Leer Novelas
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

Chi no Yakusoku – El juramento de sangre - Capítulo 34

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. Chi no Yakusoku – El juramento de sangre
  4. Capítulo 34 - 34 Capitulo 31 - Dios No Es Piadoso Simplemente Pecador
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

34: Capitulo 31 – Dios No Es Piadoso, Simplemente Pecador 34: Capitulo 31 – Dios No Es Piadoso, Simplemente Pecador La prisión central de Hokori no tenía grilletes.

No los necesitaba.

Los que estaban allí… no eran prisioneros.

Eran armas que el reino había decidido no usar.

Aún.

Los pasillos olían a polvo antiguo, sangre vieja y arrepentimientos no pronunciados.

Las antorchas apenas iluminaban los muros de piedra.

Y cada paso del visitante resonaba como una sentencia.

El Rey de Hokori caminaba sin escolta.

Genshin no Ikkaku.

El hombre que podía mover ejércitos con un gesto.

El que sostenía al reino sobre su puño cerrado.

Llegó hasta la última sección.

Dos celdas.

Dos sombras.

— En una, Narikami, el estratega obsesionado con el orden.

Estaba sentado, recto, frente a una pared vacía.

Sus ojos… cada vez más hundidos, más rotos.

Murmuraba cosas sobre justicia.

Sobre si había perdido el rumbo.

Sobre si la limpieza absoluta del Reino justificaba las grietas en su alma.

Un diario a medio escribir estaba sobre su mesa.

La caligrafía era precisa.

Enferma de perfección.

— En la otra celda, Yodaku, el devorador de almas por vocación.

Jugaba a patear los restos de su cama rota.

La había destrozado “por accidente”… mientras practicaba una técnica de tortura en su almohada.

Canturreaba algo en voz baja.

Un canto militar…

pero con letra reescrita para hablar de vísceras.

Al ver al Rey, sonrió.

—Majestad~…

¿Viene por mí o por mi aburrimiento?

— Genshin se detuvo entre ambos.

No levantó la voz.

No preguntó si estaban arrepentidos.

No les explicó nada.

Solo dijo: —Si eliminan al enemigo… podrán ser libres.

Y sus regiones volverán a temerlos como antes.

Nada más.

— Narikami se levantó.

No dijo una palabra.

Comenzó a ordenar su celda con movimientos casi ceremoniales.

Dobló la manta.

Alineó los libros.

Enderezó su mesa.

Luego… salió.

Pasó al lado del Rey sin mirarlo siquiera.

Porque lo que veía no era a un hombre.

Era un mandato.

Un eco.

— Yodaku… no tenía nada que ordenar.

Había usado el colchón como diana.

La cama como hueso.

Solo salió, estirándose con alegría enfermiza.

—¡Finalmente!

¡Pensé que me habían dejado aquí para pudrirme sin arrancarle los dientes a nadie!

Le dio un par de palmadas al hombro al Rey.

El guardia que los observaba desde lejos… casi se desmaya.

—Gracias, Majestad.

Prometo hacerlo bonito.

— Genshin no respondió.

Solo caminó.

Porque cuando su voluntad se cumple… las palabras sobran.

— El viento en las fronteras soplaba con aroma a ceniza.

Shinsei Kōji, el autoproclamado Elegido por Dios, observaba el paisaje desde la cima de un balcón tallado en jade.

Sus túnicas, de seda celestial con bordados de oro, ondulaban como si el viento las reverenciara.

En su espalda, el símbolo del Kyōjin no Kami (狂神の神 – Dios de la Locura Divina) brillaba como si tuviera pulso propio.

Bajo sus pies, la guerra avanzaba como un ejército de hormigas ciegas.

Pueblos arrasados.

Montañas partidas.

Soldados arrodillados ante su fe distorsionada.

Y sin embargo… No sonreía.

—Ya hemos conquistado media docena de bastiones.

Las líneas defensivas han colapsado.

Y aún así… Guardó silencio, mirando hacia el norte.

—Hokori… no cae.

Giró ligeramente el cuello.

—Ni uno solo de sus tres generales ha aparecido.

Ni siquiera Kenshiro Gai… el Rey de la Guerra.

Y mucho menos su guardián personal.

Kyomu… el que, según dicen, no tiene alma.

Apretó el borde del balcón con sus dedos cubiertos de anillos.

—No sé si me está subestimando… …o está trazando una estrategia más grande de lo que puedo ver.

— Una risa grave respondió a su pensamiento.

Detrás suyo, con un abrigo de escamas oscuras y una copa de vino rojo en la mano, se hallaba Zanka, el dictador de Enketsu.

Un hombre cuya mirada era tan afilada como su desprecio por las reglas.

A pesar de que la Sala de Reunión de Naciones (S.R.N.) había prohibido la intervención externa… Zanka enviaba armas, refuerzos y mercenarios con cada luna nueva.

—¿Pasivo, dices?

—murmuró, bebiendo con parsimonia— A mí también me parece raro.

Se acercó al borde del balcón.

—Genshin no es tonto.

Y mucho menos blando.

Sus ojos —dos carbones dormidos— se entrecerraron.

—Ese hombre no manda gritar a sus sabuesos… hasta que sabe exactamente a quién arrancarán el cuello.

Suspiró.

—No sé qué trama… Pero lo que sea… es terrible.

Bajó la voz, como si hablara consigo mismo: —O eso me dicen… mis pecados.

— Shinsei no respondió de inmediato.

El sol comenzaba a ocultarse.

Y su silueta, cubierta por la túnica dorada, parecía una estatua divina manchada por la sombra del mundo.

Finalmente, dijo: —Entonces que vengan.

Que desaten sus monstruos.

Si es la voluntad de su dios… yo me encargaré de ejecutarlo personalmente.

— Las provincias de Hokori se desmoronaban desde dentro.

Los mercados colapsaban como torres de papel mojado.

Los nobles discutían por monedas que ya no valían ni el barro que pisaban.

Las familias se encerraban, no para rezar… sino para morir antes de que la guerra tocara su puerta.

Y en medio de ese infierno… Una iglesia olvidada resistía.

Pequeña.

Agrietada.

El altar cubierto de polvo y humedad.

Allí, una niña de unos 8 años rezaba en silencio.

Sus manos apretadas.

Sus labios temblorosos.

Sus ojos hinchados de tanto llorar.

Rezaba.

No por ella.

Sino por su madre desaparecida.

Por su hermanito que no volvió.

Por su gato que ya no maullaba.

— Y entonces… Shirota Karakuri entró por la puerta principal, como si fuera el protagonista de una obra absurda en pleno acto final.

Vestía con una chaqueta ridículamente colorida, manchada de barro, ceniza… y un poco de vino.

En su espalda, colgaba su bolsa de viaje.

Y de ella asomaba la punta de un libro de cubiertas rojas y título censurado con cinta negra.

Miró a la niña.

Luego a la estatua del dios central.

Y suspiró.

—¿Sabes, pequeña?

La niña giró lentamente, con los ojos llorosos.

Shirota sonrió, pero no con burla.

Con una tristeza envuelta en lentejuelas.

—Le estás rezando al mismo dios… que permitió esta masacre.

La niña parpadeó.

Sus lágrimas no sabían si caer o esconderse.

—Pero no te preocupes —añadió con un tono más ligero—.

Seguro estaba ocupado viendo otra guerra.

O en uno de esos retiros espirituales donde los dioses hacen ayuno de compasión.

La niña soltó un sollozo entre risa y pena.

Shirota se acercó, sacó un pañuelo absurdo con dibujos de patitos, y se lo tendió.

—Toma.

Es de mi colección privada.

Solo los uso cuando muere alguien o cuando alguien llora sin merecerlo.

La niña lo tomó, sin entender del todo.

Pero su llanto cesó, aunque fuera por un segundo.

— Shirota se giró, miró la estatua con indiferencia teatral.

—Bueno, querido Dios.

Si no vas a responderle a ella… al menos déjame entretenerte un rato.

Sacó su novela erótica: “Las Cadenas del Placer Carmesí – Versión Ilustrada e Ilimitada”.

Se sentó en una de las bancas delanteras, se acomodó como si estuviera en un teatro… y empezó a leer en voz alta.

—“…y fue entonces cuando la sacerdotisa, cubierta solo por su manto de rubí, descubrió que el verdadero poder divino… no venía de los cielos, sino de la cintura…” La niña lo miró.

No entendía.

Pero por primera vez en semanas… sonrió.

La estatua del dios no se movió.

Porque los dioses, cuando el mundo arde… siempre guardan silencio.

— En Tsuyoi… ya no quedaban gritos.

Solo ecos.

El humo lo cubría todo.

Las casas eran esqueletos.

Las calles, cenizas.

No era un pueblo.

Era un suspiro a punto de extinguirse.

— Donyoku caminaba entre los escombros, la sangre aún fresca en sus ropas.

Sus pasos eran pesados, pero su mirada… firme.

Entre los restos de un templo derrumbado, encontró dos dagas.

Delgadas, curvadas, con inscripciones que parecían divinas.

Pero no eran bendiciones.

Eran maldiciones elegantes.

Palabras talladas que condenaban tanto al enemigo… como al portador.

Donyoku las sostuvo.

Las sintió.

No solo por defensa… Sino porque el diseño le gustó.

—Están bonitas —murmuró, medio sonriendo—.

Como yo cuando aún tenía fe.

Las guardó en su cinturón.

El Shinkon dentro de él palpitaba.

Tenía hambre.

— Chisiki lo vio todo… hasta que algo más llamó su atención.

Dos niños.

A punto de ser atravesados por la lanza de un soldado de Sainokuni.

Esta vez… no dudó.

Su Shinkon se activó.

No con fuego, ni hielo, ni luz.

Sino con desaparición.

El brazo del soldado simplemente se desvaneció.

Como si nunca hubiera existido.

El hombre gritó de dolor, cayendo de rodillas.

Agonizante, entre babas y maldiciones.

—¡Ojalá Dios te maldiga… por lo que me estás haciendo!

Chisiki lo miró sin titubear.

Sus ojos… no eran los del niño que dudó.

Eran los de alguien que aceptó su herida.

—Si Dios me maldice… al menos significará que existo para Él.

Ser un maldito… es mejor que ser un olvidado.

— Aika, mientras tanto, abría puertas con manos temblorosas pero decididas.

Encontraba ancianos escondidos bajo mesas, dentro de tinajas, detrás de muros rotos.

—Vamos… no queda tiempo —decía, con una voz que sabía doler y curar al mismo tiempo.

Los ayudaba a caminar.

Cargando a algunos, cubriendo a otros.

Porque incluso cuando la guerra reclama todo… alguien tiene que cuidar de los que ya no pueden correr.

— Seita había construido un refugio improvisado con su Shinkon.

Hecho de hielo y silencio.

Frío, sí.

Pero más cálido que el infierno afuera.

Desde allí, su mirada recorría el campo.

Cada vez que un soldado entraba en su rango… no salía.

Su poder cortaba.

Separaba.

Reducía cuerpos a líneas discontinuas en el aire.

Y lo hacía sin emoción.

Porque el alma de Seita… ya no entendía el calor humano.

— Donyoku, con sus golpes ahora reforzados por Shinkon, derribaba enemigos como si fueran recuerdos que no quería tener.

Cada puño era una promesa.

Cada estocada, un grito que ya no salía por la boca.

— Reiji, jadeando, con el rostro cubierto de sudor y sangre, había llegado justo a tiempo.

Seimei estaba rodeado.

A punto de caer.

Reiji lo tomó del brazo, lo sacó del centro del fuego.

Seimei tosía.

Apenas caminaba.

—Lo siento… soy un estorbo —dijo con voz baja, culpable.

Reiji no respondió al instante.

Solo lo miró.

Y luego dijo, casi en susurro: —Prefiero trabajar con un estorbo… que con mil bestias sin razón.

Y siguieron caminando.

Porque nadie más lo iba a hacer.

— El pueblo de Tsuyoi cayó.

No por cobardía.

Sino porque el alma… también se rompe.

Los soldados de Sainokuni seguían llegando, como ratas bendecidas.

Y los defensores, ya sin flechas, sin lágrimas, sin fe… se rindieron.

Los gritos habían muerto.

Ahora solo quedaba el silencio, ese que suena peor que cualquier explosión.

— Habían perdido.

Pero no solos.

Muchos soldados de Sainokuni también cayeron.

Sin embargo… ellos no lloraron.

No se arrodillaron.

No susurraron nombres.

Solo miraron los cadáveres y dijeron al unísono: —Dios guarde sus almas… en el infierno.

Por no haber sido dignos de representarlo.

— Los sobrevivientes fueron puestos en fila.

28 personas.

Algunos eran ancianos, otros niños.

Muchos con heridas, y más con huecos en el alma.

Donyoku no hablaba.

Tenía las manos llenas de tierra, sangre y recuerdos.

Ya no sabía si aún estaba vivo.

Aika tenía la mirada fija en nada.

El humo que salía de una casa aún ardiendo parecía más real que sus propios latidos.

Seimei respiraba con dificultad.

Apoyado en Reiji, sentía que incluso pedir perdón… era un lujo que no merecía.

Seita estaba tan inmóvil que parecía un cadáver olvidado por la muerte.

Su Shinkon… ya no luchaba.

No por agotamiento, sino porque incluso el alma entendía cuándo rendirse ante el vacío.

Chisiki analizaba.

Aún en ruinas, aún roto, su mente buscaba algo.

Y entonces… lo notó.

Entre los soldados, había uno que no encajaba.

No hablaba.

No maldecía.

No reía con los demás.

No miraba.

Analizaba.

Sus ojos eran lentos, como si midieran el mundo a través de una escala invisible.

Parecía más una ecuación que un humano.

Su nombre… aún desconocido.

Pero su presencia… ya era una sombra que nadie notó a tiempo.

— Entonces llegó él.

El Capitán de Sainokuni.

Montaba un caballo blanco como si fuera un ángel decapitado.

Bajó con elegancia cruel.

Observó las ruinas.

Los cadáveres.

Las manchas de vergüenza que dejaron sus propios soldados.

Frunció el ceño.

—¿Esto es lo que les costó un maldito pueblucho?

Nadie respondió.

Y entonces… sin dudarlo, ordenó traer a los comandantes de su escuadrón.

Tres hombres y una mujer.

Heridos.

Cansados.

—En nombre de Dios… les otorgo el perdón eterno… …en forma de castigo.

Y sin cambiar de tono, les cortó la garganta con su propia espada.

La sangre salpicó a un niño que aún sostenía un muñeco carbonizado.

—Que su ineptitud no se propague… como una plaga —murmuró.

— Luego, miró a los sobrevivientes.

Y entonces… sus ojos se posaron en uno.

—Tú… Reiji alzó la cabeza, con la mirada vacía.

No se movió.

No se defendió.

—Ofrezco mi vida… si dejan al pueblo en paz —dijo.

Como quien da la última carta en una partida que nunca pensó ganar.

Los soldados rieron.

Pero el Capitán no.

Se congeló.

Sus ojos se abrieron lentamente.

—Tú… Tú eres Reiji Mikazuki.

El silencio fue absoluto.

—El Trágico.

El que lideró el ejército de Hokori.

El que destrozó treinta provincias… solo.

El que mató al Rey con sus propias manos.

El que coronó a un niño y lo convirtió en símbolo del terror.

El Capitán temblaba.

—Y yo… Su voz se rompió.

Su risa se torció.

—¡Yo por fin tendré mi venganza, Mikazuki!

Reiji no reaccionó.

Porque no lo recordaba.

Porque en aquella guerra de hace 20 años… no tenía memoria.

Ni rostro.

Solo un objetivo: destruir.

— Cada paso del Capitán hacía crujir el aire.

No por el peso de su cuerpo.

Sino por la presión del odio acumulado.

Como si la atmósfera supiera que algo iba a romperse… o a nacer.

Se detuvo frente a sus soldados.

Y sacó de un cofre tres objetos sagrados, cubiertos con telas bendecidas: instrumentos de tortura sutil, elegantes, infernales.

—Tráiganme a Reiji Mikazuki —ordenó.

Reiji no opuso resistencia.

Caminó hasta el centro del círculo como un condenado que conoce de memoria el camino al abismo.

Al menos… —pensó— …esta vez moriré intentando redimirme.

— El Capitán lo miró con fuego en los ojos y espuma en los labios.

—Tú… ¡Tú mataste a mi familia entera, Mikazuki!

¡A mis hermanos!

¡A mis hijos!

¡A mi esposa!

¡A todos!

Rió.

Pero era una risa vacía, descompuesta.

Una carcajada desgarrada… camuflada bajo la frase: “todo en nombre de Dios.” — Comenzó por el meñique.

Crack.

El sonido fue sordo.

La carne resistió un segundo… luego cedió.

Reiji no gritó.

Ni una vez.

— Donyoku quiso moverse.

Aika también.

Chisiki estaba ya dando un paso.

Seita solo apretaba los puños.

Pero Reiji los detuvo con una mirada.

—No se acerquen… Su voz no era la de un mártir.

Era la de alguien que cree que merece sangrar.

—Yo cargué con demasiados muertos.

He destruido naciones.

Quemado templos.

Arrancado esperanzas de raíz.

Volvió a mirar al Capitán.

—¿Por qué debería un monstruo como yo… ser salvado por unos niños?

El Capitán, enloquecido, rugía entre risas.

—¡TÚ ERES EL TRÁGICO!

¡TÚ TRAJISTE EL FIN!

¡TÚ MERECES ESTO Y MÁS!

¡POR LA GLORIA DE DIOS!

Y continuó.

Crack.

Crack.

Crack.

Cada dedo, roto con lentitud.

Como si la redención pudiera medirse en huesos.

— Pero entonces…

El soldado que había analizado el pueblo.

Dio un paso adelante.

Su nombre era Hazami Riku.

Hasta ahora había sido sombra.

Ojos que no miraban.

Silencio que observaba.

Ahora habló.

—Capitán.

Encontré algo.

En una de las casas.

Debería venir a verlo.

El Capitán ni lo miró.

—¡Vuelve luego!

¡Estoy en medio de algo glorioso!

Pero el soldado… alzó la cabeza.

Por primera vez.

Y sus ojos… no tenían nada.

Ni emoción.

Ni odio.

Ni fe.

Solo una calma que daba miedo.

—Capitán… venga.

O no me responsabilizo por lo que le pase.

La voz no fue amenazante.

Fue… inevitable.

El Capitán lo miró.

Y algo en su instinto —algo que no sabía que tenía— le dijo que esa orden no podía ignorarse.

Soltó la herramienta ensangrentada.

—Volveré —dijo, señalando a Reiji—.

Aún no he terminado contigo.

Y se marchó, siguiendo al soldado.

— El Capitán de Sainokuni caminaba detrás de Hazami Riku con fastidio, aunque aún no entendía por qué…un frío extraño le recorría la espalda.

—¿Qué clase de broma es esta?

—bufó—.

He visto cadáveres suficientes como para llenar tres templos.

Hazami no respondió.

Solo lo llevó hasta una casa semiderruida, donde una sábana cubría algo que olía a muerte pero no a derrota.

Hazami se detuvo, se agachó, y retiró la tela.

Debajo… un cadáver.

Joven.

Pálido.

Idéntico a él.

Mismo rostro.

Mismo cabello.

Misma cicatriz en la ceja.

El Capitán dio un paso atrás.

—¿Qué demonios…?

Hazami se quedó en silencio unos segundos.

Y luego dijo: —Al menos él murió sin sufrir.

Se levantó.

—Pero tú… vas a caer en la desesperación antes de terminar igual.

El Capitán desenvainó su espada.

—¿Qué carajos estás…?

No alcanzó a terminar.

Hazami ya había sacado su cuchillo.

Un metal negro como pena acumulada.

Y sin demora se la clavó en el brazo.

El Capitán gritó.

No por el corte.

Sino porque el dolor era insoportable, como si su nervio se hubiese convertido en fuego líquido.

Intentó sacar su espada con la otra mano.

Hazami se adelantó.

Y con una precisión quirúrgica… le cortó los cinco dedos.

De un tajo.

Silencioso.

Frío.

El Capitán cayó de rodillas.

Intentó gritar.

Pero su alma… no le permitió hacer ruido.

— Entonces… Hazami cambió.

Su cuerpo.

Su rostro.

Su voz.

Ahora era otro hombre.

El hermano del Capitán.

—No… —susurró el Capitán, temblando— No puede ser… tú estás muerto… ¡Yo te vi morir!

Hazami lloraba.

Lloraba con esa cara.

Con esa alma prestada.

—Yo sentí… todo su dolor —dijo mientras intentaba sonreir—.

Lo veo cada vez que tomo su forma.

Siento su miedo.

Su odio.

Su amor.

Se siente como el infierno.

Se arrancó mechones de cabello.

Se encorvó, jadeando.

Y entonces se levantó.

El Capitán, desesperado, logró sacar su espada con el brazo sano.

La alzó.

La apuntó a la cabeza del enemigo.

Hazami se movió.

Rápido.

Silencioso.

Preciso.

La cuchilla cortó el aire.

Le arrancó los ojos.

El Capitán cayó, aullando.

Golpeando el suelo como un animal.

Hazami se arrodilló frente a él.

Y le tomó la otra mano.

Crack.

Crack.

Crack.

Crack.

Crack.

Los dedos… uno por uno.

Y le susurró al oído: —Esta guerra apenas comienza.

Y ustedes despertaron a una bestia que llevaba dormida mucho tiempo.

Entonces… la cuchilla atravesó su cuello.

Y el Capitán quedó allí, arrodillado… como si aún esperara rezar aunque su Dios nunca respondió.

— Hazami se alejó caminando.

Su silueta se deformó.

El cuerpo cambió.

Ahora tenía la cara del Capitán.

Su voz.

Su andar.

Y con cada paso… el mundo se confundía más.

Porque nadie sabía ya si ese hombre había muerto… o simplemente había empezado a vivir en alguien más.

— El Reino no cayó aquel dia… Pero algo en él cambió para siempre.

Porque cuando la fe se vuelve cuchilla, y los héroes se arrastran entre cenizas, ya no queda patria… solo supervivientes que sangran con el nombre de Hokori aún entre los dientes.

Gracias por adentrarte en este segundo arco, donde la guerra no solo se gesta con espadas, sino con heridas del pasado, decisiones sin retorno… y almas que aún no han elegido de qué lado están.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo