían moverse cuando él avanzaba.

Cada botón estaba tallado con símbolos antiguos que solo los altos generales sabían descifrar, y que representaban campañas ganadas y traiciones aplastadas.

Sobre los hombros, una armadura reforzada de placas oscuras, decoradas con relieves de leones rugientes, como si las mismas bestias lo custodiaran.

Su capa —larga, pesada y azotada por el viento— llevaba bordado el kanji de la palabra “Sentencia” (断罪), tejido en hilos de plata y sangre seca, un detalle que muchos creían simbólico… hasta que veían la sangre manchando el dobladillo.

Sus botas resonaban con firmeza sobre la piedra, como si cada paso dictara el ritmo de una ejecución inminente, y a su costado, la espada envuelta en inscripciones divinas, parecía casi rechazar la realidad con su mera presencia.

A su costado, una espada envuelta en inscripciones divinas… marcas que no parecían talladas, sino esculpidas por los dioses.

Era un uniforme no hecho para desfilar.

Sino para marchar entre cadáveres.

El aura era sofocante.

Una mezcla de juicio, redención y muerte.

En la distancia, en un rincón de la arena… La Víbora, con el cuerpo aún lacerado y sus toxinas escapando entre jadeos, levantó la mirada.

Y por primera vez, en mucho tiempo, lloró.

No de dolor… sino de temor.

—¿Qué… es eso?

—susurró, su voz quebrada.

Ninguna serpiente, por más letal que sea, puede desafiar al relámpago que baja directo desde el cielo.

— Cuando incluso los monstruos dudan, y los dioses caminan entre ruinas, solo los que enfrentan el abismo sin cerrar los ojos siguen siendo humanos.

Gracias por leer este capítulo de Chi no Yakusoku.

Si te gustó, no olvides seguir para el próximo paso en este oscuro juramento de sangre.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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