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Chi no Yakusoku – El juramento de sangre - Capítulo 24

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  4. Capítulo 24 - 24 Capitulo 23 - La Realidad que Devora
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24: Capitulo 23 – La Realidad que Devora 24: Capitulo 23 – La Realidad que Devora Las nubes negras seguían acumulándose sobre el cielo de Kinzoku no Hana, como si el mismo firmamento contuviera la respiración.

En medio del coliseo en ruinas, donde sangre, escombros y cadáveres eran la nueva decoración del suelo, tres figuras se mantenían firmes.

Narikami, con su uniforme militar rasgado pero imponente, caminó lentamente hasta quedar a escasos pasos de Yodaku, mientras su espada sagrada aún chispeaba con electricidad contenida.

Sus ojos no mostraban rabia, sino una tristeza distante, como quien se ha cansado de ver el mismo error repetirse por siglos.

—Dime, Yodaku…

—preguntó con voz grave—.

¿Qué crees que son la justicia y el orden?

Yodaku soltó una carcajada oscura, su cuerpo cubierto de sangre ajena y ceniza.

Se llevó una mano al rostro, como si la pregunta le resultara infantil, y al levantar la mirada, una sonrisa torcida deformó su rostro.

—¿Justicia?

¿Orden?

—repitió con sorna—.

Esas son palabras que inventaron los débiles para no aceptar que el mundo pertenece a los fuertes.

Esperanzas vacías para dormir tranquilos sabiendo que nunca serán más que presas en una jaula.

Yo no vine aquí a imponer orden…

vine a mostrarle al mundo lo que realmente es.

Reiji permanecía en silencio, apoyado en una rodilla, su respiración irregular, la sangre goteando desde su costado.

Sabía que no tenía fuerzas para un duelo prolongado, así que cada paso, cada latido, debía ser calculado.

No podía distraerse.

Fue entonces cuando Donyoku y Chisiki emergieron de uno de los pasillos laterales, sus rostros tensos.

La visión que se alzaba ante ellos no era de esperanza, ni siquiera de temor.

Era un juicio entre monstruos.

Chisiki tragó saliva.

—No estamos frente a bestias sin mente… sino ante humanos rotos que han destruido tantas almas que ya no reconocen la suya —susurró con voz temblorosa.

Donyoku apretó los puños.

El aura de su Shinkon temblaba, como si algo dentro de él supiera que ese lugar era el umbral de algo peor que la muerte.

Y en el centro, Narikami y Yodaku… se alistaban para reescribir el orden del Reino de Hokori con llamas, relámpagos… y sangre.

— Pasos lentos.

El sonido de su respiración entrecortada.

El cuerpo de La Víbora —Hebimura, en realidad— avanzaba por los pasillos interiores del coliseo.

A cada paso, las paredes agrietadas y las antorchas apagadas parecían susurrarle memorias que creía haber enterrado.

En su mente, el presente comenzaba a disolverse, arrastrado por el peso del pasado… —Aún recuerdo…

—Susurro Hebimura, con un tono casi nostálgico —El día que el mundo dejó de abrazarme.

Hebimura no siempre fue La Víbora.

Hubo un tiempo en que no temía a su reflejo.

De niño, su nombre resonaba con alegría entre los callejones empedrados de una aldea tranquila en las afueras del Reino de Hokori.

“¡Hebi, corre más rápido!”, le gritaban sus amigos, todos con los rostros cubiertos de sudor y sonrisas, mientras huían entre juegos y carreras por los campos de arroz.

Vivía en una casa modesta, pero cálida.

Su madre, con manos agrietadas por el trabajo, cocinaba sopa de miso con vegetales cada mañana, y su padre, un herrero de voz fuerte pero corazón blando, le contaba historias de guerreros y monstruos antes de dormir.

—Tú serás uno de los buenos, Hebi —le decía su padre acariciándole la cabeza con dedos manchados de carbón—.

Tú protegerás a los débiles.

—¿Y si no puedo?

—preguntaba él, abrazando la manta hasta la nariz.

—Entonces, solo sigue intentándolo.

Todo cambió un día cualquiera.

No hubo presagios, ni truenos, ni sueños extraños.

Solo una herida en la rodilla tras una caída tonta.

La sangre tocó la tierra, y algo… despertó.

Su cuerpo convulsionó como si un rayo le cruzara la espina.

Las venas comenzaron a moverse solas, reptando por sus brazos.

Los dedos se alargaron en forma de garras finas y temblorosas.

Su sombra parecía multiplicarse.

Y su mirada…

su mirada ya no era humana.

—¡Hebi!

—gritó uno de sus amigos al verlo convulsionar—.

¡¿Qué es eso?!

—¡No te acerques!

¡Es un demonio!

Corrieron.

Todos.

Incluso su mejor amigo.

Incluso el que una vez le dijo: “Siempre estaré contigo”.

Al llegar a casa, su madre lo vio, y dejó caer el cuenco que sostenía.

Su padre tomó un cuchillo antes que sus lágrimas.

Esa noche no durmió.

Ni la siguiente.

Ni ninguna otra durante mucho tiempo.

Su Shinkon no podía controlarse.

Emergía como una maldición, moviéndose con rabia, deformando sus extremidades, cambiando su voz, haciéndolo sangrar en lugares donde no había heridas.

Cada vez que intentaba calmarse, su cuerpo le respondía con dolor.

Cada vez que se emocionaba, algo lo poseía.

—No quiero esto…

—susurraba, temblando en el rincón de su habitación—.

No soy un monstruo…

Pero el mundo ya había decidido.

Sus amigos dejaron de visitarlo.

Sus vecinos pedían que lo echaran.

Su madre dejó de cocinar.

Su padre dejó de hablarle.

Un día, Hebimura abrió la puerta.

Su casa estaba vacía.

Se habían ido.

No dijeron adiós.

Caminó hasta el río con los pies descalzos y sucio de polvo.

Se sentó junto al agua, miró su reflejo distorsionado, y por primera vez… pensó en no seguir.

—¿Por qué…

me convertí en esto?

Fue entonces cuando escuchó esa voz.

Fría, firme, pero…

curiosamente amable.

—¿Tú eres Hebimura, verdad?

—dijo Narikami.

Él vestia un uniforme limpio, se había arrodillado frente a él.

Su sonrisa era forzada, casi artificial, pero sus palabras…

eran cálidas.

—No hay nada malo en ti.

No es tu culpa que los demás tengan miedo de lo que no comprenden.

Dentro de ti hay fuerza, ¿sabes?

Solo necesitas alguien que crea en ella.

El niño levantó el rostro.

Aún quedaban lágrimas, pero por primera vez… también había un poco de esperanza.

Esa fue la primera mentira.

Con el tiempo, Narikami se volvió su salvador, su guía… y su carcelero.

Primero fueron encargos simples.

Luego, misiones que manchaban las manos.

Hasta que un día… —Si realmente quieres proteger algo, Hebimura, tendrás que ensuciarte más que nadie.

La sangre corrió.

Su alma se agrietó.

El niño desapareció.

El monstruo nació.

Volviendo al presente, Hebimura estaba frente a una puerta de hierro reforzado, detrás de la cual se escondían comerciantes, nobles y dos hombres a quienes debía encontrar: Seimei y Bokusatsu.

Apretó los dientes.

El sudor le corría por el cuello.

La píldora que le había dado Narikami seguía haciendo latir su alma, pero también le recordaba que su tiempo se agotaba.

Apoyó una mano temblorosa sobre la puerta.

Su cuerpo era aún una amalgama de extremidades anómalas y venas negras por el hizumi, pero por un instante…

la criatura que una vez fue un niño solo quería escuchar algo humano al otro lado.

—Bokusatsu… Seimei… —murmuró.

La Víbora no buscaba perdón.

Solo quería pelear una última vez… sin cadenas.

— La puerta de la habitación no se abrió.

Fue arrancada.

Una explosión de astillas y acero reventó los marcos, y una figura encorvada, con el rostro deformado por venas negras, avanzó como un demonio salido de una pesadilla de guerra.

Hebimura, La Víbora, irrumpió envuelto en un aura pútrida de muerte y rencor.

No dijo ni una palabra.

No lo necesitaba.

Su presencia gritaba odio.

—Mierda…

—murmuró Bokusatsu con los ojos abiertos como platos.

—No puede ser… —añadió Seimei, sin desviar la mirada del monstruo.

Ambos lo reconocieron de inmediato.

No como un enemigo cualquiera.

Como una sentencia de muerte.

Bokusatsu tragó saliva y le susurró a su compañero: —No vamos a enfrentarlo.

Vamos a sobrevivirle.

La sala estaba llena de nobles, comerciantes y esclavos heridos.

Se suponía que era un refugio.

Pero para La Víbora, solo era un comedero.

Cualquier cosa con pulso era su presa.

Sin pensarlo, arrancó la cabeza de un comerciante que se interpuso en su camino.

A otro, le atravesó el estómago con un solo giro de su brazo alargado, como una lanza viva.

Gritos.

Sangre.

Pánico.

—¡Corre!

—gritó Bokusatsu, mientras el caos envolvía la sala.

Pero Seimei no corrió.

Activó su Shinkon, y de inmediato su cuerpo se volvió sigiloso, sutil, afilado.

Sus pasos eran un murmullo, sus movimientos una danza letal de precisión quirúrgica.

Hebimura rió con una mueca torcida.

—¿Quieres bailar conmigo, artista?

Los golpes de Seimei eran bellos, cada uno trazado con la delicadeza de un poema visual.

Pero Hebimura…

no leía poesía, él la devoraba.

Interceptó cada ataque como si su cuerpo hubiera memorizado cada ritmo.

Y entonces, un error.

Un giro de tobillo.

Una décima mal calculada.

Un colmillo de su brazo serpenteó en un instante y le abrió el abdomen.

Seimei tosió sangre.

Su piel comenzó a tornarse morada.

El veneno ya estaba dentro.

—¡Seimei!

—gritó Bokusatsu, corriendo a socorrerlo.

Pero fue inútil.

Un zarpazo bastó para enterrarle una daga orgánica en el hombro.

Bokusatsu también cayó de rodillas, jadeando, con los músculos entumecidos.

—El veneno…

su Shinkon está alterado —susurró Seimei entre escupitajos de sangre—.

No es normal…

está al límite…

Bokusatsu apretó los dientes, analizándolo todo con rapidez.

No podían ganar.

No podían pelear.

Solo les quedaba una carta.

—Esa ventana.

—Dijo, señalando con la cabeza hacia un vidrio alto y roto—.

Tal vez abajo haya más muerte, pero aquí solo hay una…

y tiene forma de serpiente.

Seimei asintió.

—Entonces saltemos antes de que deje de importarnos el dolor.

Y sin decir una palabra más, se lanzaron al vacío, envueltos por el hedor de los cadáveres, el sabor del veneno y la certeza de que tal vez, solo tal vez, tendrían una oportunidad más.

— El hedor a muerte seguía impregnando el aire, pero ahora no era lo único que asfixiaba.

El veneno aún quemaba por dentro, y el alma de Seimei parecía estarse partiendo en fragmentos.

Bokusatsu, jadeando, miró a Hebimura, que yacía de lado, escupiendo sangre y con la mirada perdida.

El ex mercenario sonrió con una mezcla extraña de cansancio y redención.

—Dime… —preguntó Bokusatsu con la voz quebrada—.

¿Cómo nos salvamos…?

Hebimura rio.

Una risa gutural, seca, casi muerta.

—No se salvan… —respondió—.

Nadie se salva de esto.

Bokusatsu apretó los puños.

Seimei apenas podía mantenerse en pie.

Pero Hebimura, entre jadeos, agregó: —Aunque… hay un rumor.

Mi veneno, mi Shinkon maldito… puede desaparecer con un Yuino, si es lo bastante poderoso.

Pero no cualquier tipo.

Solo funciona si alguien entrega todo: cuerpo, alma, propósito.

Uno de ustedes debe morir para que el otro viva.

Esa es la verdad.

El silencio cayó como una lápida de piedra.

Hebimura tosió una vez más.

—Al menos ustedes… sí tienen alma.

No como los fantasmas cobardes con los que me crucé toda mi vida… El veneno corría implacable.

El tiempo se acababa.

Y entonces, sin más dudas, Bokusatsu habló.

—Yo lo haré.

Seimei giró la cabeza con dificultad.

—¿Qué…?

—Te salvaré —dijo Bokusatsu con firmeza.

—¡No!

—replicó Seimei, su voz temblaba—.

¡No tiene sentido!

No puedes morir por alguien que solo quiere investigar libros podridos y escribir cosas que nadie va a leer.

¡No puedes!

Bokusatsu sonrió, débilmente.

—Tú no entiendes nada, ¿verdad…?

El viento se llevó un silencio que duró una eternidad.

—Yo solo vivo por venganza, Seimei.

Mi alma está podrida.

Entré a este evento solo para matar a alguien más.

Solo por eso me levantaba.

Pero tú… tú todavía crees que hay algo más allá del odio.

Tú tienes algo que vale la pena salvar.

Tú quieres comprender este mundo… no destruirlo.

Seimei temblaba, las lágrimas ya no podían contenerse.

—¡No!

¡Por favor, no lo hagas!

¡No quiero que mueras por mí!

—Entonces vive —susurró Bokusatsu, alzando la mano hacia su pecho—.

Vive… y haz que esto valga.

Y entonces lo hizo.

El Yuino.

Una luz extraña comenzó a emanar desde lo profundo de su alma, como si un fuego interno —desesperado, puro, autoinmolado— se expandiera hacia Seimei.

Al principio no funcionó.

Pero Bokusatsu no se rindió.

Apretó los dientes.

Su piel comenzó a romperse por el esfuerzo, la energía vital escapando como vapor hirviendo.

Y luego… funcionó.

El veneno dentro de Seimei comenzó a disiparse.

Como si la maldición fuera arrastrada por un río de luz.

Bokusatsu cayó de rodillas, exhalando un último suspiro.

—…Hazlo valer.

Por favor.

Hebimura lo miró una última vez.

Sus labios se curvaron en una sonrisa melancólica.

—Al menos alguien… se atrevió a desafiar mi maldición.

Y así, ambos cayeron.

Uno por redención.

El otro… simplemente, por haber sentido, aunque sea por un instante, que no estaba solo.

Seimei quedó allí, arrodillado, entre dos cadáveres que lo habían salvado a su manera.

Y comprendió que el alma puede ser más fuerte que cualquier arma… pero también más frágil que cualquier cuerpo.

— La tensión era insoportable.

El aire mismo parecía contener la respiración.

Desde el centro del coliseo manchado de sangre, Yodaku, aún con la sonrisa torcida, alzó la voz como si estuviera dando una orden de ejecución.

—¿Y si acabamos con todos de una vez, Narikami?

—dijo, con desdén en cada sílaba—.

Estos nobles…

estos comerciantes…

Ni siquiera se toman la molestia de pedirle permiso al Rey para jugar a los verdugos.

Se sienten invencibles solo porque tienen esclavos, riquezas y un palco en este infierno.

¿No crees que ya es hora de limpiar esta peste?

Los murmullos entre los presentes se desvanecieron.

Yodaku se giró hacia ellos, casi divertido, como si ya los viera cadáveres.

—¿No creen, honorable audiencia?

¿No es mejor morir ahora… que seguir viviendo como escoria decorada?

Antes de que el eco de sus palabras desapareciera, la voz de Narikami atravesó el aire como una cuchilla helada.

—No confundas justicia con sed de sangre.

Yodaku alzó una ceja, intrigado.

—Tú hablas de justicia…

¿Y tú qué harías entonces, “General”?

¿Vas a defender a esta carroña?

Narikami caminó unos pasos hacia él, imponente, con las cadenas de relámpago latiendo a su alrededor como serpientes celestiales.

—Tú no eres un ejecutor.

No eres un redentor.

Eres solo un perro rabioso.

Uno que menea la cola con orgullo cada vez que su amo le lanza un cadáver.

El golpe no fue físico, pero hizo temblar los muros.

Los nobles tragaron saliva.

Yodaku entrecerró los ojos, dejando escapar una breve risa ronca.

—¿Entonces quieres darme la orden, Narikami?

¿Vas a encadenarme como a los demás perros?

—No —respondió el general, con voz profunda—.

Voy a silenciarte…

para que el mundo recuerde que incluso los perros salvajes, si no mueren a tiempo, terminan mordiendo a sus propios dueños.

Un trueno sonó a lo lejos.

Y aunque todavía no se habían tocado, el verdadero combate… ya había comenzado.

— En lo alto del palacio, sobre su trono recubierto de oro y terciopelo negro, el Rey de Hokori seguía devorando con lentitud una fruta exótica, indiferente al caos que se desataba abajo.

Los gritos, los truenos, la sangre, los shinkons colisionando como estrellas rotas.

—Qué espectáculo más largo… —susurró, masticando sin emoción—.

Ni siquiera sé si se trata de una guerra o de una patética danza de egos.

A su lado, algunos nobles que quedaban fingían seguir interesados, aunque sus cuerpos temblaban.

Kyomu, aún como estatua viviente, no despegaba la vista de la arena.

Pero fue en ese momento, entre los relámpagos, el humo, y las palabras envenenadas, que los ojos del Rey se detuvieron.

No sobre Narikami, cuya presencia electrificaba el aire.

Tampoco sobre Yodaku, el perro sin cadena, que hablaba de justicia con cuchillos.

Sino sobre un hombre.

Un solo hombre.

Reiji Mikazuki.

De rodillas.

El cuerpo herido.

Las ropas rasgadas.

La mirada encendida como una vela al borde del viento.

Aquel que, incluso arrastrándose, seguía avanzando.

El que aún temblaba por dentro… pero no retrocedía.

Aquel que, incluso sabiendo que iba a morir… todavía quería intentarlo.

El Rey tragó en seco.

Por primera vez en horas, bajó la fruta.

Se inclinó ligeramente en su trono, casi curioso.

—Qué criatura tan terca… —murmuró, mientras una sombra cruzaba su mirada—.

No lucha por gloria, ni por venganza.

Ni siquiera lucha por mí… Solo lo hace porque cree que debe hacerlo.

Suspiró.

—¿A qué se aferra ese hombre?

¿Qué maldito fuego lo mantiene de pie?

Quizás… Por un instante, sus dedos apretaron el apoyabrazos del trono.

Y luego, como si no pudiera evitarlo, sonrió.

No con burla.

Con un mínimo atisbo de interés real.

—Quizás, de todos los monstruos que reuní… el único digno de mirar… es el que aún no se ha rendido.

— Reiji alzó la mano con lentitud.

Su cuerpo temblaba, la sangre aún manaba de sus heridas, pero su voluntad… esa no había muerto.

—¿Ya acabaron con el maldito teatro de los justos?

—susurró con voz áspera, mientras el aura de su Shinkon comenzaba a emerger como un humo denso y desgarrador—.

Porque ahora… es momento de mirar el final.

Y con un último impulso, hizo estallar lo que quedaba de su alma.

El mundo se quebró.

La realidad se desvaneció en un crujido seco, y en un abrir y cerrar de ojos, los tres —él, Yodaku y Narikami— quedaron atrapados en un espacio que no era ni cielo ni tierra.

Una dimensión sin tiempo ni forma, donde los fragmentos de alma eran espejos… …y esos espejos no mentían.

— Narikami, de pie sobre un campo de batalla lleno de cenizas.

Sus botas aplastaban cráneos de soldados, de civiles, de niños.

A lo lejos, su rostro reflejado en un charco de sangre temblaba.

“¿Esto era el orden?”, susurraba su propia voz, pero no desde su boca, sino desde su conciencia.

“¿O solo quisiste ser quien dictara qué vidas valían?” Intentó responder, pero sus labios no se movían.

Intentó avanzar, pero sus pies estaban clavados en cadáveres que gritaban su nombre.

—…Esto no… —musitó él, por dentro—.

¿Yo… también me perdí?

— Yodaku, arrodillado en una sala vacía, rodeado de sombras.

Frente a él, rostros distorsionados: esclavos llorando, nobles decapitados, niños ardiendo.

Todo lo que alguna vez destruyó, ahora lo observaba.

—¡Esto no es real!

—gritó, con voz trémula.

Pero cuando se miró las manos, no había sangre, solo vacío.

El vacío que siempre tuvo.

—¿Y si yo también fui solo un títere?

—dijo entre risas forzadas—.

¿Y si esta verdad… siempre me aterraba?

— Reiji, caminando en una ciudad hecha cenizas.

Sus alumnos muertos.

Aika con los ojos vacíos.

Donyoku y Chisiki crucificados.

El viento soplaba como si llorara su fracaso.

—No… esto no puede volver a pasar… —decía entre dientes, jadeando—.

Yo… ya no puedo proteger a nadie… Se arrodilló.

Sus piernas ya no lo sostenían.

Pero no lloró.

Porque incluso en ese infierno de pesadilla, seguía intentando levantarse.

Aunque supiera que esa ilusión era su condena por cada duda, cada error… cada alma perdida.

— Un crujido se oyó en la ilusión.

Uno que no venía de Reiji, ni de Yodaku, ni de Narikami.

Era la realidad… intentando romper lo que aún los mantenía encadenados.

— El mundo ilusorio se quebró con un sonido seco.

Como si una fina membrana se rasgara al límite de su resistencia.

Uno a uno, Reiji, Yodaku y Narikami abrieron los ojos de nuevo en la arena.

El aire era denso, cargado de sangre, polvo y gritos apagados.

Pero en el fondo… el silencio era más ensordecedor que el caos.

No dijeron nada.

Pero algo en sus miradas había cambiado.

No se habían redimido.

Pero tampoco salieron intactos.

— Narikami bajó la mirada por un segundo.

Aquel mundo ilusorio no lo había derrotado, pero sí le mostró algo que lo perturbaba: —Un hombre que ha perdido todo… y sigue en pie… —murmuró—.

Eso es más peligroso que cualquier traidor.

Observó a Reiji, aún de rodillas, con el cuerpo desgarrado, con las venas marcadas por el uso excesivo de su Shinkon… y, sin embargo, con los ojos firmes.

Yodaku se sacudió el polvo como si fuera solo otro día.

—Tsk.

Qué fastidio.

¿Hasta en las ilusiones quieren sermonearme?

No hay descanso para los monstruos, ¿eh?

Suspiró con aburrimiento, pero sus dedos aún temblaban ligeramente.

Había visto algo que no podía olvidar.

— Donyoku y Chisiki llegaron corriendo, sin vacilar.

Esta vez, no con miedo, sino con decisión.

—Maestro… —susurró Donyoku, y le sostuvo el brazo.

—No lo dejaremos solo, no otra vez… —añadió Chisiki, envolviendo con su distorsión el espacio a su alrededor como una barrera tenue.

Reiji, con la respiración entrecortada, murmuró: —¿No les dije… que no era su pelea?

—Lo era desde que decidimos creer en ti —respondió Donyoku, con firmeza.

Pero ese breve momento fue roto por dos destellos relampagueantes.

¡KRAK!

Dos rayos, afilados como cuchillas, surcaron el aire con una precisión letal.

Narikami los había lanzado sin previo aviso, como un dios que dicta sentencia.

Chisiki apenas logró distorsionar uno a tiempo.

El otro pasó rozando el hombro de Donyoku, quemándole parte de su ropa y piel.

—Están de pie… pero siguen siendo hormigas —declaró Narikami, su tono sin rabia, pero cargado de juicio.

—No les bastó con arrastrarse por el barro… ahora quieren desafiar al rayo —añadió Yodaku, carcajeándose.

Chisiki tragó saliva.

Su mente, normalmente precisa, estaba saturada de datos, posibilidades, opciones… pero ninguna victoria.

—Son… completamente distintos a todo lo que hemos enfrentado —pensó—.

No es una pelea, es una ejecución lenta.

Pero aunque la lógica gritaba retirada, su alma no podía retroceder.

Y eso, en ese momento… era lo único que aún los mantenía vivos.

— Un leve chirrido rompió el silencio.

Entre los restos del caos, donde las sombras se deslizaban como serpientes por los muros agrietados, una figura emergió entre los escombros del coliseo.

El presentador, tembloroso, con la ropa rasgada y los ojos desorbitados, levantó su bastón y gritó con voz desafinada pero ceremonial: —¡Todos de pie!

¡Que se haga el silencio en este pozo de sangre y soberbia!

Porque ante ustedes… ¡ha llegado el único ser que todo lo ha visto, todo lo ha vivido… y todo lo ha sido!

El coliseo quedó inmóvil.

—¡El Omnipresente… Enma!

Pero esta vez, su voz no describió un nombre común, ni una figura humana.

—No es hombre ni mujer.

No es guerrero ni sabio.

Es… una grieta en el tiempo.

Una entidad que ya no pertenece a nuestra lógica, ni a nuestras almas.

Es aquello que el mundo teme nombrar… y aun así todos buscamos.

Los corazones se encogieron.

Yodaku solo bostezó.

—Bah.

¿Otro loco que se cree dios?

Narikami, en cambio, entrecerró los ojos.

Había oído ese nombre.

No en los libros.

No en los informes.

En los susurros de los moribundos.

Donyoku, Chisiki y Reiji palidecieron.

Esa anciana que vieron antes… esa figura pequeña, de ojos apagados, que parecía observarlos con ternura… era Enma.

— De entre los pilares, la figura salió caminando, envuelta en un manto de hilos dorados y negrura pura.

Sus pies no tocaban el suelo.

Su voz no tenía eco… porque hablaba directo al alma.

—¿Y todo esto?

—dijo Enma, con tono de reproche—.

¿Tanta sangre por unos nobles que… ya están muertos?

Todos voltearon hacia las gradas.

Y lo vieron.

Los nobles estaban allí… pero inmóviles.

Los ojos vacíos.

La piel grisácea.

Las bocas abiertas en un grito que nunca sonó.

Todos.

Muertos.

Un murmullo de horror cruzó el coliseo.

—¿Cuándo…?

—murmuró Chisiki, su voz ahogada.

—¿Qué demonios hiciste?

—gruñó Reiji, casi sin poder mantenerse de pie.

Pero Enma sonrió.

No con cinismo, sino con una calma antinatural.

—No ocurrió.

Aún.

Solo es… una verdad.

Un destino que ustedes están construyendo con cada decisión.

Yo solo… lo reflejo en sus almas.

—¡¿Qué estupidez estás diciendo?!

—bramó Narikami—.

¡¿Una ilusión, entonces?!

—¿Ilusión…?

—repitió Enma—.

¿Crees que la muerte es una ilusión?

¿Que el sufrimiento no es real solo porque no ha pasado aún?

Yo no invento lo que ven… ustedes lo llevan dentro.

Yo solo… lo proyecto.

Yodaku por primera vez no parecía reír.

Frunció el ceño.

—Tsk… esto se está saliendo de control —musitó.

Reiji jadeaba.

Su alma vibraba de miedo, de ira, de agotamiento.

Donyoku y Chisiki se miraron.

Enma no luchaba con fuerza.

Luchaba con verdad.

Y eso los asfixiaba.

Pero entonces… Narikami levantó la mano.

—Tranquilos —dijo, sin emociones—.

Solo morirán los nobles.

No nosotros.

Enma giró su rostro sin expresión hacia él.

—¿De verdad crees… que no eres parte del problema?

¿Que no fuiste tú quien permitió esta noche?

¿Quién asesinó en nombre del orden… y luego lloró en nombre de la justicia?

Las palabras se clavaron como espinas invisibles.

Y fue entonces… Que un aura oscura surcó el aire.

¡BOOM!

Un ataque, sin aviso, sin palabras, cayó sobre Enma como una tormenta desde el abismo.

Era Kagenami.

Surgido de las sombras, con su presencia asesina, su cuerpo bañado en una negrura casi líquida, blandiendo el Juicio de las Sombras.

—¡Cállate, engendro del caos!

—gritó, con voz temblorosa de rabia y miedo—.

¡Esto… no es tu mundo!

Y Enma… sonrió por primera vez.

No con bondad.

Sino como quien ve venir… el fin del juego.

— Y cuando la sangre ya no bastó, cuando ni la espada ni la verdad pudieron detener el abismo, fue entonces cuando comprendieron… que el verdadero enemigo no era el caos, sino lo que cada uno de ellos ocultaba en lo más profundo de su alma.

Gracias por leer este capítulo de Chi no Yakusoku.

Si te gustó, no olvides seguir para el próximo paso en este oscuro juramento de sangre.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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