Chi no Yakusoku – El juramento de sangre - Capítulo 39
- Inicio
- Todas las novelas
- Chi no Yakusoku – El juramento de sangre
- Capítulo 39 - 39 Capitulo 36 - La Muerte Respira Mejor Que La Esperanza
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
39: Capitulo 36 – La Muerte Respira Mejor Que La Esperanza 39: Capitulo 36 – La Muerte Respira Mejor Que La Esperanza Ya habían pasado varias semanas desde que Hokori había tomado impulso.
Más de la mitad de Sainokuni ya estaba anexado.
Las provincias caían sin necesidad de discursos… solo con órdenes y fuego.
Y al fin, después de tanta espera y planificación, Reiji y sus compañeros estaban listos.
No pudieron infiltrarse desde el inicio.
Hubiera sido suicida entrar sin que el grueso del ejército hokoriano ya tuviera control estable sobre el territorio.
Fue por eso que se dirigieron a un bosque cercano a Kinzoku no Hana, donde los esperaba un viejo conocido: Juzo Karakuri.
Juzo les abrió el paso hacia la división de Kagemaru, luego desapareció con su clásico estilo caótico, como si nunca hubiera estado allí.
Pasaron varios días moviéndose entre columnas móviles y escondites temporales hasta que finalmente llegaron al punto que esperaban: La División Sin Rostro.
La unidad militar más misteriosa de todo Hokori.
Aquella que no tenía base fija, ni huella visible.
Sus rivales nunca sabían con exactitud dónde estaban… y aun así, ellos sabían todo.
No tardaron en presentarse las caras más reconocibles de esa sombra organizada.
— Una mujer estaba de rodillas, manipulando algo imperceptible al ojo común.
Tenía el cabello recogido, piel extremadamente pálida, y un vendaje delgado cubriéndole los antebrazos.
Cuando Reiji se acercó, la vio crear finísimos hilos carmesí, tejidos desde su propia sangre, como si sus venas fuesen agujas.
Era ella.
Capitana Mayuzumi Kaira.
El aura que transmitía no era imponente… pero sí cortante.
Fría.
Precisa.
Letal sin levantar la voz.
Reiji la observó en silencio.
Ya la había visto antes…
en los archivos ocultos del ejército.
“Shinkon: ‘Shūchi no Ito’ – Hilos de Sangre.
Usa su propia sangre para crear hilos invisibles o densos según la necesidad.
Sirven para detectar movimiento, bloquear pasos, atrapar objetivos o manipular objetos a distancia.
Técnica de campo y defensa especializada.
Su debilidad: su cuerpo es frágil.
Cada hilo le cuesta una herida…
y no todas cicatrizan.”* —Cuidado dónde caminan —dijo ella sin mirarlos—.
Mis hilos no distinguen aliados.
Reiji no respondió.
Solo asintió.
— Luego apareció un hombre silencioso, rostro alargado, expresión dura.
Cabello recogido en una coleta baja y una cicatriz tenue bajo el ojo izquierdo.
Se detuvo frente a ellos y, sin decir mucho, les entregó una llave de habitación del refugio temporal.
Era parte de la división.
Pero su mirada dejaba claro que no confiaba en nadie.
Chisiki frunció el ceño.
—¿Sientes ese olor raro…?
—le susurró a Reiji.
Y Reiji lo supo de inmediato.
“Ese hombre es Tenrai Hoshiguma.
Shinkon: ‘Enmu no Kō’ – Aliento de Ilusión.
Capacidad para generar gases espirituales a través de su boca.
Clasificados en tres tipos: venenosos, ilusorios y paralizantes.
El cuerpo del usuario genera el gas desde los pulmones y lo expulsa como si respirara locura.* Su debilidad: daño interno progresivo.
Sus órganos sufren.
Y siempre… huele a podredumbre.”* Reiji bajó un poco la mirada.
“Estos no son simples soldados.
Son almas que decidieron pudrirse… para envenenar al enemigo.” — Mientras tanto, Donyoku y Aika se habían sentado en una esquina del pasillo de piedra, descansando tras el largo viaje.
—Maldita sea, si Juzo no se nos hubiera separado… yo mismo le habría arrancado la lengua con una cuchara —dijo Donyoku, masajeándose el cuello.
Aika soltó una risa suave, cansada.
—¿La lengua?
Yo ya estaba por cortarme las orejas.
¿Quién hace tantos chistes sobre vacas en mitad de una operación encubierta?
Donyoku negó con la cabeza.
—Ese tipo no necesita misiones… necesita terapia.
Ambos rieron brevemente, como si esas pocas palabras fueran el primer aire fresco en días.
— Seimei, por su parte, había salido a caminar por los alrededores del refugio.
Estaba acostumbrado a los ambientes tensos, pero incluso él notaba algo… pesado en el aire.
Cerca de la entrada sur, vio a un joven solitario observando unos planos en el suelo.
Seimei se acercó con las manos en los bolsillos y una sonrisa despreocupada.
—Oye, tú… ¿te perdiste o también estás atrapado en este cementerio de almas?
El silencio fue inmediato.
Todos los soldados cercanos lo miraron.
No con sorpresa.
Con… temor.
Uno de ellos se acercó, con expresión rígida.
—Tú… ¿le acabas de hablar así a él?
—¿A quién?
—A Iwamaru Nagi.
El nuevo sargento.
La sonrisa de Seimei desapareció por completo.
El joven de ojos apagados levantó lentamente la cabeza.
No respondió.
Solo dio un paso atrás, y tres figuras oscuras aparecieron detrás de él.
Shinigamis.
Humanoides sin rostro.
Oscuros.
Como fragmentos de un alma que olvidó cómo ser humana.
Nagi no dijo una palabra.
Solo dio media vuelta y se alejó, con los tres espíritus siguiéndolo como si fueran parte de su sombra.
Seimei tragó saliva y murmuró: —Vale… eso fue incómodo.
— Y así, comenzaba la primera noche entre los muertos sin tumba.
La División Sin Rostro los había aceptado.
Pero eso no significaba que estaban a salvo.
Solo significaba… que los dejarían vivir mientras fueran útiles.
— Todos dormían.
Menos Reiji.
La quietud no era descanso para él, era sospecha.
Ese refugio “temporal” no le convencía.
Demasiado profundo.
Demasiado silencioso.
Demasiado perfecto para algo que no lo era.
Inspeccionó cada rincón, cada grieta, cada patrón mal colocado en la piedra.
Y fue cuando llegó a una sala más amplia, con una compuerta sellada por sellos antiguos y mal conservados… que lo sintió.
Una presión detrás de él.
Densa.
Pesada.
No como una presencia humana… como una maldición que había aprendido a caminar.
Giró la cabeza.
Y allí estaba.
No era una bestia común.
Ni un humano con Shinkon inducido.
Era algo entre ambos.
Demasiado torcido para respirar… y sin embargo, vivo.
Y esa criatura, no parecía tener intenciones de presentarse.
Atacó.
Sus garras cortaron el aire.
Reiji retrocedió, activando su percepción sin titubear.
“Sus movimientos…
rápidos, sin aura, sin voz.
Entidad Naranja…
no…
tal vez Roja.
Difícil de clasificar.
Pero peligrosa.” Desenvainó su katana.
Kokoro no Homura brilló con intensidad pálida.
Y el ambiente cambió.
Dos monstruos estaban a punto de devorarse.
Reiji lanzó cortes veloces, certeros, en secuencia perfecta.
Pero la bestia esquivaba.
No era torpe.
Era precisa.
Reiji comenzaba a agotarse.
Llevaba días sin dormir bien, sin entrenar, sin prepararse para algo como esto.
Un rasguño.
La bestia lo alcanzó, una de sus garras le desgarró el torso, arrancando piel y abriendo carne viva.
Reiji retrocedió.
Sintió el ardor.
Pero no gritó.
La criatura no se detuvo.
Volvió a saltar con un chillido espantoso, cuando de pronto…
Una guadaña desgarró incluso el aire.
La bestia se partió en dos, y Juzo Karakuri emergió de entre las sombras.
Su forma del Shinkon activado quemaba el suelo.
Ojos opacos.
Presión fluctuante.
Una presencia a medio camino entre un dios… y un lunático.
—¡Reiji Mikazuki!
—gritó con una sonrisa desbordante— ¿¡Cuánto ha pasado, veinte años o solo tres días!?
Reiji no respondió.
Pero no fue necesario.
Porque la bestia… se regeneró.
Casi de inmediato, se alzó de nuevo y atravesó el pulmón de Juzo con una de sus garras.
—¡JODER!
—escupió sangre como si su cuerpo fuera una fuente rota—¿¡Me perforó el lado bueno!?
¡Maldita cosa ingrata…!
Reiji lo cubrió del siguiente ataque con su katana, deteniendo un corte que iba directo al cuello de su compañero.
Dos militares experimentados.
Y aún así, no podían contra una sola criatura.
—¡Fuego del Corazón… Daikiri!
—gritó Reiji al activar su técnica.
El Corte Mayor.
Una onda espiritual barrió casas, muros, grietas, polvo y partió la criatura en pedazos nuevamente.
Pero no bastó.
Los restos vibraron.
Y la bestia volvió a unirse.
Reiji maldijo.
El sudor bajaba por su cuello, mezclándose con la sangre.
No podía ganar.
Y esa idea, la de morir ahí mismo, le dolía más que el rasguño en su pecho.
—¡Tch…
No pienso repetir lo de la biblioteca…!
—gruñó.
Pero antes de que pudiera formular otra estrategia, Juzo se levantó en su forma alterada, y comenzó a lanzar ataques como un demente bendecido por la desesperación.
Lo mató una vez.
Y otra.
Y otra.
Y otra.
Cien veces o más.
Pero siempre… la criatura volvía.
Y cuando creyeron que todo estaba perdido… otra presencia emergió.
No desde las sombras.
No desde la desesperación.
Desde el centro del campo… como si ya hubiera estado allí todo el tiempo.
Un nuevo monstruo descendía del tejado quebrado, silencioso, lento… pero con un peso espiritual que desgarraba hasta la tierra.
Su forma era imposible de definir del todo.
Tenía tres rostros… o tal vez ninguno.
Sus brazos eran filos, sus piernas raíces, sus ojos…
tres abismos que no miraban, sino que observaban desde dentro.
Reiji alzó la katana.
Juzo retrocedió, con la sangre aún saliéndole por la herida.
—¿¡Otro más…!?
Pero el ente no atacó.
Extendió una mano oscura.
Y justo cuando la bestia original se lanzó a matar por enésima vez… un muro espiritual se alzó entre ellos.
Denso.
Inquebrantable.
La garra de la criatura rebotó contra esa barrera como si hubiera chocado contra el mundo mismo.
Y entonces, una figura humana apareció caminando con calma, detrás del monstruo fusionado.
Paso firme.
Respiración controlada.
Espada aún enfundada.
Iwamaru Nagi.
Los ojos vacíos.
El rostro inexpresivo.
Casi parecía aburrido.
—No se emocionen —dijo con tono neutro—.
No es un nuevo aliado.
—¿Qué… demonios es eso?
—preguntó Juzo, aún escupiendo sangre.
Iwamaru observó a su criatura, el monstruo protector.
—Una fusión.
Mis tres shinigamis decidieron… ser uno solo.
Hizo una pausa.
Luego miró a Reiji sin cambiar el tono.
—No lo planeé.
Ellos… lo hicieron por su cuenta.
La criatura rugió, pero no con rabia.
Con autoridad.
Con juicio.
Y por primera vez, la bestia que los había estado cazando se detuvo.
No por miedo.
Sino por respeto.
—Agradezcan —añadió Iwamaru mientras el viento barría los restos del combate— que por hoy… mi Shinkon decidió evolucionar.
— El viento arrastraba humo.
Los escombros aún temblaban.
Y en medio de esa oscuridad teñida de sangre… cuatro monstruos se enfrentaban esa noche.
Reiji no necesitó más que un segundo para entender.
Aquel ente que había surgido del vacío… era la fusión del Shinkon del joven sargento Iwamaru.
“Shinkon Clase Alta… pero inestable.
Lo llaman ‘Kuro no Shisha’…
pero esto ya no es una invocación.
Es una entidad nacida del vínculo absoluto.
Posiblemente un Ketsuhō involuntario.
Una fusión espontánea.
No por control… sino por conexión.” “Este chico… no es un simple portador.
Es una puerta.” Iwamaru no parecía ni agotado ni orgulloso.
Solo caminaba al ritmo de su criatura, como si simplemente estuviera cumpliendo su turno.
Los cortes volvían a resonar.
Reiji, Juzo, Iwamaru y su fusión enfrentaban a un enemigo que ya debía estar muerto… pero no lo entendía.
La criatura no se detenía.
No gritaba.
No pensaba.
Solo existía para pelear.
Pero Reiji notó algo que lo hizo fruncir el ceño.
En su pierna izquierda, grabado como si fuera un número de inventario, brillaba una cifra oscura: 3.
“Entidad catalogada.
No es una criatura salvaje… es un experimento.” Y no cualquier experimento.
“Esto debe ser obra del Laboratorio Central de Sainokuni.” Mientras ellos luchaban con todo, los demás soldados de la División Sin Rostro no se unieron al combate.
Y eso no sorprendía a Reiji.
Eso era lo que hacían.
“Observar.” “Analizar.” “Guardar secretos.” Unos tomaban notas.
Otros medían la energía que liberaba el ente.
Un par manipulaban armas que ni siquiera existían en Hokori… aún.
Otros ya iban en camino para repartir la información a las otras divisiones.
Y al propio Rey.
Porque en el fondo… no luchaban por su patria.
Luchaban por datos.
— Fue entonces cuando alguien ajeno a todo eso se lanzó al frente.
Donyoku.
Sus pasos eran torpes al inicio, pero sus ojos ardían.
Vio la silueta de aquella bestia que no moría.
Que se regeneraba incluso tras ser despedazada.
Y aún así… Desenvainó sus dos dagas.
Aika, aún despertándose, intentó detenerlo.
Pero ya era tarde.
Donyoku se abalanzó contra la criatura.
Y recibió un golpe brutal que lo hizo volar varios metros.
Reiji gritó, furioso.
—¡¿¡Qué mierda estás haciendo!?!
¡¡No es un enemigo que puedas…
!!
Pero se detuvo.
La bestia tenía un corte.
Y no se regeneraba.
Reiji miró con detenimiento.
“El aura del monstruo está siendo absorbida… Es él.” Donyoku se levantó con las dagas en alto.
Sus ojos ya no eran los de antes.
Sus músculos vibraban.
Su respiración era violenta.
Su Shinkon estaba completamente activo.
Y Reiji lo entendió todo: “Su habilidad… no es solo cortar.
Es devorar.” Cada vez que sus cuchillas daban un golpe certero, la energía del monstruo no volvía a su cuerpo.
Se desvanecía… y se hundía en el alma de Donyoku.
Iwamaru se movió.
Su criatura cubrió un flanco.
Juzo se adelantó, clavando su guadaña en el tórax de la bestia, inmovilizándola.
—¡Reiji!
—gritó— ¡¡Ahora o nunca!!
Reiji entendió.
Lanzó un corte espiritual de cobertura.
Y entonces, Donyoku bajó la cabeza.
Sus dagas ardían.
Pero no por fuego.
Por hambre.
Las hojas brillaban, cubiertas por el alma misma del Shinkon.
Y en ese instante, por primera vez en su vida, Donyoku entendió que su poder quería más.
Más que justicia.
Más que protección.
Quería alimento.
Reiji gritó: —¡¡Donyoku, ya!!
¡¡Corta!!
Donyoku gritó.
Corrió.
Y concentró toda su energía en un solo tajo.
—¡Muere… de una vez… maldita cosa!
Las dagas trazaron una X perfecta.
Directo en la garganta de la criatura.
Un corte total.
Sin tiempo para regenerarse.
Sin energía para huir.
Y por primera vez… la bestia no volvió.
— La mañana siguiente llegó como una herida mal cerrada.
El cielo seguía gris.
El olor a sangre aún no se disipaba.
Y la División Sin Rostro volvió a moverse.
No fue hasta que llegaron al punto de reunión, cuando el General Kagemaru apareció.
No montado en un animal.
No caminando entre aplausos.
Sino deslizándose entre cuerpos… cambiando de forma cada veinte pasos.
Primero un anciano.
Luego una niña.
Después un hombre sin rostro.
Era imposible saber cuál era su verdadera apariencia.
Tal vez ninguna.
Recibió los informes con calma.
Sus soldados hablaban con la precisión quirúrgica de quienes han sido entrenados para informar, no para opinar.
Cuando mencionaron lo ocurrido en el refugio… Kagemaru no se inmutó.
Hasta que dijeron una cosa.
—Uno de los infiltrados… —dijo un soldado— Mostró un tipo de Shinkon que… bueno, devoraba energía directamente.
Como si no usara armas… sino hambre.
Kagemaru se detuvo.
Y por un instante, todos sus rostros se giraron hacia el soldado que habló.
Ni uno.
Ni dos.
Todos.
Pero entonces, murmuró algo bajo.
—Interesante.
Pero no es mi prioridad… por ahora.
— Reiji y los suyos se reunieron con él.
Aún no sabían si lo admiraban, lo temían… o si simplemente estaban agradecidos de que estuviera de su lado.
Cuando el General Kagemaru terminó de revisar los informes de la noche anterior, sus múltiples cuerpos se detuvieron al unísono.
Sus ojos, cualquiera que fueran, se dirigieron hacia Reiji.
—¿Van a seguir hacia el Laboratorio Central?
Reiji asintió sin rodeos.
—Ese lugar no puede quedar en pie.
Lo que está ocurriendo ahí es más que herejía…
es una amenaza existencial.
—Lo sé —respondió Kagemaru sin cambiar de expresión—.
Por eso no irán solos.
Chisiki frunció el ceño.
—¿A qué se refiere…?
Kagemaru giró lentamente una de sus caras, una que parecía hecha de piel desgarrada, hacia un grupo de soldados reunidos en silencio.
Entre ellos, uno ni siquiera reaccionaba ante su nombre.
—Sargento Iwamaru Nagi.
Los escoltarás.
Iwamaru levantó apenas la cabeza, sin alterar su postura.
—No tengo asignaciones conjuntas en mi bitácora.
—Ahora sí —le respondió el General con un tono que no admitía discusión.
—No trabajo con grupos —añadió el joven sargento—.
Me retrasan.
Kagemaru se acercó.
Su voz bajó.
—Y ellos…
no son un grupo cualquiera.
Iwamaru lo miró directamente por primera vez.
—¿Qué tienen de especial?
El general murmuró apenas: —Uno de ellos…
devoró una entidad de categoría roja con dagas.
Otro de ellos puede distorsionar el espacio.
Y su líder puede crear ilusiones tan reales que te arrancarían la memoria.
Incluso…
ya destruyó un reino antes.
Hubo un silencio.
Iwamaru bajó la mirada.
Cerró los ojos.
Y asintió.
—Entendido.
Reiji entrecerró los suyos.
No había confianza en su mirada, pero sí comprensión.
—¿Él es confiable?
Kagemaru cambió de rostro.
Ahora uno sin ojos, ni boca, solo una expresión neutra tallada en carne.
—No.
Pero su lealtad…
no se compra.
Ni se rompe.
—Eso basta —dijo Reiji.
Y con eso, la marcha continuó.
Uno más se había unido al grupo.
Pero no como aliado.
Como testigo.
Y tal vez…
como juez.
— No hubo más discusión.
Partieron.
Caminaron durante horas.
Pasaron por pueblos destrozados, templos saqueados, mercados con cadáveres descompuestos bajo carpas vacías.
Y en cada uno de ellos… sobrevivientes.
Gente hambrienta, rota, perdida.
Niños buscando entre cenizas, madres con vendajes improvisados, ancianos suplicando por agua.
Gritos, rezos, maldiciones.
Algunos seguían rogando a su Dios.
Otros lo maldecían con todo lo que les quedaba.
Y Reiji… no se detuvo.
Ninguno lo hizo.
Porque esta misión no era para salvar a nadie.
Donyoku miró hacia el suelo.
No podía ignorar las miradas vacías.
Porque él había tenido esa misma mirada hace muy poco.
Aika mordía sus labios.
Chisiki apretaba los puños.
Ellos lo sabían.
Ellos ya habían sido ruinas.
Pero sus pasos no se detuvieron.
Iwamaru iba en silencio.
No observaba los pueblos.
Observaba el cielo.
Como si esperara que algo lo devorara desde arriba.
Seita, más atrás, parecía desconectado.
Iba creando figuras de hielo.
Una por una.
Pequeñas estatuas de cada uno de sus compañeros.
Perfectas.
Sin grietas.
Como si quisiera recordar algo antes de perderlo.
—No te pareces tanto, Donyoku —dijo con voz baja mientras moldeaba otra—.
A ti te puse más… noble.
Donyoku sonrió con tristeza.
—Pues me siento más como un villano con hambre.
Seimei, por su parte, iba con unos planos en la mano.
Papeles viejos.
Mapas de geografía y líneas rojas marcadas con precisión.
Frunció el ceño.
—El Reino de Sainokuni hizo modificaciones territoriales semanas antes de dar el ultimátum a Hokori… Sacó una cantimplora y bebió un poco.
—No era solo preparación militar.
Están tramando algo.
Algo muy grande.
Y nadie le respondió.
Porque todos sabían… que cuando Seimei hablaba en serio, era porque el infierno estaba cerca.
— Mientras el mundo pedía auxilio a gritos, ellos siguieron caminando.
Porque la guerra no espera por nadie.
Y los que llevan una misión en el alma… aprenden a ignorar hasta el llanto de los que un día fueron ellos mismos.
Gracias por adentrarte en este segundo arco, donde la guerra no solo se gesta con espadas, sino con heridas del pasado, decisiones sin retorno… y almas que aún no han elegido de qué lado están.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com