Chi no Yakusoku – El juramento de sangre - Capítulo 3
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- Capítulo 3 - 3 Capítulo 2 Aquello que se Oculta en la Oscuridad
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3: Capítulo 2: Aquello que se Oculta en la Oscuridad 3: Capítulo 2: Aquello que se Oculta en la Oscuridad La luna resplandecía en lo alto del cielo nocturno, su luz bañando el campo de entrenamiento como si intentara purificarlo.
Reiji Mikazuki se encontraba de pie frente a sus dos alumnos, observándolos en silencio, con las manos detrás de la espalda y la mirada cargada de un conocimiento que parecía pesarle.
—A partir de hoy, entrenarán bajo mi tutela —dijo finalmente, su voz serena pero firme—.
No será fácil.
El camino del Shinkon no perdona a quienes dudan de sí mismos.
Donyoku tragó saliva.
A su lado, Chisiki mantenía la postura erguida, pero su ceño fruncido dejaba ver la tensión que ocultaba.
—¿Qué es exactamente el Shinkon?
—preguntó Donyoku, incapaz de ocultar la curiosidad y la desconfianza que bullían dentro de él desde aquel día en la plaza.
Reiji sonrió apenas, como si hubiera esperado esa pregunta.
—El Shinkon…
es el reflejo más puro del alma.
No es magia, ni energía.
Es voluntad.
Es convicción.
Es todo lo que uno es y todo lo que aún no se atreve a ser.
Chisiki entrecerró los ojos, pensativo.
Donyoku, en cambio, frunció el ceño.
—¿Y cómo lo usamos?
—Cada alma es distinta.
Cada uno lo manifestará de una forma diferente.
Pero antes, deben enfrentarse a ustedes mismos.
Con un movimiento de su mano, Reiji hizo un gesto sutil.
El mundo pareció distorsionarse.
El campo se desvaneció en una neblina oscura, y, de pronto, ambos chicos se encontraron en un espacio onírico.
Una vasta llanura gris, sin cielo ni suelo, solo un eco constante que parecía surgir de sus propios pensamientos.
—¿Qué es esto?
—susurró Donyoku.
—Una ilusión.
Pero no es solo mi creación.
Este espacio está tejido también con partes de ustedes.
Sus memorias.
Sus miedos.
Sus deseos —explicó Reiji, cuya voz resonaba en el aire como si viniera de todas direcciones—.
Para controlar su Shinkon, deben conocer lo que hay dentro de ustedes…
incluso aquello que desearían nunca haber sentido.
Ambos se miraron, inseguros.
Pero no había marcha atrás.
— El primer entrenamiento comenzó con ejercicios físicos rigurosos.
Reiji no era indulgente.
Aunque era un hombre de sabiduría, su manera de enseñar era dura, casi implacable.
Los hacía correr hasta caer de rodillas, entrenar con los ojos vendados, meditar bajo una cascada helada.
Cada ejercicio estaba diseñado no solo para fortalecer el cuerpo, sino para quebrar lentamente las barreras mentales.
Por la tarde, Aika se acercó al campo de entrenamiento con una canasta entre sus manos.
Su andar era torpe, inseguro, como si cada paso la acercara a un abismo.
—Eh…
traje algo de comida —dijo, alzando la voz.
Donyoku levantó la cabeza desde el suelo, jadeando por el cansancio—.
Pensé que quizás…
no habían comido.
Chisiki arqueó una ceja, divertido.
Donyoku, entre confuso y agradecido, aceptó la comida sin palabras.
Aika se sonrojó hasta las orejas y se alejó corriendo, tropezando con una raíz.
Chisiki soltó una carcajada.
—Esa chica está muy perdida contigo.
Donyoku solo murmuró un “cállate”, aunque no pudo evitar sonreír.
La canasta tenía pan caliente, frutas, y un dulce de arroz envuelto con cuidado.
Reiji los observó desde una roca cercana, en silencio.
Sus ojos se detuvieron un instante en Donyoku, como si viera algo que aún no estaba listo para revelar.
Esa noche, Donyoku encontró una pequeña nota dentro de la canasta: “No sé si esto ayuda…
pero quiero que estés bien.” Él guardó el papel en su bolsillo sin decir nada, aunque lo leyó más de una vez antes de dormir.
— El entrenamiento fue más intenso.
Esta vez, Reiji los sumió de nuevo en el espacio ilusorio.
Pero ahora, el entorno no era neutro.
Cada uno fue separado y arrojado en un fragmento distinto de su mente.
Donyoku se vio a sí mismo en la plaza del Reino de Hokori, rodeado de soldados.
Los gritos, la sangre, la injusticia.
Pero esta vez, él no era un espectador.
Era uno de ellos.
Su ropa teñida de rojo.
Su espada manchada.
Los cuerpos a su alrededor, inertes.
El sonido de un niño llorando a sus pies.
Otra figura comenzó a emerger del suelo.
Era él pero su cuerpo estaba envuelto en llamas y sus pies encadenados.
Su rostro solo lograba reflejar culpa.
—¿Qué…
qué es esto?
—murmuró.
—Es una posibilidad —dijo Reiji, apareciendo tras él, como un eco—.
¿Cuántas veces has sentido rabia, Donyoku?
¿Cuántas veces has querido aplastar al reino con tus propias manos?
Donyoku cayó de rodillas, temblando.
—Yo…
no quiero esto.
No quiero convertirme en esto.
—Entonces aprende a controlarlo.
Porque si no lo haces…
esto es lo que te espera.
En otro fragmento, Chisiki se vio a sí mismo solo, en un mundo completamente vacío.
Caminaba por un pasillo sin fin, lleno de puertas cerradas.
Cada puerta que abría lo devolvía a momentos de soledad, abandono, y silencio.
Finalmente, una puerta se abrió a una visión: Donyoku, muerto frente a él.
Reiji, ensangrentado.
Aika, llorando.
Chisiki cerró los ojos.
Respiró hondo.
—No…
no puedo permitirlo.
Cuando salió de la ilusión, su rostro estaba bañado en sudor.
Donyoku, a su lado, respiraba agitadamente.
Ambos habían sido marcados por lo que vieron.
Reiji los observaba desde lo alto, con los brazos cruzados.
Su mirada era severa, pero también…
protectora.
—Apenas están arañando la superficie —murmuró para sí—.
Pero han comenzado.
— Noche del segundo día La luna se alzaba de nuevo, más pálida esta vez.
Donyoku no podía dormir.
Se encontraba sentado fuera del refugio improvisado, con la nota de Aika entre los dedos.
La criatura de su visión aún lo perseguía.
Su rostro…
su voz…
eran suyos.
—¿Estás bien?
—preguntó Chisiki, acercándose con una rama encendida a modo de antorcha.
—No sé qué me pasa.
Siento que…
que hay algo dentro de mí.
Algo que no controlo.
Algo que podría…
destruirlo todo.
Chisiki se sentó a su lado.
Por unos segundos, ninguno dijo nada.
—Si no hubiese sido por Reiji —dijo finalmente Chisiki, en voz baja—, yo también habría caído.
Él nos está dando una oportunidad que no todos tienen.
—¿Y si no es suficiente?
—preguntó Donyoku.
Chisiki no respondió enseguida.
Observó las brasas danzar en la oscuridad.
Luego, dijo: —Entonces será nuestra decisión lo que nos defina.
No lo que llevamos dentro.
— Mientras la noche avanzaba, Reiji observaba a los dos jóvenes desde la distancia.
Su rostro, por lo general tranquilo, mostraba un atisbo de preocupación.
—El alma de ese chico…
es como un pozo sin fondo —susurró—.
Si no encuentra una luz que lo guíe, terminará tragándolo todo.
Sus palabras se perdieron en el viento, mientras la sombra de una figura sin forma emergía del bosque, observando desde las sombras.
Y así, la oscuridad también comenzó su entrenamiento.
___ El verdadero combate no es con enemigos visibles, sino con las sombras que habitan en nuestro propio interior; y solo enfrentándolas podemos forjar la luz que nos salvará.
Gracias por leer este capítulo de Chi no Yakusoku.
Si te gustó, no olvides seguir para el próximo paso en este oscuro juramento de sangre.
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