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Chi no Yakusoku – El juramento de sangre - Capítulo 25

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25: Capitulo 24 – Más Allá Del Límite Del Alma 25: Capitulo 24 – Más Allá Del Límite Del Alma Kagenami se arrastraba entre las sombras de la destrucción.

Su cuerpo estaba cubierto de heridas, su respiración era entrecortada, y su ropa —o lo que quedaba de ella— colgaba hecha jirones.

Pero lo que más dolía no era la carne… era lo que había visto.

Sus ojos, antes agudos como cuchillas, temblaban con una mezcla de desesperación y vacío.

Había intentado enfrentar a Enma.

Había cometido ese error.

Kagenami avanzaba con pasos tambaleantes, y aunque su cuerpo aún luchaba por sostenerse, su mente estaba atrapada en otro momento… uno que apenas podía soportar recordar.

Fue entonces cuando el peso invisible regresó por un instante a sus hombros, como si su alma reviviera aquella tortura.

El instante en que enfrentó al Omnipresente.

—¿Qué demonios es esto…?

—murmuró en el recuerdo.

Detrás de él, como una grieta en la misma realidad, se abrieron ojos gigantescos, antiguos, innumerables, flotando en un abismo sin forma.

Cada uno lo miraba con una intensidad que deshacía la razón.

Y desde esos ojos, comenzó a llover conocimiento, imágenes, posibilidades…

Pasado.

Presente.

Futuro.

Sus padres muertos.

Su propio nacimiento.

El fin del mundo.

El comienzo del primer pecado.

El momento exacto en el que su alma se quebraría.

—Esto es el peso de la verdad, Kagenami —dijo Enma con calma serena, mientras sus pasos apenas hacían ruido sobre el suelo resquebrajado—.

Una verdad que los simples mortales no deberían tocar jamás.

Él cayó de rodillas.

Su cuerpo se retorcía como si le estuvieran desgarrando cada hueso desde adentro.

Tosió sangre negra.

Intentó levantarse, pero cada pensamiento lo conducía a una revelación más dolorosa.

“Todo está conectado.” “Tu sufrimiento no importa.” “Tu justicia no es más que ego disfrazado.” La realidad se deformaba a su alrededor.

Comenzó a gritar, pero no hubo sonido.

La conciencia de algo más grande, incomprensible y eterno, lo estaba destruyendo.

Fue entonces cuando su Hizumi, su deformidad espiritual, se activó.

Las sombras lo devoraron.

Lo envolvieron como un manto de muerte, tejieron una armadura viviente sobre su piel: oscura, densa, como si hubiese sido forjada con los pecados del mundo.

Un símbolo rojo brillaba en su pecho.

Su rostro ya no parecía humano.

Con un alarido que desgarró la niebla, Kagenami destrozó una parte del Shinkon de Enma, como si hubiera arrancado una página de un libro prohibido.

Lo logró…

Pero el precio fue alto.

Había roto la verdad, pero también una parte de su propia alma.

Su cuerpo era ahora solo una cáscara resistente.

Su mente…

no volvería a ser la misma.

— Kagenami apretó los dientes, su respiración era agitada y su mirada estaba teñida por una rabia que rozaba la desesperación.

—Maldita seas, Enma… —murmuró con una voz rasgada, aún temblando por lo que había vivido horas atrás.

Pero Enma no respondió con furia, ni con burla.

Solo ladeó el rostro con la misma calma que usa el destino para reírse de los hombres.

Sus ojos, extrañamente serenos, recorrieron uno por uno a los presentes.

—¿Entonces… qué quieren hacer?

—preguntó con tono seco, como si lanzara una cuerda a un abismo—.

¿Cambiar el futuro… o seguir pudriéndolo más?

Ninguno respondió.

Solo miradas confusas.

Nadie confiaba en sus palabras.

Nadie quería aceptar que, tal vez, todo lo que habían hecho hasta ahora había sido inútil.

—Todos morirán aquí —añadió Enma, sin dramatismo—.

Este coliseo, estos cuerpos, sus nombres… todo será tragado por un destino inevitable.

¿No desean, al menos, saber cómo se ve el final… antes de que llegue?

Silencio.

La tensión era como una cuerda a punto de romperse.

Narikami chasqueó la lengua, mirando con rabia a Yodaku.

—¿Te das cuenta?

Tus crímenes abrieron este infierno… Yodaku rió con el mismo tono despreocupado de siempre.

—¿Y tú no, general?

Tú lo mantuviste en pie… Se empujaron, se midieron, se retaron sin necesidad de armas.

Mientras tanto, Reiji jadeaba en silencio.

Sus heridas aún supuraban, pero se mantenía de pie gracias al apoyo de Donyoku y Chisiki.

—Maestro… —murmuró Donyoku, al ver la sangre en la boca de Reiji.

—Estoy bien… todavía… puedo ver.

Todavía puedo pensar.

Kagenami, ignorando las palabras de todos, dio un paso hacia Enma.

—¡No eres más que una farsante!

—rugió, alzando su brazo para atacar.

Pero al intentarlo, una niebla oscura lo frenó.

No era una ilusión.

Era la densidad del conocimiento, el peso de las verdades que Enma reflejaba desde las almas de los presentes.

El omnipresente no parpadeó.

—Están atrapados en algo más grande que ustedes.

Esto no es una ilusión, no es magia.

Esto es lo que ustedes son.

Y si no hacen nada…

morirán por la verdad.

En las gradas, los cuerpos ya no eran cuerpos, sino sombras, repitiendo palabras que no se habían dicho aún.

El presentador, con una copa de vino, se reía como si estuviese viendo la obra final de un mundo en ruinas.

Donyoku, temblando, preguntó con voz firme: —¿Por qué… por qué nos encerraste aquí?

Enma lo miró como si fuera un niño perdido.

—Porque ustedes son el problema.

Porque ustedes… son la plaga que ha llevado a este mundo a sangrar.

Y solo enfrentándose a eso… sabrán si merecen seguir existiendo.

— El ambiente se volvió más denso, como si el aire mismo se hubiese vuelto plomo.

Enma, sentada con elegancia imposible sobre un trono hecho de miradas, dijo con voz suave pero que desgarraba como cuchilla: —Una última prueba para romper este reflejo de muerte: Uno de ustedes deberá morir aquí… Solo así la verdad dejará de consumirlos.

Nadie respondió de inmediato.

Donyoku y Chisiki se miraron entre sí, en silencio.

El primero tragó saliva.

El segundo bajó la mirada, como si calculase posibles salidas.

Ambos sabían algo: esto no era solo una ilusión.

Era una prisión de posibilidad…

una que se alimentaba del miedo a cambiar.

Y entonces, sin previo aviso, Narikami desenvainó su espada.

El relámpago giró a su alrededor como una serpiente hambrienta.

Su mirada apuntó directo al cuello de Yodaku.

—Tú y yo… no deberíamos existir en el mismo mundo —dijo, sin rastro de emoción.

Yodaku chasqueó la lengua y desenvainó con desprecio su hoja oscura.

—Finalmente.

Estaba empezando a aburrirme.

Vamos a ver si tu “justicia” vale más que mi “crueldad”.

Un espectro oscuro emergió detrás de Yodaku: alto, encapuchado, con guadañas por manos.

Su Shinkon: [Shokeisha – El Verdugo] se activaba por completo.

La batalla comenzó.

Una tormenta de rayos chocó contra el filo certero del verdugo.

El estruendo hizo eco en todas las gradas vacías del coliseo ilusorio.

Narikami se desplazaba con una velocidad imposible de seguir para un humano, pero Yodaku no era menos: cada corte que fallaba rozaba con precisión quirúrgica, dejando tajos profundos en el aire, y si tocaba carne, cortaba hasta el alma.

—¡No puedes ganarme, Narikami!

—gritó Yodaku, con sangre en los labios—.

¡Tú luchas por orden, yo por deseo!

¡Eso me hace más fuerte!

Narikami no respondió.

Solamente chasqueó los dedos y una cadena de rayos cayó desde el cielo ilusorio.

El Verdugo lo interceptó, pero su cuerpo comenzó a resquebrajarse levemente.

Aun así, Yodaku avanzó.

Su espada brillaba como una sentencia.

— Chisiki, desde la distancia, observaba la escena con una intensidad febril.

—Esto no tiene sentido —murmuró—.

Si esta es una “verdad”, ¿por qué el tiempo tiembla?

Miró sus propios dedos.

Notó que los bordes de su cuerpo estaban comenzando a desvanecerse, a reintegrarse.

Entonces lo comprendió.

—No es una prueba de muerte… es una prueba de voluntad.

Se volvió hacia Donyoku, que aún ayudaba a Reiji.

—¡Donyoku!

¡Escúchame!

—gritó—.

¡Este mundo se basa en la certeza!

Si deseamos con el alma cambiar el destino… ¡la verdad se reescribirá y volveremos a la realidad!

Donyoku abrió los ojos, entendiendo.

—¿Y qué hay de Narikami y Yodaku?

—preguntó.

Chisiki apretó los dientes.

—Ellos están atrapados… pero si uno de ellos realmente muere por una convicción real, entonces quizás…

también logren salir.

— En ese instante, Yodaku logró dar un tajo que cruzó la espalda de Narikami, dejando una línea negra, no de sangre… sino de alma partida.

Pero Narikami lo tomó del cuello y le gritó al rostro: —¡¡Si el mundo debe arder para que renazca, entonces yo seré el relámpago que lo incendie!!

Y lo arrojó con una descarga que retumbó como el rugido de mil dragones.

El duelo continuaba.

Pero algo en el aire comenzaba a quebrarse… La “verdad” temblaba.

El destino… podía cambiar.

— El choque de los dos colosos seguía desgarrando el firmamento de esa “verdad”.

Truenos danzaban como serpientes celestiales alrededor de Yodaku, quien, jadeando, esquivaba con la misma maestría que crueldad.

A su lado, El Verdugo, su Shinkon, no era una simple figura fantasmal: se movía al unísono, como si ambos compartieran una conciencia de muerte.

Cada tajo que daban, era como una sentencia; cada paso que tomaban, como una ejecución.

Narikami, herido pero indomable, retrocedía apenas.

Un hilo de sangre recorría su rostro, pero su mirada era firme, como una montaña resistiendo una tormenta.

De sus manos salían rayos, invocaciones celestiales que caían como martillos divinos.

Pero nada de eso bastaba para detener al verdugo del caos.

Mientras tanto, Reiji no podía ni hablar.

Su cuerpo temblaba, su alma estaba al borde de romperse.

Solo sus ojos abiertos demostraban que aún seguía luchando por no rendirse.

Donyoku intentaba vendarlo, pero sabía que no había vendas para un alma que ha sido desgarrada.

Chisiki miraba todo en silencio.

Había descubierto cómo romper aquella “verdad”, pero… algo le golpeaba la razón como un eco siniestro.

—No basta con entenderla… todos deben desear salir.

Todos.

—murmuró con desesperación creciente—.

¡Si uno solo no lo desea, seguiremos atrapados!

Miró la batalla de Narikami y Yodaku, y lo comprendió: ellos no querían salir.

Estaban tan absortos en su odio, en su duelo, que su deseo de destrucción alimentaba esta prisión.

Chisiki dio un paso adelante… y lo detuvo.

Aquella lucha era hermosa y devastadora.

Era como ver a dos mitologías enfrentándose con todo su peso, como si el destino del mundo pendiera de un solo golpe más.

Donyoku, que lo había notado, apretó los dientes.

Su cuerpo temblaba.

Se giró y, con un puño cerrado, golpeó con fuerza el rostro de Kagenami, que aún estaba absorto en su caos interno.

—¡Reacciona!

—gritó—.

¡¡¿Quieres morir aquí envuelto en una mentira?!?!

El cuerpo de Kagenami cayó al suelo, rodó un poco.

Por un momento no pasó nada.

Entonces, el mundo comenzó a temblar.

El cielo ilusorio parpadeó como si tuviera interferencia.

Las paredes del coliseo se difuminaron, mostrando ruinas en lugar de mármol.

Lo que era una verdad parcial… se estaba volviendo real.

En lo alto, Enma observaba sin pestañear, comiendo un racimo de uvas negras.

A su lado, el presentador reía con calma, como si todo fuera parte de una obra ya escrita.

—Están cerca… —dijo Enma, con su voz sin edad—.

Pronto dejarán de fingir que son los salvadores.

Chisiki, sintiendo el temblor del plano, se sentó en el centro del coliseo.

Puso ambas manos en el suelo, su shinkon temblaba.

Intentó distorsionar la “verdad”… pero no podía.

Era como intentar doblar una montaña con las manos desnudas.

—No puedo… —susurró, con rabia—.

¡Aún no puedo!

Y en ese instante… Kagenami se incorporó.

Con el rostro cubierto en sangre y sudor, respirando como una bestia enjaulada, su voz fue casi un susurro, pero clara: —…esa maldita bruja nos va a encerrar aquí para siempre.

Levantó la mirada y, por primera vez desde que apareció en escena, su alma ardía sin desesperación, sino con convicción.

—¡Entonces… la romperé yo!

— Kagenami avanzaba.

Sus pasos eran firmes, medidos.

No había prisa, no había rabia.

Solo una fría determinación dibujada en un rostro que ya no conocía el alivio.

Su mente, destrozada.

Su cuerpo, quebrado.

Su alma, cargando cicatrices invisibles.

Pero aún así… caminaba hacia Enma.

—Ya no tengo fe, ni patria, ni rostro —susurró para sí—.

Pero si esto es una verdad…

la voy a arrancar de raíz.

Desde lo alto, Chisiki temblaba.

Observaba la escena como si viera una pintura que comenzaba a desgarrarse por sí sola.

Su Shinkon no respondía bien.

No era por debilidad, era por duda.

—¿Y si ya no hay salida…?

—murmuró—.

¿Y si esto no es una prisión… sino el futuro inevitable?

Donyoku lo sostuvo por los hombros.

Su cuerpo estaba herido, pero su voz no vaciló.

—Chisiki…

tú viste la grieta.

Y si viste una grieta, hay una forma de romperla.

No me digas que el que piensa entre nosotros se va a rendir ahora.

Chisiki cerró los ojos.

Su alma estaba tambaleando, pero esas palabras lo anclaron.

Respiró hondo.

Todavía estaban vivos.

Todavía podían actuar.

El sonido metálico del duelo seguía rasgando el aire.

Narikami y Yodaku eran caos en movimiento.

Sus cuerpos estaban cubiertos de heridas profundas.

La sangre pintaba la arena con símbolos de guerra.

Rayos desgarraban el cielo ilusorio, como si la tormenta se hubiese encerrado dentro del coliseo.

El Verdugo acompañaba los movimientos de Yodaku, replicando cada tajo con una precisión asesina.

Una estocada directa al costado de Narikami.

Un rayo que atravesaba el muslo de Yodaku.

Golpe a golpe.

Grito tras grito.

Era una danza sagrada de muerte.

Y mientras todo eso ocurría, Enma no hacía nada.

Solo observaba, bebiendo vino espeso, con los ojos entrecerrados.

La escena parecía deleitarle, pero también le aburría.

—El destino ya está marcado —dijo con voz tranquila, mientras acariciaba el borde de su copa—.

Algunos nacieron para caer, otros para mirar cómo cae el mundo.

Y otros… simplemente nacieron para sufrir hasta el final.

Kagenami seguía caminando.

El suelo temblaba, el aire parecía más pesado.

Pero él no se detenía.

Había dejado atrás sus miedos, sus promesas y sus dudas.

Y fue en ese instante, solo por un segundo, que todos los presentes sintieron un estremecimiento profundo.

No en el cuerpo… sino en el alma.

Como si la “verdad” comenzara a gritarles en silencio que el final estaba cerca.

— Todo estaba a punto de romperse.

El aire temblaba.

La “verdad” comenzaba a colapsar sobre sí misma.

Los latidos del mundo eran caóticos, irregulares, enfermos.

Y entonces…

—Dime algo, Omnipresente…

—dijo el Presentador con una sonrisa torcida—.

¿Por qué crees que te admiro tanto?

Enma no respondió.

Solo alzó la ceja con ese gesto que mezclaba desdén y diversión.

—Porque tú y yo no somos tan distintos —continuó él—.

Tú encarnas el conocimiento absoluto… y yo, la voz que transforma la verdad en destino.

La gente te teme… a mí me callan.

Pero ambos, somos inevitables.

Se puso de pie lentamente.

Su túnica ceremonial brillaba con un patrón de símbolos imposibles, tallados como maldiciones sobre tela sagrada.

Su mirada ya no era la de un bufón…

sino la de un profeta condenado.

—Aunque creas que todas las verdades que has visto se cumplirán… estás equivocada.

Porque yo… puedo reescribirlas.

Levantó la mano.

Y entonces activó su Shinkon: 「Kuchihateru Kami no Koe – La Voz del Dios Que Se Pudre」 Su voz cambió.

Ya no era humana.

Era un eco desgarrador, antiguo, casi cósmico.

No venía solo de su boca, sino de cada rincón del aire.

—Basta.

Esa palabra…

No fue una orden.

Fue una condena.

El tiempo y el espacio temblaron.

Y se detuvieron.

Los rayos de Narikami se quedaron congelados a mitad del cielo.

La espada de Yodaku, detenida a milímetros del cuerpo de su rival.

Chisiki no podía pensar.

Su mente se había convertido en un cristal agrietado.

Donyoku temblaba.

Sentía como si su alma estuviera siendo contenida por cadenas invisibles.

Kagenami no pudo dar un paso más.

Sus músculos colapsaron como si el peso del universo lo aplastara.

Incluso Enma…

cerró los ojos.

No por miedo.

Sino por respeto.

El presentador descendió lentamente, como si el mismo aire lo cargara.

—Kuchihateru Kami no Koe… no es solo una voz.

Es el susurro de un dios que alguna vez fue glorioso… y que ahora… solo quiere que todos escuchen su agonía.

— Silencio.

No era un silencio cualquiera.

Era absoluto.

Cortante.

Como si el universo hubiera contenido el aliento.

Todos los presentes seguían congelados.

Sus cuerpos quietos.

Sus almas atrapadas en el eco del Shinkon maldito.

Y entonces, el presentador… habló.

Con pasos elegantes, descendió lentamente por las gradas hasta la arena.

Sus ropajes ondeaban como lenguas de un fuego sagrado.

Su mirada, ya no burlona… sino llena de dignidad.

—Bueno, bueno…

Ya era hora de presentarme.

¿No creen?

Hizo una pequeña reverencia, teatral, elegante… cargada de historia.

—Me llamo Yugameru Koe… La Voz Doblada… Aquel que quiso hablar cuando el mundo lo obligó a callar.

El que lo vio todo desde el telón… El que convirtió su silencio en espectáculo… Y su grito en maldición.

Enma lo miró.

Por primera vez, no con indiferencia ni burla.

Sino con respeto.

—Ahora entiendo por qué eres el presentador —susurró Enma, con una tenue sonrisa—.

No para entretener.

Sino para que…

todos escuchen aquello que siempre te negaron.

Yugameru asintió.

—Exactamente.

Alzó una mano.

Y de todos los presentes, solo uno pudo moverse.

Donyoku.

El muchacho jadeó, temblando.

No entendía lo que pasaba.

¿Por qué él?

¿Por qué no Reiji, ni Narikami, ni siquiera Chisiki?

—¿Yo…?

—susurró, con miedo.

Yugameru lo miró con seriedad.

—Sí.

Tú.

Porque tú eres el único con un alma lo bastante joven para no estar rota…

y lo bastante marcada para comprender el dolor.

Donyoku retrocedió.

—Pero… no soy nadie especial.

—Por eso —dijo Yugameru, caminando alrededor de él—.

Los especiales no cambian el mundo.

Solo lo decoran.

Los rotos… los desesperados… los que sufren sin razones heroicas… Ellos lo reconstruyen.

Donyoku cayó de rodillas.

Su cuerpo dolía, su alma más.

—¿Qué… se supone que haga?

Yugameru extendió su mano hacia el horizonte distorsionado.

—Rompe esta “verdad”.

No con tu fuerza… sino con tu voluntad.

—Demuestra que no quieres sobrevivir… sino vivir.

— Yugameru lo observa como si viera el nacimiento de un nuevo astro.

—Vamos, Donyoku… Demuestra si tu alma está dispuesta a darlo todo… por cambiar aquello que todos ya aceptaron como inevitable.

Donyoku no responde.

Solo tiembla.

No de miedo… sino de algo más profundo: una mezcla entre el peso de las expectativas, el dolor acumulado… y una furia contenida que nunca había entendido del todo.

Entonces, algo dentro de él resuena.

Un eco en su interior.

Una vibración profunda, más allá de su carne o huesos.

Un latido que no era del corazón… sino del alma misma.

Su Shinkon… Comenzó a mutar.

La presión en el ambiente cambió.

Su cuerpo comenzó a arder desde dentro, pero no de dolor… sino de fuego puro.

Una llama invisible.

Un deseo.

Una negación a aceptar la realidad tal como estaba escrita.

—¡Agh…!

—Donyoku se arrodilla, jadeando— ¿Qué… me está pasando?

Yugameru sonríe.

—No te asustes.

Solo estás despertando a lo que siempre fuiste.

Yo… solo te di un empujón.

Había usado un fragmento de su Shinkon, para liberar el siguiente nivel latente dentro de Donyoku.

No una evolución forzada… sino un despertar inevitable.

Un nuevo aura brotó de Donyoku.

Negra, pero no oscura.

Brillante, pero no divina.

Una mezcla de caos, voluntad y esperanza deformada.

Su Shinkon rugía por salir.

Y entonces… algo comenzó a deshacerse.

La “verdad” alrededor de todos… esa prisión ilusoria y espiritual… comenzó a resquebrajarse.

Enma frunció el ceño.

—¿Qué clase de alma es esta…?

¿Un simple muchacho… alterando mi reflejo…?

El cielo falso vibró.

Los suelos comenzaron a temblar.

Grietas etéreas recorrían el aire.

Yodaku y Narikami, que aún estaban paralizados por la técnica de Yugameru, no entendían qué estaba ocurriendo.

Pero Chisiki sí.

Lo vio.

Esa chispa.

Esa ruptura.

—Es él —susurró Chisiki con una sonrisa cansada—La voluntad que puede romper la condena.

— El velo de la verdad se hizo trizas.

Y con él, la prisión ilusoria creada por Enma finalmente colapsó.

El cielo volvió a ser real.

El aire, pesado pero libre.

Los ecos de las batallas, ahora parecían distantes.

Enma, el omnipresente, ya no flotaba como una entidad intocable.

Estaba de pie… Con una expresión humana por primera vez.

Sus ojos recorrieron el coliseo destrozado, las almas en ruinas, las heridas abiertas… y asintió.

—Lo han logrado.

—murmuró con voz grave pero serena—.

Me han mostrado que incluso en un lodazal… aún pueden brotar flores.

Narikami y Yodaku, sin embargo, seguían en su propio combate sin sentido.

Golpes, rayos, cortes, gruñidos.

La guerra interna de quienes olvidaron por qué luchaban.

Kagenami, exhalando sombras como si su alma se resquebrajara, se interpuso entre ambos.

—¡Basta…!

Esto ya no es un duelo… Es una necedad.

Los contuvo con sus últimas reservas, como un centinela agotado pero decidido.

En las gradas, los nobles, los comerciantes, los cobardes que antes gritaban por sangre… volvían lentamente en sí.

Muchos se tocaban el pecho.

—¿No habíamos… muerto?

—¿Fue un sueño?

—¿O una advertencia?

Sus ojos estaban más abiertos que nunca.

El trauma del “casi morir” en una ilusión tan real los dejó marcados.

Ya no reían.

No aplaudían.

Solo… murmuraban.

— En el centro de ese infierno transformado, Donyoku sostuvo a Reiji, aún inconsciente.

—Chisiki —dijo con voz temblorosa pero urgente—.

Llévalo contigo.

Encuentra a Aika.

Haz que lo salve… Hazlo volver.

Chisiki asintió sin decir palabra.

—Confía en mí.

Distorsionó el espacio y en un parpadeo desapareció, cargando a su mentor entre luces temblorosas.

— De pronto… el cielo vibró.

Cascos.

Alas.

Rugidos de Kuzuryū.

Desde el horizonte… la caballería de élite del Reino descendía como una tormenta.

La guerra no había terminado.

Solo había cambiado de forma.

— La noche había muerto.

Pero la calma… aún no nacía.

El sol se filtraba entre las torres de Kinzoku no Hana, iluminando un campo de batalla que parecía un reflejo del infierno.

Las calles, aún teñidas por el miedo y la confusión, se sacudieron con los retumbos de cascos, armaduras y alas.

Una formación impecable, la Caballería de Élite del Reino de Hokori, descendía como una ola de acero y autoridad.

Al frente, tres figuras no necesitaban presentación: — Kenshiro Gai, con su andar firme y su espada sellada.

Era el soldado que traía justicia donde los dioses habían callado.

— Kyomu, con su armadura de Guardia Real impoluta y su mirada vacía, como si su alma hubiese sido apagada para obedecer sin vacilar.

— Y al centro… El Rey.

Vestía ropajes ceremoniales manchados apenas por el polvo del viaje.

Pero lo más inquietante era su expresión.

No había sonrisa.

No había juego.

Solo una severidad peligrosa, casi divina.

Sin decir palabra, cruzaron las puertas del coliseo.

Las gradas aún vacías de emoción.

El aire, más denso que nunca.

Cuando se detuvieron en medio del desastre — cuerpos heridos, ilusiones rotas, un caos sin dirección — el Rey habló.

Su voz no necesitaba gritar.

Cada sílaba era una sentencia.

—Esto ya no es espectáculo… Esto ya no es diversión.

—Esta noche…

ha sido el funeral del viejo orden.

Y yo… —Yo mismo pondré fin al Omnipresente…

y a ese maldito presentador.

Y aún más…

—No dejaré que mis dos mejores armas se destruyan mutuamente.

Sus ojos se posaron en Narikami, cuya sangre aún humeaba, y en Yodaku, cubierto de heridas pero con una sonrisa aún viva.

Los vio como lo que eran: Espadas rotas.

Pero aún suyas.

— Cuando la verdad se volvió prisión, solo el alma dispuesta a romperse pudo abrir una grieta en el destino.

Y mientras dioses, monstruos y reyes se preparaban para dictar el fin… fue un muchacho quien comenzó a escribir el nuevo comienzo.

Gracias por leer este capítulo de Chi no Yakusoku.

Si te gustó, no olvides seguir para el próximo paso en este oscuro juramento de sangre.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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