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Chi no Yakusoku – El juramento de sangre - Capítulo 4

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  4. Capítulo 4 - 4 Capítulo 3 - Sombras que Despiertan
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4: Capítulo 3 – Sombras que Despiertan 4: Capítulo 3 – Sombras que Despiertan El sol matinal comenzaba a asomar tímidamente entre las montañas, pintando el cielo con pinceladas doradas.

Una brisa fresca danzaba entre los árboles, haciendo crujir las hojas suavemente.

En lo alto de una colina cubierta de pasto, Donyoku y Chisiki descansaban, compartiendo el silencio del amanecer y el sencillo pero reconfortante almuerzo que la chica enamorada de Donyoku les había preparado con esmero.

—¿Crees que algún día podamos cambiar algo, Chisiki?

—preguntó Donyoku, mordiendo un onigiri mientras su mirada se perdía en el cielo azul.

Chisiki se tomó un segundo antes de responder.

Luego giró la cabeza y lo miró con calma.

—No lo sé… pero ese “algún día” empieza con nosotros.

Aquí.

Ahora.

Ambos se quedaron callados.

El viento susurraba entre los árboles como si aprobara sus palabras.

—Así que aquí estaban…

—interrumpió de pronto una voz serena, irónica—.

¿Y yo creyendo que iban a tomarse en serio el entrenamiento?

—¡Maestro!

—exclamó Donyoku, sobresaltado— ¡No sabíamos que ya había llegado!

Reiji Mikazuki estaba de pie detrás de ellos, los brazos cruzados y una sonrisa socarrona en los labios.

Su túnica ondeaba con el viento, y sus ojos, siempre tranquilos, parecían leer más de lo que decía.

—¿Creían que me iba a perder otra de sus quejas flojas?

No sean ingenuos.

Donyoku rió nerviosamente.

Chisiki negó con la cabeza, acostumbrado ya al humor de su maestro.

—Vamos, el día apenas comienza —añadió Reiji, girando sobre sus talones y bajando la colina con paso elegante—.

Hoy no entrenarán solo con el cuerpo… sino con lo que tienen dentro.

La frase quedó flotando en el aire, más como un presagio que como una orden.

Más tarde, con la tarde apagándose entre tonos cálidos, Chisiki acompañó a Donyoku de regreso a su hogar.

Era una casa sencilla, hecha de madera con marcas del tiempo, pero irradiaba calidez.

En cuanto cruzaron la puerta, tres niños pequeños se abalanzaron sobre Donyoku.

—¡Niichan!

¡Niichan!

¡Volviste!

—gritaron mientras lo abrazaban con fuerza.

—¡Ey, que me lastiman!

—soltó él entre risas, dejándose caer de rodillas para abrazarlos.

Una mujer de rostro amable y ojos cansados apareció en la puerta de la cocina.

—Bienvenido, Chisiki.

Gracias por cuidar de mi hijo —dijo la madre de Donyoku con una sonrisa serena—.

Ya sabes que siempre hay comida aquí.

Chisiki se inclinó educadamente.

—Gracias por su amabilidad… Es un honor.

Mientras lo observaba, notó los pequeños dibujos en las paredes, los juguetes, el aroma de comida casera.

Esa casa, humilde pero llena de vida, revelaba algo esencial sobre su amigo: Donyoku no era solo fuerza y fuego.

Era un muchacho con raíces, con personas que lo amaban.

Y eso, quizá, era su verdadero poder.

Esa misma noche, bajo un cielo estrellado, un hombre de andar pausado llegó al pueblo.

Su capa estaba raída por los viajes, su rostro oculto por una bufanda gris.

Solo sus ojos brillaban: afilados, oscuros, demasiado conscientes.

Se presentó como un viajero.

Pidió alojamiento en la posada sin dar muchos detalles.

—Kagenami —fue todo lo que dijo al firmar el libro de registros.

Durante los siguientes días, se paseó por el pueblo con discreción.

Observó a los niños jugar, a los ancianos murmurar sus historias, a los comerciantes regatear.

Pero también preguntó.

Por Reiji.

Por jóvenes que entrenaban.

Por los que “sobresalían”.

Y mientras sonreía cortésmente, su sombra…

parecía moverse un segundo más tarde que su cuerpo.

Como si tuviera vida propia.

Reiji caminaba de regreso al santuario.

El bosque dormía, pero el maestro no se sentía en paz.

Se detuvo.

El viento cesó de golpe.

—…Extraño —murmuró, clavando la mirada en la oscuridad.

Hizo un gesto sutil.

Una mariposa de luz azul emergió de su palma y alzó el vuelo, invisible para los ojos humanos.

Reiji la envió a patrullar el pueblo.

—Si eres quien creo… no deberías haber puesto un pie aquí.

Había algo en el ambiente, una vibración alterada.

Como si algo hubiera despertado.

Esa noche, Donyoku dormía.

Pero su sueño no era reposo.

Caminaba por una llanura gris y vacía, donde el cielo y el suelo se confundían.

A su espalda, una figura oscura avanzaba, distorsionada como si el aire temblara a su paso.

Donyoku no podía verla con claridad, pero la sentía… familiar.

Demasiado familiar.

La figura levantó la cabeza.

No tenía rostro, pero sí una voz.

Hueca, reverberante.

—La avaricia… es solo necesidad disfrazada.

Y tú… estás lleno de necesidad.

Donyoku quiso responder, pero su boca no se abría.

Quiso correr, pero su cuerpo no respondía.

Entonces la sombra se partió en siete.

Siete formas, siete pecados… y él, en el centro.

Despertó de golpe.

Sudaba, respiraba con dificultad.

Su pecho ardía.

Y su Shinkon…

palpitaba como un corazón furioso.

—¿Qué fue eso…?

—susurró.

La oscuridad de la habitación parecía más densa que de costumbre.

A la mañana siguiente, cuando el sol aún se escondía tras las colinas, Donyoku y Chisiki se dirigieron al campo de entrenamiento.

Allí, junto al sendero, un joven los esperaba.

—Buenos días —saludó con voz suave—.

Me llamo Kagenami.

Oí que ustedes entrenan con Reiji Mikazuki.

Me preguntaba si podría unirme.

Su sonrisa era encantadora.

Su tono, educado.

Pero Chisiki notó algo en su postura: una tensión contenida.

Donyoku, por su parte, solo lo observó con desconfianza.

—¿Y tú qué sabes hacer?

—preguntó sin rodeos.

—Domino un tipo poco común de Shinkon.

Uno asociado a las sombras.

—Qué conveniente —respondió Donyoku, cruzándose de brazos.

Chisiki asintió, aceptando su presencia.

Y los tres se dirigieron al campo.

Reiji los esperaba, apoyado en su bastón, con la mirada perdida en el horizonte.

—Hoy trabajaremos en control —dijo sin más—.

Si no dominan su centro, su poder los destruirá desde dentro.

Donyoku tragó saliva.

Las palabras resonaban demasiado cerca de su pesadilla.

El entrenamiento comenzó.

Chisiki manipulaba el terreno con precisión quirúrgica, doblando el espacio a su voluntad.

Fragmentos del suelo levitaban como piezas de ajedrez en suspensión.

Donyoku, en cambio, luchaba contra sí mismo.

Su Shinkon se manifestaba como un resplandor rojo, vibrante, casi inestable.

Cada intento de canalizarlo terminaba en una explosión de energía que lo lanzaba al suelo.

—¡Maldición…!

—gruñó, tras ser repelido por su propia aura.

—¡Donyoku!

—Chisiki corrió hacia él.

—Estoy bien… —dijo con la voz entrecortada.

Kagenami se acercó con pasos lentos.

—Tu energía… parece construida sobre rabia reprimida —comentó sin juicio, pero con una frialdad analítica.

—¿Y tú qué sabes?

—replicó Donyoku, molesto.

—Solo observo —respondió él, con una sonrisa suave.

Reiji los observaba desde lejos, sin intervenir.

Pero en su interior, algo se removía.

—Ese muchacho… su alma está manchada.

No por odio… sino por algo más pesado.

Un deber.

Un precio que ya ha empezado a pagar.

Esa noche, Donyoku llegó a casa cubierto de polvo.

Su madre lo esperaba con la cena servida, sus hermanos ya sentados alrededor de la mesa.

—¡Ni siquiera te limpiaste antes de entrar!

—dijo ella, riendo mientras le pasaba un trapo.

—¡¡Hermano Donyoku!!

¿Mañana viene Chisiki otra vez?

¡Dile que me enseñe a usar su poder!

—gritó uno de los pequeños.

Donyoku rió.

Por un momento, lo oscuro desapareció.

Pero dentro de él, una parte temblaba.

Tenía miedo.

Miedo de perder esto.

De perderse a sí mismo.

— Sobre una colina, Reiji observaba el pueblo.

La brisa nocturna sacudía su cabello.

—Kagenami… —susurró— ¿Cuál es tu verdadero propósito?

Una sombra se movió entre los árboles.

Reiji giró.

No había nadie.

Pero la mariposa azul… dejó de volar.

____ En este juego de sombras, la verdad es solo otro secreto que espera ser revelado…

o enterrado para siempre.

Gracias por leer este capítulo de Chi no Yakusoku.

Si te gustó, no olvides seguir para el próximo paso en este oscuro juramento de sangre.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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