Chi no Yakusoku – El juramento de sangre - Capítulo 37
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- Capítulo 37 - 37 Capitulo 34 - Que Dios No Vea Lo Que Estamos Creando
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37: Capitulo 34 – Que Dios No Vea Lo Que Estamos Creando 37: Capitulo 34 – Que Dios No Vea Lo Que Estamos Creando Hokori avanzaba.
Ya no era una marcha.
Era una purga.
Pueblos reducidos a cenizas.
Soldados huyendo mientras rezaban en vano.
Santuarios convertidos en fosas comunes.
Calles que aún recordaban el olor de hace veinte años… y que ahora lo volvían a respirar.
Sainokuni colapsaba… aunque sus profetas no querían admitirlo.
— Bajo tierra, muy lejos de la luz… en un nivel tan secreto que ni la fe lo bendecía, el Laboratorio Central – Nivel 7 palpitaba con una oscuridad artificial.
Allí, las paredes chorreaban humedad y sangre.
Los tubos de ensayo se mezclaban con crucifijos rotos.
Y en las ventanas selladas… imágenes distorsionadas de un “Dios” sin rostro.
Un ser con alas fracturadas, múltiples ojos que no parpadeaban, y una sonrisa pintada a la fuerza.
— El Dr.
Hinzoku Tsukimura —bata sucia, mirada vacía, manos temblorosas— tomaba su taza de té como si fuera lo único que aún lo anclara a lo humano.
A su lado, su ayudante Rikuto, un joven de apenas veinte y algo, lo observaba con una mezcla de respeto, horror… y duda.
—¿Y…?
—preguntó Rikuto— ¿Crees que alguno de los sujetos sobrevivientes será el elegido?
Tsukimura no respondió de inmediato.
Sus ojos recorrían los siete cuerpos conectados a sueros y cables.
Algunos aún respiraban.
Otros… solo temblaban.
Uno sonreía.
—No lo sé —murmuró—.Pero no tenemos tiempo para esperar al candidato perfecto.
Rikuto frunció el ceño.
—Doctor… usted siempre ha dicho que esto era teoría, que no podíamos hacer vida verdadera sin comprender el alma… Tsukimura sorbió su té.
—Y aún lo creo.
Pero cuando el infierno toca la puerta, a veces hay que invocarlo tú primero.
— El laboratorio entero parecía una herida abierta.
Cables colgaban como venas.
Documentos estaban regados por todo el suelo: planos anatómicos imposibles, estudios antiguos sobre el Shinkon fragmentado, símbolos olvidados de eras primitivas.
—Las Tierras Sagradas de Reimei destruirían todo esto si lo vieran —susurró Rikuto.
—Lo harán —respondió Tsukimura con frialdad— por eso debemos terminarlo antes de que Hokori destruya todo.
Se puso de pie lentamente.
—Y para eso… tendremos que confiar en Shinsei Kōji.
— En la sala de observación, las luces parpadearon.
Una de las cápsulas se agrietó… y una figura emergió, jadeando, con los ojos completamente blancos… pero viva.
Tsukimura sonrió por primera vez en días.
No necesitamos un Dios perfecto… Solo uno lo suficientemente fuerte como para que todos se arrodillen.
— El flanco izquierdo de Hokori no era una formación… era una sentencia colectiva.
Yodaku marchaba como se le había ordenado.
Metódico.
Frío.
Letal.
Pero incluso sin desobedecer, su paso era el más devastador de toda la guerra.
Sus tropas no buscaban gloria.
Solo querían gritarle al mundo que Hokori era más cruel que cualquier dios.
Pasaban por pueblos… Y arrasaban.
Ni siquiera eran objetivos militares.
Solo aldeas.
Casas.
Gente común.
Yodaku entraba, ejecutaba, se bañaba en sangre…
Y dormía entre los cadáveres.
— Esa noche, se recostó en una pequeña cabaña, donde antes vivía una familia feliz.
Ahora… la casa olía a cenizas, carne y silencio.
Cerró los ojos.
Y en la oscuridad de su mente, los recuerdos lo devoraron.
— Hace muchos años… El niño Yodaku no lloró cuando vio los cuerpos de sus padres.
Ya no quedaban lágrimas.
Todo había comenzado con lo que luego se conocería como el: “Incidente del Cuenco Carmesí” (紅碗の災厄 – Kōwan no Saiyaku) Un atentado masivo dentro del Reino, donde una aldea entera fue utilizada para pruebas con armas prohibidas.
Él sobrevivió.
Y con apenas cinco años, fue arrastrado a la Academia Militar de Hokori.
Allí, entre uniformes demasiado grandes y pupilas vacías, Yodaku sobresalió.
No por sonreír.
Sino por golpear más fuerte que nadie.
Por no dudar donde otros temblaban.
Por romper huesos… y reír.
— Todos sus compañeros lo temían.
Era el niño que no parpadeaba al ver sangre.
El que jamás jugaba.
El que hablaba con su sombra… porque su sombra le respondía.
A los 15, ya lo usaban para ejecuciones.
Nobles.
Soldados desertores.
Inocentes “peligrosos”.
“Lo haces por el Reino”, le decían.
Yodaku asentía.
Porque solo sabía destacar de esa forma.
— Fue a los 17 cuando su Shinkon despertó.
No fue un destello ni una voz divina.
Fue una sombra colosal, emergiendo desde su espalda como una entidad ajena.
Un espectro sin rostro, sin límite, que imitaba sus movimientos.
Un eco deformado de él mismo… Que lo miraba cada vez que mataba.
Yodaku… le temía.
— Pero el Rey Genshin no.
Lo observó desde lejos.
Y encontró en él una herramienta perfecta.
—No eres Reiji Mikazuki, eso está claro —le dijo una vez—.
Pero tú no necesitas récords.
Tú rompes cuerpos.
Y eso… es útil.
A los 23, Yodaku fue ascendido a General.
Sin ceremonia.
Sin aplausos.
Solo con una orden: —Sigue ejecutando.
Y así lo hizo.
Destrozando cuerpos.
Pero más que eso… destrozando mentes.
— Su reputación cruzó fronteras.
La A.S.E.
lo clasificó como Entidad Roja.
Un nivel de amenaza reservado para lo incuantificable.
No como soldado.
Sino como monstruo.
— Y en la cabaña, entre restos de lo que fue una familia… Yodaku despertó.
Abrió los ojos lentamente.
Una mosca se posó sobre su pecho.
La espantó.
Sonrió.
No por felicidad.
No por triunfo.
Sino por el simple, retorcido placer de volver a hacer lo único que sabe hacer bien.
Matar… sin necesidad de redención.
— El sol ya había salido… pero no calentaba nada.
Solo iluminaba el campo de batalla como si quisiera revelar cada cadáver.
Cada rastro de sangre.
Hokori continuaba.
Imparable.
Cada ciudad de Sainokuni que caía lo hacía sin gloria… solo con rezos ahogados y muros rotos.
La división de Yodaku avanzaba como un enjambre de hambre antigua.
Y cada metro ganado era un susurro de muerte.
Hasta que el viento cambió.
No con gritos.
Ni con cañones.
Sino con pasos.
— Un solo hombre apareció caminando sobre la colina.
Sin armas.
Sin escudo.
Sin guardaespaldas.
Solo un pergamino bajo el brazo y una mirada tan vacía que hacía temblar a los vivos.
—¿Y ahora qué…?
—murmuró Yodaku, bostezando.
Uno de sus soldados le susurró: —General… ese es Setsura Kaname.
El diplomático más reconocido de Sainokuni.
El rostro de la paz.
El portavoz del dios.
—Ah… —rió Yodaku con burla—.
Así que ya se les acabaron los soldados que matan en nombre de Dios… y ahora mandan al diplomático que negocia en su nombre.
Setsura no respondió.
Solo siguió caminando.
Pasó entre soldados de Hokori.
Ninguno se atrevió a moverse.
Hasta que uno, impulsado por su propia estupidez, alzó el arma.
Yodaku levantó una mano para detenerlo.
—Esperen.
Quizás vino a negociar una muerte menos dolorosa.
Y si es así… al menos escuchemos.
— Setsura se acercó a Yodaku sin temor.
Cada paso que daba sobre la tierra ensangrentada parecía desafiar el concepto mismo de guerra.
Yodaku lo observó como si se tratara de un insecto curioso…
o de una anomalía que no lograba encajar con el caos que tanto amaba.
—Entonces, diplomático —gruñó el Verdugo—, ¿viniste a pedirme que recemos juntos o a morir como todos los demás?
Setsura no se inmutó.
Detuvo su andar a solo dos metros de él.
Sus ojos eran tan fríos como su voz.
—Vine a proponerte un trato.
Yodaku ladeó la cabeza, entre burlón e intrigado.
—Si logro… —continuó Setsura— matar a uno de tus hombres sin sacar un arma, tu firmaras un pacto impuesto por mi.
El silencio cayó como una hoja afilada entre ellos.
Yodaku soltó una risa seca, más genuina que de costumbre.
—¿Y si ganó?
—Entonces yo firmaré el tuyo.
Yodaku ni lo pensó.
Le hizo un gesto con la cabeza a uno de sus soldados más cercanos, un tal Rensan, curtido en batalla, con un largo historial de ejecuciones sin parpadear.
—Tú.
Eres la prueba.
Rensan dudó, pero no quería parecer débil ante su General.
—¿Cuál es el reto?
—preguntó, tenso.
Setsura levantó lentamente una mano abierta.
—Muy simple: ninguno de los dos puede mover ni un solo músculo.
—¿Eso es todo?
—Eso… es todo.
— Ambos se quedaron frente a frente.
Rensan, intentando mantener la calma.
Setsura, más estático que una estatua funeraria.
Un minuto.
Dos.
Y entonces, Rensan tembló.
Fue apenas un tic nervioso.
Una contracción ínfima en su cuello.
Pero fue suficiente.
En su palma apareció, grabado con fuego mudo, el número -1.
En la de Setsura… el número 1.
Rensan fue estrellado al suelo violentamente, confundido.
Intentó hablar.
—¿Qué es e— Y al intentar levantarse, otro símbolo ardió en su piel: -2.
Tosió sangre.
Se desplomó de rodillas.
Sus venas comenzaron a marcarse como hilos negros.
Setsura no se movía.
Pero ahora en su mano brillaba un 2.
Rensan cayó al suelo, jadeando.
Y entonces… su piel comenzó a agrietarse.
Como si algo más lo estuviera arrancando desde dentro.
En su palma ya no había un número.
Solo una calavera.
El pacto había sido quebrado tres veces.
Y su juicio… ya estaba sellado.
Murió sin un solo grito.
Solo con los ojos fijos en una muerte que no entendía.
— Yodaku se quedó en silencio unos segundos.
Luego… aplaudió.
—Brillante… —murmuró con media sonrisa—.
Una ejecución sin armas.
Hasta yo estoy impresionado.
Setsura aún no se movía.
La sangre del soldado muerto apenas comenzaba a secarse en el suelo, pero él ya hablaba como si nada de eso tuviera importancia.
Fue entonces cuando él habló.
Su voz no era alta.
Pero se imponía sin necesidad de volumen.
—Y así funciona mi Shinkon… —dijo con la calma de quien ya vio la muerte y decidió ignorarla— Keiyaku no Saiban.
El Juicio del Pacto.
Avanzó un paso.
—Es una ley viva.
Una justicia que no necesita jueces, ni juicios, ni apelaciones.
Solo una condición.
Una promesa.
Un acuerdo sellado por palabra, tinta o sangre.
Su mano se alzó.
Y en su palma, las marcas aún brillaban con un rojo tenue.
—Si lo rompes, pierdes algo.
Primero, lo intangible: tu energía, tus recuerdos… los nombres que amaste, los lugares donde lloraste, las voces que alguna vez te calmaron.
Otro paso.
—Si reincides… el precio se vuelve físico.
Un órgano.
Un sentido.
Un pedazo de humanidad.
Y si lo haces por tercera vez… Setsura alzó la mirada.
Ya no era un hombre.
Era la encarnación de una advertencia.
—Entonces llega el Juicio del Pacto.
Y ahí, no soy yo quien decide.
Son las reglas que tú aceptaste… las que te ejecutan.
— Yodaku lo miraba, entre divertido e intrigado.
Sus dedos tamborileaban suavemente sobre su espada.
—¿Y por qué me lo dices?
—preguntó finalmente, con voz ronca—.
¿Pretendes asustarme?
Setsura no sonrió.
—Te lo digo… porque sé que lo romperás.
Y quiero que, cuando eso ocurra, recuerdes que te advertí.
Se inclinó apenas, apenas lo suficiente para que solo Yodaku pudiera oír lo siguiente: —Porque sé que eres un estúpido.
Y los estúpidos no entienden las reglas hasta que las tienen grabadas a fuego en su carne.
Yodaku chasqueó la lengua.
—Tienes lengua de noble, pero mirada de verdugo… —Acepta el acuerdo —dijo Setsura, sin cambiar su tono— Y al menos podrás seguir matando hasta el siguiente pueblo.
Yodaku sonrió.
Un poco más serio.
—He visto monstruos.
He roto huesos.
He hecho hablar a los muertos.
Pero tú… Lo observó con más atención.
—Tú eres el único que ha logrado entrar a un campo de guerra y convertirlo en un juzgado.
Setsura simplemente extendió el papel.
Yodaku… aún dudaba si reír o firmar con sangre.
— El viento se detuvo.
Y por un instante… hasta la guerra pareció escuchar.
Setsura Kaname desenrolló el pergamino con la precisión de un sacerdote abriendo una escritura sagrada.
Y frente a Yodaku, comenzó a leer las cláusulas con voz firme, sin apuro… como si cada palabra hubiera sido tallada en piedra desde antes que ellos nacieran.
—Regla Uno: Podrás continuar tu operación hasta el siguiente pueblo marcado en este mapa.
Ni un paso más allá, hasta nuevo aviso.
—Regla Dos: No se permite la ejecución de civiles, inocentes ni prisioneros sin armas.
El acto de matar sin amenaza activa será considerado infracción.
—Regla Tres: Torturar a cualquier enemigo, ya sea física o psicológicamente, será penalizado.
—Regla Cuatro: No se puede dañar estructuras de valor cultural, religioso o simbólico.
Ni monumentos, ni templos, ni libros sagrados.
—Regla Cinco: Si en el transcurso de la operación alguien viola estas condiciones por tus órdenes o bajo tu mando, la infracción te será atribuida.
—Regla Seis: El acuerdo se cerrará únicamente con la conclusión oficial de la guerra.
Yodaku lo miraba como quien escucha a un maestro demasiado aburrido.
Sus ojos vagaban.
Su respiración era lenta.
Cuando Setsura terminó de hablar, extendió la pluma bañada en tinta negra.
—¿Algún comentario?
—preguntó.
—Sí —gruñó Yodaku—.
O firmo, o me cae otro sermón de su dios imaginario, ¿cierto?
Y firmó.
— Inmediatamente, su mano comenzó a arder.
No físicamente.
Sino con una sensación invisible y punzante… como si algo se le hubiera escapado del alma.
Una marca apareció grabada en su palma: –1 Al mismo tiempo, en la mano izquierda de Setsura, brilló un 1.
Yodaku se detuvo.
Un leve escalofrío lo recorrió.
Como si algo estuviera fuera de lugar.
—¿Qué fue eso?
—preguntó, entrecerrando los ojos.
Setsura sonrió.
Por primera vez en todo el encuentro.
—Insultar a Dios de esa forma… rompe la neutralidad religiosa del acuerdo.
Primera infracción.
Yodaku frunció el ceño.
—No siento nada.
—No deberías.
Salvo que… ya no recuerdas algo.
—¿Qué?
—Exactamente.
— Yodaku se quedó en silencio.
Sintió un hueco.
No físico.
Sino algo más… difuso.
Como si alguien hubiera apagado una vela en su interior sin avisarle.
No sabía qué había olvidado.
Pero ahora lo sabía: ya había empezado a perder.
Y aún así… siguió caminando.
Como el perro de guerra que era.
Como si aún pudiera morder… aunque no recordara exactamente a quién.
— La masacre fue rápida.
Predecible.
Los soldados sagrados del pueblo ofrecieron resistencia… pero no estaban hechos para detener una división como la de Yodaku.
Mucho menos al Verdugo en persona.
No quedó ninguno.
El suelo era barro y sangre.
Las paredes de piedra, cenizas.
Y las calles… puro silencio.
— Yodaku se sentó sobre un cuerpo aún caliente, con el pecho subiendo y bajando lentamente.
—Tch.
Eso fue todo… Ningún rival decente.
Ninguna emoción real.
Yodaku no dijo una palabra.
Pero por primera vez… no se sintió el cazador.
Sino la presa que aún no entiende su jaula.
Su mano aún ardía levemente.
El “–1” marcado allí no había desaparecido.
Pero él ya no pensaba en eso.
Solo pensaba en avanzar.
Hasta que su pie se detuvo.
Un escalofrío, breve.
Y una presión sobre su espalda, invisible.
No podía avanzar.
No por miedo.
Ni por fatiga.
El pacto.
Las reglas.
Solo podía operar en ese pueblo.
No podía seguir hasta el siguiente.
Si lo hacía sabía que el número bajaría de nuevo.
Y algo más se perdería.
No sabía qué.
Pero no quería comprobarlo.
Apretó los dientes.
Miró al cielo.
“Maldito diplomático…” — A la distancia, Setsura Kaname cerraba su carpeta, ya montado a caballo junto a un escuadrón de escoltas diplomáticos.
No celebraba.
No reía.
Solo murmuró con ese tono frío que no pedía respeto… lo exigía.
—Un demonio que no puede avanzar… no es más que una fiera enjaulada.
Guardó el pergamino sellado por el pacto.
—Y tarde o temprano, hasta las fieras… aprenden a temer a la jaula.
Y así, sin alzar la voz, sin una espada en la mano, Setsura había hecho lo impensable: Encadenar al Verdugo… con reglas.
— En un mundo donde los dioses pueden ser creados y los demonios pueden ser encadenados sin una sola gota de sangre.
La verdadera guerra ya no se libra con espadas ni banderas.
Sino con pactos invisibles, palabras afiladas y el miedo de olvidar quién eras antes de que te lo arrebaten.
Gracias por adentrarte en este segundo arco, donde la guerra no solo se gesta con espadas, sino con heridas del pasado, decisiones sin retorno… y almas que aún no han elegido de qué lado están.
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