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Chi no Yakusoku – El juramento de sangre - Capítulo 30

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  4. Capítulo 30 - 30 Capitulo 27 - La Guerra No Espera la Razón
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30: Capitulo 27 – La Guerra No Espera la Razón 30: Capitulo 27 – La Guerra No Espera la Razón Asamble Suprema de Estados (A.S.E) El silencio que llenaba la aquella reunión era más pesado que cualquier espada.

Las paredes, decoradas con tapices antiguos y estandartes de todos los Reinos, no ocultaban la tensión palpable.

La gran mesa circular de ónix negro relucía bajo una cúpula de cristal ahumado, permitiendo ver un cielo enrojecido, como si incluso los dioses presenciaran el preludio de la catástrofe.

En una esquina, sentado con una sonrisa socarrona mientras cortaba un trozo de carne perfectamente cocinada, estaba el Rey de Hokori, Genshin no Ikkaku.

Llevaba una túnica de tonos oscuros con bordados dorados, coronado con un ornamento de jade.

A su lado, de pie como un centinela silencioso, se encontraba Kyomu, envuelto en su imponente armadura negra forjada con acero del Monte Akuma.

Su yelmo en forma de media luna reposaba a un costado, revelando sus ojos ausentes de emoción, su sola presencia bastaba para helar la sangre de cualquier comandante.

En el extremo opuesto de la sala se hallaba Shinsei Kōji, el autoproclamado Elegido por Dios, actual rey del Reino de Sainokuni.

Su túnica blanca bordada en símbolos sagrados brillaba como si el sol se reflejara solo en él.

No comía.

No se movía.

Solo observaba con una serenidad inquietante.

Entre ambos, en el centro de la sala, estaba Zanka, el tirano de Enketsu, con sus anillos de hueso y una capa ensangrentada que arrastraba por el suelo.

A su lado, el Comandante Supremo de Sabaku, Aram Khan, cruzado de brazos, con sus ojos de halcón escrutando a todos.

Junto a él, la Princesa Yukihana del Reino de Yukiguni, rodeada de una neblina suave que la protegía del calor político que la envolvía.

Y más allá, el viejo pero firme Gran Sacerdote Maharen de las Tierras Sagradas de Reimei, con su báculo y mirada piadosa, aunque desgastada por décadas de guerras que supuestamente no deberían haber existido.

Sillas vacías…

muchas.

Reinos menores, líderes desaparecidos, clanes sin voz.

Una escena simbólica de un mundo que ya no es diplomático, sino temeroso.

Genshin no Ikkaku rompió el silencio, dando un mordisco a su carne y bebiendo sin cuidado.

—Enviar un ultimátum…

—dijo, limpiándose la boca con una servilleta de seda negra— es una forma cobarde de declarar una guerra.

Al menos tengan los cojones de decirlo de frente.

Shinsei Kōji no se inmutó.

Apenas pestañeó.

—Nosotros solo buscamos recuperar lo que fue nuestro por derecho divino.

Las tierras perdidas son una extensión de la promesa celestial que Sainokuni recibió.

Esta no es una guerra.

Es una restitución.

Zanka se removió en su asiento pero no habló.

Aram Khan apretó los puños.

Yukihana bajó la mirada.

El aire se hacía más pesado con cada palabra.

Entonces, Maharen dio un paso al frente.

Su voz temblaba, pero su fe era férrea.

—Esto no tiene sentido… Dios no desearía una guerra entre sus hijos.

Podríamos negociar… compartir la tierra.

Las almas de este mundo ya han sido demasiado dañadas.

Pero Genshin bufó, con el ceño fruncido y desprecio en los ojos.

—¿Negociar?

¿Con cucarachas que se esconden tras su Dios?

—dijo mientras escupía el último trozo de carne sobre el plato de plata— Esta comida sabe a mierda por culpa de sus palabras.Y si no tienen el valor de retirar su bendito ultimátum… —hizo una pausa, cruzando lentamente los brazos mientras su mirada cruzaba la sala como una lanza— …entonces que los tambores resuenen.

La guerra empezará.

— El eco de la tensión aún flotaba en la Sala de Reuniones.

Genshin no Ikkaku se levantó de su asiento sin prisa.

Con un movimiento elegante se acomodó la capa de seda y caminó lentamente, como si no le preocupara que todos los ojos del mundo estuvieran sobre él.

Sus pasos resonaban como tambores de guerra sobre el mármol negro.

Zanka, cruzado de brazos, habló sin rodeos, con la voz grave de quien ha visto imperios arder: —Si rechazas el ultimátum…

estás encendiendo una mecha que devorará naciones.

No te equivoques, Genshin.

Una guerra así podría devorar hasta a los que se creen invencibles.

El Gran Sacerdote Maharen, aferrado a su báculo como si sujetara la esperanza misma, alzó la voz con un dejo de súplica: —Por favor, en nombre de Dios…

aún podemos detener esto.

Hay otros caminos.

Aún hay tiempo.

Pero entonces, una voz suave y venenosa se alzó.

Yukihana, la princesa de Yukiguni, se puso de pie con delicadeza.

Sus pasos eran como copos de nieve… hermosos, pero fríos.

Su sonrisa parecía hecha de hielo pulido.

—A este paso, Hokori dejará de ser un Reino y va a ser considerado un peligro de nivel Catástrofe.

—sus ojos helados se clavaron en los de Genshin— Tenga cuidado, Su Majestad… Jugar a ser el Rey del mundo tiene un precio.

Y no siempre lo paga quien lo merece.

Con un giro elegante de su túnica plateada, la princesa abandonó la sala, escoltada por sus guardias de niebla.

Zanka, como si todo le resultara un juego, solo rió entre dientes mientras destapaba dos botellas de cerveza artesanal que sacó de debajo de su silla.

Una para él… otra para nadie.

Bebió como si el fin del mundo le supiera a gloria.

Genshin ni se giró.

Solo levantó un dedo.

—Kyomu, larguémonos de esta reunión de farsantes.

Kyomu asintió sin palabra alguna, y tras él, las puertas se cerraron con un estruendo final.

Shinsei Kōji, aún sentado, alzó la vista y pronunció como si dictara un decreto divino: —Entonces que comience la guerra, Rey de la Oscuridad.

Veamos si es más fuerte la fe de Dios… o tu crueldad.

— Mientras tanto…

En la Mansión Karakuri, Shirota dejó caer su copa de vino mientras observaba el cielo desde su terraza de mármol.

Las nubes parecían desgarradas, teñidas de un púrpura ominoso, como si un dios hubiera abierto su costado.

—Una tormenta…

—murmuró, con la voz apagada— Pero no una normal.

Esta…

viene a borrar nombres y ciudades.

En lo más profundo de la Prisión Central de Hokori, Enma abría los ojos lentamente, mirando el techo con la expresión de quien ya sabe lo que se avecina.

Las marcas antiguas de los barrotes temblaban.

—Va a comenzar otra vez…

—susurró.

A su lado, Yagameru dormía profundamente, roncando tan fuerte que parecía desafiar al apocalipsis.

—Snrrrrgghhh…

quiero sake, maldita sea…

— En el pueblo de Tsuyoi Las hojas secas crujían bajo sus pies.

Donyoku y Chisiki caminaban en silencio por el sendero del bosque este, no muy lejos del pueblo.

El aire era pesado, como si incluso el viento se negara a aligerar la atmósfera.

Almas errantes vagaban cerca, de esas que no gritan… solo tiemblan.

Como si quisieran llorar, como si su dolor quisiera hablar.

Pero ya no les quedaban palabras.

Donyoku blandía su arma con facilidad, atravesando sus núcleos de un solo tajo.

Se había vuelto más fuerte.

Más rápido.

Más inhumano.

Cada alma que eliminaba parecía borrar una parte de él.

Chisiki, por su parte, apuntaba con una precisión quirúrgica.

Cada flecha iba directo al centro espiritual de la aberración.

Pero su rostro no mostraba orgullo, ni emoción, solo una serenidad que ocultaba su tensión interna.

En un claro entre los árboles, Aika los esperaba con una pequeña manta extendida sobre la hierba y una caja de madera con onigiris recién preparados.

Se sentaron con calma.

Sus mochilas al lado.

Sus heridas vendadas.

Sus corazones… un poco menos.

—¿Creen que esto será la última vez que compartamos un almuerzo en paz?

—preguntó Aika, mirando el cielo.

—No lo sabemos —respondió Donyoku, aún masticando— pero si lo es… al menos no pasaremos hambre.

Chisiki rio con suavidad.

—Quizás el hambre sea lo menos preocupante en una guerra entre reinos poderosos —dijo mientras tomaba un onigiri de alga negra—.

Al menos tú morirás con el estómago lleno, Donyoku.

—Qué suerte tengo —replicó él con ironía.

La escena tenía una belleza melancólica: tres jóvenes en la antesala del caos, intentando fingir normalidad bajo el cielo nublado.

Pero entonces… —¿Les queda alguno de salmón?

Una voz emergió como una puñalada de hielo.

Todos se congelaron.

Giraron lentamente.

Allí estaba Seita, de pie, completamente inmóvil, con su rostro inexpresivo como una máscara funeraria.

Nadie lo había escuchado acercarse.

Nadie había sentido su presencia.

Simplemente estaba allí, como un espectro que flotó desde otra dimensión.

Los tres gritaron al mismo tiempo, sobresaltados.

—¡¡¡¿Cuánto tiempo llevas ahí?!!!

—exclamó Chisiki, con un brinco de miedo.

Aika soltó su onigiri, que rebotó una vez sobre la manta antes de caer al suelo con un plof trágico.

Donyoku se atragantó y tosió, mientras miraba con terror.

—¡¿Por qué apareces así, maldito?!

¡¡Casi me da un paro!!

Seita solo inclinó ligeramente la cabeza.

—Disculpen.

No quería interrumpir su “ritual de comida”.

Pensé que podrían compartir.

—¿Ritual de…?

—Aika se quedó mirándolo como si hablara en otro idioma— ¡Solo estamos almorzando!

Seita se acercó lentamente, con el mismo tono plano de siempre.

—Entonces… ¿puedo unirme?

El silencio fue absoluto.

Hasta que los tres se miraron entre sí… …y sus onigiris ya estaban en el suelo.

—Ahora que los tiraron —dijo Seita— ¿puedo recogerlos?

—¡No!

¡Haz los tuyos!

—gritaron los tres al unísono.

La escena terminó con los cuatro bajo la sombra de un árbol, compartiendo el almuerzo más incómodo de sus vidas.

Y aunque no lo dijeran… sabían que eran los últimos onigiris de paz antes de que el mundo comenzara a romperse de nuevo.

— La Prisión Central de Hokori no era solo una estructura para contener cuerpos… sino almas.

El aire era pesado, lleno de humedad y silencio.

Las paredes estaban hechas de piedra negra, absorbente de luz, cubiertas por cadenas oxidadas que pendían como símbolos de pecados olvidados.

Las celdas eran pequeñas grietas en la roca, apenas lo suficientemente amplias para estar de pie sin tocar el techo.

Unas tenían barro en el suelo, otras ni eso.

No había colchones, solo tablones duros o la nada.

En una de esas celdas, Enma yacía con los ojos abiertos, mirando el techo agrietado.

Intentaba dormir… pero no podía.

No por el frío.

No por el silencio.

Sino por las verdades.

Aquellas que pesan más que cualquier castigo, aquellas que no permiten cerrar los ojos sin enfrentarlas.

Porque dormir era regresar a los recuerdos.

Y allí, en los recuerdos, ella aún corría…

aún perdía…

aún lloraba.

Un guardia se detuvo frente a su celda, arrastrando una cadena pesada.

—Tú —gruñó—.

Y tú también, monstruo.

Yagameru levantó su corpulento cuerpo de la oscuridad con un gruñido somnoliento.

—¿Otra tortura?

¿Otro teatro de nobles?

—bufó.

—No esta vez.

El Rey Genshin ha solicitado una audiencia.

— La sala del trono era un templo de poder.

Un salón inmenso, de columnas esculpidas con relieves de guerras pasadas.

En el centro, elevado por escalones de piedra negra, estaba el trono de obsidiana, afilado como la verdad, frío como la traición.

Allí estaba Genshin, el Rey de Hokori, imponente incluso sentado, su mano apoyada con indiferencia en el borde del trono.

Sus ojos… eran como abismos.

No mostraban rabia ni compasión.

Solo una profundidad inhumana que hacía pensar a cualquiera: ¿qué clase de dios se oculta tras esos ojos?

A su derecha, Kyomu, el Guerrero Silente, envuelto en su armadura negra como la noche más antigua.

No hablaba.

No se movía.

Solo era presencia.

A los costados, en los balcones y galerías, nobles de Hokori observaban con una mezcla de diversión morbosa y tensión.

Algunos reían entre murmullos.

Otros apretaban sus anillos.

Todos esperaban una caída.

Enma y Yagameru fueron llevados hasta el centro del salón.

Nadie dijo nada.

Solo los ecos de las botas sobre la piedra resonaban.

—Dime —dijo el Rey, rompiendo el silencio con voz grave—.

¿Por qué entraste al evento de La Noche de las Mil Miradas?

Un silencio absoluto se alzó.

Enma lo miró fijamente.

Sentía el peso.

El aura.

La presión.

Como si el aire mismo se hiciera más denso solo por cruzar miradas con él.

Como si su alma estuviera siendo juzgada por algo que no era humano.

Una media sonrisa surgió en sus labios.

—Tal como lo sospechaba —susurró—.

Tus ojos… no son de este mundo.

Son como un abismo, y en el fondo, algo se esconde.

Algo… como un dios.

Los nobles se removieron inquietos.

Genshin no reaccionó.

Solo repitió: —No me interesa lo que ves en mis ojos.

Responde la pregunta.

Enma respiró hondo.

Luego habló con una calma que rayaba en la resignación: —Pensé… pensé cuánto estarían dispuestos los avariciosos por llegar a la verdad del mundo.

Cuánto sufrirían.

Cuánto se traicionarían.

Yo solo observé.

Y actué… antes de que tú llegaras.

Genshin entrecerró los ojos.

—¿Eso es todo?

¿Una observadora sin ambiciones?

La sonrisa de Enma desapareció.

—Tenía ambiciones.

Pero todas murieron… —hizo una pausa, trémula, pero firme— …el día en que Hokori destruyó lo único que me quedaba.

Un silencio abrumador se extendió por el salón.

Las risas se apagaron.

Algunos nobles desviaron la mirada.

Otros sonrieron más fuerte.

Y el Rey… solo la miraba.

Como si sus palabras fueran ecos insignificantes.

Como si sus traumas no valieran nada.

O como si… fueran el alimento de un plan mayor.

Kyomu tensó los dedos sobre la empuñadura de su espada.

Yagameru solo murmuró: —Esto se va a poner interesante.

— El aire seguía pesado.

El silencio, cada vez más espeso.

Desde su trono de obsidiana, Genshin, el Rey de Hokori, entrecerró los ojos.

—Bien, Omnipresente… —dijo con una sonrisa envenenada—.

Cuéntame entonces… ¿Cómo hacer que el Reino de Sainokuni caiga por completo?

El apodo no era casual.

Era una daga.

Un recordatorio de lo que Enma era capaz de saber…

y ocultar.

Pero antes de que Enma respondiera, Yagameru se cruzó de brazos, dejando escapar un gruñido pensativo.

—¿Y por qué simplemente no les devuelves las tierras que les quitaste?

—preguntó sin rodeos—.

O mejor aún, mándales una amenaza tan brutal que se arrodillen antes de pelear.

¿No sería más eficiente?

Genshin sonrió, con una frialdad que helaría incluso a los dioses.

—No, Yagameru.

Esta vez… no busco tregua.

Busco exterminarlos.

Así se rindan.

Así supliquen.

No voy a dejar que vivan.

Hizo una pausa, mirando al vacío como quien repasa una herida vieja.

—Porque si los dejo vivir…

volverán.

Y cuando se levanten, lo harán con más fuerza.

Con más rencor.

Con más fe.

Y eso, eso es lo único que temo de ellos.

—Levantó la mirada, tan sereno como letal—.

Esta vez, deben desaparecer.

Yagameru soltó una carcajada profunda, áspera, casi burlona.

—¿Temerle a una mosca?

Vamos, Genshin.

Sainokuni jamás fue poderoso.

Solo se fortalecieron por un golpe de suerte: la llegada de ese tal Elegido por Dios.

De resto, son hormigas.

Hormigas rezando mientras se enfrentan a humanos que pisan sin mirar.

Pero Enma, con el rostro sereno y distante, alzó la voz: —Quizá Hokori debería tener más cuidado —dijo—.

Tal vez… Sainokuni oculta algo.

Un murmullo recorrió la sala.

Genshin la observó con interés renovado.

—¿Qué ocultan?

—preguntó, sin cambiar el tono, pero con los ojos brillando como cuchillas bajo la luz—.

Dímelo.

Enma lo miró directamente, sin miedo.

Y guardó silencio.

Un largo segundo.

Luego otro.

Y entonces… —No pienso darle ni una verdad a alguien tan despreciable.

—Su voz sonó como una sentencia—.

No merece saber lo que el mundo guarda… en sus rincones más oscuros.

El ambiente se congeló.

Kyomu bajó ligeramente la cabeza.

No por respeto, sino por contenerse.

Genshin se recostó en su trono.

No parecía molesto.

Ni decepcionado.

Solo…

decidido.

—Entonces no servirán como sabios… —dijo—.

Pero quizás… sirvan como ejemplos.

Chasqueó los dedos.

—Cadena perpetua.

Torturas diarias.

Quiero ver si sus voluntades aún tienen alguna utilidad después de ser desolladas lentamente por el tiempo.

Los nobles no dijeron nada.

Algunos sonrieron con crueldad.

Otros solo miraban en silencio.

Enma apretó los puños.

Pero no suplicó.

No lloró.

Solo pensó: Otra prisión.

Otro infierno.

Otro día más atrapada en esta farsa llamada mundo.

Yagameru se encogió de hombros.

Ya se lo esperaba.

Pero en el fondo, su rabia hervía.

No por él.

Sino por lo que aún no podía proteger.

Dos guardias de élite se acercaron y encadenaron sus muñecas.

Fueron llevados de nuevo al abismo de la prisión.

Donde las paredes escuchan más que los hombres.

Y en el salón del trono… el Rey Genshin solo murmuró para sí mismo: —La guerra… ya comenzó.

— Y así, mientras las cadenas arrastraban a los que sabían demasiado, el mundo contenía la respiración… porque una guerra de verdades y exterminio ya había comenzado, y esta vez, ni los dioses tendrían dónde esconderse.

Gracias por adentrarte en este segundo arco, donde la guerra no solo se gesta con espadas, sino con heridas del pasado, decisiones sin retorno… y almas que aún no han elegido de qué lado están.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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