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Chi no Yakusoku – El juramento de sangre - Capítulo 32

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32: Capitulo 29 – Ecos del Pasado, Horrores del Presente 32: Capitulo 29 – Ecos del Pasado, Horrores del Presente Hace veinte años, antes de que las flores se empaparan de sangre y el paisaje supiera a ceniza, las aguas aún eran cristalinas.

No dolían al tocarlas.

No gritaban.

No sangraban.

En aquel entonces, el Reino de Hokori aún no había sido testigo del precio que la guerra graba en los huesos.

Fue entonces, en esa aparente calma, cuando llegó la primera amenaza de Sainokuni.

Una carta sellada con oro y sangre, entregada en el Palacio de Obsidiana, justo cuando Genshin no Ikkaku había ascendido al trono.

El consejo de nobles rugía.

Exigían una respuesta inmediata.

Querían fuego, gloria y una venganza que ellos mismos no sabrían empuñar.

Lo presionaban a gritos, cubiertos con ropajes lujosos, pero con el corazón podrido de codicia.

Genshin, sentado en su trono como si ya viera el mundo en ruinas, los observó con desprecio.

Sabía que no buscaban proteger a Hokori.

Querían una guerra que lo consumiera, para luego repartirse lo que quedara del trono.

Entonces el Rey tomó una decisión.

—Enviaremos a los herederos más poderosos de los cuatro grandes clanes.

—Su voz heló el aire—.

Incluso a sus hijos.

Incluso a los niños.

El silencio fue inmediato.

Luego, caos.

Algunos nobles se alzaron indignados.

Otros exigieron explicaciones.

Pero entre todos los gritos, una sola voz se impuso con firmeza.

Era un muchacho de unos dieciséis años.

Su cabello oscuro aún no ocultaba las cicatrices de sus primeras misiones.

Reiji Mikazuki, recién ascendido a Sargento.

El soldado prodigio.

El único que había roto todos los récords del ejército.

El único que, decían en murmullos, podría algún día igualar al mismísimo Rey.

—Acepto esa orden, Su Majestad.

No por obediencia.

Sino por deseo de exterminio.

—Reiji habló sin dudar—.

El Reino de Sainokuni no merece piedad.

Solo olvido.

Genshin sonrió.

—Entonces tú comandarás la ofensiva.

Sin perder tiempo, Reiji se dirigió al laboratorio de Armas Biológicas del Reino.

Allí, sumergidas en fluidos densos como el lodo de los pecados, yacían bestias con Shinkon inducido.

Cuerpos rotos, fusionados con la magia más oscura de Hokori.

Entre ellas, destacaba una mujer: una Capitana enemiga de Sainokuni, capturada viva y convertida en algo que ya no era humano.

Los científicos del reino se negaron.

Aquel poder estaba sellado.

Usarlas requería autorización real.

Pero Reiji ya no hablaba como un soldado.

Hablaba como alguien que había abrazado el infierno y quería llevarlo a casa.

—En una guerra no hay reglas —gritó—.

Prefiero comandar mil monstruos…

antes que confiar en mil cobardes.

El silencio volvió al laboratorio.

Y con él, el inicio de una guerra que jamás debió ocurrir.

— Apenas y habían pasado un par de días.

Las ciudades ardían.

Desde el balcón más alto del Palacio Real, el Rey Genshin no Ikkaku observaba cómo el horizonte se teñía de rojo.

Las llamas consumían los pueblos fronterizos, mientras los gritos de guerra se perdían entre las columnas de humo y ceniza.

Y aún así, su rostro no mostraba emoción.

Sólo una calma inquietante.

A sus espaldas, los nobles, esos mismos que exigieron sangre semanas atrás, ahora caían de rodillas.

—¡Detenga esto, Majestad!

¡Estamos enviando a nuestros hijos a una muerte segura!

Genshin no los miró.

Habló como quien recita una verdad antigua: —¿Yo los envío a morir?

No, mis señores…

Ellos eligen si quieren vivir.

Y si mueren…

es porque no fueron lo suficiente para representar a Hokori.

Si viven, el pueblo los recordará como héroes.

¿No es ese un precio justo por la gloria?

Uno de los nobles, con la voz quebrada por el miedo, se atrevió: —¡Está completamente loco…!

Genshin, esta vez, sí se giró.

Su mirada era un pozo sin fondo, y su sonrisa una grieta.

—¿Loco?

Me gusta cómo suena.

Pero no…

yo solo soy el reflejo de su ambición, su codicia, su hipocresía.

Si ustedes tuvieran el poder que yo tengo…

¿Acaso no harían lo mismo?

No…

ustedes serían peores.

Mucho peores.

—Y soltó una carcajada que resonó como un trueno seco en el Salón del Trono—.

¡JAJAJAJA!

Nadie respondió.

Ni una palabra.

Ni un suspiro.

El silencio fue absoluto.

Genshin no Ikkaku descendió lentamente los escalones del trono y caminó entre los nobles como si fueran estatuas de sal, rotas por dentro.

No se despidió.

No pidió consejo.

No miró atrás.

Solo dijo, al cruzar la puerta: —Prepárense…

Porque esto apenas es el comienzo.

Y se fue.

Dejando atrás un salón donde los cobardes ya sabían que la guerra no sería lo peor.

Sino el hombre que la lideraba.

— Cuando la mitad del Reino de Sainokuni ya había caído… cuando las banderas de Hokori ondeaban sobre cadáveres aún tibios… cuando la sangre no se limpiaba ni con la lluvia… Una pequeña aldea permanecía en pie.

Devota.

Silenciosa.

Agrietada.

Los soldados de Reiji Mikazuki no tuvieron piedad.

Quemaron las casas.

Acuchillaron a los ancianos.

Esclavizaron a los niños.

La iglesia fue el primer lugar en arder.

Y las oraciones… las últimas en callar.

Reiji caminaba entre los escombros con una botella de sake colgando de su cinturón.

Buscaba cerveza.

Tal vez algo que no oliera a muerte.

Entró en una casa vieja.

La puerta colgaba rota, como si ya no quisiera proteger a nadie.

El piso crujía, y el aire estaba cargado de incienso seco.

Allí, de rodillas, entre sangre y polvo, una joven aún rezaba.

Tenía el cuerpo cubierto de heridas, el rostro sucio, el cabello rubio enmarañado.

Ojos verdes como praderas aún no invadidas.

Alta, delgada, envuelta en ropas raídas pero dignas.

Reiji se quedó quieto.

Ella lo notó… pero no se asustó.

No pidió ayuda.

No imploró clemencia.

Solo levantó la mirada y, con una voz débil pero firme, dijo: —No te suplicare piedad, pedirle aquello al diablo… es como gritarle a un acantilado y esperar que te responda.

Reiji no dijo nada.

Algo en su cuerpo tembló.

Una imagen le cruzó por la mente: su madre.

Devota.

Buena.

Inocente.

Esa mujer que le enseñó a amar antes de que el mundo lo obligara a odiar.

La joven frente a él… se le parecía demasiado.

Cabello dorado.

Piel de luna.

Mirada resignada, pero sin miedo.

—Hazlo —le dijo ella—.

Mátame.

No me tengas piedad.

Reiji desenfundó.

La hoja brilló bajo la luz de la luna manchada por el humo.

Los gritos de sus soldados rompieron el momento.

Desde el otro lado del pueblo… las bestias con Shinkon inducido se habían escapado de sus jaulas.

Criaturas deformes, hechas de carne, furia y desesperación, arrasaban con todo a su paso.

Una de ellas se lanzó hacia la casa.

Se dirigía directo hacia la joven.

Reiji giró.

Midió.

Y con un solo tajo preciso, cortó el cuello de la bestia antes de que alcanzara a la joven.

El cuerpo del monstruo cayó frente a ella, salpicándola de su sangre negra.

Reiji respiró hondo.

No dijo nada.

No la miró otra vez.

Solo volvió a enfundar su espada… y salió al infierno que él mismo había ayudado a construir.

— —¡Mátame ya!

—gritó la joven con los ojos abiertos por el dolor, las lágrimas mezclándose con la sangre en su rostro—.

¡Tú y los tuyos destruyeron mi pueblo… mataron a mi familia…

y…!

—Pídele eso a una bestia —la interrumpió Reiji, sin alzar la voz, pero con una mirada tan afilada como su katana—.

No a un muchacho que, pese a estar en guerra, aún sigue cuerdo.

La chica tembló.

No por miedo.

Sino por la certeza amarga de que ni siquiera obtendría su muerte como consuelo.

Reiji se dio la vuelta, sin siquiera mirarla otra vez.

Los pasos firmes sobre el suelo de madera rota resonaban como ecos de un juicio inevitable.

Afuera, tres bestias de Shinkon se aproximaban.

Horribles.

Retorcidas.

Deforme mezcla de humano y arma, rabia y carne desgarrada.

Reiji se detuvo un instante…

y no hizo nada cuando una de ellas entró en la casa.

No giró la cabeza.

No pronunció una palabra.

Simplemente dejó que el destino cumpliera el deseo de la joven…

o su castigo.

Desde el interior no se oyó ni un grito.

Solo el crujido de madera… y luego, el mismo silencio de antes.

Las otras dos bestias se lanzaron sobre él.

Pero no duraron ni dos segundos.

Tajo.

Giro.

Corte cruzado.

El aire mismo pareció crujir cuando su katana silbó.

Los cuerpos deformes cayeron como muñecos de trapo.

El hedor a sangre caliente se mezcló con el humo del pueblo.

Más bestias llegaban desde el norte.

Reiji se movía como un demonio elegante.

Cada movimiento era quirúrgico, cada corte era sentencia.

Una tras otra, las criaturas fueron cayendo.

Hasta que…

el silencio se hizo, excepto por los gritos lejanos de los soldados y el crepitar del fuego.

Algunos soldados lo rodearon.

Otros ni siquiera se atrevieron a acercarse.

Los ojos les temblaban más que las manos.

Reiji se dio la vuelta.

Su respiración era serena, su katana manchada, pero su expresión…

devastadoramente calma.

—¿Qué pasó?

—preguntó sin elevar la voz.

El silencio fue absoluto.

Hasta que un niño soldado, no mayor que trece años, tragó saliva y habló: —E-empezaron a pelear… por una esclava…

Uno la quería para él…

y el otro también… Sus Shinkons chocaron.

Y…

y el impacto rompió el sello de la jaula de las bestias.

Reiji guardó silencio.

Lo miró.

Lo escuchó.

Y luego alzó la vista al resto del escuadrón.

Su mirada fue más cruel que cualquier palabra.

Como si no viera hombres.

Ni siquiera soldados.

Solo basura.

Basura temblorosa en un campo de guerra.

Y sin decir nada… les dio la espalda.

La noche siguió ardiendo.

— La capital de Sainokuni ardía como una vela al final de su pábilo.

El humo aún danzaba entre las ruinas, y la sangre se mezclaba con la lluvia ácida que los cielos derramaban en su silencio.

Reiji Mikazuki llegó solo.

Ni un escuadrón, ni una orden.

Solo él.

Con pasos lentos, su katana al costado y su sombra proyectándose más grande que cualquier estandarte.

Los soldados de Sainokuni no corrieron.

Se arrodillaron.

Uno tras otro, temblando como hojas en otoño.

Sabían quién era.

Sabían lo que traía.

Desde lo alto del palacio, el Rey de Sainokuni alzó una bandera blanca.

El símbolo de la paz.

El último recurso de los débiles.

Bajó las escalinatas vestido con sus ropajes ceremoniales aún manchados de vino y desesperación.

Iba a hablar.

A suplicar.

Pero nunca llegó a decir una palabra.

SHHHHK La katana de Reiji se deslizó por su cuello como una verdad inevitable.

La cabeza del Rey rodó por los peldaños hasta chocar contra sus propios estandartes.

El silencio fue total.

Ninguno de los soldados osó levantar la mirada.

Ninguno desenfundó.

Ni una voz.

Ni una maldición.

Solo el eco del metal volviendo a su vaina.

Reiji levantó la corona ensangrentada del suelo.

La sostuvo en alto, como si mostrara el cadáver de una idea: la fe.

—Su fe ha llegado hasta aquí…

—murmuró, sin odio, sin compasión.

Los soldados lloraban.

Otros simplemente miraban al suelo.

Y fue entonces cuando Reiji caminó entre ellos.

Hasta llegar a un niño escondido entre los escombros de un altar derrumbado.

Tenía solo ocho años.

Cabello oscuro, ojos enrojecidos por el llanto y una mirada vacía.

Se llamaba Shinsei Kōji.

Reiji se agachó frente a él, lo miró a los ojos como un adulto mira a otro adulto.

Y sin decir más, puso la corona en su cabeza.

—Cargarás con los pecados de esta tierra…

—dijo con una voz tan suave que parecía una oración—.

Que la corona pese más que tu alma.

Que Dios te escuche…

si es que existe.

Y se dio la vuelta.

Sin mirar atrás.

Shinsei no entendía.

No creía en dioses.

Pero esa noche, mientras el cielo lloraba, supo que había visto a uno.

No uno que diera milagros.

Sino uno que traía juicio.

— Reiji regresó solo.

Ni tambores.

Ni himnos.

Ni caravanas de gloria.

Solo él.

Y su katana.

No arrastraba prisioneros, no traía joyas, no traía esclavos.

Solo traía la victoria.

Silenciosa.

Sangrienta.

Absoluta.

Cuando cruzó las puertas del Reino de Hokori, la gente no aplaudió.

La gente tembló.

Y mientras Reiji avanzaba hacia el Palacio Real, no dejó huellas en el suelo… porque los muertos no las necesitan.

El viento parecía detenerse con cada paso.

Su uniforme desgarrado, su mirada vacía, y el filo aún rojo de su arma hablaban más que mil relatos de guerra.

El Rey Genshin no Ikkaku lo observaba desde lo alto del Palacio Real.

Una sonrisa torcida se dibujó en su rostro.

—Él será más que mi sucesor…

Será mi legado viviente —susurró para sí, con los ojos brillando de ambición.

Pero muchos sí lo vieron.

Y entre esos ojos que no se apartaban de Reiji, había futuros gigantes.

Y entre la multitud, desde las filas bajas del cuartel de entrenamiento, algunos niños soldados lo observaron con asombro y miedo.

Yodaku, apenas de doce años, con vendajes aún en las manos por sus primeras prácticas, apretó los puños con fuerza.

Narikami, serio y callado, se grabó aquel rostro manchado de sangre en la memoria, como quien mira al futuro… o al destino inevitable.

Ambos eran apenas reclutas.

Apenas niños.

Pero sabían que lo que veían frente a ellos no era un simple hombre.

Era el principio de algo que no podían nombrar.

También estaba allí Kagemaru no Shūen, un joven aún sin rango pero con un don inquietante: su Shinkon le permitía copiar apariencias a la perfección, una habilidad que lo volvería indispensable para misiones de espionaje y sabotaje en los años por venir.

Todos ellos, en silencio, comprendieron una verdad cruel: En Hokori… la gloria no se encuentra en la luz.

Se arrastra desde las sombras con las manos manchadas.

Para todos ellos, Reiji Mikazuki se convirtió en el estándar.

El hombre que no pidió gloria.

El niño que volvió sin humanidad.

El símbolo viviente de la victoria y de la muerte.

Fue ascendido a Teniente sin objeción alguna.

Su nombre fue grabado en los registros militares con tinta negra, la reservada para aquellos que cambiaron el curso del Reino.

El Reino no premia a los hombres por ser héroes.

Los premia por destruir más que el enemigo.

Y Reiji… Era destrucción encarnada.

Algunos lo llamaban héroe.

Otros, asesino.

Pero todos, sin excepción…

Lo temían.

— En el presente.

El cielo estaba gris, no por las nubes, sino por la memoria.

Reiji Mikazuki, de pie frente a una ventana quebrada del viejo refugio, observaba a lo lejos cómo el humo se alzaba desde los campos que alguna vez juró proteger.

Las risas del pueblo… los juegos de los niños… las voces que daban vida a Tsuyoi… todo parecía desvanecerse como un recuerdo que alguien se esfuerza en olvidar.

Sus ojos no pestañeaban, pero su alma se quebraba en cada imagen que pasaba frente a su mente.

Volvía a ver las ciudades arder, pero ahora eran suyas.

Volvía a oír los gritos, pero ahora eran de su gente.

Y él… Él no estaba al frente esta vez.

Él no lideraba, él no salvaba… él solo observaba.

Y en su mente, como un eco que jamás encontró descanso, una frase se repetía una… y otra… y otra vez: “Tal vez…” “Tal vez… tal vez…” “Tal vez debí acabar con ese Reino cuando tuve la oportunidad…” Sus dedos temblaban, su garganta estaba seca, sus ojos… se humedecieron por primera vez en años.

Lágrimas silenciosas cayeron sobre el suelo polvoriento.

Nadie las vio.

Nadie las secó.

Porque los fantasmas del pasado no consuelan a los vivos.

Y allí estaba él.

Perdiendo lo que un día juró proteger.

Arrepintiéndose no de lo que hizo… sino de lo que no tuvo el valor de terminar.

— —¡MAMÁ!

¡HERMANOS!

¡POR FAVOR… RESISTAN!

—gritó Donyoku, con la voz quebrada, los músculos tensos y el alma encendida por el pánico.

Sus pasos resonaban como truenos sobre la tierra endurecida.

Los gritos, el crepitar del fuego y los lamentos de los aldeanos se fundían en una sola cosa: dolor.

El humo comenzaba a tragarse el cielo.

Los soldados de Sainokuni, con sus armaduras doradas y estandartes empapados de sangre, marchaban como santos de la muerte.

Sus lanzas ya no temblaban… parecían hambrientas.

Donyoku llegó al granero.

La puerta crujió al abrirla con fuerza… y entonces lo vio.

Pero antes de entrar, vio lo que estaba ocurriendo a pocos metros: cuatro ancianos del pueblo, ya sin fuerzas, eran arrastrados por los cabellos.

Uno de ellos suplicaba con voz quebrada que no le lastimaran las manos, otro gemía con los ojos vueltos al cielo… y un tercero ya ni siquiera hablaba.

Solo sangraba por la boca.

Un soldado reía mientras le quebraba los dedos a uno.

Otro sacaba un cuchillo.

Donyoku lo vio todo.

Y lo ignoró.

Sabía que debía hacer algo.

Quería hacerlo.

Pero su alma ya había elegido.

Los gritos de los ancianos se perdieron detrás de él, porque frente a sus ojos estaba lo que realmente le dolía: Su madre, arrodillada, rodeando con sus brazos temblorosos a los más pequeños.

Su cuerpo ya mostraba señales de agotamiento, de miedo, de lucha silenciosa.

Frente a ella, con solo seis años y un pedazo de madera en las manos, Haruma, su hermano menor, se alzaba como una chispa en medio de la tormenta.

Pequeño, tembloroso, pero de pie.

Un soldado se acercó con una sonrisa torcida.

—¿Qué tenemos aquí?

¿Un pequeño salvador?

—dijo burlándose mientras alzaba su lanza.

—¡ALÉJATE DE ELLA!

—gritó Haruma, su voz como un trueno salido de un pecho diminuto.

Y entonces Donyoku entró.

Como un demonio surgido del amor más desesperado.

No pensó.

No respiró.

No midió.

Solo se lanzó.

Pisó el cuerpo de un anciano sin verlo.

Saltó sobre un muro de fardos.

Aterrizó frente al soldado.

El brillo de su Shinkon se encendió como fuego negro.

No era justicia.

No era redención.

Era hambre.

Era necesidad.

Era amor violento.

Y nadie… absolutamente nadie… se interpondría entre él y su familia.

— Hace veinte años creímos haber ganado la guerra…

pero solo sembramos un odio que ahora florece con sangre.

Gracias por adentrarte en este segundo arco, donde la guerra no solo se gesta con espadas, sino con heridas del pasado, decisiones sin retorno… y almas que aún no han elegido de qué lado están.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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