Chi no Yakusoku – El juramento de sangre - Capítulo 36
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- Capítulo 36 - 36 Capitulo 33 - El Último Suspiro
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36: Capitulo 33 – El Último Suspiro 36: Capitulo 33 – El Último Suspiro Pasaron días desde que Hokori recuperó todo su territorio.
La guerra seguía latente… pero por primera vez en años, el mapa no ardía.
Fue entonces cuando el Reino de Kaigen, jugando al árbitro neutral, convocó a todos los estados al edificio central de la A.S.E.
La temida, ignorada, y burocráticamente ineficiente: Asamblea Suprema de Estados.
Una cúpula blanca donde las naciones fingían tener moral… y los débiles soñaban con justicia que nunca llegaba.
Allí, se presentaron los representantes de todas las naciones.
Menos tres.
Ni Genshin (Hokori), ni Shinsei Kōji (Sainokuni), ni Zanka (Enketsu) dignaron el lugar con su presencia.
En su lugar, llegaron las piezas sueltas de cada tablero.
Desde Hokori: Shirota Karakuri, el hombre más incapaz de parecer serio aunque lo intentara.
Desde Sainokuni: Setsura Kaname, un diplomático frío como su firma y experto en mirar con desprecio.
Desde Enketsu: Kagenami no Hoshigumo, el portador de sombras, sin rango oficial… pero con autoridad no escrita.
— El ambiente era solemne.
Demasiado.
Hasta que abrió la boca el Gran Sacerdote Maharen, enviado de las Tierras Sagradas de Reimei.
Vestía túnicas que pesaban más que sus palabras.
—Hermanos… la guerra es el veneno que corroe la vasija divina del mundo —decía con voz profunda.
Y así siguió.
Media hora.
Cuarenta minutos.
Una hora entera de oratoria con más adornos que contenido.
Varios líderes ya cabeceaban.
Otros hablaban con sus guardias.
Kagenami, desde su silla, hacía figuras con sus propias sombras sobre la mesa.
Un ave.
Un dragón.
Una serpiente que devoraba una corona.
Shirota, por su parte, leía un libro titulado: “Tácticas avanzadas para conquistar ancianas y heredar su fortuna.” Sus ojos brillaban.
No por la diplomacia.
Sino por el capítulo nueve: “Cómo fingir que amas el té de flores.” — El silencio fue roto por la única voz que aún tenía filo.
La Princesa Yukihana, heredera del Reino de Yūbetsu.
—Esta reunión… es inútil —dijo, sin quitarse los guantes de hielo—.
Ni uno de ustedes ha propuesto soluciones reales.
Y mientras tanto, tres naciones están en guerra.
Todos la miraron.
—Propongo que la A.S.E actúe.
Que intervengamos con fuerza.
Y eliminemos a Hokori, Sainokuni y Enketsu si es necesario.
Varios rostros cambiaron.
—¡Además!
—continuó— Enketsu ha intervenido a favor de Sainokuni.
¡Violando el artículo 3 del Pacto de No Agresión Externa!
— Kagenami se levantó lentamente.
No habló.
Pero su mirada bastó.
Oscura.
Hundida.
Tan profunda como una promesa de muerte susurrada.
Y la sala se heló.
La princesa apretó los labios.
— Entonces todos giraron hacia Shirota.
—¿Y usted, Hokoriano?
¿No piensa defender la integridad de su nación?
¿O sigue leyendo basura?
Shirota bajó lentamente su libro.
Lo cerró con cuidado.
Y sonrió.
—¿La guerra?
Inútil.
Como discutir con un pollo sobre filosofía.
Silencio.
—Estoy aquí por un trato.
No por un país que ha estado podrido desde antes de que yo naciera.
Los representantes se incomodaron.
—¿No le importa la seguridad de su gente?
—¿Mi gente?
—Mi gente me detiene en la calle para pedirme firmar novelas eróticas, no tratados de guerra.
Una pausa.
—Además… ¿alguna vez han visto una nación que quiera salvar a su pueblo después de venderlo como carne de circo?
— Las palabras quedaron flotando.
Pesadas.
Incómodas.
Pero imposibles de contradecir.
Porque hasta las mentiras necesitan descanso.
— La luna brillaba con timidez sobre una tierra que aún no sabía si debía reconstruirse o morir en silencio.
La provincia de Kagetsuki (影月 – Luna de las Sombras) servía ahora como refugio para los que ya no tenían hogar.
Un lugar entre montañas y ríos helados, improvisado con carpas, viejas casas de campesinos… y sueños demasiado rotos como para ser remendados.
Allí estaban los sobrevivientes de Tsuyoi.
Algunos caminaban como fantasmas.
Otros ya no lloraban.
No porque no quisieran… sino porque ya no les quedaban lágrimas.
Niños abrazando ropa vacía.
Ancianos que repetían nombres sin respuesta.
Madres que miraban al cielo como si todavía creyeran que Dios pudiera oírlas.
— En una pequeña habitación, Donyoku intentaba descansar.
Sus ojos cerrados.
Su espalda contra la pared.
Su alma… aún temblando.
Entonces, Aika entró.
Sin decir nada, se sentó a su lado.
—Me alegra… que al menos estemos bien —dijo en voz baja.
Donyoku abrió los ojos, pero no respondió de inmediato.
—Aunque también… me duele no haber podido hacer nada.
Ver a tanta gente morir… y quedarme tan inútil… Sus palabras se perdían como humo.
Lentas.
Cansadas.
Apoyó la cabeza suavemente en el hombro de Donyoku.
—Solo quería sentir que servía de algo.
Donyoku no la apartó.
No dijo una frase heroica.
Solo murmuró: —A mí también… me alegra seguir vivo.
Silencio.
Pero no por mucho.
Donyoku sintió algo raro.
Giró la cabeza hacia la izquierda… Y allí estaba.
Una figura oscura.
De pie.
Observándolos.
Callado.
—¡¡¡AAAHHHH!!!
¡¿Qué demonios—?!
Aika saltó del susto.
—¡¿Quién—?!
La figura parpadeó.
—¿Acaso interrumpí una charla amorosa entre novios?
—preguntó Seita, con el rostro más neutro del universo.
Donyoku lo fulminó con la mirada.
—Seita… en la vida existen cosas llamadas “momentos de privacidad”.
—¿Entonces sí estaban en plan de novios?
Aika se sonrojó tanto que pareció que el hombro de Donyoku le quemaba.
—¡N-No es eso…!
En ese momento, Chisiki entró a la habitación con una sonrisa cansada.
—Pueden negarlo todo lo que quieran… pero desde afuera parecían dos tortolitos coqueteando.
Donyoku, al fin, soltó una pequeña risa.
—Tch… idiotas.
Seita los observaba con la cabeza ligeramente ladeada.
Como si intentara comprender algo que no está en los libros.
— Mientras tanto… En una taberna vieja y sucia, con una lámpara rota y el suelo lleno de ceniza, Reiji y Seimei compartían una jarra de cerveza.
Ambos… borrachos.
Ambos… callados.
Ambos… llenos de fantasmas.
—No pudimos salvar a todos —susurró Seimei, con voz arrastrada.
—Tampoco era nuestra misión salvar el mundo —respondió Reiji, arrastrando las palabras—.
Pero aún así… duele.
Un trago.
Dos.
Reiji sonrió.
—Hay que celebrar mientras sigamos vivos… Y cayó dormido sobre la mesa con un golpe suave.
Seimei lo miró.
No dijo nada.
Lo cargó con cuidado —como si fuera un niño al que hay que proteger del pasado— y lo llevó hasta una pequeña carpa en las afueras.
Lo dejó allí, cubierto con una manta vieja.
Se quedó un momento viéndolo.
Luego, regresó a la taberna.
Se sentó.
Y pidió dos cervezas.
El tabernero lo miró, confundido.
—¿Dos?
—Sí —respondió Seimei con una sonrisa triste.
—Pero… solo está usted.
Seimei no lo miró.
—La otra es para un viejo amigo… uno que no va a regresar jamás.
— En el campo de batalla.
Las líneas enemigas retrocedían… pero no por miedo.
Sino porque la realidad era más fuerte que la fe.
Kenshiro Gai, el Rey de la Guerra, caminaba al frente del ejército como si fuera una tempestad.
Sus enemigos gritaban, rezaban, maldecían… y morían.
Ni un solo soldado sagrado había logrado siquiera rozar su piel.
Y eso… sin que Kenshiro hubiese activado su Shinkon.
No lo necesitaba.
Su espada era una sentencia.
Su sola presencia… una muralla imposible de atravesar.
En su campo de visión, nada sobrevivía.
— La recuperación del último bosque marcado por el enemigo trajo una paz frágil.
Temporal.
El mundo… se tomó un respiro.
— La A.S.E.
(Asamble Suprema de Estados), bajo presión de varios reinos intermedios, declaró un período de negociación forzosa.
Pero aquella reunión ya había fracasado.
No se firmó ningún acuerdo.
No se ofreció ninguna garantía.
Solo palabras.
Y acciones a medias.
— Decisiones tomadas en las sombras: — El Reino de Kaigen ofreció parte de sus provincias como refugios temporales para los desplazados de Hokori.
— El Reino de Sabaku, orgulloso de sus guerreros, prometió enviar soldados veteranos a ayudar a Hokori “por honor, no por política”.
— Las Tierras Sagradas de Reimei se declararon neutrales… por ahora.
— Y el resto del continente, simplemente… miró hacia otro lado.
Porque mientras el conflicto no tocara sus puertas… la sangre no tenía olor.
— En unas instalaciones militares improvisadas, construidas sobre ruinas aún calientes, Kenshiro Gai se mantenía en pie.
No daba discursos.
No se reunía con nobles.
No negociaba.
Esperaba.
Frente a un mapa cubierto de marcas rojas, su espada descansaba como una bestia dormida.
Su mirada fija en la nada.
Su cuerpo inmóvil.
Solo una pregunta giraba en su mente: ¿Qué decidirá el Rey?
Porque si Genshin decía “avanzad”… entonces incluso los dioses… tendrían que esconderse.
— En el centro del palacio de Sainokuni, los vitrales brillaban con luz divina… pero la sala apestaba a sake, sudor y ambición.
Shinsei Kōji, el autoproclamado Elegido por Dios, caminaba descalzo sobre alfombras bordadas con escrituras sagradas.
Su túnica, blanca como una mentira perfecta, se agitaba con cada paso mientras hablaba consigo mismo y con su única compañía.
—Es aburrido.
—¿Hm?
Zanka, tirado sobre un futón de terciopelo, con tres botellas vacías a su alrededor y una cuarta en la mano, lo miró con un ojo medio cerrado.
—Digo que esto es aburrido —repitió Shinsei, con voz suave—.
Sentarme aquí.
Esperar reportes.
Escuchar oraciones vacías.
Tomó un mapa del continente y lo enrolló como si no valiera nada.
—Mi gente muere allá afuera… y yo aquí, fingiendo que los escucho.
No… Esta vez, desobedeceré a Dios.
Zanka soltó una risa seca.
—¡Al fin!
—exclamó, alzando la botella como si brindara con el mismísimo universo—.
¡Eso merece más sake!
Abrió otra sin siquiera mirar.
—¿No dices siempre que eres su Elegido?
—preguntó entre sorbos.
—Y lo soy.
Pero incluso los elegidos tienen derecho a marchar.
Shinsei miró al horizonte desde la terraza del palacio.
Su mirada… no era humana.
Tenía la claridad de un mártir.
Y la locura de un emperador sin cadenas.
—Esta vez… me enfrentaré a ellos directamente.
A los Demonios de Hokori.
Se volvió hacia el centro de la sala.
Y con cada nombre que dijo, el aire pareció tensarse un poco más.
—Kagemaru no Shūen, el General sin rostro.
Yodaku… ese perro.
El verdugo que cree que arrebatar es servir.
Narikami Gou, el Relámpago de la Muerte.
Y… Kenshiro Gai.
El Rey de la Guerra.
Zanka soltó un silbido burlón.
—¿Planeas morir con estilo, o ganar sin piedad?
Shinsei sonrió.
—Ambas.
Porque si caigo, arderá el cielo conmigo.
Y si gano… la galaxia entera nos tendrá miedo.
Su sonrisa se deformó un poco.
Ya no era carismática.
Era… peligrosa.
Zanka se acomodó el cuello con la botella aún en mano.
—Pues si vamos a abrir los cielos y romper ejércitos, más vale que esté bien borracho.
Levantó la botella, derramando unas gotas sobre el suelo sagrado.
—Por los herejes que no saben cuándo arrodillarse.
Y por los dioses que no saben cuándo retirarse.
— La noche era tranquila.
Demasiado tranquila… para un mundo que estaba a punto de arder.
En una vieja posada al borde de Tsuranome, los seis se preparaban para partir.
Donyoku.
Chisiki.
Aika.
Seita.
Seimei.
Y al frente… Reiji Mikazuki.
No eran soldados.
No eran mártires.
No eran salvadores.
Eran lo que quedaba.
Y tenían una misión.
— El pergamino que Kagemaru entregó a Reiji no contenía una orden.
Ni una táctica.
Ni siquiera un mensaje claro.
Lo que contenía… era blasfemia hecha documento.
Información prohibida, robada de las entrañas del Reino de Sainokuni.
Una filtración que el mismo Rey de Hokori no podía exponer públicamente sin prender fuego a todo el continente.
> Los altos mandos de Sainokuni llevaban años trabajando en algo que no debía existir: La creación de un dios artificial.
Una entidad construida a partir del sufrimiento humano, el fanatismo y el Shinkon corrompido.
Un “milagro” diseñado para dominar.
Una fe manufacturada.
Un dios sin alma, pero con culto.
Una abominación con corona.
— Si las Tierras Sagradas de Reimei se enteraban… no habría tiempo para juicios.
Solo guerra santa.
Una guerra donde ni los pecadores, ni los justos sobrevivirían.
Por eso… tenían que adelantarse.
Entrar a Sainokuni.
Y detener el nacimiento de ese dios artificial.
A cualquier costo.
— Reiji bajó la mirada mientras revisaba el pergamino por última vez.
—Yo debería ir solo —murmuró—.
Esto… no es una batalla que deban cargar ustedes.
Donyoku, sentado en una caja, lo miró fijo.
—No vamos para ayudar a Hokori.
Ni a ningún dios.
Vamos porque no pienso dejar que alguien más me arrebate lo que queda.
Aika asintió, ajustándose las vendas del brazo.
—No dejaré que otra ciudad arda sin al menos intentar detenerlo.
Chisiki bajó la capucha.
—Esto ya no se trata de lo que queremos.
Es lo que nos tocó.
Seita, como siempre, no dijo nada.
Pero ya llevaba el mapa en la mano.
Y Seimei… —A veces, salvar el mundo es una pésima excusa.
Pero evitar el nacimiento de una aberración divina… Eso sí vale la pena.
— Reiji los observó uno a uno.
Y en su silencio… aceptó la verdad.
No había vuelta atrás.
No con ese pergamino en las manos.
No con ese destino en el horizonte.
Si no lo detenían ahora… la guerra actual sería solo una introducción.
El verdadero infierno… aún no tenía forma.
Pero ya estaba respirando.
— La madrugada no trajo paz.
Trajo humo.
Y no el de una hoguera cualquiera… sino el de un nuevo comienzo bañado en sangre.
Hokori atacó.
Con estrategia.
Con rabia contenida.
Y con una precisión que ni los clérigos más fanáticos de Sainokuni pudieron anticipar.
Ya no se trataba de defender.
Era el turno de devastar.
— Las formaciones del ejército hokoriano parecían salidas de un poema bélico olvidado: — Por el flanco izquierdo, marchaba Yodaku, El Verdugo.
Su división se movía como una horda sin alma, sembrando pánico antes de entrar en combate.
— Por el flanco derecho, avanzaba Narikami, El Relámpago de la Muerte.
Soldados con movilidad extrema, ataques de precisión quirúrgica y una sincronía que parecía sobrenatural.
— En el frente principal, se erguía Kenshiro Gai, El Rey de la Guerra.
No marchaban… pisaban.
Y cada paso era una sentencia.
— En la columna central —el eje silencioso del ejército— iba Kagemaru no Shūen.
Nadie sabía dónde estaba exactamente.
Solo que… cuando algo desaparecía del mapa, seguramente él había pasado por allí.
— Y mientras todo eso se desplegaba en las fronteras… El Rey de Hokori, Genshin, se vestía para la historia.
No usó su capa.
Ni sus ropas de ceremonia.
Ese día, no quería parecer un rey.
Quería ser un soldado más.
Llevaba un traje de guerra reforzado.
Acero negro.
Cubierto de raspones, marcas antiguas de combates que pocos sobrevivieron.
No era bonito.
Ni nuevo.
Ni limpio.
Pero lo protegía más que cualquier palacio.
Era una armadura hecha para sangrar… no para ser admirada.
Marchaba hacia el Imperio de Enketsu, con un séquito de nobles, estrategas, heraldos… Y a su lado, como una sombra sin voz, Kyomu, su Guardián Real, caminaba sin desviar la mirada.
Ni uno solo de los que lo acompañaban entendía por completo lo que ocurría.
Pero todos sabían esto: Cuando el Rey abandona el trono para caminar por la tierra… la guerra deja de ser una amenaza, y se convierte en una promesa.
— Cuando hasta los reyes ensucian sus manos y los profetas olvidan a sus dioses… solo quedan los que aún sangran con sentido, los que luchan no por gloria, sino para evitar que el mundo se convierta en una mentira sagrada.
Porque la guerra ya no es entre naciones…
Es entre los que aún sienten el peso del alma, y los que intentan crearla desde la nada.
Gracias por adentrarte en este segundo arco, donde la guerra no solo se gesta con espadas, sino con heridas del pasado, decisiones sin retorno… y almas que aún no han elegido de qué lado están.
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