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Chi no Yakusoku – El juramento de sangre - Capítulo 29

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  4. Capítulo 29 - 29 Capitulo 26 - La Semilla del Segundo Infierno
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29: Capitulo 26 – La Semilla del Segundo Infierno 29: Capitulo 26 – La Semilla del Segundo Infierno Reino de Sainokuni – Laboratorio Central, Nivel 7 Un leve zumbido mecánico recorría las paredes frías del laboratorio subterráneo.

El ambiente olía a químicos, sudor contenido y metal oxidado.

En el centro de la sala, rodeado de cápsulas de vidrio llenas de un líquido verdoso, un hombre de bata blanca tomaba notas con una precisión que rozaba lo maniático.

—Temperatura estable… respuesta nerviosa aún deficiente —murmuró mientras se acercaba a una de las cápsulas, observando un diminuto ser flotando dentro.

Era Dr.

Hinzoku Tsukimura, uno de los científicos más respetados —y temidos— del Reino de Sainokuni.

Su cabello canoso mal recogido y sus ojos hundidos hablaban de décadas sin descanso, alimentadas solo por obsesión.

Su ayudante, un joven silencioso de mirada nerviosa llamado Rikuto, entró con una bandeja de café.

—¿Cree que esta vez funcionará, doctor?

—preguntó mientras dejaba la taza en la mesa oxidada.

Tsukimura no respondió al principio.

Se sentó, tomó un trago del café con una mueca de desdén y sacó un libro tan viejo que la tapa ya no tenía ni título, solo vetas desgastadas y marcas de lo que alguna vez pudo ser una cruz.

—Claro que funcionará —dijo por fin, sin levantar la vista—.

Dios no le da este tipo de dones a cualquiera, Rikuto.

Yo… fui elegido.

Rikuto lo miró de reojo.

Aquello ya lo había escuchado muchas veces, pero algo en la voz del doctor sonaba más perturbador que de costumbre.

—Solo uno tiene que salir bien… uno —añadió Tsukimura mientras hojeaba el tomo con manos temblorosas.

En ese momento, uno de los fetos más desarrollados dentro de una cápsula comenzó a agitarse violentamente.

Su forma cambió, como si algo dentro de él intentara salir a la fuerza.

Rikuto se acercó nervioso.

—¡Se está mutando por sí solo!

¡Eso no estaba previsto!

—¡No lo toques!

¡Observa!

Pero fue inútil.

La cápsula explotó con un estallido de líquido ácido y carne fallida.

Fragmentos del cuerpo deformado cayeron al suelo.

Rikuto dio un salto hacia atrás, mientras una alarma roja comenzaba a sonar en lo alto.

Tsukimura apretó los dientes, su café temblando en la taza que aún sostenía.

—Malditos fetos inútiles… —masculló—.

Cuánto desperdicio…

¿Cuántos cuerpos más deben fracasar antes de que Él nazca?

El científico cerró el libro con fuerza.

Sangre y vapor se mezclaban en el aire.

—Uno…

solo uno debe sobrevivir.

Porque un dios debe nacer en carne, sangre y gritos.

La luz parpadeante se detuvo.

Solo el goteo constante del líquido verde manchando el suelo quedó como música de fondo.

— Pueblo de Tsuyoi – Plaza Central Después de semanas de viaje, entre caminos desiertos, aldeas fantasmas y recuerdos difíciles de digerir, por fin, el aire cambió.

El cielo era más azul, el viento olía a arroz cocido, a incienso de bienvenida y a flores de montaña.

El pueblo de Tsuyoi estaba de fiesta.

—¡Están aquí!

¡Han vuelto!

—gritaban los niños mientras corrían por la calle principal.

Las banderas de bienvenida colgaban de las ventanas, los ancianos aplaudían desde las esquinas y los más jóvenes alzaban cestos con frutas y pan.

Las campanas del templo sonaban con fuerza.

A pesar de la pobreza, el pueblo se esforzó por hacer del regreso de Reiji Mikazuki, sus alumnos y los nuevos invitados algo digno de héroes.

Donyoku caminaba en silencio, con el cuello cubierto por un vendaje.

Su mirada estaba fija en el suelo, pero sus pensamientos muy lejos.

“Sangre…

gritos…

cadenas…

el rugido del coliseo…

La Noche de las Mil Miradas…” A su lado, Seita lo observaba sin decir una palabra.

Aunque no era alguien afectivo, su presencia era firme.

Detrás, Kagenami cerraba la formación como un espectro que, a pesar de todo, no dejaba de sonreír de lado.

A unos metros, Chisiki y Aika caminaban juntos, compartiendo un pedazo de mochi y una conversación más ligera.

—¿Y entonces?

—preguntó Chisiki mientras tomaba un bocado—.

¿Cuál fue tu parte favorita del coliseo?

¿La tortura, la humillación, o el momento en que casi mueres?

Aika resopló divertida.

—Lo peor fue que perdí la apuesta contigo.

Jamás imaginé que terminarías siendo tú el que salvaría a Donyoku esa noche…

—Y sin cobrar —agregó él con fingido orgullo.

Hubo una pausa.

Luego, Chisiki la miró de reojo y preguntó, en tono casual pero directo: —¿Estás enamorada de Donyoku?

Aika se quedó en silencio, con las mejillas rosadas, apretando el mochi con más fuerza de la necesaria.

Bajó la mirada.

No dijo una palabra.

Chisiki rió, bajito, como quien acaba de ver a través de un muro que llevaba tiempo sospechando que era de cristal.

—Vaya, ese silencio… dice más que mil gritos.

Y entre risas añadió: —Te deseo suerte.

Conquistar a Donyoku es más difícil que hacer sonreír a Kagenami o que Seimei deje de hablar como poeta deprimido.

Aika no pudo evitar soltar una carcajada.

Por un segundo, el mundo no parecía tan roto.

Más atrás, Seimei observaba al pueblo desde una colina cercana, como si midiera el equilibrio del mundo en ese instante.

Y al frente de todos, Reiji Mikazuki caminaba con la espalda recta y el rostro más cansado que nunca… pero había una paz rara en sus ojos.

Habían sobrevivido.

Habían regresado.

Pero los ecos del coliseo aún vibraban en sus almas.

Y aunque la gente reía y bailaba, el aire tenía algo denso, casi imperceptible…

Como si la calma fuera solo una pausa en la historia.

— La noche había caído sobre el pueblo como un suspiro de alivio tras días de incertidumbre.

Las farolas de aceite titilaban con suavidad, esparciendo destellos anaranjados que bailaban sobre las paredes de piedra.

Afuera, algunos aldeanos aún celebraban, bebiendo, riendo, cantando… pero dentro de la humilde casa de la familia Tsuyoi, todo se había calmado.

La habitación de Donyoku era sencilla, pero cargada de memorias: una estantería de madera medio rota donde descansaban libros polvorientos, una pequeña katana de madera colgada en la pared —la primera que empuñó con su padre—, y un par de dibujos viejos hechos por sus hermanos, pegados al lado de la ventana con hilo y clavos oxidados.

La cama crujía con cada movimiento.

Las sábanas estaban frías, como si el alma de la casa aún no hubiera regresado del coliseo.

Un viento suave se colaba por las rendijas mal selladas del techo, haciendo temblar las sombras proyectadas por una lámpara de aceite.

Y en el rincón más oscuro, el silencio era tan denso que parecía observar.

Donyoku se recostó.

El cuerpo le pesaba.

La mente, aún más.

No era solo el cansancio… era el eco de la verdad, el juicio, el dolor que el cuerpo no puede cargar pero el alma sí.

Cerró los ojos.

Y entonces… La oscuridad se movió.

La habitación se deformó.

Y las pesadillas volvieron a reclamar lo que se les debía.

— Un chirrido seco.

La oscuridad se rasga como si fuera carne.

Donyoku camina desnudo, descalzo, entre cadáveres que no sangran…

ríen.

Los cuerpos están partidos, abiertos, doblados en formas imposibles, pero cada uno sonríe.

Sus ojos lo siguen.

Un camino de dientes humanos lo guía hacia un salón de piedra…

Y al final, un gran banquete.

El coliseo.

Pero no como lo recuerda.

Es ahora una mesa infinita, circular, como un reloj sin agujas.

En cada asiento hay nobles sin rostro, con máscaras de oro fundido pegadas a la piel.

Ríen.

Beben sangre de copas hechas con huesos.

Y en el centro de la mesa… él mismo.

Atado como un cerdo.

Con una manzana en la boca.

Una voz retumba: —¡Que el esclavo se sacrifique para el entretenimiento!

Los nobles aplauden.

Pero sus manos son garras.

Los platos están llenos de niños.

Niños con sus ojos.

Con su voz.

Con sus gritos.

Donyoku quiere gritar, pero su boca está cosida.

Una figura lo observa desde las gradas: Reiji.

Pero tiene alas negras.

No dice nada.

Solo mira.

Aika, Chisiki, incluso su madre…

bailan con cadenas en el cuello.

Sus pies están desgarrados, pero siguen bailando, sonriendo con la piel arrancada.

Donyoku intenta liberarse.

Una sombra se acerca.

No camina, flota como una mosca gigante, y le susurra al oído: —¿Y tú?

¿Cuántas veces disfrutaste el aplauso cuando sangrabas por ellos?

Entonces una cuchilla atraviesa su pecho.

Pero en lugar de sangre… salen pequeñas versiones de él mismo.

Cientos.

Miles.

Riendo.

Llorando.

Gritando.

—¡Hazlo reír!

¡Hazlo gritar!

¡Hazlo romperse!

—gritan los mini Donyokus mientras se trepan por su cuerpo.

La manzana de su boca se pudre, y de ella salen gusanos blancos con ojos humanos.

Él mira al cielo…

Y allí, entre nubes de carne… el rostro de Renjiro, destrozado, repite: —¿Por qué no me mataste?

¿Por qué no me liberaste?

¿Por qué sigues vivo si cargas nuestras almas y ni siquiera puedes dormir?

Un espejo aparece ante él.

Pero no se ve a sí mismo.

Ve una jaula.

Y en esa jaula hay un animal cubierto de vendas… Y sus ojos.

Sus malditos ojos.

— Donyoku giró en la cama por tercera vez, Se removía entre las sábanas, empapado en sudor.

En sus sueños, los látigos volvían a alzarse, los grilletes apretaban su carne, los gritos de los esclavos perforaban su alma.

Y aunque afuera la noche era fresca, su cuerpo ardía como si aún estuviera atrapado entre los gritos del coliseo.

“¡Deténganse…

por favor…

ya basta!” El suelo de su mente temblaba.

Un frío extraño lo envolvía.

No el frío de la noche, sino algo más profundo, más inhumano.

Un frío que parecía brotar desde la misma médula del horror.

Donyoku despertó de golpe, con el pecho agitado, jadeando.

La habitación estaba oscura…

pero no vacía.

Sintió una presencia cerca.

Una figura sentada al borde de su cama, envuelta por la tenue luz de la lámpara.

—¿Onii-chan?

—susurró Donyoku, todavía medio dormido, con la voz entrecortada por el temblor—.

¿No podías dormir, verdad?

La figura no respondió de inmediato, pero una voz suave, casi apagada, emergió del silencio.

—Pareces inquieto…

¿te preocupa algo?

Donyoku asintió con los ojos aún cerrados, frotándose los párpados con cansancio.

—Sí… solo son esas malditas pesadillas…

ya se me pasará.

—Se acomodó sobre el colchón crujiente, como si intentara volver a dormirse—.

Ven, acuéstate un rato, hermanito… no pasa nada… Pero entonces…

lo sintió.

Esa voz…

no era la de su hermano.

Un escalofrío le recorrió la espalda como una punzada de hielo.

Abrió los ojos.

Lentamente.

Con los músculos tensos por el miedo.

Y lo vio.

El rostro de aquel que estaba sentado frente a él no era el de su hermano menor… sino el de un joven pálido, de mirada ausente y fría como la luna: Seita.

—¡¿Q-qué haces aquí?!

—gritó Donyoku al instante, dando un brinco tan brusco que cayó al suelo de espaldas, arrastrando parte de la sábana con él.

Seita lo miró desde lo alto del colchón, inmóvil, como si no comprendiera el sobresalto.

—Tu madre me dijo que podía dormir aquí —respondió con absoluta tranquilidad, como si su presencia fuera tan natural como la oscuridad de la noche—.

Este cuarto es más cálido… eso dijo ella.

Donyoku seguía en el suelo, con los ojos abiertos como platos y el corazón a punto de estallar.

Se llevó las manos al rostro y suspiró.

—¡¿Y tú aceptaste así nomás?!

¡¿No se te ocurrió decirle que… que no?!

¿¡Quién demonios Invitar al tipo más silencioso y perturbador del reino a dormir en el cuarto de su hijo!?…

genial —Le agradé —dijo Seita, mientras sacaba una pequeña cobija y comenzaba a envolverse como un rollito de arroz helado.

Seita desvió la mirada hacia la ventana, como si escuchara algo en la distancia.

—No te preocupes… no haré nada raro.

Solo quería saber si estabas bien.

Donyoku, aún jadeando, se levantó poco a poco del suelo y volvió a la cama, aunque sin quitarle los ojos de encima.

—Tsk… mi mamá es demasiado ingenua… —murmuró mientras se cubría hasta el cuello—.

Solo no me asustes así de nuevo.

Ni siquiera un fantasma me da tanto miedo como tú… Seita solo parpadeó lentamente.

—Gracias.

—…¿Gracias por qué?

—Por ser honesto.

El silencio regresó.

Y aunque el frío seguía allí, Donyoku logró dormir de nuevo.

No porque el miedo se hubiera ido… Sino porque, por alguna razón extraña, la presencia de Seita era menos aterradora que sus pesadillas.

Y eso… decía mucho.

Y así, en aquella noche que parecía hecha de cicatrices, dos almas diferentes, pero marcadas por el dolor, compartieron un cuarto.

Uno, temiendo las verdades que lo perseguían en sueños.

El otro, tal vez, temiendo algo aún peor: no sentir nada.

— El cielo amaneció con un tono gris azulado, como si el sol dudara en salir por completo.

Nubes delgadas, alargadas como heridas, cruzaban el firmamento con lentitud.

El viento soplaba suave, pero con un murmullo constante, como si el mundo supiera que algo se acercaba.

Reiji Mikazuki estaba de pie en la plaza del pueblo, junto al antiguo pozo central.

Vestía su abrigo largo y oscuro, con el cuello subido.

Sus ojos reflejaban la calma de quien ha visto demasiado y ya no se sorprende.

Alrededor suyo se reunieron los aldeanos: herreros, pastores, madres con bebés en brazos, niños aún con migas de pan en los labios.

Seimei se mantuvo detrás, en silencio.

Kagenami afilaba una lanza de madera sin mirar a nadie.

Los tres jóvenes —Donyoku, Aika y Chisiki— se mantenían atentos, sin interrumpir.

Reiji habló sin alzar la voz, pero todos lo escucharon.

—Esta mañana hablé con unos comerciantes que vienen del norte.

—Hizo una pausa breve, luego sus ojos recorrieron el rostro de cada uno—.

Según ellos, el Reino de Sainokuni ha enviado un ultimátum oficial.

Un leve murmullo rompió la quietud.

—Exigen que se les devuelvan las tierras que perdieron en la guerra de hace veinte años… tierras que ahora nos pertenecen.

Que fueron reconstruidas por este Reino.

Una mujer mayor entrecerró los ojos.

—¿Y eso qué significa?

Reiji respondió sin rodeos.

—Significa que es probable que Hokori entre en guerra.

Otra vez.

Silencio.

Un perro ladró a lo lejos, como si también entendiera.

—No sabemos si es cierto.

Tal vez solo sea un rumor inflado, una maniobra política.

Pero en este reino, —agregó con amargura— los rumores siempre traen sangre detrás.

Así que es mejor prepararse.

Se cruzó de brazos.

—Vamos a reforzar las casas, a excavar búnkers en las afueras.

Si tienen herramientas, úsenlas.

Si saben construir, enseñen.

Si pueden cargar, trabajen.

No hay tiempo para pánico… solo para acción.

La mayoría no dijo nada.

Solo asintieron.

Como si ya supieran que en Hokori, la paz solo es el silencio entre dos disparos.

— Las carretas chirriaban bajo el peso de sacos de tierra, maderas húmedas, herramientas oxidadas y provisiones básicas.

El aire olía a polvo seco y a esfuerzo humano.

Bajo un cielo parcialmente nublado, los aldeanos trabajaban sin quejarse… como si sus cuerpos ya supieran qué hacer cuando la tragedia acecha.

Donyoku se secó el sudor con el antebrazo y dejó una viga de madera cerca del pozo, justo al lado de un búnker improvisado en proceso.

—Es una tontería —murmuró, con fastidio—.

¿Guerra por estas tierras?

Si ni siquiera son fértiles.

No hay minerales valiosos, ni ríos estratégicos…

solo tierra, árboles y ruinas de otras guerras.

Chisiki dejó una caja en el suelo y se estiró la espalda.

—La guerra rara vez se trata de lógica.

—Lo dijo como si leyera un texto antiguo, pero su voz tenía filo—.

Se trata de poder.

De símbolos.

De obediencia.

Si el supuesto “Elegido por Dios” alza una bandera, los soldados se alzarán con él.

Aunque sea para morir por lodo.

Donyoku bufó, molesto.

Aika los observaba, sentada sobre un tronco con una cuerda de cuerda en las manos, pero con la mirada perdida en el rostro de Donyoku.

Apenas si fingía estar concentrada.

Se mordía el labio y fruncía ligeramente el ceño.

—Yo…

solo creo que está mal —dijo con voz suave—.

Nadie debería vivir con miedo otra vez.

Ya hubo suficiente sangre en ese coliseo…

y ahora una guerra, otra más…

Chisiki la miró de reojo, sorprendido por su sinceridad.

—…El mundo no se cansa de pedir sacrificios, ¿verdad?

Seita no dijo nada.

Estaba de pie, unos pasos más allá, cargando sobre los hombros una caja con herramientas pesadas.

Sus ojos estaban vacíos, su rostro sin expresión.

Como si el peso que cargaba no viniera del metal, sino de algo mucho más denso… y más invisible.

No hablaba.

No pensaba.

Solo ayudaba.

Aquel chico extraño, ese al que nadie conocía del todo, parecía ajeno a las palabras, al cansancio, al ruido.

Como si, en su silencio, ya supiera que esta guerra no sería como las otras.

Que algo peor venía.

— El crepúsculo teñía el cielo con tonos púrpuras y anaranjados.

La brisa que bajaba de las montañas traía consigo un olor a hierro viejo y leña quemada.

Lejos del bullicio de los refugios improvisados, Seimei giraba lentamente sobre sí mismo, en el claro del bosque.

Movía sus manos con delicadeza, como si esculpiera el aire.

Su Shinkon danzaba a su alrededor con armonía… y peligro.

Cada movimiento era perfecto, pero aún así… aún no era suficiente.

A pocos metros, entre los árboles, Kagenami observaba en silencio.

No a Seimei.

Sino al pueblo.

A sus rostros manchados de tierra.

A las sonrisas forzadas.

A los niños que jugaban como si no supieran que la guerra se acerca.

Ya no podía seguir allí.

Su propósito no era vivir entre ellos.

Nunca lo fue.

Se ajustó su capa y comenzó a caminar hacia las afueras del pueblo, con paso tranquilo pero seguro.

Las sombras del bosque comenzaban a tragar el camino tras de él.

—¿Te vas sin despedirte?

—dijo una voz conocida a su espalda.

Kagenami se detuvo.

Reiji Mikazuki estaba allí, con las manos en los bolsillos y su cabello despeinado por el viento.

—Sabías que me iría —dijo Kagenami, sin mirarlo—.

Mis vacaciones en Hokori terminaron.

Este reino no me concierne.

—Sabía desde el principio que eras un espía del Imperio —asintió Reiji, con una media sonrisa amarga—.

Pero decidí no hacer nada.

A veces, incluso los enemigos pueden ser compañeros… por un rato.

Kagenami giró el rostro solo un poco, lo justo para mostrar una media sonrisa burlona.

—No me subestimes.

Tal vez me encariñé un poco… pero no soy como tú, Reiji.

No lucho por ideales.

Solo por lo que me conviene.

Y esta guerra…

no entra en esa lista.

Reiji dio unos pasos hacia él, ya no sonriendo.

—Y si nuestros caminos se cruzan de nuevo, y estamos en lados opuestos… —No esperes piedad —terminó Kagenami, anticipándose con una voz más fría que el acero.

Reiji asintió, firme.

—Ni tú la recibirás.

Por unos segundos solo hubo silencio.

Un silencio que hablaba más que mil palabras.

Luego, Kagenami dio la vuelta y se internó en la penumbra del bosque.

Desapareció como si nunca hubiera estado allí.

Y en ese momento, una ráfaga de viento sacudió las hojas secas.

Seimei, desde el claro, abrió los ojos.

Y Reiji… solo se quedó viendo las sombras, sabiendo que la guerra no solo sería entre reinos, sino entre almas que alguna vez compartieron el mismo camino.

— Y así, mientras las sombras reclamaban a uno de los suyos, el mundo daba un paso más hacia la guerra.

Porque incluso quienes comparten el mismo fuego, tarde o temprano, se enfrentan cuando los ideales se apagan… y solo queda el instinto de sobrevivir.

Gracias por adentrarte en este segundo arco, donde la guerra no solo se gesta con espadas, sino con heridas del pasado, decisiones sin retorno… y almas que aún no han elegido de qué lado están.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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