Leer Novelas
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

Chi no Yakusoku – El juramento de sangre - Capítulo 33

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. Chi no Yakusoku – El juramento de sangre
  4. Capítulo 33 - 33 Capitulo 30 - Cuando Vivir Es Un Pecado
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

33: Capitulo 30 – Cuando Vivir Es Un Pecado 33: Capitulo 30 – Cuando Vivir Es Un Pecado El filo del miedo cortaba el aire.

Donyoku no pensó.

Solo saltó.

Saltó con todo el impulso que le daba la desesperación, el temblor en sus huesos, y el odio contenido.

Delante suyo, un soldado de Sainokuni alzaba su lanza mientras recitaba: —Parecen una plaga…

Piensan que por ser niños les tendremos piedad.

Pues no.

Pero ojalá Dios perdone y acoja sus almas en más…

No terminó la frase.

Un puñetazo cargado de Shinkon lo lanzó por los aires.

El cuerpo del soldado impactó contra un muro con un crujido seco, levantando polvo y escombros.

Los otros soldados no dudaron.

Se abalanzaron sobre él con una furia que no distinguía edades.

—¡NO!

—gritó su madre, desde el suelo, intentando arrastrarse con su cuerpo herido— ¡NO LE HAGAN DAÑO A MI HIJO!

Donyoku no escuchó.

Solo respiraba con dificultad.

Una daga, herrumbrosa y cubierta de tierra, yacía entre los cadáveres.

La tomó sin pensar.

Esa daga no cortaba carne… cortaba la última frontera entre un niño y un monstruo.

Y entonces comenzó el verdadero infierno.

Una estocada.

Un esquive.

Un corte en el brazo.

Donyoku giraba, jadeaba, se impulsaba con el mismo poder que una vez lo destruyó por dentro.

Los soldados no esperaban tanta fiereza.

Aun así, eran seis…

y él solo un muchacho de 15 años.

Uno lo alcanzó con una patada al torso.

Otro intentó atravesarle la pierna.

El sudor se mezclaba con su sangre.

Pero aún no caía.

No iba a caer.

Porque más allá de él, estaban su madre, y sus hermanitos se aferraban a sus ropas, como si él fuera lo último bueno que quedaba en ese mundo.

— Una cometa rota colgaba de un techo.

Nadie volvería a correr por ella.

A unos metros de allí, Reiji seguía luchando, atrapando soldados en ilusiones más crueles que el mismísimo castigo divino.

Cada uno que caía no moría por una espada, sino por el terror en su mente, por las pesadillas que los hacían arrancarse los ojos, como si así pudieran dejar de ver.

Seimei, por su parte, ya ni respiraba con normalidad.

Había superado su límite hace minutos, pero seguía de pie.

Cada técnica lo acercaba más a un colapso, pero también a proteger a uno más…

aunque fuera el último.

Y el pueblo…

Ese pueblo que una vez rió, cantó, celebró…

Ahora solo tenía unos cuantos vivos por pura suerte.

Y un chico, solo uno, seguía luchando, no como un guerrero…

…sino como un hermano que aún no ha nacido para morir.

— Mansión Karakuri – Interior, atardecer color vino El reloj de péndulo marcaba las cinco.

Pero nadie lo escuchaba.

Toda la mansión olía a incienso barato, flores marchitas y decadencia aristocrática.

Shirota Karakuri observaba en silencio una gráfica flotante que oscilaba con cada segundo, como una cuerda de ejecución.

Era un mapa del mercado negro: líneas que descendían a pique, cifras que ya no servían ni para envolver pescado podrido.

Las flechas rojas parecían heridas abiertas.

—Ouch…

Y pensar que el opio de almas nivel 2 estaba subiendo tan bonito —murmuró, cruzando las piernas con teatralidad decadente.

Dos sirvientes, vestidos de gris, esperaban en la puerta como estatuas nerviosas.

Uno de ellos finalmente habló: —Señor Karakuri… el colapso económico ya alcanzó la zona sur.

Las rutas de comercio están en llamas.

La gente está vendiendo más féretros que armas.

El otro añadió, bajando la cabeza: —Creemos… que es momento de evacuar.

Antes de que la guerra toque nuestras puertas.

Silencio.

Shirota no se movió.

Solo se levantó con lentitud, como si la gravedad fuera un concepto que decidía ignorar a ratos.

Caminó hasta la ventana.

El cielo estaba teñido de un rojo antinatural.

En la distancia, incluso las nubes parecían desangrarse.

Entonces, murmuró… casi con desprecio: —Quien se arrodilla ante bestias irracionales… no debería atreverse a llamarse humano.

Que se escondan los ratones.

Yo… aún tengo dientes.

Los sirvientes intercambiaron miradas.

Esa frase era un mal presagio.

Como aquella vez… en Kinzoku no Hana.

Shirota abrió su ropero como si buscara una reliquia sagrada.

Sacó una chaqueta absurdamente colorida, con parches de terciopelo, cadenas colgando, y botones dorados en forma de caracol.

Luego, sacó el pantalón más largo que tenía, uno que arrastraba como una alfombra imperial.

—Si el mercado cae… ¡bajamos los precios!

—gritó, lanzando una moneda al aire con una risa hueca.

—No va a escapar, ¿verdad…?

—susurró el sirviente más joven, con el rostro pálido.

—Shirota-sama nunca huye —respondió el mayor, sin emoción—.

Solo se lanza… donde arden más fuerte los aplausos o los gritos.

Shirota se ajustó un guante negro con lentejuelas.

Y antes de salir, se detuvo ante el espejo.

—A veces me pregunto… ¿el bufón está loco por no huir del fuego?

¿O es el mundo el que está cuerdo por seguir quemándose sin sentido?

No esperó respuesta.

Solo abrió la puerta con un ademán dramático y se perdió en la noche que olía a ruina.

Y justo cuando la oscuridad parecía tragarlo con elegancia… Shirota se detuvo en seco, como si el universo le hubiera susurrado un pecado imperdonable.

Giró sobre sus talones, alzó un dedo al cielo y gritó con indignación teatral: —¡Mi edición Ilustrada e Ilimitada de “Las Cadenas del Placer Carmesí – Versión Prohibida del Templo del Sur”!

¡Esa obra no arde sin mí!

Y con paso digno de tragedia griega… volvió sobre sus pasos, envuelto en capas ridículas y decisiones aún más cuestionables.

— El suelo estaba resbaloso.

No por la lluvia.

Sino por la sangre.

Y Donyoku no sabía si era suya o de ellos.

Ya daba igual.

Cuatro soldados.

Cuatro perros rabiosos con armaduras llenas de barro.

Y él… solo un muchacho de 15 años con una daga herrumbrosa y el corazón a punto de romperse.

Su mano temblaba.

No por miedo.

Sino por fatiga.

Por rabia.

Por esa sensación de estar peleando contra el fin del mundo con un solo brazo y sin nadie que lo nombre si cae.

En su cabeza, un eco… Si caigo… si dejo de respirar… ¿Quién protegerá a mamá?

¿A Jun?

¿A Rika?

¿Quién sabrá que alguna vez existí?

Nadie.

Nadie.

Nadie.

Sus ojos ardían, pero no lloraba.

No había tiempo para eso.

Uno de los soldados le lanzó un tajo al torso.

Donyoku esquivó, pero el filo le rasgó la camisa y dejó un corte superficial.

El otro intentó sujetarlo por la cintura.

El tercero ya iba por su cuello.

Y entonces… la daga.

La única arma.

La hundió en el muslo de un enemigo con un grito que no parecía humano.

—¡AAARGH!

—gritó el soldado, cayendo con el metal oxidado aún clavado en la carne.

Pero la daga quedó ahí.

Y los otros no esperaron.

Uno lo tumbó con una patada al pecho.

Donyoku sintió cómo el aire se iba, cómo su vista se nublaba.

Sus brazos ya no respondían igual.

Su fuerza no era fuerza.

Era deseo.

Hambre.

Una hambre de proteger…

tan grande que dolía más que cualquier herida.

Y entonces… El Shinkon rugió dentro de él.

No como un lobo.

Sino como un niño encerrado en una caja.

Su cuerpo se movía más rápido.

Más fuerte.

Demasiado.

Un puño golpeó el casco de un enemigo con tanta violencia que se agrietó como porcelana.

Pero con cada golpe, Donyoku sentía que algo se estaba deshaciendo dentro de él.

¿Y si me rompo?

¿Quién me protege a mí…?

Los soldados retrocedieron medio paso.

Ya no luchaban contra un niño.

Luchaban contra alguien que aún no sabía si quería vivir… pero sabía que no iba a dejar morir a nadie más.

Y aun sin arma, aun sangrando, aun sin fe… Donyoku se puso de pie.

Porque el amor cuando duele…

también sabe matar.

— —¡CHISIKI!

¡DONYOKU ESTÁ EN PELIGRO!

—gritó Aika.

Él la oyó.

Lo oyó todo.

Pero su cuerpo no se movía.

Sus manos temblaban.

Sus piernas no respondían.

Como si el suelo lo hubiese absorbido.

El viento trajo consigo un olor a metal caliente, a humo…

y a recuerdos que nunca pidió.

— Aquel día.

El día en que su mundo se volvió polvo.

La masacre.

Los gritos.

Las plegarias.

Los miembros del clan Amatsu corriendo, intentando proteger a los suyos.

Su padre… empuñando un bastón sagrado con la convicción de quien ya sabía que iba a morir.

Su madre… extendiendo los brazos.

No para defenderse.

Sino para detener una flecha que venía directo hacia él.

Y luego… el chico.

Un rostro indistinto.

Uno que cambiaba a cada segundo.

Como si fuera nadie.

Como si fuera todos.

Ese chico fue quien asesinó al Clan desde dentro.

Con una sonrisa.

Con múltiples nombres.

Con identidades prestadas como cuchillos invisibles.

Chisiki lo había visto todo.

Cada cuerpo.

Cada súplica.

Ese fue el día en que dejó de ser “Chisiki del Clan Amatsu”.

Y pasó a ser solo “Chisiki”.

El nombre era lo único que le quedó.

Pero incluso ese… a veces dolía.

— La voz de Aika volvió a sonar, pero ahora era más lejana.

Como si viniera desde otro plano.

—¡¿Chisiki, qué haces?!

¡Donyoku está sangrando!

Una lágrima bajó por su mejilla.

No por cobardía.

Sino por el odio que le tenía a su cuerpo por no moverse.

Por la rabia de seguir siendo un niño esa noche.

Por no haber salvado a nadie.

Por no haber salvado a mamá.

Y entonces, en medio de ese caos mental, una sola frase golpeó su pecho como un trueno silencioso: “¿Estás dispuesto a seguir perdiendo lo que amas… por lo que temes recordar?” Sus pupilas se dilataron.

Pero aún no se movió.

Porque a veces, antes de salvar a otro… hay que sobrevivir al infierno dentro de uno mismo.

— El sonido del combate era un rugido distante.

Pero Seita ya había oído suficiente.

Sin decir palabra, giró el rostro hacia el granero.

Sus ojos —esos pozos profundos de silencio contenido— se entrecerraron.

Y entonces corrió.

Pasó entre cuerpos, fuego, y escombros con pasos ligeros, como si la guerra no pudiera alcanzarlo.

Cuando vio a Chisiki bloqueando la entrada, no dudó.

No gritó.

No suplicó.

Solo dijo, con esa voz suave y firme como un veredicto: —Si no vas a ayudarlo… …entonces quítate del maldito camino.

Chisiki no respondió.

No podía.

Sus ojos estaban vidriosos, como si viera algo que los demás no.

Sus labios temblaban, y entre ellos se formaba un murmullo apenas audible.

Como si pronunciara nombres que ya nadie recordaba.

O como si intentara rogarle perdón a su pasado.

Seita no esperó.

Lo esquivó con un paso fluido y se lanzó hacia el granero, donde la sangre ya tenía nombre y el dolor se llamaba Donyoku.

— Aika llegó unos segundos después.

Buscaba a Chisiki con la urgencia de quien teme perder a un amigo… y encontró otra cosa.

Lo vio de pie.

Pero no realmente de pie.

Lo sostenía la culpa.

Lo sostenía el miedo.

Su rostro estaba pálido, como si lo hubieran vaciado de alma.

Y en sus ojos… En esos ojos no había rabia.

Ni orgullo.

Solo un niño que nunca pudo llorar cuando debía.

Y que ahora… ya no podía detenerse.

Sus manos temblaban.

Como si cada dedo aún sostuviera el recuerdo de alguien que no pudo salvar.

Aika se acercó en silencio.

No lo abrazó.

No le habló.

Solo se quedó a su lado.

Porque entendió algo: Algunas heridas no se curan con palabras.

Solo con compañía… en medio del infierno.

— El granero olía a miedo, tierra mojada y desesperación.

El calor del combate anterior aún flotaba en el aire… Pero el frío llegó con Seita.

No el frío del clima.

Sino ese que nace cuando la muerte entra sin avisar.

Uno de los soldados se giró al verlo.

Solo alcanzó a decir: —¿Quién…?

Y fue lo último que dijo.

El Shinkon de Seita se activó.

No con rugidos, ni destellos… Sino con una presión gélida, tan densa que el espacio pareció crujir.

Los cuerpos de los enemigos fueron cortados por líneas finas de energía helada.

No había gritos, solo el sonido sutil de la carne separándose del alma.

La sangre salpicó las paredes.

El granero se tiñó de rojo.

Y el frío… siguió allí.

Como si nada humano lo pudiera disipar.

— Donyoku cayó de rodillas.

No por cobardía.

Sino porque su alma ya no sabía cómo sostener su cuerpo.

Su respiración era entrecortada.

Su mirada, perdida.

Su Shinkon aún vibraba.

Como si tuviera hambre.

Hambre de más.

Hambre de algo que aún no había sido arrancado.

Sus dedos se hundían en la tierra como si buscara no volar en pedazos.

Y entonces… —Hijo… —susurró una voz temblorosa.

Era su madre.

Se arrodilló junto a él, con las ropas rasgadas y los ojos aún llorosos.

Lo abrazó.

Le besó la frente.

—Estás bien… estás aquí.

Eso basta.

Gracias… gracias por no dejarnos.

Los hermanitos de Donyoku llegaron corriendo.

Lo abrazaron, llorando.

No con miedo.

Sino con alivio que duele.

Donyoku no respondió.

Solo cerró los ojos… Y por un instante, dejó que lo quisieran.

— Seita observaba desde la distancia.

Sus ojos no parpadeaban.

Veía a la familia reunida, envuelta en lágrimas y calor humano.

Pero no entendía.

Nadie murió.

Entonces, ¿por qué lloraban?

¿Por qué temblaban tanto?

¿Por qué dolía… incluso si ganaron?

La respuesta no venía.

Y Seita solo la buscó en silencio.

— Afuera, Chisiki seguía de pie.

O eso parecía.

Aika aún estaba a su lado.

Pero no decía nada.

Porque… ¿qué se dice cuando alguien se rompe por dentro y tú solo puedes mirar?

Chisiki respiraba con dificultad.

Su garganta seca.

Su alma, punzante.

“¿Por qué?” Esa palabra era un tambor.

Golpeando.

Golpeando.

“¿Por qué?

¿Por qué no me moví?

¿Por qué no pude salvarlo?

¿Por qué sigo cargando este cuerpo inútil?” Y de pronto, sin pensarlo… La palabra estalló desde su garganta: —¡¡¡¿POR QUÉ SOY TAN DÉBIL?!!!

¡¡¡¿POR QUÉ NO LOGRO PROTEGER A LOS QUE AMO?!!!

Su voz no era la de siempre.

Era ronca.

Rota.

Era la voz de un niño que nunca fue escuchado.

—…¿Por qué…?

—Solo quiero… saber por qué… Aika no dijo nada.

Solo lo miró.

Y en su silencio… hubo más compasión que en mil discursos.

— La batalla no había terminado.

Ni de cerca.

Tsuyoi, el pueblo que una vez olía a arroz cocido y madera húmeda, ahora era una sinfonía de gritos, acero y fuego.

Y el día… ya se rendía.

Porque cuando incluso los niños toman piedras con manos temblorosas, cuando los abuelos clavan cuchillos de cocina en la tierra, cuando los más pequeños lloran sin lágrimas… ya no queda infancia.

— Un cuaderno voló entre las cenizas.

Sus páginas giraban con el viento, como si aún creyeran en juegos y en colores.

Uno de los dibujos mostraba una casa torpe, hecha con líneas torcidas.

Un sol feliz.

Tres figuras de palito tomados de la mano.

Pero entonces… el papel tocó el humo.

Y el humo… lo volvió negro.

Los colores se deformaron.

El cielo del dibujo se llenó de manchas.

Las figuras comenzaron a derretirse como cera bajo el miedo.

Posiblemente, el último dibujo de un niño inocente… que ahora tendría que aprender a dibujar la muerte con su propia alma.

— Reiji Mikazuki aún luchaba.

Sus manos ya no sentían el cansancio.

Solo el deber.

Creaba ilusiones, pesadillas, espejos del alma de sus enemigos.

Los hacía enfrentar a sus padres muertos, a sus errores olvidados, a las bestias que aún dormían en su sangre.

Y sin embargo… su corazón estaba callado.

“¿Tengo derecho a proteger?” Esa pregunta lo acompañaba como una sombra en cada batalla.

“¿Quién destruye puede salvar?” “¿Quién ha condenado… puede perdonar?” No era culpa.

Ni redención.

Era solo un pensamiento constante.

Una grieta en su alma: —Los que destruyen… —susurró— no tienen deseos nobles… ni malvados.

Solo tienen deseos.

Y los deseos… arden.

— Ya era madrugada.

Y aunque el sol no había salido, el cielo ya se estaba manchando de gris.

Incluso los soldados de Sainokuni retrocedían más de lo esperado.

Ya no gritaban.

Solo empujaban.

Como si incluso ellos sintieran que algo se estaba rompiendo en este pueblo… …algo más que huesos.

Porque en esta batalla, los que ganen, también perderán.

— Parque ceremonial de la capital.

Mediodía sin gloria.

El viento apenas se atrevía a soplar.

Cientos de guerreros estaban reunidos bajo la sombra de los cerezos secos.

Algunos dormían con la cabeza apoyada en sus lanzas.

Otros reían con desdén, como si la guerra fuera solo otra apuesta sin gloria.

Vestían armaduras distintas, insignias bordadas en rojo, azul, negro y oro.

Eran los mejores.

Los clanes más antiguos del Reino de Hokori… reunidos en silencio, como si el mundo aún no ardiera.

Entonces, una figura cruzó el arco de piedra.

No había trompetas.

Ni escoltas.

Solo pasos.

Kenshiro Gai.

El Rey de la Guerra.

El León Invicto.

El hombre que, en cien batallas, no dejó una sola derrota atrás.

Caminaba con un abrigo sin mangas, el pecho descubierto lleno de cicatrices que parecían escritas por la historia misma.

Se detuvo en el centro del parque.

Y solo dijo: —¿Duermen…?

¿O ya están muertos y nadie me avisó?

El silencio se convirtió en aguja.

Uno a uno, los guerreros abrieron los ojos.

Y uno a uno… se levantaron.

No por miedo.

Sino porque el aire se volvió más denso.

Como si respirar sin permiso fuese un acto de traición.

Kenshiro dio un paso más.

El suelo crujió, como si incluso la piedra se inclinara ante él.

—La mitad del ejército aún resiste.

Pero las murallas sangran.

Las aldeas arden.

Y los niños… los niños gritan el nombre del Reino como si aún significara algo.

Miró a cada líder de clan.

A los herederos de glorias viejas.

A los que juraron proteger incluso a costa del alma.

—No vengo a pedirles nada.

Porque el que tiene que pedir… ya perdió.

Yo solo vine a recordarles… que si caemos hoy, que sea con la frente al sol, la espada en llamas, y el nombre de Hokori aún entre los dientes.

Entonces, sin orden, sin gritos, sin duda… Todos se pusieron de pie.

Las risas murieron.

Las manos tomaron lanzas.

Los hombros cargaron escudos.

Las bocas cerraron promesas que solo podían cumplirse con sangre.

El guerrero más joven del Clan Kurohō golpeó el suelo con la base de su arma.

Los demás lo imitaron.

Un estruendo se elevó.

No era guerra.

Era un juramento.

Y en medio de ellos, Kenshiro simplemente exhaló.

Como si supiera que el verdadero poder…

no se grita.

Solo se demuestra, cuando todos te siguen aunque los lleves directo al abismo.

— En aquella guerra, nadie murió por completo… pero algo dentro de todos sí.

Porque hay batallas que no se libran para ganar, sino para no olvidar quién eras… antes de convertirte en lo que el mundo te obligó a ser.

Gracias por adentrarte en este segundo arco, donde la guerra no solo se gesta con espadas, sino con heridas del pasado, decisiones sin retorno… y almas que aún no han elegido de qué lado están.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo