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Chi no Yakusoku – El juramento de sangre - Capítulo 31

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  4. Capítulo 31 - 31 Capitulo 28 - Dios Bendiga las Cenizas
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31: Capitulo 28 – Dios Bendiga las Cenizas 31: Capitulo 28 – Dios Bendiga las Cenizas Habían pasado ya varias semanas desde la fallida reunión en la Asamblea Suprema de Estados.

Y como si la diplomacia fuera un juego cruel, las palabras vacías dieron paso a la sangre.

El Reino de Sainokuni, bajo la bandera dorada de su dios, marchaba con firmeza sobre los terrenos del este de Hokori.

Ciudades enteras, alguna vez tranquilas y olvidadas por la guerra de hace veinte años, ahora ardían sin piedad.

Los estandartes blancos con símbolos sagrados se alzaban en medio de los incendios, como si fueran oraciones pintadas en fuego.

Pueblos fronterizos como Hoshizora, Yukue y Daichi…

Todos se convirtieron en ceniza.

Los soldados de Sainokuni no eran soldados.

Eran fanáticos.

Hombres y mujeres con los ojos desorbitados, la piel tatuada con escrituras divinas, y sonrisas que parecían más una mueca de posesión que de victoria.

Llevaban a cabo sus actos no por estrategia, sino por devoción.

—¡En el nombre del Señor!

—¡Por el juicio de la luz!

—¡Que ardan los infieles, que sangren los que niegan su palabra!

Eran las frases que repetían al quemar casas con familias dentro.

Al derribar estatuas y templos de Hokori.

Al someter, sin compasión, a quienes pedían misericordia.

Ancianos eran arrastrados por el barro como escoria.

Adolescentes golpeados hasta el desmayo por mirar a un soldado sin inclinarse.

Mujeres y niñas maltratadas, violadas como parte del “castigo divino”, mientras los sacerdotes de guerra entonaban himnos de alabanza.

Muchos eran colgados en cruces improvisadas, y sus cadáveres usados como advertencia.

Los bosques fueron los siguientes.

Hoguera tras hoguera.

El humo cubría los cielos como si Dios mismo no quisiera mirar lo que hacían en su nombre.

En lo alto de una fortaleza convertida en catedral, Shinsei Kōji, el autoproclamado Elegido por Dios, observaba todo desde una terraza.

Sus ojos de un verde apagado contemplaban el mapa ensangrentado de Hokori.

Sonreía.

—Dios es misericordioso… pero yo no.

—Que los niños del pecado ardan como leña maldita.

—Y si hay algún alma que se salve… que lo haga arrodillada ante mi voz.

Uno de sus sacerdotes se inclinó con respeto.

—Mi señor, el avance ha sido más rápido de lo previsto.

Tres pueblos hoy, quizás cinco mañana… —¿Y las plegarias de los caídos?

—preguntó Shinsei, jugando con una copa de vino que parecía más sangre que bebida.

—Las hemos recolectado…

junto con sus gritos.

—Perfecto —dijo Shinsei, levantándose lentamente—.

Porque el reino de los cielos no es para quienes viven… Sino para los que mueren creyendo en mí.

Y tras esas palabras, el fuego del Reino de Sainokuni se extendió aún más.

— El Salón del Trono, antaño lugar de espectáculos y banquetes imperiales, era ahora un nido de tensión silenciosa.

El Rey de Hokori, Genshin no Ikkaku, permanecía sentado en su trono de obsidiana, los dedos tamborileando con rabia sobre el apoyabrazos tallado con cabezas de leones dorados.

Las ciudades fronterizas caían una a una ante las tropas de Shinsei Kōji, el autoproclamado “Elegido por Dios”.

Y esta vez, no había gloria en la sangre…

solo impotencia.

Genshin observaba el mapa militar extendido frente a él, con marcas rojas señalando las pérdidas recientes.

No pestañeaba.

No hablaba.

Solo apretaba los dientes como si masticara la traición de sus propias murallas.

—Esta guerra no se gana desde un trono —murmuró con frialdad.

Las puertas se abrieron con fuerza.

El eco de pasos firmes resonó como tambores de guerra.

Era él.

Kenshiro Gai, el llamado Rey de la Guerra, ingresó al salón sin inclinarse, sin anunciarse.

No lo necesitaba.

Su sola presencia era suficiente para silenciar a todos.

Su uniforme ceremonial una mezcla entre túnica de gala y armadura de escamas se ceñía al cuerpo como si el acero obedeciera su voluntad.

En su pecho, un emblema grabado: un dragón devorando a un león, símbolo de su linaje y su furia.

Pero lo más llamativo…

era su falta de armadura real.

Solo portaba un viejo chaleco de acero, arañado por décadas de guerra, como si le dijera al mundo: “No necesito más para matar a un dios.” —¿Ya puedo ir por su cabeza?

—preguntó sin rodeos, mirando el mapa, no al rey.

Genshin no respondió.

Solo asintió, lento.

En otra parte, enterrada entre los muros húmedos de la Prisión Central, Enma no Amatsu abría los ojos en la oscuridad de su celda.

Una sonrisa apenas visible dibujaba sus labios partidos.

Había soñado o tal vez visto los ríos de sangre que estaban por venir.

—Veamos si los destinos que me fueron mostrados se atreven a cumplirse —susurró para sí, sin saber si deseaba que se cumplieran… o que fallaran.

El tablero estaba listo.

Las piezas, en movimiento.

Y el león…

acababa de despertar.

— La guerra aún no había alcanzado Tsuyoi… pero su sombra ya se había posado sobre cada techo, cada rincón, cada respiración contenida.

Las calles, alguna vez ruidosas con la risa de niños o el pregón de mercaderes, ahora yacían vacías como si hasta los ecos se hubieran ido.

Los más pequeños no podían salir de sus casas.

Sus juegos habían sido reemplazados por susurros apagados y preguntas sin respuestas.

Los adultos vigilaban la zona desde las colinas y desde las torres improvisadas con maderos, armados con viejas lanzas o arcos que alguna vez sirvieron para cazar.

En el centro del pueblo, Reiji Mikazuki no como mentor, sino como protector.

Caminaba entre las filas de refugios y calles estrechas, ofreciendo palabras de calma.

Su voz no era alta, pero era firme.

Una chispa de certeza en medio del miedo.

Ayudaba a organizar turnos de vigilancia, verificaba provisiones, y se inclinaba para saludar a los ancianos como si aún existiera algo de paz en este mundo.

Los enfermos habían sido trasladados a bunkers provisionales, oscuros y húmedos, pero seguros.

Allí también estaban los heridos de pueblos cercanos que habían logrado escapar del avance del Reino de Sainokuni.

Tsuyoi se había convertido, sin quererlo, en un santuario momentáneo.

Una última estación de humanidad.

Donyoku, de pie frente a la ventana de su hogar, observaba las calles desiertas.

Sus ojos recorrieron las siluetas distantes de hombres armados, de madres arrullando a sus hijos con canciones que temblaban más por el miedo que por la melodía.

Él sabía que Hokori se estaba desmoronando… no solo por fuera, sino desde dentro.

Los pilares del reino, alguna vez orgullosos, ahora parecían estar hechos de barro.

Y cuando el barro se humedece con sangre… se derrumba.

—Incluso si ganamos esta guerra… —murmuró para sí, sin apartar la mirada— ¿cuántos inocentes quedarán vivos para celebrarlo?

Sus hermanitos dormían en el futón, ajenos al caos que se tejía más allá de esas paredes delgadas.

Su madre, incansable, preparaba raciones de arroz y sal para distribuir entre los aldeanos.

Había ojeras bajo sus ojos, pero seguía sonriendo… como todas las madres que, incluso en la guerra, siguen sosteniendo el mundo con las manos rotas.

Y así, Tsuyoi cayó en un silencio casi sagrado.

Un silencio tan profundo que hasta el viento parecía guardar respeto.

El tipo de silencio que precede a algo… Algo que ya viene.

Entonces, desde el rincón más humilde de una choza, un niño pequeño —que aún no entendía del todo lo que estaba ocurriendo— preguntó con una curiosidad insaciable: —Mamá… si la guerra termina, ¿podremos volver a cantar?

La madre, con las manos llenas de heridas, se detuvo.

No respondió.

Solo bajó la mirada, en silencio.

Ese tipo de silencio… el que no nace de la duda, sino del miedo de romperle el corazón a alguien que todavía puede soñar.

— Casi a medianoche… El viento cambió.

Un galope constante y salvaje retumbó en la distancia, como si la tierra misma fuera arrastrada por el juicio.

Desde las colinas, las siluetas de los jinetes se alzaban como espectros dorados.

Portaban estandartes con el emblema del “Dios de la Redención”, símbolo del Reino de Sainokuni.

La tela ondeaba con violencia, bordada con hilos de oro que reflejaban la luna como si fuesen llamas celestiales.

Pero no había divinidad en ellos… solo arrogancia y crueldad.

Sus armaduras brillaban como si fuesen forjadas por sacerdotes en templos sagrados.

Cada una distinta: algunas grabadas con oraciones, otras decoradas con huesos pulidos… y algunas teñidas con sangre seca, que formaban cruces y espirales.

Varios de los lanceros portaban algo aún más espeluznante: las cabezas de aldeanos de otras villas, ensartadas en sus lanzas.

Los ojos aún abiertos, la expresión congelada en un último ruego.

Sus rostros eran usados como trofeos… como advertencias.

Tsuyoi lo entendió en ese momento.

No eran soldados.

Eran apóstoles de un dios falso, y estaban allí para evangelizar con sangre.

Sin aviso alguno, las primeras flechas llovieron sobre el muro improvisado del pueblo.

Una atravesó un cartel de bienvenida.

Otra una canasta de arroz.

Y una más impactó cerca de los refugios.

Nadie gritó… todos sabían lo que venía.

Reiji Mikazuki no vaciló.

Su experiencia como estratega despertó de inmediato.

Se subió a una caja en el centro del pueblo y alzó la voz: —¡Seimei irá al frente!

—gritó—.

Mitad del pueblo lo seguirá.

Defiendan la entrada.

¡El resto cubra las casas, protejan a los niños y enfermos!

¡No dejen que avancen más allá del primer cordón!

Su voz no era de un militar.

Era de un padre, de un hombre que sabía lo que costaba una guerra mal dirigida.

Chisiki se acercó corriendo, con rabia y confusión.

—¡¿Y nosotros?!

¿Por qué no nos dejas luchar?

¿Acaso crees que seguimos siendo los mismos?

Reiji lo miró por un instante.

Su rostro no mostró enojo.

Solo un dolor profundo, uno que parecía haber estado enterrado desde el coliseo.

—No es porque no pueda ver su crecimiento, Chisiki…

Es porque yo vi lo que pasó cuando los arrojé al infierno de Kinzoku no Hana.

—Su voz se quebró un poco—.

Fue ahí donde entendí que hay heridas que un niño jamás debería llevar.

Por eso… no los llevaré a esto.

Chisiki bajó la cabeza, sin palabras.

La guerra era una realidad… pero Reiji intentaba, de algún modo, salvarles el alma.

Fue entonces cuando Aika llegó, su cabello agitado por el viento, los ojos húmedos.

—¡No importa!

¡¡Es nuestro pueblo también!!

¡¡Nuestra gente!!

¡¿Cómo puedes decirnos que no peleemos por ellos?!

Reiji, agotado, se giró hacia ellos.

Su katana aún envainada, brillando bajo la luna.

Su voz, esta vez más severa, casi paternal: —Si no han aprendido a proteger sus propias vidas… ¿Cómo podrán proteger otras?

El silencio los aplastó.

Chisiki, Aika, incluso Donyoku que había llegado en silencio, observando, sabían que las palabras de Reiji eran una herida abierta que sangraba desde el alma.

Sin mirar atrás, Reiji caminó hacia la línea de defensa.

Su figura iluminada por las antorchas, su katana reluciendo como la última estrella de la noche en un cielo que se caía a pedazos.

La guerra ya había llegado.

Y aún no habían visto nada.

— El tiempo, en medio de una guerra, no se mide en horas… Se mide en gritos.

Y en cuántos de ellos logras ignorar antes de romperte por dentro.

Donyoku, Chisiki, Aika y Seita se refugiaban en un viejo granero a las afueras del pueblo, medio derruido, cubierto por el hedor del miedo… y de costales de papas podridas.

Nadie hablaba.

Los alaridos del exterior eran suficientes para callar cualquier intento de esperanza.

Cada grito, cada súplica, cada “por favor” ahogado en sangre, se colaba por las rendijas de la madera.

Donyoku se recostó.

Sus hombros tensos, los ojos clavados en el techo astillado.

El olor putrefacto del saco bajo su espalda era lo de menos.

Su Shinkon vibraba en silencio, como si una bestia dentro de él se removiera… no por justicia… sino por una necesidad más antigua: la de luchar, la de experimentar la guerra, de destruir a quien amenaza lo que le importa.

Pero su mente, su razón, sus cicatrices, lo detenían.

No era rabia.

No era heroísmo.

Era algo más oscuro.

Ganas de probar el mundo… incluso en sus peores formas.

Ganas de no ser simplemente otro sobreviviente.

Aika se sentó a su lado.

Sus rodillas rozaron las de él, y durante un instante, el ruido de la masacre afuera fue sustituido por su voz suave: —No te preocupes, Donyoku… esto también pasará.

Él no respondió de inmediato.

Solo entrecerró los ojos, exhaló… y al fin dijo: —Sí.

Claro que pasará.

Pero hay cosas que no regresan.

Personas que no volverán.

Y otras… que ni siquiera serán recordadas.

Eso… eso es lo que jode más.

No el dolor.

No la muerte.

Sino el olvido.

Aika bajó la cabeza, abrazándose las piernas.

No supo qué decir.

Chisiki, en silencio, sacó su viejo libro empolvado.

Susurraba fragmentos al azar.

Versos rotos.

Reflexiones que no consolaban a nadie… pero que al menos, lo hacían sentir vivo.

Seita… solo los observaba.

Quieto.

Frío.

Ajeno.

Sus ojos recorrían las expresiones de los otros tres, intentando entender por qué sufrían… por qué aún les afectaba.

Y luego recordó… Él hacía tiempo que dejó de ser un niño.

Y con eso, también dejó de sentir muchas cosas.

— La sangre ya empapaba la tierra.

Los gritos eran tantos que Reiji había dejado de distinguir entre voces conocidas y extrañas.

Todos morían igual.

Seimei, con su elegante control, ya apenas se sostenía.

Su respiración agitada, las manos temblorosas.

Cada vez que noqueaba a un enemigo, otros dos tomaban su lugar.

Reiji apretó los dientes.

Su katana chorreaba, su Shinkon ardía… Pero su alma dolía más.

Porque por más que luchara, por más que gritara, su gente estaba muriendo.

Y no podía salvarlos a todos.

— —¡¡NO…!!

—gritó Donyoku, su rostro pálido.

Desde su escondite, había visto el reflejo de una armadura dorada avanzar hacia otro granero.

Ése donde se refugiaban su madre… y sus hermanos.

Los soldados de Sainokuni ya estaban entrando.

Las antorchas iluminaban la puerta.

Las risas demoníacas… eran las mismas que había oído en sus pesadillas.

Donyoku se impulsó para salir.

Pero una mano lo detuvo.

Era Chisiki.

—¡No lo hagas!

—le dijo con fuerza—.

¡Ellos se encargarán!

—¿¡Encargarse!?

—Donyoku giró el rostro, con una rabia que no parecía humana—.

¿¡Tú no entiendes, verdad!?

¿Tú no sabes lo que es ver a TU FAMILIA siendo pisoteada como si fueran basura?

Chisiki no respondió de inmediato.

Solo bajó la mirada.

Donyoku intentó liberarse del agarre, pero Chisiki, temblando, alzó el puño… ¡PUM!

El golpe fue directo al rostro.

Donyoku cayó hacia atrás, atónito.

Chisiki estaba llorando.

No gritaba.

No se justificaba.

Solo hablaba… con la voz rota.

—He visto morir a los míos más veces de las que tú puedes imaginar… He escuchado los gritos de mi gente bajo cuchillas y látigos… Y no pude hacer nada… ¡¡Nada!!

Su puño sangraba.

—¡Tú crees que eres el único al que le duele!

¡El único con motivos para salvar a alguien!

Pero la verdad es que… Somos solo niños.

Y allá afuera… somos solo estorbos.

Un silencio.

Una pausa eterna.

Donyoku se reincorporó, sin decir nada.

Las palabras de Chisiki lo atravesaban… pero su corazón latía como un tambor de guerra.

—Tal vez…

—dijo al fin— Pero prefiero ser un estorbo… que quedarse viendo cómo matan lo que más amas.

Y sin esperar respuesta, echó a correr, bajo el humo, hacia el granero donde su madre gritaba.

Chisiki, en el suelo, solo cerró los ojos.

Y por primera vez… deseó no haber tenido razón.

— El trono tembló cuando Genshin no Ikkaku se puso de pie.

Sus pasos resonaban como golpes de martillo sobre la piedra pulida del Salón de la Corona.

Frente a él, el enorme ventanal mostraba el horizonte teñido de rojo.

No por el atardecer, sino por las llamas que devoraban las tierras de Hokori.

La guerra ya había cruzado la frontera… Y la sangre era el idioma del presente.

—Esto es una locura… ¡Estamos perdiendo más tierras que si simplemente hubiéramos aceptado el ultimátum!

—gritó un noble.

—¡Debemos negociar con Sainokuni!

—suplicó otro—.

¡O nos quedaremos sin reino!

—¡Esta guerra solo nos condenará…!

Genshin permanecía en silencio, como una estatua de obsidiana.

Sus ojos, oscuros como pozos sin fondo, no parpadeaban.

Sus puños estaban cerrados, y su mandíbula, tensa.

Entonces habló.

—Qué curioso…—Su voz era calma, tan densa como el aire antes de una tormenta—.Cuando les traje el mensaje del ultimátum, fueron ustedes quienes dijeron que era una humillación inaceptable… Que “Hokori no se arrodilla”… Que debíamos demostrar nuestra fuerza… Que esta tierra era sagrada y no debía entregarse… Se giró lentamente hacia ellos.

—Y ahora que la sangre los alcanza… quieren retroceder.

El silencio se volvió absoluto.

Genshin subió los escalones de mármol y se detuvo frente al trono.

Con una mano, retiró su capa negra, y la dejó caer como si se tratara de un símbolo viejo.

—Prefiero que este reino arda…—dijo, con una sonrisa salvaje—…antes que verlo arrastrarse como un perro tembloroso.

Y con la mirada puesta en el fuego distante, murmuró: —Prepárense.

Porque esta guerra… aún no ha comenzado de verdad.

— La guerra no llegó con un rugido, sino con plegarias distorsionadas y espadas manchadas de fe; y mientras los inocentes caían, los dioses seguían en silencio.

Gracias por adentrarte en este segundo arco, donde la guerra no solo se gesta con espadas, sino con heridas del pasado, decisiones sin retorno… y almas que aún no han elegido de qué lado están.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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