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Chi no Yakusoku – El juramento de sangre - Capítulo 38

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  4. Capítulo 38 - 38 Capitulo 35 - Cuando La Tormenta Nos Invade
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38: Capitulo 35 – Cuando La Tormenta Nos Invade 38: Capitulo 35 – Cuando La Tormenta Nos Invade El flanco derecho de Hokori avanzaba como si el mundo fuera de papel.

Los soldados no marchaban.

Se deslizaban.

Eran ráfagas de acero que desaparecían antes de que los enemigos pudieran siquiera gritar.

Y al frente de todos ellos: Narikami Goe.

Un hombre al que los dioses temían mirar de frente.

— Había pasado días enteros sin descanso.

Pueblo tras pueblo.

Explosión tras explosión.

Cadáver tras cadáver.

Hasta que por fin, al borde de una región ya saqueada, montaron un campamento temporal.

Narikami se miró en un pequeño espejo colgado de una carreta rota.

Su reflejo le devolvía la mirada… pero no lo reconocía.

—Ya no soy ese chico —murmuró—.

Ni quiero serlo.

…aunque a veces… me pregunto si aún queda algo de él.

Su espada envuelta en inscripciones divinas… marcas que no parecían talladas, sino esculpidas por los dioses, estaba totalmente cubierta de sangre seca.

Se dirigió a un arroyo cercano y comenzó a limpiarla, en silencio.

También lavó su uniforme.

La sangre no salía fácil.

Tampoco los recuerdos.

Uno de sus soldados se acercó y le ofreció algo de comida.

Narikami le agradeció con un gesto, y le indicó que se sentara a su lado.

El silencio fue incómodo… pero necesario.

—¿Qué opinas de esta guerra?

—preguntó Narikami, sin mirarlo.

—He visto morir a inocentes, y soldados que no sabían por qué peleaban —respondió el joven—.

Hemos recuperado todo Hokori… pero esto sigue.

Para mí es una estupidez.

Narikami soltó una sonrisa leve.

—Así es el Rey.

Le gusta ver arder al mundo.

Posiblemente, mientras hablamos… esté destruyendo otra nación sin que lo sepamos.

Ambos rieron con amargura.

—Yo alguna vez quise ser un héroe —confesó Narikami—.

No esto.

— Flashback – La Tormenta Antes del Relámpago Narikami Goe nació prematuro.

Con una salud tan débil que los médicos aseguraban que no pasaría del primer año.

Pero su cuerpo… se aferró.

Entre cirugías, tratamientos experimentales, y un último recurso desesperado, los médicos hicieron lo impensable: Forzar la activación de su Shinkon… con apenas un año de edad.

Fue un milagro.

El Shinkon respondió.

Lo protegió.

Y comenzó a curarlo a una velocidad sobrehumana.

Pero el precio fue alto.

Cicatrices internas.

Músculos que no crecieron bien.

Dolores crónicos.

Y una infancia marcada por el aislamiento.

En la escuela Seishō no Mori (Bosque de la Voz Sagrada), Narikami fue blanco de burlas.

Y aun así, se levantaba cada mañana con una sonrisa.

Su familia lo amaba.

Sus padres le daban todo lo que él quería.

Con su hermano mayor siempre jugaban y reían.

Pero un dia… fue reclutado por el ejército de Hokori.

Y nunca volvió.

Solo un mensaje: “Desaparecido en combate.” Desde ese día, Narikami dejó de mirar las estrellas… y comenzó a mirar al Reino.

— A los 12 años, entró a la Academia Militar Central.

Allí conoció a Yodaku.

Ambos destacaban, pero eran opuestos.

Yodaku, frío, brutal.

Narikami, idealista.

Un rayo blanco y otro negro… que aún no sabían cuán lejos llegarían.

Narikami se convirtió en líder de su escuadrón.

Creía que podía cambiar el Reino desde adentro.

Hasta que llegó la misión… — El aire era espeso.

Demasiado para ser natural.

La Misión: Kodoku no Jigen (孤毒の次元 – “Dimensión del Veneno Solitario”) estaba planeada como un simple entrenamiento de eliminación.

Entidades Azules: Niveles de amenaza básica.

Criaturas salvajes, sí, pero manejables.

Narikami iba con su escuadrón de cadetes.

Todos jóvenes.

Inexpertos, pero llenos de fe.

Fue una mentira.

— La grieta espiritual se abrió sin previo aviso.

Y de ella emergió algo que no debía existir.

No tenía rostro.

Solo una máscara deformada, hecha de huesos fundidos.

Su cuerpo estaba recubierto de carne regenerativa y cables arcanos.

Era un ser nacido de ciencia y maldición.

Su clasificación confirmada era.

Entidad Roja: Nivel de Peligro Extremo.

Un experimento.

Una bestia de Shinkon inducido.

—¿Cómo…?

Esto no estaba en los informes… —alcanzó a decir uno de los cadetes.

Fue lo último que dijo.

— La criatura se movía como una plaga viva.

Garras que despedazaban.

Un aliento que corroía el alma.

Gritos de los cadetes…

mezclados con el sonido de huesos quebrándose como ramas secas.

Uno de ellos fue atravesado por el estómago.

Otro, partido en dos desde la mandíbula.

Otro… fue absorbido.

Sí.

Absorbido.

Su cuerpo se deshizo como si lo hubieran tragado los mismos lamentos del infierno.

Narikami no podía moverse.

Sus piernas temblaban.

Su mente se quebraba.

Intentó gritar.

Pero sus cuerdas vocales no obedecían.

Era el único vivo.

Aún.

— —¡BASTA!

—rugió finalmente— ¡¡¡BASTAAAAA!!!

Y entonces ocurrió.

La desesperación… la impotencia… la rabia de ver morir a quienes lo habían seguido… Su Hizumi respondió.

Rayos negros brotaron desde su espalda como lanzas malditas.

Su cuerpo comenzó a deformarse.

Sus ojos brillaron con un tono enfermizo.

Y cada rayo que tocaba algo… lo quemaba hasta dejar cenizas que no se extinguían.

— La bestia atacó.

Narikami la enfrentó sin técnica, sin estrategia.

Solo instinto y horror.

Diez minutos.

Diez eternos minutos de gritos, fuego negro y sangre ácida.

La criatura murió desintegrada.

Y Narikami colapsó.

— Después… en el Salón de Observación Los nobles de la corte científica observaban desde pantallas ocultas.

Algunos estaban fascinados.

Otros horrorizados… pero no por los cadáveres.

Sino por el “potencial” que vieron en el chico.

—Vaya, ese niño sí que tiene alma para quemar —rió uno.

—Y eso que era una versión fallida del Hizumi.

Imaginen si lo perfeccionamos —añadió otro.

Narikami estaba desnudo, con quemaduras parciales y la mirada perdida, encerrado en una cápsula de contención.

Ni siquiera lloraba.

Solo… respiraba.

—Dicen que quería ser héroe —comentó un noble de cabello blanco, entre risas—.

Qué desperdicio tan…

poético.

—¿Deberíamos decirle que todos sus compañeros murieron por un experimento deliberado?

—¿Y qué ganaríamos con eso?

Que sienta culpa es mejor.

El trauma genera obediencia.

Todos rieron.

Menos él.

Narikami solo observaba un punto fijo.

Y así, el niño que quiso salvar al Reino… se convirtió en la espada que ejecutaría sus pecados.

— Volvió al presente.

El soldado seguía a su lado, en silencio.

Narikami terminó de limpiar su espada.

Y se la colgó al cinturón.

—¿Y tú por qué estás aquí?

—preguntó.

El joven lo pensó.

—Porque aún me queda alguien a quien proteger.

Narikami asintió.

Con una sonrisa débil.

—Entonces, no pierdas ese “alguien”.

Porque cuando se va… te conviertes en lo que yo soy.

— El campamento ardía.

Gritos.

Explosiones.

Acero chocando contra acero.

Los soldados sagrados de Sainokuni habían emboscado el flanco derecho durante la madrugada, justo cuando los vigías cambiaban turno.

No hubo advertencia.

Solo fuego.

Y muerte.

— Narikami se despertó por el sonido del primer grito ahogado.

No pensó.

Solo actuó.

En cuestión de segundos, se puso el uniforme a medias, con las correas colgando, desenvainó su espada aún húmeda… y desapareció entre los árboles como un rayo de condena.

— Cuando llegó al campo de batalla, ya era tarde para varios.

Sus soldados yacían destrozados.

Algunos fueron empalados.

Otros, incinerados.

Uno aún sostenía su estómago mientras agonizaba con los ojos en blanco.

Narikami no habló.

No gritó.

Solo entró.

Y se volvió viento.

— El primero en caer fue decapitado antes de parpadear.

El segundo, cortado en diagonal desde la cintura.

Al tercero, ni siquiera lo vio venir: murió antes de saber que estaba siendo atacado.

Narikami era precisión.

Furia templada.

Agilidad divina.

Cada paso era un cálculo.

Cada corte, una sentencia.

Pero entonces… uno de los soldados sagrados cayó frente a él, aún con vida.

Con los ojos abiertos.

Y una foto en la mano.

— Narikami bajó la mirada.

La imagen mostraba al soldado… sonriendo.

Junto a él, una mujer joven y dos niños pequeños.

Parecían felices.

Parecían humanos.

Narikami se congeló.

Sus dedos temblaron.

Su respiración se volvió errática.

Y de pronto… la memoria lo apuñaló.

— La cara de su madre.

El olor de los guisos de su padre.

La voz de su hermano cuando aún eran familia.

El patio de tierra en la vieja casa de Torinomi.

El último abrazo antes de desaparecer.

Todo volvió.

Todo golpeó.

— Su alma vibró descontrolada.

Su Shinkon intentó ajustarse… pero no pudo.

La inestabilidad emocional se convirtió en sobrecarga espiritual.

El rayo que era su cuerpo comenzó a chispear desordenadamente.

Chispas negras le quemaban la piel.

El aire se tornó denso.

Sus piernas cedieron.

Y antes de que pudiera entenderlo… Narikami se desplomó.

— El guerrero más veloz de Hokori… no cayó por una espada.

Ni por un enemigo.

Cayó por un recuerdo.

Uno que había intentado enterrar bajo mil cadáveres.

…

y bastó con una imagen del pasado para destruir al soldado del presente.

— La noche ya había caído.

El cielo estaba despejado… pero el aire aún olía a sangre vieja y tierra quemada.

Narikami abrió lentamente los ojos.

Su cuerpo estaba cubierto con una manta ligera.

Y sus músculos… aún vibraban de forma involuntaria.

Como si su propio poder no supiera si seguir protegiéndolo… o destruirlo.

A su alrededor, varios de sus soldados formaban un pequeño círculo defensivo.

Armaduras manchadas.

Espadas aún desenfundadas.

Miradas decididas, aunque cansadas.

Uno de ellos lo notó.

—¡¡El General despertó!!

—gritó.

Varios se acercaron.

Otros, simplemente soltaron un suspiro de alivio.

Narikami se incorporó con esfuerzo.

Parpadeó unas veces.

Luego, con voz ronca y algo rota, dijo: —Gracias… Por no dejarme solo.

Uno de los soldados asintió.

—Moriríamos por usted, General.

—No lo hagan —dijo Narikami, con una sonrisa triste—.

No todavía.

— Se levantó.

Aún tambaleante.

Pero de pie.

Miró a uno de sus hombres más jóvenes.

—¿Puedes prepararme un té?

El muchacho, sorprendido, asintió enseguida.

—¡Sí, señor!

Enseguida.

— Minutos después, Narikami sostenía una taza humeante entre las manos.

Estaba sentado en una silla improvisada, frente a una ventana sin cristal.

La brisa nocturna le acariciaba el rostro.

El té temblaba ligeramente, igual que sus dedos.

No hablaba.

No pensaba.

Solo recordaba.

Las risas de sus compañeros.

Las voces que se apagaron en aquella trampa.

El niño que alguna vez prometió salvarlos a todos.

Y entonces, en el silencio más puro… se disculpó.

No en voz alta.

No para los demás.

Solo dentro de sí.

“Lo siento… No pude cambiar el Reino.

No pude salvar nada.

Solo sé correr… y matar.

Perdónenme por seguir un camino que nunca quise… pero del que ya no sé salir.” — La luna brillaba sobre el campamento.

Sus soldados creían ver en él fuerza, poder, convicción.

Pero Narikami sabía la verdad: Lo único que quedaba de él… era una velocidad que ni siquiera podía usar para huir de sí mismo.

— El té se había enfriado.

Narikami dejó la taza a un lado y se ajustó el uniforme, ya seco.

Sus pensamientos seguían flotando en los recuerdos, pero su cuerpo ya había retomado postura.

Llamó a uno de los tenientes.

—Quiero el informe completo.

¿Cómo están las demás divisiones?

Una joven soldado se adelantó.

De cabello corto, rostro serio y manos manchadas de tierra y sangre.

Su nombre era Sumire Hanazuki.

—Señor, los reportes más recientes indican lo siguiente: El General Yodaku, a pesar de arrasar todo a su paso… ha quedado “encerrado” en un pueblo.

—¿Encerrado?

—preguntó Narikami, frunciendo el ceño.

—Sí, señor.

Un acuerdo de guerra impuesto por el enemigo.

Se dice que si rompe alguna condición del pacto… morirá.

Narikami entrecerró los ojos.

—¿Un pacto?

¿Magia de contratos?

¿Acaso firmó sin leer?

—Parece que fue una provocación… que aceptó sin medir.

—Idiota.

—murmuró Narikami— Aunque sea fuerte, siempre fue fácil de manipular si le picaban el orgullo… —Por otro lado —continuó la soldado— el Rey de la Guerra, Kenshiro Gai, ha logrado mantener su frente sin bajas significativas.

—¿Ninguna?

—Hasta el momento, cero pérdidas confirmadas.

Está utilizando el terreno, el clima y los recursos logísticos de forma impecable.

Dicen que su ejército es una extensión de su espada.

No falla ni cuando duerme.

Narikami asintió.

—Ese hombre… no conoce el error.

Ni la duda.

—Y el General Kagemaru, señor… —¿Qué hay de él?

—No hay reportes visuales.

Ninguno lo ha visto en semanas.

—¿Desaparecido?

—No exactamente.

Su división ha estado filtrando información precisa a todas las líneas del frente.

Coordenadas, formaciones enemigas, trampas.

Esa misma información… también le está llegando al Rey, quien ahora se encuentra en plena campaña contra el Imperio de Enketsu.

Narikami guardó silencio por unos segundos.

La noche estaba quieta, pero su mente no lo estaba.

—Entonces… —dijo finalmente— parece que estamos estables.

Pero no por eso debemos confiarnos.

Se giró hacia la mesa de mapas improvisada.

—La guerra es así.

El momento en que uno cree que está ganando… es justo cuando empieza a perder.

— La fogata crepitaba con suavidad, lanzando chispas tímidas al cielo nocturno.

Los soldados más jóvenes ya dormían.

Otros simplemente limpiaban sus armas en silencio.

La guerra descansaba, pero solo por cortesía.

Narikami permanecía sentado sobre una roca, el uniforme aún húmedo por el rocío.

A su lado, de pie, rígida como siempre, estaba Teniente Sumire Hanazuki.

Su espalda recta.

Su expresión neutra.

Y ese aire impenetrable que la seguía como un perfume invisible.

Él la observó unos segundos.

—Sumire.

—¿Sí, General?

—Desde que ascendiste… nunca te he visto sonreír.

Ni una vez.

Ni siquiera después de una victoria.

Ella no respondió de inmediato.

Sus ojos seguían fijos en la oscuridad, como si buscara algo que no estaba ahí.

—¿Por qué es eso?

Sumire tardó en hablar.

Y cuando lo hizo, su voz sonó más baja de lo habitual.

No frágil… sino como si hablara desde un rincón muy lejano de sí misma.

—Porque mi Shinkon… me cobra con lo que tú llamas sonrisa.

Narikami frunció levemente el ceño.

Ella siguió, sin mirarlo: —“Hana no Shōshitsu” (花の消失 – La Desaparición de las Flores) Así se llama.

Cada flor que invoco… es un pétalo de felicidad que se desprende de mí.

—¿Qué quieres decir?

—Que mientras más lo uso menos cosas me hacen feliz.

Una risa suena más hueca.

Un abrazo… me sabe a nada.

Una historia bonita… ya no me toca.

Se llevó una mano al pecho, como si intentara recordar.

—La última vez que me reí de verdad…

fue cuando aún no tenía este rango.

Antes de que me obligaran a florecer en medio del barro.

— Narikami bajó la mirada.

Y por primera vez en mucho tiempo, no supo qué responder.

Porque sabía lo que era eso.

Perder partes de uno mismo… no en la batalla.

Sino en lo que se exige para sobrevivirla.

— La guerra no siempre destruye cuerpos… a veces arranca sonrisas, arrasa recuerdos y silencia almas que aún quieren creer en algo más que órdenes y acero.

Y aunque los hombres como Narikami sigan corriendo, y las mujeres como Sumire sigan floreciendo con espinas, hay un punto en que incluso los más fuertes deben aceptar que la tormenta… ya no está afuera.

Está dentro.

Y hace mucho que dejó de llover… para empezar a devorarlos.

Gracias por adentrarte en este segundo arco, donde la guerra no solo se gesta con espadas, sino con heridas del pasado, decisiones sin retorno… y almas que aún no han elegido de qué lado están.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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