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Chi no Yakusoku – El juramento de sangre - Capítulo 35

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  4. Capítulo 35 - 35 Capitulo 32 - La Cordura Nunca Gana Guerras
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35: Capitulo 32 – La Cordura Nunca Gana Guerras 35: Capitulo 32 – La Cordura Nunca Gana Guerras La noche aún ardía en ruinas, pero en el centro del campamento de Sainokuni… todo era fiesta.

Los soldados comían con las manos sucias, bebían de calabazas manchadas de sangre, gritaban oraciones huecas, y reían como si el infierno fuera solo otra frontera que conquistarían mañana.

Entonces, él llegó.

El Capitán.

O eso creyeron.

Hazami Riku, oculto en ese cuerpo robado, cruzó la entrada con una calma que dolía.

Sus pasos medidos.

Su espalda recta.

Sus ojos… más oscuros que el uniforme.

—Parece que se están divirtiendo —murmuró.

Nadie lo escuchó.

O lo ignoraron.

La euforia los cegaba.

Pero él no venía por risas.

— Se detuvo frente a Reiji Mikazuki, aún arrodillado.

Los dedos rotos, la respiración pesada.

Los 28 sobrevivientes estaban sentados en línea, vigilados como ganado a punto de ser juzgado.

La mayoría… lloraba.

Otros solo bajaban la cabeza.

Reiji, en cambio, no suplicaba.

No por orgullo.

Sino porque ya no le quedaban ruegos.

Hazami lo miró con un rostro que no era suyo, pero con una voz que aún conservaba su núcleo.

—Puedes regresar con tus alumnos.

Reiji lo miró, confundido.

La voz.

La expresión.

Había algo… demasiado neutro para ser su enemigo.

Uno de los soldados, un tipo de rostro anguloso y mirada aguda, dejó de reír.

Lo observó con detalle.

Algo… no encajaba.

—Capitán… Hazami giró lentamente.

—¿Sí?

—Capitán, ¿quiere que entonemos la oración del Juicio como en las últimas campañas?

Silencio.

Todo el campamento quedó en suspenso.

Hazami tragó saliva.

Los latidos en su cuello parecían golpes de tambor.

No respondió de inmediato.

Y entonces… Hazami no parpadeó.

Lo miró con calma venenosa.

Se acercó un paso.

Y murmuró: —Si vuelves a preguntar algo sin sentido… tal vez sean tus últimas palabras.

El soldado retrocedió, nervioso.

—Solo… es costumbre.

Nada más.

El soldado se giró y con pasos lentos se dirigió con sus otros compañeros.

Pero Hazami…

Comenzó a recordar algo.

Y de repente ya no estaba fingiendo del todo.

Sus ojos… empezaron a lagrimear.

No por debilidad.

Sino porque la memoria del cuerpo que usaba empezaba a gritar dentro de él.

Imágenes, emociones, dolores.

La muerte de su familia a manos de Reiji Mikazuki.

Las torturas en nombre del “Dios Verdadero”.

Las cicatrices que aún arden en los huesos.

Los insultos.

Las cadenas.

El ascenso forzado a Capitán como moneda de redención.

El día en que dejó de ser humano para convertirse en siervo.

Hazami jadeaba.

Los recuerdos no eran suyos.

Pero los sentía como si lo fueran.

Y sin embargo… Siguió en pie.

Porque hacía mucho que su mente se había roto… y había aprendido a sobrevivir dentro de cada ruina.

— —Capitán… ¿por qué llora?

La voz fue tímida.

Desconfiada.

Uno de los soldados de Sainokuni se acercó con una sonrisa incómoda, mientras observaba cómo su líder —aparentemente invicto— dejaba caer lágrimas sin ruido.

Hazami no respondió.

Simplemente se giró y comenzó a caminar hacia una de las casas destruidas.

Sus pasos eran pesados.

No por dolor físico… sino por las memorias que no le pertenecían.

— Mientras se alejaba del bullicio, Hazami escuchó unos pasos tras él.

No eran pasos apresurados.

Ni tensos.

Eran los pasos de alguien que no temía ser apuñalado por la espalda… porque sabía que quien iba delante ya lo había intentado antes.

—¿Otra vez llorando, Hazami?

—dijo la voz, seca y burlona— Juro que me dan ganas de traerte un pañuelo bordado con la cara del Elegido.

Hazami no necesitó girarse.

—Jūzō… —Presente y aburrido, como siempre.

De entre las sombras apareció Jūzō Karakuri, con el uniforme mal ajustado, la armadura colgando y una sonrisa más peligrosa que cualquier arma en su cinturón.

—Lo mataste de forma tan macabra al verdadero Capitán que pensé que al menos te relajarías esta noche.

Pero no… ahí estás, cargando traumas ajenos otra vez.

Hazami se detuvo frente a la puerta medio caída de una casa en ruinas.

No dijo nada.

Solo apretó los dientes.

—¿Te duele?

—continuó Jūzō, cruzándose de brazos con una risa apenas contenida—.

¿La memoria del pobre bastardo se te metió hasta el estómago?

Hazami finalmente giró la cabeza, lento.

Su mirada era fría, pero temblaba por dentro.

—Cállate… —Hazami, hermano… sabes que no puedo.

Si tú te deshaces llorando, ¿quién más va a recordarte lo jodido que estás?

Hazami dio un paso hacia él.

El silencio se volvió afilado.

—Una palabra más, y te regalo a esos fanáticos de las oraciones rotas.

A ver si les gusta tu carne.

Jūzō levantó las manos como si se rindiera, aunque su sonrisa no desapareció.

—Ya, ya… no te pongas tierno conmigo.

Solo vine a asegurarme de que no te olvidaras quién eres… Se acercó un poco más y bajó la voz: —O peor aún, que empieces a creer que eres alguien más.

Hazami lo miró de lado.

—No me hagas recordarte por qué no me agradabas… cuando aún era yo.

—Oh, vamos —rió Jūzō mientras se alejaba con calma— Te caigo mal porque soy el único que se acuerda cómo suena tu voz real… Y porque sé que, detrás de cada nuevo rostro… sigues siendo el mismo maldito Kagemaru no Shūen.

Y se perdió entre el humo.

Como siempre.

— En el centro del campamento, Reiji seguía en silencio.

No entendía qué había pasado.

Ni quién lo había salvado.

Solo sabía que estaba vivo… y que algo en el “Capitán” no encajaba.

Aika se acercó, con los ojos llorosos, intentando llegar a él.

—Déjeme curarle, por favor… —susurró.

Pero un soldado la vio moverse.

—¡Tú!

¡Quédate en tu lugar!

Y le dio una bofetada que la lanzó al suelo.

Donyoku se levantó al instante.

—¡¿Qué te crees maldito…?!

—Cuidado —interrumpió otro soldado, acercándose con una sonrisa torcida— Podríamos no matarte a ti… sino a tu madre.

Donyoku apretó los dientes.

La ira quemaba sus venas.

Su Shinkon temblaba.

Pero se quedó quieto.

Por ella.

— Chisiki no hablaba.

Pero observaba con más claridad que nunca.

Algo en el Capitán era distinto.

No era un cambio de humor.

Era un cambio de ser.

Un alma que no estaba allí… o una que ya no era la misma.

— Seimei seguía inconsciente, respirando con dificultad.

Y Seita, en silencio, lo observaba desde el rincón más frío del campamento.

Su mirada vacía.

Su mente… analizando cada ángulo, cada palabra, cada sombra.

Pero incluso él… sabía que el equilibrio se estaba rompiendo.

— El “Capitán” se levantó lentamente.

Los fuegos del campamento ardían suaves, como si el infierno aún respirara a medias.

Hazami, aún con el rostro robado, caminó hasta el centro del pueblo.

Sus botas resonaban sobre las piedras como si marcaran el final de una era.

Se detuvo frente a todos los soldados reunidos en el caos.

—¡Reúnanse, imbéciles!

Algunos lo ignoraron.

Otros seguían comiendo, riendo, orando a su falso dios con la boca llena de grasa y sangre.

—¡El juego se acabó!

—gritó.

El eco de sus palabras congeló un instante el aire.

—Hokori está recuperando territorio.

Los soldados sagrados… están cayendo como hormigas.

Y ustedes… van a pagar por lo que hicieron aquí.

Uno de los soldados rió con incredulidad.

—¿Cómo sabes eso, Capitán?

¿Tienes visiones ahora?

—¿Nos vas a asustar con cuentos?

—¡Esas ratas de Hokori no aguantan ni una batalla sin llorar!

Hazami bajó la voz.

—Suéltenlos —ordenó, señalando a los sobrevivientes.

Los soldados se quedaron inmóviles.

Uno respondió con descaro: —¿Soltar a los que aún respiran?

¿Estás loco?

¡Estos se venden mejor que carne fresca!

Hazami no replicó.

Solo caminó hacia él.

El pueblo observaba en silencio.

Confundidos.

Temerosos.

—¿Qué pasa con este Capitán?

—susurró una mujer anciana— Hace un momento estaba torturando al maestro Mikazuki… Donyoku, Aika, Chisiki, todos… lo miraban con los dientes apretados.

Reiji apenas podía mantenerse de pie.

Hazami se detuvo frente al soldado insolente.

Su mirada estaba vacía.

Su respiración, estable.

Y con una calma inhumana… Sacó su cuchilla… y la clavó directo en su cuello.

Sin emoción.

Sin advertencia.

El cuerpo cayó al suelo como una estatua quebrada.

El silencio fue absoluto.

Todos los soldados se tensaron.

Uno de ellos, con armadura diferente —decorada con líneas doradas y un símbolo de fe grabado en el pecho— dio un paso adelante.

Su mirada era filosa.

—Ese Shinkon… No es del Capitán.

Esa energía… es más antigua.

Más extraña.

Tú no eres el Capitán.

Hazami lo miró… Y aplaudió.

—Vaya entonces mi actuación fue pesima.

Buena intuición, soldado.

Debiste ser poeta, no mártir.

Entonces, su cuerpo… empezó a mutar.

La piel tembló.

Los músculos se reajustaron.

El rostro se borró.

Y una nueva figura emergió entre los temblores de carne y luz grisácea.

Cabello largo, negro, ojos hundidos, sonrisa inexistente.

—Mi nombre es Kagemaru no Shūen.

General del Reino de Hokori.

Y hoy vine a recordarles que hasta los dioses pueden ser despedazados.

— Los soldados corrieron por sus armas.

Algunos gritaron.

Otros intentaron formar filas.

Pero antes de que pudieran actuar… Una risa conocida surgió desde una casa en ruinas.

Jūzō Karakuri.

—Siempre tan dramático, amigo mío.

Emergió entre la sombra con una guadaña más alta que él.

La hoja negra temblaba como si tuviera hambre.

Sus ojos ya no eran humanos.

No tenían pupilas.

No reflejaban nada.

Y entonces… su Shinkon estalló.

— Utsusei no Shi (空性の死 – “La Muerte Vacía”) Un estado de trascendencia brutal.

Su cuerpo se deformó: las piernas se alargaron, flexibles como de felino.

Los brazos se endurecieron.

La piel palideció hasta parecer ceniza viva.

Su espalda se arqueó como si sostuviera el peso de las almas que ya había matado.

La guadaña comenzó a latir.

Como un corazón hueco.

Y entonces… todo se volvió danza.

Jūzō se movía como un ente que ya no recordaba ser humano.

Cada corte de su guadaña abría no solo la carne… sino el alma.

Los soldados caían.

No uno, ni dos.

Veinte en tres segundos.

Uno intentó rogar.

Otro disparó.

Uno más corrió.

Todos fueron abiertos.

Y cada cuerpo que caía… hacía más fuerte a Jūzō.

Su velocidad aumentaba.

Su fuerza crecía.

Pero con cada víctima, sus venas se ennegrecían.

Su piel se agrietaba.

Y su respiración se volvía más pesada.

Porque la Muerte Vacía se alimentaba… pero cobraba.

Un precio que nadie sobrevivía para entender.

— Y mientras el campamento ardía, mientras las oraciones se convertían en gritos, y los soldados sagrados caían como muñecos quebrados… Kagemaru y Jūzō caminaron por la masacre como si fuera un sendero de flores.

Porque en esa noche oscura, los lobos dejaron de aullar y empezaron a morder.

— El silencio volvió tras la masacre.

Los cuerpos aún caían por dentro, aunque la guadaña ya descansaba.

El viento soplaba tibio, como si no supiera qué decirle al horror.

Reiji se mantuvo de pie… o lo intentaba.

Su cuerpo herido.

Su alma aún peor.

Observó a los dos hombres que ahora caminaban entre los restos del campamento.

Kagemaru no Shūen.

El General sin rostro de Hokori.

Jūzō Kamakiri.

El ejecutor sin límites.

Reiji los reconoció.

Pero no dijo nada.

Sus alumnos tampoco entendían.

Solo sabían que habían sido salvados por… dos monstruos que decían estar de su lado.

Los ancianos, los niños, las pocas mujeres y hombres que quedaban… lloraban de alegría.

No por justicia.

Sino porque seguían vivos.

— Kagemaru se acercó lentamente a Reiji.

No con soberbia.

No con burla.

Solo con una expresión vacía, como quien ve a un ídolo en ruinas.

—No puedo creerlo.

Reiji alzó la mirada.

—¿Alguien como tú… arrodillado?

¿A punto de morir sin luchar?

Kagemaru hizo una pausa.

—Yo… te admiraba cuando era niño.

El silencio dolió más que el reproche.

—Ahora entiendo por qué te llaman el Trágico.

No es un apodo.

Es una descripción exacta.

Reiji no respondió.

Porque no tenía con qué defenderse.

— A unos metros, Jūzō limpiaba la sangre de su guadaña como si limpiara su alma.

—Oye —dijo sin mirar a nadie en particular—, ¿alguien aquí es médico?

Silencio.

Aika se levantó con un moretón en el rostro, los ojos firmes.

—Yo… sé curar.

Jūzō se giró, la miró, y sonrió como un niño que encuentra un pastel en medio de una funeraria.

—Qué desperdicio… Una cara tan hermosa, y ahora la marcaron así.

Aika frunció el ceño.

—¿Estás intentando coquetearme?

—¿Depende.

Alguno de esos de atrás es tu novio?

—dijo, señalando sin ver.

Aika se puso más roja.

—¿¡Qué-!?

¡Eres un degenerado!

Además, ¿acaso no sabes que estar con una adolescente es un pecado?

Jūzō parpadeó.

Luego lo pensó.

—Tecnicamente he cometido pecados peores, pero…oye, eso sonó feo.

¡Tengo 17, ¿vale?!

¡Yo también sigo siendo víctima del sistema!

Aika se llevó la mano a la frente.

—Mejor te curo rápido… y me voy de aquí antes de arrepentirme.

Jūzō soltó una carcajada.

—Esa es la actitud.

— Mientras tanto, Kagemaru sacó un pequeño pergamino sellado con el emblema del Reino de Hokori.

Lo extendió hacia Reiji.

—Este es tu mensaje.

Reiji lo tomó con desconfianza.

—¿Y esto?

—Una orden.

Un llamado.

Es hora de que Hokori use… todo lo que tiene.

Reiji comenzó a desenvolverlo.

—No lo abras aún —advirtió Kagemaru.

—¿Por qué?

—Porque no estás listo.

Pero Reiji lo abrió.

Desenrolló el pergamino.

Leyó las primeras líneas.

Y… Frunció el ceño.

—¿“Las curvas de la sacerdotisa carmesí se agitaban como…”?

Kagemaru le arrebató el pergamino de inmediato.

—¡¿QUÉ DIABLOS ES ESTO, JŪZŌ!?

Jūzō levantó la mano, aún sonriendo mientras Aika lo atendía.

—Oops.

Creo que mezclé los rollos.

Esa es la edición sin censura y con notas del autor.

Un clásico.

—¡Este era un pergamino sagrado!

—Ahora es una pieza literaria invaluable.

Kagemaru apretó el rollo con los dientes.

Reiji bajó la cabeza.

—…realmente todo esto parece una comedia escrita por un dios enfermo.

Jūzō levantó un dedo.

—¡Con excelentes reseñas!

— La entrada al Palacio Real de Hokori no era cualquier pasillo.

Era mármol puro.

Fuentes de agua que cantaban como si el mundo aún fuera hermoso.

Alfombras de hilo dorado, y columnas tan limpias que parecían no conocer el polvo de la guerra.

Y allí, entre tanta perfección… Shirota Karakuri discutía con dos guardias.

—¡Exijo ver al Rey!

—gritó como un niño al que le negaban su postre—.

¡Traigo algo que puede cambiar el curso de la guerra!

¡Y si no me creen… tengo pruebas!

—¿¡QUIEREN QUE LES LEA UN CAPÍTULO!?

Los guardias se miraron entre sí.

—No tiene autorización.

Shirota se tiró al suelo.

—¡Esto es discriminación!

¡Represión del arte!

Y de pronto… Lágrimas fingidas.

—¡No saben lo que es ser un genio incomprendido!

¡Ni lo que cuesta escribir con tinta emocional!

Uno de los guardias ya empezaba a sacar su lanza… Cuando apareció ella.

—Déjenlo pasar.

La secretaria del Rey, vestida de negro como el juicio mismo, lo miraba con una mezcla entre compasión y resignación.

—Se le concedió audiencia.

Aunque… no entiendo por qué.

— Shirota, con su mochila gigantesca, cruzó los pasillos del palacio.

Por dentro, su mente no bromeaba.

¿Cómo puede existir un lugar así… tan perfecto, tan pulcro, tan intocable… mientras el reino entero se derrumba en sangre y hambre?

Por una vez… no dijo nada.

— Las puertas doradas de la gran sala del trono se abrieron con un eco que parecía marcar la entrada de un héroe… o de una tragedia.

Y fue entonces que Shirota Karakuri dio su primer paso en el salón del trono.

No caminó.

Desfiló.

Como un actor en su última escena, como si cada baldosa fuera un escenario personal.

Su chaqueta ondeaba con dramatismo.

Su bufanda absurda bailaba sin viento.

Su pantalón… era tan largo que arrastraba como si quisiera saludar al Rey primero que su dueño.

Al llegar frente al trono, Shirota se detuvo.

Puso una mano en el pecho.

Otra en la espalda.

Y con un giro ridículamente elegante, hizo una reverencia tan burlona que parecía una burla de la realeza misma.

—Majestad de los silencios, rey de los mármoles que no conocen el polvo, hombre cuyo trono es más rígido que sus decretos… Aceptad mi irreverente presencia.

Sonrió.

No con respeto.

Sino con malicia.

Como si lo desafiara a castigar su insolencia con estilo.

Uno de los guardias dio un paso al frente.

—¡Eso es una falta de respeto!

Shirota lo ignoró.

Dio medio paso más… Y tropezó.

El pantalón —ese largo pedazo de tela condenado— se enredó en sus pies.

Shirota cayó hacia adelante.

Rodó de forma absurda.

Y quedó boca arriba frente al trono, mirando al techo, como si la escena hubiera sido escrita por un dios con demasiado tiempo libre.

—¡Ay!

—exclamó con voz dramática—.

He sido vencido… por la elegancia.

Kyomu ni parpadeó.

Genshin, desde el trono, no dijo una palabra.

Pero lo miró.

Directo.

A los ojos.

Y fue entonces que el ambiente cambió.

Un temblor imperceptible se esparció en el aire.

La presión espiritual se hizo densa.

El Shinkon del Rey, invisible para los ojos… empezó a latir como una condena silenciosa.

Los guardias bajaron la cabeza, sintiendo el peso.

Incluso el mármol parecía agrietarse en los bordes.

El Rey no se movió.

No habló.

Solo lo miró.

Como si con esa mirada pudiera arrancar verdades, memorias y miedo.

— Shirota tembló un segundo.

Lentamente, se llevó ambas manos al pecho como si acabara de recibir una puñalada invisible.

Abrió los ojos con expresión de tragedia infinita, arqueó la espalda hacia atrás como actor de teatro kabuki y exclamó a los cielos con voz temblorosa: —¡AAAH!

¡No…!

¡Estoy teniendo… un infarto real!

¡Mi corazón no soporta tanto poder sin personalidad!

¡Llamen a un poeta, a un médico o a una ex que me recuerde que aún valgo algooo!

Y acto seguido, cayó al suelo en cámara lenta, girando sobre sí mismo como si muriera por dentro… de forma artísticamente dolorosa.

El Rey… mantuvo su mirada fija por un segundo más.

Y luego, simplemente… retiró su Shinkon.

No porque el bufón se rindiera.

Sino porque entendió que algunos hombres… no pueden ser quebrados, porque ya nacieron rotos por dentro.

— Genshin habló.

—Deja de fingir.

Tus chistes no tienen gracia.

Ni tus actos peso.

Shirota, desde el suelo, sonrió.

Una sonrisa real.

Sucia.

Se incorporó lentamente.

—Prefiero hacer mil chistes… …antes que mil masacres sin sentido.

— Genshin no respondió.

—Vengo a ofrecerle todos mis productos —continuó Shirota, sacando papeles, libros, ilustraciones absurdas—.

Novelas.

Mapas.

Instrumentos.

Pergaminos.

Filosofía existencial con dibujos obscenos.

¡Un paquete completo!

—No necesito cosas inútiles —dijo el Rey.

—¿Inútiles?

Shirota sacó un ejemplar y lo alzó en alto.

—¿Cómo puede decir eso si aún no ha leído “Los Siete Pecados de la Princesa Puritana”?

Y con voz clara, recitó el prólogo: “Ella no sabía si su pecado era desearlo… o desear que él también la deseara.” Varios guardias se rieron.

Otros apretaron sus armas.

Kyomu ni se movió.

Genshin… aplaudió.

—Tienes agallas.

Shirota hizo una reverencia.

—Y productos de alta calidad.

— Se acercó al trono.

Abrió su mochila gigante.

Y sacó algo más.

Un Tsugumono.

La sala entera se quedó en silencio.

Un artefacto espiritual antiguo, sellado, cuyo poder se creía perdido.

Los guardias no sabían qué era.

Pero Genshin y Kyomu sí.

—¿De dónde sacaste eso?

—preguntó el Rey, con tono real por primera vez.

Shirota sonrió.

—A veces, las cosas no se buscan… ellas me buscan a mí.

— La audiencia duró más de lo que nadie imaginó.

Negociaron.

Discutieron.

Bebieron sake (que Shirota trajo).

Y cuando todo terminó… Shirota salió del palacio cantando victoria.

Literalmente.

— ¡Vendí novelas, vendí trampas, vendí el alma y hasta mapas!

¡Y todo eso sin usar pantalones de mi talla!

Su voz se perdía entre los pasillos… como la risa de un loco que entiende demasiado.

— En tiempos donde los héroes sangran, los bufones sobreviven.

Porque en este reino de máscaras rotas y guerras disfrazadas de fe, ya no importa quién tiene poder… sino quién se atreve a usarlo con alma, locura o una maldita sonrisa.

Gracias por adentrarte en este segundo arco, donde la guerra no solo se gesta con espadas, sino con heridas del pasado, decisiones sin retorno… y almas que aún no han elegido de qué lado están.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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