Chi no Yakusoku – El juramento de sangre - Capítulo 23
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- Capítulo 23 - 23 Capitulo 22 - El Reino de los Culpables
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23: Capitulo 22 – El Reino de los Culpables 23: Capitulo 22 – El Reino de los Culpables La sangre seguía goteando del cuerpo desgarrado de La Víbora, como si su propia alma se estuviese deshaciendo poco a poco.
Jadeaba en el suelo, arrastrando sus piernas inútiles, con el cuerpo temblando como si estuviese a punto de colapsar por completo.
Entonces, unos pasos resonaron entre el caos.
—Qué decepción —dijo una voz grave, serena, pero con un filo tan cortante como una sentencia de muerte.
Narikami, vestido con su uniforme ceremonial teñido de sombras, lo miraba desde arriba como si fuera poco más que un insecto herido.
La Víbora levantó la cabeza con dificultad.
Su rostro, deformado por su propio Hizumi, ya ni siquiera parecía humano.
—Pensé que podrías causar más estragos, Hebimura —dijo Narikami, sin rabia.
Solo con una decepción seca, casi triste—.
Pero no solo fracasaste… dejaste que tu Hizumi te devorara.
Te convertiste en lo que más juraste dominar.
La Víbora escupió sangre.
Sonrió con un colmillo roto.
—¿Y qué más esperabas…?
Ese maldito Reiji… y los otros… ellos deben morir.
—Puedes elegir —dijo Narikami, acercándose—.
¿Prefieres morir aquí, como un perro… o prefieres seguir adelante por última vez… llevando contigo el peso de cada vida que destruiste?
La Víbora lo miró como si quisiera romperle el cuello… pero luego bajó la mirada.
No había fuerza en sus brazos.
No había orgullo.
Solo una sed de venganza más grande que su cuerpo roto.
—…Quiero matarlos.
A todos.
Narikami suspiró.
—Entonces no tengo otra opción.
Sacó una pequeña cápsula envuelta en papel negro con runas talladas: una Píldora de Almas.
Una sustancia prohibida capaz de forzar la voluntad y el alma a seguir luchando durante unas pocas horas, al precio de una muerte segura e irreversible después.
La Víbora tomó la cápsula sin preguntar.
La tragó con una sonrisa torcida.
Su cuerpo crujió.
Su Shinkon volvió a arder.
La sangre se retorció dentro de él, sus huesos se tensaron como si el infierno mismo lo reclamara para un último acto.
—Solo te quedan dos horas —dijo Narikami sin mirar atrás—.
Haz que valgan la pena.
Hebimura se puso de pie.
La mirada ya no era humana.
Ya no era venganza lo que tenía en el rostro… era una bestia en su forma final, sabiendo que no habrá un amanecer para él.
Y así, avanzó hacia el campo donde Seimei y Bokusatsu lo esperaban sin saberlo… — El retumbar de un trueno no solo estremeció el cielo, sino también los corazones de quienes aún respiraban dentro del coliseo.
Shirota levantó la mirada desde su improvisado asiento, una pequeña caja de madera ornamentada con inscripciones antiguas.
Bebía un sorbo de té tibio mientras su libro erótico colgaba, aún abierto, entre los dedos de su otra mano.
Sus lentes reflejaron la figura majestuosa que acababa de aparecer.
—Heh… qué entrada tan divina… —susurró, sonriendo de lado al ver a Narikami, cuya sola presencia congelaba el alma y retumbaba como un tambor de guerra ancestral.
El uniforme ceremonial del general resplandecía con detalles de dragones dorados entrelazados con símbolos militares, una capa ondeaba como si el viento lo reverenciara, y su espada, de filo bendecido por el Reino Celestial, parecía cantar antes de cortar.
Shirota se puso de pie desperezándose, cerró su libro con un golpe seco y lo metió en su túnica con la misma calma de alguien que acaba de terminar su almuerzo.
Miró a los cinco oponentes deshechos frente a él —unos lloraban, otros se mordían los labios con furia contenida, y uno balbuceaba el nombre de un hermano perdido en batalla— y sonrió como si estuviera en medio de un ensayo de ópera.
—Qué tragedia tan conmovedora, en serio… —dijo llevándose una mano al pecho como si llorara—.
Pero el público exige sangre, no lágrimas.
Avanzó un paso, su sombra se proyectaba larga y torcida por las antorchas.
—Y ya que estamos… hagan de esto su primer y último acto.
—Sonrió con malicia—.
¡Dense con toda esa frustración reprimida!
¡Vamos!
Imaginen que están en una obra donde el guion lo escribe el odio… y la única crítica que recibirán… será si logran morirse bien.
Uno de los cinco intentó hablar, a medio sollozo.
—N-no… no quiero… —¡Perfecto!
—interrumpió Shirota con un aplauso lento—.
¡Ese es el espíritu!
Negarse a actuar es, después de todo… una actuación más.
Y entonces lo soltó con voz burlona, inclinando apenas la cabeza como si terminara una función: —Luz, sangre… y acción.
Detrás de él, comenzó el verdadero infierno.
Los cinco secuaces de Yodaku yacían desplomados.
No por heridas físicas, sino por la guerra mental que Shirota había orquestado con maestría.
Cada uno luchaba aún dentro de su propia mente, atrapado en delirios de traición, inseguridad o autodestrucción.
Shirota les dedicó una última mirada, como si fueran marionetas rotas en un escenario decadente.
Luego extendió su brazo, como un director que señala al elenco su gran entrada final.
No alzó la voz.
No usó poder.
Solo palabras.
Y aún así, los cinco comenzaron a levantarse, con los ojos perdidos, los rostros deformados por el pánico o el llanto.
Uno gritó el nombre de su madre antes de atacar al que tenía al lado.
Otro, riendo con demencia, le atravesó el pecho con una lanza espectral que había formado de su propio shinkon alterado.
Gritos.
Desgarros.
Una ópera de locura.
Shirota se volvió hacia el coliseo, mientras el eco de su macabro teatro quedaba a sus espaldas.
—La guerra es arte.
Y yo… soy el artista.
— El salón de reuniones de el reino seguía envuelto en un silencio espectral, solo roto por el crujido lento de los cubiertos de oro golpeando los platos de porcelana.
El Rey, con su túnica color escarlata bordada en hilos de plata, degustaba carne exótica bañada en especias que costaban más que una aldea entera.
Sus labios se curvaban apenas, como si el dolor ajeno fuera un acompañamiento ideal para su banquete.
—Delicioso —susurró, mientras una gota de sangre de venado goteaba por su mentón—.
La tragedia siempre abre el apetito.
Frente a él, Kyomu no había emitido una sola palabra, ni un solo suspiro.
Su armadura negra y roja, con grabados antiguos de dragones encadenados, parecía más una prisión que una defensa.
Sus ojos seguían la escena, sí… pero no se podía leer emoción alguna en su expresión.
Solo el deber.
Varios nobles dormían sin pudor, agotados por los gritos, la tensión y el espectáculo que había dejado de ser divertido.
Otros fingían interés, aunque sus corazones estaban en otra parte.
Algunos, más sensatos, se retiraban en silencio del salón, sin atreverse a mirar atrás.
El aire era pesado.
No por el calor.
No por la sangre.
Sino por una presencia…
diferente.
El Rey lo notaba.
Narikami no había venido a mirar.
Ni a participar del juego.
Había venido a ponerle fin.
Pero el Rey, con una carcajada baja, simplemente siguió comiendo.
Llenó su copa de cristal y la levantó sin brindar por nadie.
—El problema con los héroes…
es que siempre llegan tarde o quieren hacer demasiado ruido antes de morir —murmuró para sí.
Fue entonces cuando Kenshiro Gai, que hasta ahora había guardado silencio en la sombra de una columna, se acercó con paso firme.
—Majestad…
¿cree que fue prudente enviar a Yodaku?
¿No se está desviando de lo planeado?
El Rey no lo miró.
Solo dejó la copa sobre la mesa, se limpió los labios con elegancia y respondió con voz suave pero gélida: —No me preguntes si fue prudente.
Solo observa, Kenshiro.
Lo más peligroso del caos…
es que a veces revela quién verdaderamente se merece vivir.
La sala volvió a hundirse en silencio.
Kyomu no se movió.
Pero algo en su aura comenzó a vibrar, como si se preparara… por si el trono debía mancharse, una vez más, de sangre.
— Mientras la batalla en los extremos del coliseo se volvía cada vez más caótica y sangrienta, no todos los combates se libraban bajo el espectáculo de las luces o los gritos de los nobles.
En uno de los pasillos laterales, Donyoku y Chisiki se miraron apenas un segundo.
Bastó con eso para entender lo que ambos sentían.
No era miedo ante una criatura gigantesca, ni pánico ante un demonio ancestral.
Era algo mucho peor.
—No estamos frente a un monstruo… —susurró Chisiki con voz quebrada—.
Estamos frente a una humana… rota por dentro.
Donyoku asintió.
Eso era lo que lo hacía más aterrador.
Porque alguien sin alma no tiene nada que perder.
Y eso… eso era más peligroso que cualquier bestia milenaria.
Nakigoe dio su primer paso, y el eco fue como un presagio.
No empuñó un arma de inmediato.
Solo lloró.
Un llanto que no era vacío, sino un grito de emoción pura, como si su alma sangrara a través del sonido.
El simple acto de escucharla provocaba un dolor punzante en los oídos.
Donyoku se rodeó de su aura para amortiguar el impacto.
Chisiki activó una distorsión espacial que aislaba el sonido a su alrededor, formando una burbuja de silencio.
—Si esto sigue así, nos hará polvo —gruñó Donyoku mientras sus nudillos ya se encendían con rabia—.
No puedo dejar que Aika, Reiji… todos… caigan por esto.
Chisiki teletransportó una onda de choque generada por uno de los golpes de Donyoku.
La redirigió con precisión quirúrgica.
El impacto rozó a Nakigoe, apenas alterando su ritmo… pero fue suficiente para que ella les hablara.
—Son fuertes… estratégicos… —dijo, con un dejo de tristeza en la voz—.
Pero no pelean con alma.
Solo con falsas esperanzas.
Donyoku apretó los dientes.
No, ella estaba equivocada.
Todo lo que había vivido en aquel infierno llamado torneo no lo había roto.
Lo había templado.
Su Shinkon lo sabía, su alma lo gritaba.
Era más fuerte.
Más real.
Sus golpes ya no eran ataques, eran cataclismos.
Con un solo puño, rompía muros.
Cada impacto hacía temblar el suelo.
Chisiki también elevó su juego.
Creaba trampas en el espacio, invertía la dirección de cuchillas invisibles, aturdía con reflejos falsos y cortaba líneas de trayectoria para forzar errores.
Pero Nakigoe… ella no era un enemigo común.
Ella era una asesina de verdad.
Una con historia.
Con muerte.
Con cicatrices que no se veían.
—Pobres niños… —dijo ella, con voz trémula—.
Siguen creyendo que el alma puede salvarlos.
Y lloró.
Una lágrima cayó al suelo y lo volvió resbaloso, como si todo se volviera jabón.
Una segunda lágrima creó un torrente que llenó el pasillo como un mar en miniatura.
Su Shinkon se alimentaba de su tristeza.
Se volvía más poderoso.
Más triste… y más mortal.
—¿Cómo… cómo puede tanto dolor hacerla más fuerte?
—gimió Chisiki, con el rostro sangrando tras una caída.
Donyoku no respondió.
Tenía un cuchillo enterrado en la pierna y tres cortes sangrantes en el torso.
Las cuchillas de Nakigoe parecían llorar también… y eran dirigidas por la lástima que ella sentía.
—Incluso si me vencen… —murmuró ella—.
Solo soy la quinta más fuerte entre los seguidores de Yodaku.
¿Qué harán cuando enfrenten a Kyomei?
¿A él?
La desesperanza comenzó a colarse.
Nakigoe lloraba… y la lluvia que caía no venía del cielo.
Venía de su alma rota.
Y Donyoku y Chisiki estaban siendo arrastrados por esa marea sin fondo.
— Nakigoe ya tenía sometidos a los dos.
Donyoku respiraba con dificultad, su cuerpo lleno de heridas y cortes profundos.
Chisiki, aunque no sangraba tanto, se tambaleaba agotado, con su Shinkon al borde del colapso por tanto cálculo y manipulación espacial.
Y aun así… ninguno se rendía.
Nakigoe observó, confundida.
Algo en esos dos muchachos removía un rincón que había jurado enterrar.
No era tristeza.
Era algo más antiguo.
Más doloroso.
Era nostalgia.
Su mirada se perdió en el vacío… Y entonces el pasado la envolvió.
— Antes del llanto, hubo risas.
Antes de las lágrimas, hubo canciones en la llanura.
Y antes de que su alma se rompiera… Nakigoe tuvo un hogar.
Una cabaña de madera en las afueras del Reino, donde el viento olía a humo y a tierra fértil.
Vivía con sus dos hermanos: Daiki, el mayor, impulsivo, protector.
Y Itsuki, el menor, risueño y curioso, siempre con las manos manchadas de tinta o tierra.
—Hermana, ¡mírame!
¡Atrapé un conejo!
—¡No lo toques así, tonto!
—le gritaba Nakigoe mientras reía—.
Lo vas a asustar.
—Entonces atrápalo tú —respondía Daiki con una sonrisa traviesa, lanzando una ramita al aire—.
A ver si puedes sin usar tus “lágrimas mágicas”.
Por las noches cenaban juntos alrededor de una olla hirviendo con arroz aguado y verduras.
Daiki contaba historias inventadas de samuráis que vencían demonios con palabras, mientras Itsuki escribía en su libreta: —“El mundo solo cambiará cuando alguien lo ame más de lo que lo odie” —leyó en voz alta.
—¿Eso lo escribiste tú, Itsuki?
—Sí.
Pensé que si lo escribía… tal vez se volvería verdad.
Nakigoe cerró los ojos.
A veces, el amor se sentía real.
A veces, la vida parecía justa.
Hasta aquella mañana.
— El cielo retumbó con los tambores de guerra.
La aldea se quebró en gritos.
El humo subió antes que el sol.
—¡Daiki, qué está pasando!
—gritó Nakigoe.
—¡Corre!
¡Toma a Itsuki y corre, Nakigoe!
Pero Itsuki no quería dejar los cuadernos.
Los soldados no lo dejaron terminar su poema.
Una lanza atravesó su pecho como si fuera papel.
—¡ITSUKI!
—gritó Nakigoe, desgarrando su garganta.
Daiki peleó con un machete oxidado.
Derribó a dos soldados.
A un tercero también.
Pero el cuarto…
tenía pólvora.
Y fuego.
Las últimas palabras de Daiki, mientras su cuerpo ardía: —Corre, Nakigoe… vive… vive por nosotros… Y ella corrió.
Corrió con los pulmones sangrando.
Corrió hasta que su piel se peló de los pies.
Corrió no para salvarse, sino porque no podía morir aún.
— Días después, arrastrándose por un campo de cadáveres, fue capturada.
Un cazador de esclavos la pateó hasta dejarla inconsciente.
Y cuando despertó… ya no tenía nombre.
Solo un número en el cuello y un precio en el mercado.
Fue vendida como esclava sexual.
Los primeros dueños eran nobles aburridos.
La vestían con harapos y la encerraban de día.
De noche… …la usaban.
Ella aprendió a no llorar, porque a veces el llanto los excitaba más.
Otras veces, la golpeaban solo por mirarlos.
Dormía en una celda húmeda.
Comía sobras cuando podía… y si no, rebuscaba entre la basura como un animal.
—¿Crees que eres especial?
—le dijo un noble una noche, mientras le arrojaba un hueso—.
Solo eres una perra con ojos tristes.
Eso te hace más cara, nada más.
Pasó de dueño en dueño.
Cada vez que un noble se aburría de su llanto, la vendían como si fuera una silla vieja.
Y cada noche, Nakigoe le suplicaba al vacío: —¿Por qué no morí con ellos…?
¿Por qué no me dejaste morir… Daiki… Itsuki?
Hasta que un día, las lágrimas dejaron de salir.
Pero no porque el dolor cesara.
Sino porque… empezaron a destruir.
Fue así como despertó su Shinkon.
No para proteger.
Sino para llorar.
Para hacer del llanto un arma.
Y del dolor una razón para seguir viva.
— De pronto, la visión se rompió como un vidrio.
Un golpe.
Donyoku, sin perder su momento, se levantó y canalizó toda la furia de su alma.
Su puño conectó directo en el estómago de Nakigoe.
La envió varios metros hacia atrás, escupiendo sangre.
Sintió el crujido interno de sus costillas fracturadas.
Apenas pudo gritar, cuando Chisiki, con precisión quirúrgica, distorsionó el espacio en torno a su mano izquierda.
La carne y el hueso se deformaron.
Ella gritó.
No solo de dolor.
Sino de memoria.
Pero entonces… Lloró.
Lloró como no lo hacía desde que enterraron a sus hermanos.
Lloró con el alma.
Y por primera vez… no fue un arma.
Fue un homenaje.
—Ellos… ellos eran como ustedes —susurró, mientras su cuerpo temblaba—.
Creían que podían cambiar este mundo podrido… Y yo… yo… solo aprendí a sobrevivir.
Los miró a los ojos.
Y en sus pupilas no vio enemigos.
Vio reflejos de su propia sangre.
Vio la esperanza que había perdido.
Vio el amor que alguna vez la hizo sonreír.
—No puedo matarlos.
No debo.
Mi alma… no me lo permite.
— Nakigoe jadeaba.
Su respiración era inestable, sus costillas fracturadas por el impacto de Donyoku, su mano retorcida por la distorsión de Chisiki.
Y sin embargo… no sentía rabia.
Los miraba desde el suelo, con las rodillas hundidas en el charco de lágrimas que ella misma había creado.
No había dolor en sus ojos.
Solo una tristeza tranquila, como la que acompaña a una despedida inevitable.
—Ustedes dos… —susurró con la voz temblorosa, pero sin titubeos—.
Son la representación exacta… de lo que alguna vez fueron dos personas que conocí.
No… que amé.
Mis hermanos.
Donyoku bajó los puños, aún con su aura vibrando.
Chisiki no habló, pero su respiración lenta dejaba ver la tensión interna.
Nakigoe apretó los dientes, intentó levantarse, pero su cuerpo se negó.
—Debería matarlos —dijo con sinceridad—.
Sé que es lo que me ordenaron.
Sé que tengo que hacerlo… pero… Se llevó la mano al pecho.
—Mi cuerpo no responde.
No es debilidad.
Es mi alma.
Ella… se interpone.
Por un instante, el pasillo quedó en silencio.
Solo se oía el goteo lento de su Shinkon, como si incluso su poder llorara con ella.
Donyoku dio un paso al frente.
—No tienes por qué obligarte a obedecer.
No más.
—No vinimos aquí a matarte —añadió Chisiki, con voz serena—.
Ni a odiarte.
Ni siquiera a juzgarte.
Los ojos de Nakigoe se agrandaron levemente.
Esperaba compasión, tal vez lástima.
Pero no eso.
—Te demostraremos —dijo Donyoku, con una fuerza que no nacía de la furia, sino de una voluntad nueva—… que nosotros vamos a cambiar este mundo.
—Y aunque caigamos mil veces al abismo —continuó Chisiki—, mil veces nos levantaremos.
Y si mil veces sangramos… mil veces lo haremos con una sonrisa.
Nakigoe bajó la mirada.
Algo en su pecho se quebró, pero no dolía.
Era… ligero.
Por primera vez en años, su alma no quería pelear.
No con rabia.
No con desesperación.
Sino con esperanza.
—Pueden irse —murmuró, mirando hacia el suelo—.
Mis lágrimas ya no los alcanzarán.
Quizá… el mundo sí tenga una mínima posibilidad.
Donyoku y Chisiki asintieron.
No con arrogancia.
No con lástima.
Sino con un respeto mutuo y silencioso.
Y entonces, corrieron.
El eco de sus pasos se alejó por los pasillos del coliseo.
Nakigoe se quedó allí, entre sombras y charcos, sonriendo con los ojos cerrados, mientras una última lágrima —ni destructiva ni letal— caía con suavidad al suelo.
—Daiki… Itsuki… quizás esta historia sí tenga un final distinto.
— El viento había cambiado.
El aire olía a furia contenida.
Reiji emergió de uno de los pasillos oscuros del coliseo, su cuerpo cubierto de heridas, su aliento irregular… pero su mirada firme.
Había dejado a su anterior enemigo encerrado en una ilusión tan oscura como el miedo mismo, y ahora, su única meta estaba frente a él: Yodaku.
El verdugo lo notó al instante.
—¿Y eso?
—preguntó con su sonrisa torcida y la voz goteando sarcasmo—.
¿No te habías ido con el rabo entre las piernas, Mikazuki?
Reiji no cambió de expresión.
Su voz, en cambio, fue un cuchillo de hielo: —No vine por redención.
Vine a acabar con una amenaza mundial.
Yodaku soltó una carcajada hueca, como si la idea le divirtiera.
—Entonces muéstrame qué tan “redentor” puedes ser, héroe caído.
Con un gesto casi perezoso, Yodaku extendió la mano, y Chi no Ude —el guerrero de sangre viva— saltó desde las sombras, su brazo líquido burbujeando con sed.
Reiji intentó esquivarlo y avanzar hacia Yodaku… pero un estruendo metálico interrumpió su carrera.
Haganezumi.
Su armadura de acero ahora tenía un tono más oscuro, cargada de rencor.
El hombre no perdonaba haber vivido aquel infierno mental, y quería desquitarlo todo con su espada brutal.
Ambos subordinados se abalanzaron sobre Reiji como bestias hambrientas, y este apenas alcanzaba a bloquear con ilusiones ilusorias y pequeños destellos de su Shinkon.
Su cuerpo crujía, su mente luchaba por mantenerse lúcida.
Y justo cuando el coliseo parecía transformarse en una cacería cruel… El cielo rugió.
Un trueno, seco y certero, retumbó con la fuerza de un dios.
Todos —espectadores, nobles, esclavos y verdugos— se congelaron.
Desde las gradas, descendiendo como un castigo divino, Narikami avanzó.
Su silueta brillaba por momentos, envuelta en chispas estáticas, y su mirada… no era de furia.
Era de decepción.
—¿Esto es lo que se ha hecho de mi ciudad?
—preguntó, con una calma tan cortante que dolía—.
¿Una arena de bestias, donde el honor es espectáculo y la sangre, moneda?
Narikami se enderezó, rodeado por relámpagos vibrantes que le recorrían los brazos como venas vivas.
Entonces alzó la voz, no hacia sus enemigos… sino hacia lo más alto del coliseo.
—¿Esto es lo que apruebas, Rey del Reino de Hokori?
—su voz tronó como un juicio ancestral—.
¿Verdugos en vez de jueces?
¿Circos sangrientos en lugar de justicia?
¿Yodaku no vino aquí por orden tuya…?
Un breve silencio siguió, interrumpido solo por el crujir del cielo que respondía al aura del general.
—Has convertido a Kinzoku no Hana en un teatro de miserias, una arena donde se aplaude la tortura y se vende la dignidad como entretenimiento.
Si creías que enviarme era parte de tu juego, escúchalo bien…
La guerra no es un espectáculo.
En la sala de reuniones del reino.
Los nobles tragaron saliva.
Incluso Kyomu, siempre inmóvil, bajó la mirada por un instante.
—Yo vine aquí —continuó Narikami con voz firme—, no para seguir tus reglas, sino para acabar con este delirio.
Si Yodaku es tu espada, entonces considérame el rayo que parte el trono en dos.
Y tras sus palabras, un nuevo relámpago descendió con furia divina, haciendo temblar la arena bajo todos los presentes.
— Yodaku sonrió con los dientes apenas visibles.
—Tú y yo no somos tan diferentes, Narikami —le respondió sin vergüenza—.
Ambos matamos.
Ambos torturamos.
Y no me digas que no lo disfrutas.
Tú ayudaste a construir esto.
Si de verdad fueras inocente, algo como La Noche de las Mil Miradas jamás habría nacido en una ciudad como esta.
Por un segundo, el silencio fue absoluto.
Narikami no respondió con palabras.
Respondió con poder.
Alzó la mano, y del cielo cayeron cadenas de rayos como látigos celestiales.
Chi no Ude, Haganezumi y Kyomei fueron atrapados de inmediato, sus cuerpos convulsionando bajo la descarga abrumadora.
Solo Reiji y Yodaku lograron esquivar el ataque.
El coliseo estalló en caos.
No había bandos.
No había orden.
Solo quedaba una guerra campal.
Y quizás, al final de todo, el vencedor no sería quien sobreviva, sino aquel que no se pierda en este infierno.
— Ya no hay héroes ni villanos, solo almas rotas buscando redención en medio de un infierno que ellos mismos ayudaron a construir.
Gracias por leer este capítulo de Chi no Yakusoku.
Si te gustó, no olvides seguir para el próximo paso en este oscuro juramento de sangre.
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