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Chi no Yakusoku – El juramento de sangre - Capítulo 26

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26: Capitulo 25 – Silencio Después de la Tormenta 26: Capitulo 25 – Silencio Después de la Tormenta El silencio cayó como un juicio divino.

Ni los pasos se atrevieron a sonar cuando ÉL cruzó el umbral del coliseo.

No se necesitaban presentaciones.

El aire simplemente se volvió más pesado.

La sangre seca parecía hervir.

Y los cuervos, que se alimentaban en las gradas, emprendieron vuelo como si huyeran de algo más temible que la muerte.

Con un gesto imperceptible, todos los soldados se postraron.

Los combatientes, los que aún podían moverse, sintieron una presión asfixiante recorrerles la espalda.

El Rey de Hokori avanzó sin mirar a nadie… hasta que habló.

—Basta.

Yodaku, aún con el filo de su espada alzado y el Verdugo respirando a su lado, fue el primero en ceder.

Lo hizo no por cansancio… sino por respeto.

Un respeto que solo alguien como él podía ofrecer a un hombre más temido que venerado.

Narikami se quedó quieto, con la sangre de la batalla aún palpitando en su mirada.

Pero bajó los brazos.

Sabía que aunque aún tuviera fuerza, no podría enfrentar a todos los que estaban allí… y ganar.

Incluso para él, había líneas que no podía cruzar.

Desde lo alto de las gradas, Enma y Yugameru ni siquiera se movieron.

Como si no fueran parte del mundo tangible.

Como si todo esto les resultara… insignificante.

—Ustedes ya no son soldados ni líderes —dijo el Rey, con la voz grave—.

Son amenazas.

Y por ello, serán contenidos.

El silencio fue absoluto.

Donyoku tragó saliva.

No sabía si debía hablar o simplemente observar.

Su corazón seguía latiendo fuerte, sin saber si era por miedo o por el peso de haber sobrevivido a todo esto.

La voz de el Rey, fría como la cima del Monte Kyōkan, rompió el ambiente como si partiera una espada invisible.

—Qué espectáculo tan patético…

¿Esto es lo que mi reino ha permitido florecer?

¿Traidores que convierten una ciudad sagrada en un campo de prueba para egos rotos y almas huecas?

Clavó los ojos en Narikami.

Este, por un momento, bajó la mirada.

—¿Acaso olvidaste que tu función es proteger este reino, no jugar a ser dios con rayos?

Y luego giró lentamente hacia Yodaku, cuya expresión todavía se disfrazaba de burla.

—Y tú… —El perro sin cadena.

No muerdes por orden, sino por capricho.

Lo único que sabes es ensuciarte el hocico con sangre ajena.

Yodaku, por primera vez, no sonrió.

El Rey alzó la mano.

—Ambos.

Arrestados.

Si se resisten… los borro de la historia con mis propias manos.

Una docena de guardias reales se abalanzaron.

Narikami no opuso resistencia.

Sabía que no tenía oportunidad, no contra él.

Yodaku gruñó algo, pero sus ojos ya no tenían fuego, sino resignación.

Entonces… el Rey se detuvo.

Giró la mirada.

En la penumbra, como si fueran sombras no invitadas al juego, estaban Enma y Yugameru, sentados, observando como si todo fuera un teatro sin final.

—Y ustedes.

Sus palabras eran cuchillas.

—Dos entidades que juegan con el alma y la verdad.

Que modifican el tiempo, la percepción y la voluntad como si fueran simples peones.

Un silencio tenso se extendió.

—También serán detenidos.

Por arrogancia.

Por desobediencia.

Y por el simple pecado de creerse irremplazables.

Enma alzó una ceja, sin mostrar temor.

Yugameru, sin expresión, cruzó los brazos.

—¿Y quién los reemplazará?

¿Tú?

Pero el Rey ya no respondía.

Su mirada era un decreto.

Y entonces señaló a otro.

—Tú.

—Dijo mirando a Donyoku.—Un muchacho sin rango, sin apellido, sin permiso… y aun así estás aquí.

En medio de esto.

¿Crees que tu alma vale tanto como para ser parte de esta historia?

Un guardia se acercó para esposarlo.

Pero entonces, una voz cortó el ambiente como un sable.

—Detente.

Kenshiro Gai avanzó.

Su mirada estaba fija en Donyoku.

—Ese niño no es cualquier intruso.

Lo reconocí desde la primera vez.

Fue él quien nos desafió en Tsuyoi.

Y es uno de los pocos que salió de este infierno con el alma aún entera.

El Rey lo observó.

No respondió de inmediato.

—No merece recompensa.

Pero tampoco ejecución.

Y con un movimiento seco de su capa, simplemente dijo: —Vigilado.

— Los pasos resonaban por los pasillos del coliseo como ecos de un castigo inevitable.

Escuadrones de élite, liderados por los capitanes más experimentados, inspeccionaban cada sala, cada rincón manchado de sangre y memoria.

Entre las gradas, en túneles oscuros y recovecos olvidados, los gritos del pasado parecían aún flotar en el aire.

Fue en una de esas salas ocultas donde los encontraron.

Chisiki, de pie, agotado pero alerta.

Aika, con el rostro demacrado por la tensión y el cansancio, arrodillada junto a un cuerpo.

Reiji Mikazuki, desmayado, cubierto de heridas, su respiración apenas perceptible.

—¡Aquí hay tres!

¡Uno de ellos necesita atención inmediata!

—gritó uno de los soldados.

Los tres fueron escoltados sin resistencia.

No hubo celebración.

No hubo abrazos.

Solo el peso de la verdad cayendo sobre ellos como una condena invisible.

Frente al Rey, el silencio era absoluto.

Ni siquiera los oficiales de alto rango osaban hablar.

El monarca observó brevemente a los muchachos.

—¿Y estos?

—preguntó sin emoción, como si estuviera viendo tres piedras en el camino.

Un comandante se acercó para responder, pero fue interrumpido.

—No me interesa.

Kenshiro, encárgate.

Y con un giro de capa, el Rey se alejó, como si esas tres vidas no merecieran ni su desprecio.

Kenshiro Gai dio un paso al frente.

Sus ojos se posaron en el rostro pálido de Reiji.

Y por un instante, solo un instante, su mirada cambió.

—Mikazuki…

—susurró, apenas audible—.

Nunca pensé volver a verte así… Volteó hacia los médicos del escuadrón.

—Atiéndanlo de inmediato.

A los tres.

Cuidado con el nivel de agotamiento espiritual, están al límite.

Los sanadores se movilizaron con rapidez.

Aika intentó hablar, pero Kenshiro solo alzó una mano.

No era el momento.

Mientras tanto, los gritos comenzaron a escucharse fuera del coliseo.

Los nobles y comerciantes sobrevivientes estaban siendo arrestados, arrastrados fuera entre forcejeos y súplicas.

Algunos gritaban que eran inocentes.

Otros rogaban por protección, ofrecían oro, tierras, influencia.

El Rey no se detuvo.

—Juicio para todos.

En público.

Y que cada uno vea lo que ocurre cuando creen que el Reino de Hokori es un tablero de apuestas.

La orden fue clara.

Los engranajes del castigo ya estaban girando.

Y en medio de ese mar de retribución, tres muchachos heridos, un espadachín derrotado, y un mundo que apenas comenzaba a respirar tras haber rozado el abismo.

— El hospital de Kinzoku no Hana tenía fama de ser el más avanzado del reino… pero en ese momento, para los que estaban allí acostados, no era más que un lugar donde respirar sin que la muerte les soplara al oído.

Donyoku estaba envuelto en vendas, con un brazo entablillado, y el ceño fruncido como si hubiera estado haciendo cálculos existenciales.

Chisiki, acostado de medio lado, sostenía un libro de medicina que claramente no entendía, pero fingía que sí.

Aika se sentaba al borde de su cama, trenzando su cabello con una calma forzada, mientras miraba de reojo a Reiji, que yacía con una vía en el brazo, cubierto por una manta y con la cara de quien había sobrevivido a una explosión emocional, física y espiritual…

y aún así seguía guapo, para molestia de todos.

El silencio se mantenía… incómodo, pero pacífico.

Hasta que: —¿Alguien más pensó que íbamos a morir?

—dijo Donyoku, rompiendo el momento como quien lanza una piedra a un lago tranquilo.

—Yo lo asumí desde que vi a Enma comiéndose un pastel mientras el mundo se destruía —respondió Chisiki sin levantar la vista del libro.

Aika soltó una risita.

—Tú pensaste que ibas a morir desde que nos metieron en la celda del torneo.

Admitelo.

—¡Eso era una celda!

¡Tenía más ratas que luz!

—Y tú más miedo que dignidad —remató Aika, ahora riendo abiertamente.

Reiji, con los ojos entrecerrados, apenas murmuró: —…Si siguen gritando voy a pensar que no fueron ustedes los que casi mueren, sino yo… y eso me ofende.

—¡Profesor!

¡Está vivo!

—bromeó Donyoku, exagerando el tono de asombro.

—¿Qué lo delató?

¿El hecho de que respira o que aún logra ser sarcástico?

—añadió Chisiki.

Aika, ya más tranquila, se levantó para cambiarle la compresa a Reiji.

—Aunque estemos aquí, en esta cama…

juntos…

¿no se siente raro?

—Raro es poco —respondió Chisiki—.

Casi nos asesinan, casi perdemos la razón, y ahora compartimos habitación como si estuviéramos de campamento.

Donyoku suspiró, relajando por primera vez los hombros.

—No sé ustedes, pero… por primera vez desde que entramos a ese maldito coliseo, puedo dormir sin pensar que alguien me va a apuñalar.

Reiji sonrió débilmente.

—Aprovechen ese descanso… el mundo no se ha arreglado aún, pero ustedes ya no son los mismos.

Un leve silencio volvió.

Esta vez no era incómodo… era cómplice.

Y por unos minutos, entre vendas, cicatrices y bromas, los cuatro pudieron simplemente ser jóvenes otra vez.

— La segunda habitación del hospital no era tan ruidosa como la de los protagonistas, pero sí tenía una atmósfera extraña, como si tres espíritus cansados compartieran un respiro entre el peso de la muerte y la incómoda sensación de estar vivos.

Seita estaba recostado, con una venda cruzándole el torso y un brazo inmóvil.

Kagenami permanecía sentado, cruzado de brazos, mirando por la ventana como si quisiera atravesarla con la mente.

Seimei, en cambio, tenía el rostro sereno, con una sonrisa tan genuina que casi parecía que nunca había tenido que dejar atrás a su mejor amigo.

—No pensé que sobreviviríamos —dijo Seimei, rompiendo el silencio—.

Pensé que terminaríamos en la misma fosa que los nobles.

Kagenami bufó.

—Con la cantidad de cadáveres allá abajo, ya podríamos haber abierto un museo.

—O una carnicería real —añadió Seimei, intentando sacar una risa… sin éxito.

Seita ni siquiera lo miró, y Kagenami siguió en su pose de estatua impasible.

Seimei suspiró dramáticamente.

—¿Es que nadie va a agradecer que aún tenga sentido del humor?

A este paso, me largo con las enfermeras.

Silencio.

Hasta que, finalmente, Seimei volvió a girarse hacia Seita.

—Dime, Seita… ¿por qué quisiste salvar a Reiji?

Seita no contestó de inmediato.

Sus ojos seguían fijos en el techo blanco, pero su voz, cuando salió, fue sincera.

—No lo sé… mi cuerpo no quería moverse.

Pero mi alma gritaba.

Gritaba tan fuerte que si no lo hacía, yo mismo habría muerto por dentro.

Seimei asintió con una sonrisa tranquila.

—Tu alma tiene buen gusto.

— La habitación olía a medicinas y metal estéril.

Seimei se había sentado al borde de la cama como si estuviera en una fogata entre amigos, contando anécdotas que a nadie le interesaban.

Seita se mantenía recostado, con los ojos entrecerrados, absorto en sus propios pensamientos.

Y Kagenami… bueno, Kagenami estaba claramente fuera de su elemento.

Y entonces un silencio incómodo invadió el lugar.

Pero, por alguna razón, Kagenami esa vez intentó romper el hielo.

—¿Sabían que…

los murciélagos siempre giran a la izquierda cuando salen de una cueva?

Seimei y Seita se miraron por un segundo.

—¿Qué?

—preguntó Seimei, arqueando una ceja.

—O al menos eso creo.

Lo leí en algún lugar.

O lo soñé.

Bueno, da igual.

Silencio.

—También una vez vi a un perro pelear con su reflejo durante una hora.

Me sentí…

identificado.

—Hermano —dijo Seimei entre risas contenidas—, eso no es una historia, eso es una confesión existencial.

—¿Estás bien?

—preguntó Seita, por primera vez con una expresión casi divertida—.

¿Te golpearon en la cabeza también?

Kagenami frunció el ceño, mirando al suelo.

—Solo intentaba hacer…

charla.

Como ustedes.

—Pues estás a dos frases más de convertir esta habitación en una leyenda urbana —remató Seimei, riendo ya sin culpa.

Kagenami suspiró.

—Ya veo por qué trabajo solo.

Seimei se levantó, y con una sonrisa sincera le palmeó el hombro con cuidado.

—No, no es eso.

Es solo que tienes el encanto social de una cuchilla oxidada.

Pero hey, al menos hoy hablaste.

Incluso Seita soltó una carcajada breve.

Y por un segundo, en medio del cansancio, las heridas y las verdades rotas… los tres compartieron algo que no sabían que necesitaban: una risa auténtica.

— La puerta de la habitación de Reiji y sus alumnos se abrió con un chirrido innecesariamente dramático.

—¡Buenos días, camadas de trauma emocional!

—gritó Shirota con una sonrisa de oreja a oreja y una bolsa llena de objetos tan sospechosos como su tono de voz.

Donyoku, recostado, alzó una ceja.

—¿Qué…?

—¡Traigo regalos!

—dijo con voz teatral, comenzando su reparto como si fuera un evento de gala.

Se acercó primero a Aika y sacó una bufanda tejida a mano, con colores chillones que no combinaban con nada.

—Para ti, mi valiente guerrera.

Porque si vas a patear traseros, que al menos lo hagas con estilo.

Aika lo miró con sospecha, pero esbozó una sonrisa discreta.

—Gracias…

creo.

Siguió con Chisiki, a quien le entregó una pequeña libreta negra con la inscripción “Estrategias para no morir.

Volumen 1”.

—Lo sé, suena básico, pero lo escribí pensando en ti.

Spoiler: la página uno dice “No te metas donde no debes”.

Chisiki la hojeó en silencio.

No pudo evitar sonreír.

Y luego llegó al turno de Donyoku.

—Para ti, mi joven kamikaze sin frenos…

una caja de dulces amargos.

Porque representas perfectamente el trauma envuelto en ternura.

—… ¿Gracias?

Shirota no respondió.

Solo le guiñó un ojo.

Entonces, se giró con lentitud teatral hacia Reiji.

—Y para ti… lo mejor.

Sacó con solemnidad un viejo libro de tapas desgastadas.

Una novela erótica.

De esas que uno esconde bajo la cama.

—Para que recuerdes los buenos tiempos.

¿Recuerdas?

Página 87.

Esa escena cambió mi vida.

Reiji lo miró fijamente con una expresión mezcla de resignación y horror.

—Hubiera preferido morir antes que volver a verte.

—¡Aww!

También te extrañé —respondió Shirota, emocionado—.

¿Ves que los traumas fortalecen los lazos?

Cuando Shirota terminó de repartir sus excéntricos regalos, Aika, con el ceño fruncido y la bufanda a rayas colgando de sus manos, lo miró fijamente.

—Espera… ¿y tú quién se supone que eres?

Shirota puso una mano sobre su pecho, con teatralidad herida.

—¡Ay!

Qué puñalada al corazón.

Pensé que mi elegancia y mi sentido del humor me delatarían…

—luego se recompuso y añadió—.

Me llamo Shirota.

Comerciante.

Poeta de mercadillo.

Y orgulloso amigo del hombre más insoportable del mundo: Reiji Mikazuki.

Reiji desvió la mirada.

—No somos amigos.

Él solo apareció un día y no dejó de hablar.

—¡Y así empezó nuestra eterna amistad!

—declaró Shirota, con un brillo dramático en los ojos.

Donyoku murmuró, divertido: —Creo que ya entiendo por qué Reiji nunca lo mencionó… Shirota sin esperar más respuesta, dio media vuelta, saludó con una reverencia desproporcionada y salió hacia la otra habitación.

— Al entrar en la habitación de Seimei, lo encontró semi recostado, con Seita y Kagenami compartiendo un silencio algo incómodo.

—¡Buenos días, grupo de los intensos!

Kagenami gruñó por lo bajo.

Seita lo ignoró.

Seimei alzó la mano débilmente.

—Shirota.

Supongo que tú también sobreviviste.

Una lástima.

—¡Yo también me alegro de verte!

—respondió sin perder la sonrisa.

Sacó tres pequeños paquetes.

Le dio uno a Kagenami con forma de piedra (literalmente, una piedra), uno a Seita (un espejo de bolsillo con la inscripción “No todos los reflejos son enemigos”), y finalmente, se acercó a Seimei.

Este regalo sí era distinto.

Era una caja de madera cuidadosamente tallada, con símbolos sutiles que recordaban los grabados en las lápidas tradicionales.

Dentro, había una pequeña flor de cristal azul, con un papel enrollado.

—Para ti, Seimei.

Por él.

Porque sé que no hay forma de reemplazar lo que se pierde… pero al menos hay formas de recordarlo.

Seimei abrió el papel.

Solo decía: “Tu amigo fue un idiota por morir… pero también fue un héroe por elegirlo.

Haz que su última decisión valga la pena.” Seimei se quedó en silencio, con la mirada vidriosa.

Shirota, por primera vez, no hizo una broma.

Después de entregar el regalo a Seimei y guardar un momento de respeto inusual, Shirota dio un paso hacia atrás.

Seimei lo miró con desconfianza.

—¿Y tú?

¿Quién demonios eres?

Shirota hizo una pequeña reverencia.

—Shirota, comerciante de lo innecesario, buscador de lo irremplazable… y amigo del fallecido Bokusatsu.

Seimei se tensó por un segundo, pero luego parpadeó, recordando algo.

—Un momento… ¿Bokusatsu te mencionó una vez…?

—ladeó la cabeza—.

¿Eras el comerciante idiota al que él decía que no le compraban ni el alma?

Shirota sonrió con orgullo.

—¡Ese mismo!

Aunque exageraba.

¡Mis almas están en descuento, dos por uno los jueves!

Seita se rió por lo bajo.

Kagenami solo murmuró: —Con razón lo ignoraban.

Shirota alzó una ceja.

—¡Bah!

La historia me juzgará como un visionario incomprendido… igual que él.

Y en ese momento, hasta Seimei, pese a todo, soltó una pequeña sonrisa.

Shirota solo dijo: —Nos vemos pronto, chicos.

Y no se mueran tan seguido.

Y salió como había llegado: con estrépito, y dejando un aire cálido detrás.

— Habían pasado ya varias semanas desde el infierno del coliseo.

Las heridas más visibles se habían cerrado… pero las que quedaban dentro seguían supurando en silencio.

El cielo estaba gris, como si compartiera el duelo.

Frente a una llanura arbolada, en las afueras de Kinzoku no Hana, se alzaba una sencilla lápida sin adornos.

Grabada en ella, solo una frase: “Viví para golpear al mundo… pero encontré una razón para detener el puño.” Todos los presentes se mantuvieron en silencio por unos instantes.

Solo el sonido del viento entre las ramas y la arena que rozaba los pies interrumpía el momento.

Reiji fue el primero en hablar, cruzado de brazos, con la mirada fija en la lápida.

—No fue perfecto… de hecho, era terco como pocos.

Pero en un par de días se convirtió en un aliado que confiaba sin pedir nada.

Y… eso es más de lo que muchos logran en toda su vida.

Donyoku bajó la cabeza.

—No lo conocí mucho, pero… creo que si dio la vida por otro, ya dice todo sobre él.

Chisiki asintió.

—Un sacrificio así no nace de la razón… nace del alma.

Aika se limitó a dejar una flor sobre la tierra, murmurando: —Gracias por proteger a Reiji-sensei.

Seimei dio un paso al frente.

Aunque su voz seguía serena, los ojos rojos delataban el cansancio de muchas noches sin descanso.

—Era un bastardo…

pero un bastardo que sonreía incluso cuando todo se caía a pedazos.

Me salvó más veces de las que puedo contar.

—Hizo una pausa, luego añadió, con una media sonrisa—.

Apostaría a que, si pudiera hablar ahora, se estaría quejando de que este funeral es demasiado serio.

Seita, que estaba de pie a un lado con las manos en los bolsillos, murmuró con una honestidad simple: —No tengo adónde más ir.

Pero si algo puedo hacer, es despedirme de alguien que murió con más valor que yo en toda mi vida.

Kagenami, apoyado contra un árbol, no dijo palabra.

Solo miró la tumba en silencio.

Pero por primera vez, su mirada no era fría.

Era… humana.

Nadie sabía qué vendría después, pero por ese momento, por ese espacio fugaz entre el caos y el deber, todos compartieron algo que los unía más allá de las heridas: el recuerdo de alguien que supo morir con propósito.

— La ciudad aún sanaba.

Aunque habían pasado varias semanas desde el infierno que fue La Noche de las Mil Miradas, Kinzoku no Hana no había olvidado.

Las calles estaban limpias, pero los ojos de sus ciudadanos seguían cargando el eco de los gritos y el hedor de los cuerpos que una vez llenaron el coliseo.

Aun así, las tabernas reabrían, los niños volvían a jugar, y el mercado renacía… con precios absurdamente bajos.

Fue por eso que, en un lujoso restaurante medio vacío, Hikaru se encontraba disfrutando del “Combo del Renacido” —tres platos gigantes por el precio de uno— con la misma torpeza que lo había hecho famoso entre los pocos que lo conocían.

Y justo cuando intentaba sentarse con elegancia… —¡Woooops!— gritó mientras resbalaba con una servilleta y caía sobre tres sillas, tumbando una bandeja de platos, una mesa y una botella de sake que voló como proyectil hasta estrellarse contra una lámpara.

—¡Reiji-sensei!

—exclamó Donyoku desde la acera—.

¡Ese es Hikaru!

Reiji entrecerró los ojos.

—Por supuesto que es él… solo Hikaru podría encontrar descuentos post-masacre.

Hikaru se puso de pie con una sonrisa amplia… y en el intento derribó tres platos, una silla y su dignidad.

—…Ya viene el desastre —murmuró Reiji desde la entrada, apoyando una mano en su frente con resignación.

Entraron uno a uno: Donyoku, Chisiki, Aika, Reiji… seguidos por Seimei, Seita y Kagenami, quienes se habían unido para estirar las piernas y, quizás, el corazón.

—¡Senseeeei!

—gritó Hikaru desde el suelo, alzando la mano como si hubiera ganado una batalla—.

¡Estás vivo!

¡Todos están vivos!

¡Esto es un milagro!

¡Un banquete!

¡Una señal divina!

Se levantó como pudo, tambaleándose entre platos rotos, y con una sonrisa radiante les gritó a todos: —¡Hola!

Para los que no me conocen, soy Hikaru, el espadachín más guapo del mundo!

Seita retrocedió un paso.

—¿Quién… es ese?

—Un error cósmico —murmuró Reiji—.

Tiene cara de idiota pero es un gran guerrero.

Hikaru se acercó trotando y volvió a tropezar, casi llevándose a Donyoku con él.

Seimei no tardó en soltar la carcajada.

—¡Así que tú eres Hikaru!

Eres incluso más ridículo de lo que imaginaba.

—¡Gracias, me esfuerzo todos los días para no decepcionar!

Kagenami lo miró con absoluto silencio.

Ni desprecio ni agrado.

Solo… eso.

—No sé si eres un espadachín o una comedia andante.

Hikaru le guiñó un ojo.

—¿Por qué no ambas?

Seita, en cambio, lo observaba con otra mirada.

Con una mezcla de asombro y curiosidad.

No por su torpeza, sino por algo más.

Había algo en la energía de Hikaru, en su ligereza, en su autenticidad.

Como si no ocultara nada… y a la vez cargara algo profundo.

“Él… tiene algo especial en el alma”, pensó.

Todos se sentaron, rodeando la larga mesa de madera aún desordenada.

La comida llegó.

Seimei pidió más carne de la que podía comer, Kagenami pidió lo más simple del menú, Aika y Chisiki compartieron postre.

Reiji simplemente cerró los ojos con un suspiro mientras Hikaru lo molestaba con bromas antiguas.

Donyoku, por primera vez, sonrió sin miedo.

Por ese instante, por esa mesa compartida y esas risas torpes, el destino encontró algo más que sangre, más que dolor.

Encontró humanidad.

Ya no eran piezas en una guerra secreta.

No por hoy.

No en ese momento.

Solo eran humanos libres… comiendo, riendo, recordando que estaban vivos.

Y eso, después de tanto infierno, era suficiente.

— Sobrevivieron a la noche que devoró al mundo, caminaron entre la muerte, tocaron la verdad y casi perdieron el alma.

Pero incluso tras todo eso… aún pueden reír, aún pueden soñar.

Porque la promesa de sangre que los une no es solo dolor: es la fuerza de los que no se rinden.

Gracias por haber llegado hasta aquí.

Este arco no fue fácil.

Fue crudo, violento, emocional y, en muchos momentos, injusto.

Algunos personajes se fueron, otros cambiaron para siempre, y hubo verdades que dolieron más que cualquier herida.

Pero si tú, lector o lectora, seguiste caminando junto a ellos hasta el final… eso significa que tu alma también resistió.

Gracias por ser testigo de esta noche interminable.

Gracias por no cerrar los ojos.

Gracias por quedarte.

La historia continúa… pero por ahora, respira.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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