Chi no Yakusoku – El juramento de sangre - Capítulo 40
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- Capítulo 40 - 40 Capitulo 37 - Bendita Guerra Maldito Cielo
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40: Capitulo 37 – Bendita Guerra, Maldito Cielo 40: Capitulo 37 – Bendita Guerra, Maldito Cielo El aire olía a incienso y desesperación.
Shinsei Kōji se alzaba frente a los soldados sagrados que aún quedaban.
No había discursos.
No había honor.
Solo órdenes.
—Rezen más fuerte —exigió con voz afilada—.
¡Dios no escucha susurros, solo ruegos!
¡Griten su fe o mueran como los débiles que ya cayeron!
Los soldados, maltrechos y rotos, apenas podían mantenerse en pie.
Pero elevaron sus plegarias entre lágrimas, sangre y rodillas rotas.
Shinsei no los miraba.
Estaba de espaldas, contemplando un gran mapa desplegado sobre una mesa de guerra.
Líneas rojas… zonas perdidas… provincias tachadas.
El reino se le deshacía entre los dedos.
—No importa… —murmuró con una sonrisa torcida—.
Aún no han visto lo que guarda mi fe.
— En el Laboratorio Central, Nivel 0.
El Dr.
Hinzoku Tsukimura pasaba hojas viejas de pergaminos desgastados.
Sus ojos estaban hundidos, rojos.
No dormía desde hacía días.
—Deberías relajarte, viejo —dijo Rikuto desde una esquina—.
Uno de los experimentos se escapó… Pero si tenemos suerte, ralentizará al ejército de Hokori.
Tsukimura ni lo miró.
Murmuró algo en voz baja.
Una palabra en un idioma que ya no se enseña.
Y uno de los sellos del fondo… se rompió.
—¡¿Qué hiciste!?
—gritó Rikuto, retrocediendo.
Una cápsula comenzó a vibrar.
El vidrio se quebró.
Y de su interior, no salió un monstruo.
Salió una figura.
Humanoide.
Completamente blanca.
Sin ojos.
Sin boca.
Sin expresión.
Solo existencia.
—No tiene rostro… —dijo Rikuto, fascinado.
—No lo necesita —gruñó Tsukimura—.
Lo creamos sin memoria.
Sin dolor.
Sin alma.
—¿Eso lo hace más fuerte?
—Eso lo hace perfecto.
El ente dio un paso.
Y el laboratorio tembló.
Leve.
Como si el universo se incomodara por su presencia.
Rikuto tragó saliva.
Luego sonrió.
—Tal vez… Esto ayude a Shinsei a despertar su verdadero Shinkon.
Tsukimura cerró el libro que tenía entre manos.
—No lo estamos creando para que lo adore.
Lo estamos creando para que lo sustituya.
Y así nació un dios que no pedía oraciones… porque ni siquiera sabía qué era el perdón — El Nivel 7 del Laboratorio Central no olía a sangre.
Olía a fracaso.
Tsukimura descendía en silencio, su bata rozando el suelo lleno de informes quemados, placas oxidadas y cables sueltos como nervios arrancados.
Pasó junto a una cápsula reventada.
Vidrio rajado.
Sangre reseca.
Y un número tallado en la estructura: #3 Su “mejor intento”… ya no estaba ahí.
Frente a él, cápsulas aún activas.
Y otras…
con cuerpos deformes en su interior.
Algunos respiraban sin saber que vivían.
Otros ya no tenían forma humana.
Se detuvo, cruzando los brazos.
—Para crear un dios… no debemos buscar almas —murmuró, casi para sí mismo—.
Debemos crear algo que no entienda lo que es tener una.
Algo sin moral.
Sin compasión.
Sin conciencia.
Solo acción.
Rikuto apareció por una escotilla lateral.
Llevaba papeles manchados con tinta roja, y aún olía a químicos.
—No deberías olvidar por qué comenzamos esto —dijo con tono tenso—.
El caos, la guerra, el abandono.
Buscábamos un salvador… no un verdugo.
Tsukimura lo miró, en completo silencio.
Sus ojos parecían más viejos que su cuerpo.
Dio un sorbo a su taza de café, como si fuera agua bendita al revés.
—Tú aún lo ves como un ideal, Rikuto… yo lo veo como una herramienta.
Dio unos pasos entre los tubos rotos y se detuvo frente a una cápsula aún vacía.
—Estamos a punto de crear un dios.
¿Por qué dárselo a un simple humano?
¿No ves la ironía?
Reemplazar a una entidad divina… es el acto más divino que puede cometer un mortal.
Rikuto apretó los puños.
Se agachó para recoger varios informes dispersos por el suelo.
—¿Y si lo usamos mal?
¿Y si lo volvemos inestable?
¿No es peor jugar a ser dios que creer en uno?
Tsukimura no respondió de inmediato.
Solo respiró.
—No necesitamos creer en ellos —dijo al fin, con una calma que dolía—.
Solo necesitamos usarlos.
Como símbolos.
De esperanza.
De miedo.
De poder.
Caminó entre los restos de los fracasos.
—Shinsei… busca algo más.
Él quiere fusionarse con un dios.
Pero si lo hace… no será un dios.
Solo un fanático con esteroides místicos.
—¿Y los Portadores Bendecidos?
—interrumpió Rikuto—.
Esos con poderes que rompen toda lógica.
¿Ellos no cuentan como entidades?
¿Como dioses encarnados?
Tsukimura lo miró, esta vez con una mueca que se parecía demasiado a una sonrisa triste.
—Tener poder no te convierte en dios.
Solo en una excepción.
Se acercó a una de las cápsulas aún activa.
Dentro, un ser se movía.
No tenía ojos.
Ni rostro.
Solo forma.
Una figura hecha para ser adorada o temida.
—¿Sabes qué es un dios, Rikuto?
El joven asistente negó con la cabeza, en silencio.
—Es algo que los humanos nunca comprenderán.
Nunca verán.
Nunca tocarán.
Pero aún así… rezan.
Pausa.
—No por fe.
Sino por desesperación.
Rezan esperando que el cielo escuche.
Pero el cielo… está maldito.
Se giró.
—Porque sus plegarias ya no suenan a esperanza.
Son gritos ahogados.
Demandas vacías.
Súplicas de niños que no saben que están hablando con la oscuridad.
Rikuto bajó la mirada.
—¿Y si lo que creamos… nos responde?
Tsukimura caminó hacia la puerta del nivel.
Sin mirar atrás.
—Entonces seremos los primeros humanos… en escuchar cómo suena el juicio… de algo que nunca tuvo alma.
— El aire estaba espeso.
Cerca de la capital de Sainokuni, donde los templos ya no tenían campanas, donde los rezos eran gritos, donde las piedras aún estaban calientes por la guerra… ellos se detuvieron.
Reiji, Donyoku, Aika, Chisiki, Seita, Seimei e Iwamaru.
Siete figuras.
Siete pasados.
Siete condenas caminando hacia el fin.
Habían encontrado una casa abandonada.
Sin techo en algunas zonas.
Con sangre seca en las paredes.
Pero era suficiente para descansar.
Dentro, el silencio era sagrado.
Seita hojeaba un libro con más curiosidad que comprensión.
Sus dedos acariciaban los kanji como si fueran relieves mágicos.
—¿Qué dice esto?
—preguntó.
—“Viento” —respondió Chisiki con paciencia, marcando el trazo con su dedo—.
Ahora tú.
Seita intentó repetirlo, pero falló.
Rió bajito.
Chisiki no.
Él no reía.
Y tal vez, por eso mismo, seguía enseñando.
— A un lado, Aika comía pan seco.
No por hambre.
Sino por ansiedad.
Desde que cruzaron los pueblos destruidos, no había podido dormir bien.
Veía cadáveres donde había sombras.
Y cuando no los veía… los imaginaba.
Mordía sin sabor.
Sus ojos estaban abiertos, pero su alma… no sabía si quería seguir viendo.
— Reiji, apoyado contra la pared, observaba.
Todo.
Sus alumnos.
El techo agujereado.
Las cicatrices en sus propias manos.
Y en su mente, una frase: «Desde que los elegí… desde que decidí ser su maestro… supe que me estaba condenando.
Y también a ellos.» «Pero alguien tenía que romper el ciclo.
Alguien debía cargar con el pecado.» — Mientras tanto, Donyoku y Seimei exploraban el perímetro.
Estaban cerca.
Lo sentían.
Las líneas del suelo, el ruido de fondo, la presión espiritual del lugar… todo indicaba que el laboratorio estaba debajo.
Y entonces… Una voz.
Serena.
Seca.
Fría.
—¿Acaso están perdidos?
Ambos se giraron.
Y ahí estaba.
Shinsei Kōji.
El autoproclamado Elegido por Dios.
Vestía con túnicas doradas, rasgadas.
Sus manos manchadas de tinta, sangre y promesas rotas.
Sonreía.
Pero sus ojos… eran dos fosas llenas de impotencia, rabia y una fe que lo había podrido por dentro.
—O quizás… —continuó con un susurro venenoso— vinieron a mansillar la fe de Sainokuni.
Seimei dio un paso al frente.
Su postura se volvió sutil, elegante… como si bailara con cuchillas.
Donyoku tomó sus dagas.
No había palabras.
Solo instinto.
Shinsei los miró.
Y por dentro, sangraba.
No por heridas.
Sino por todo lo que había tenido que sacrificar en nombre de algo que aún no lo había escuchado.
«Tantas muertes… Tanta devoción… ¿Y todavía no despiertas?» Desenvainó.
Una espada delgada, negra, que brillaba con símbolos sagrados que no pertenecían a este mundo.
—Este es mi Shinkon —declaró con voz firme—.
La Marca del Cielo Roto.
Y al activarlo, una cruz resplandeciente se encendió en su pecho.
Todo lo que aquella espada cortaba… quedaba marcado.
Y lo que quedaba marcado… podía ser borrado de la existencia.
— La tierra tembló.
No por poder.
Sino por lo que significaba.
Estaban a punto de enfrentarse no a un fanático… Sino a un hombre que había dado todo… y que aún así estaba dispuesto a destruirlo todo por una respuesta.
— Shinsei se movió primero.
Como una flecha lanzada desde lo alto del juicio.
Su espada fue directo al pecho de Seimei.
Seimei apenas logró apartarse.
Su cuerpo giró con precisión quirúrgica.
La espada impactó una columna.
Y por un segundo, nada pasó.
Hasta que esa columna… desapareció.
No explotó.
No cayó.
Simplemente… dejó de existir.
—Gracias, cuerpo mío —susurró Seimei, aún jadeando—.
Nunca dudes de ti.
Donyoku gritó su nombre y se lanzó hacia el enemigo.
Pero en el instante en que su daga rozó el aire… la espada sagrada de Shinsei ya apuntaba a su cuello.
Una sentencia.
Seimei reaccionó por instinto.
Saltó, rodó en el suelo, y lo empujó a un lado, salvándolo de un destino sin memoria.
Las estocadas de Shinsei no eran brutales.
Eran quirúrgicas.
Perfectas.
Divinas.
Cada movimiento era una oración.
Cada corte, una blasfemia con forma de filo.
—¡Maldito farsante!
—gritó Seimei, mientras esquivaba por milímetros.
Por fuera, sonreía.
Por dentro… el miedo lo desgarraba.
“Si me toca, desaparezco.
No herido.
No muerto.
Nada.” Shinsei lanzó tres cortes al pecho de Seimei.
Seimei usó un giro lateral, tocó el suelo con una mano, se impulsó y contraatacó.
Donyoku, sabiendo que era un estorbo en velocidad, le lanzó sus dagas a Seimei.
—¡Usa las dos!
¡Rómpelo!
Seimei las atrapó al vuelo.
Giró.
Cruzó.
Atacó.
Shinsei retrocedió por primera vez.
Los cortes de Seimei eran limpios.
Fluidos.
Un arte entre danza y sentencia.
Y por un momento, la fe tembló.
—El Elegido por Dios… no es más que un loco aferrado a un mito —dijo Seimei, con una sonrisa de desprecio.
Shinsei no respondió.
Y entonces… Una estocada.
Un error mínimo.
Una ráfaga de luz.
Un corte.
La espada de Shinsei tocó la mano derecha de Seimei.
El mundo pareció detenerse.
Seimei lo supo.
Tenía un segundo.
Tal vez menos.
Donyoku abrió la boca, pero no logró gritar.
Y entonces… ¡CRACK!
Seimei usó la otra daga… Y se cortó su propia mano.
El grito fue de alma.
No de garganta.
Cayó al suelo.
Lloró.
Pero no se detuvo.
La mano sangrante desapareció como si nunca hubiera existido.
Shinsei, por primera vez… se detuvo.
Confundido.
Y fue entonces cuando Seimei, con la pierna izquierda, giró sobre sí mismo y le dio una patada brutal al costado.
Shinsei cayó hacia un muro.
Se golpeó la espalda.
Jadeó.
Y en ese instante de silencio… Seimei ya estaba huyendo.
Donyoku lo sujetó por el hombro, lo cargó como pudo y ambos se perdieron entre los callejones destruidos.
La sangre de Seimei dejaba un rastro, pero no dejaba arrepentimiento.
— La puerta de la casa abandonada se abrió con un estruendo seco.
Seimei entró tambaleándose, cubierto de sangre, el rostro pálido, y su brazo derecho colgando…
sin mano.
—¡¡Seimei!!
—gritó Aika, corriendo hacia él.
Donyoku lo sostenía por debajo del hombro, su respiración agitada, los ojos desorbitados.
—No lo tocó…
lo cortó, pero no lo tocó.
Seimei rió entre dientes, pero su voz apenas salía.
—La fe…
arde más que el acero.
Aika lo recostó sobre unos cojines rasgados.
Sus manos temblaban mientras intentaba detener la hemorragia.
—Necesito agua.
¡Algo!
¡Toallas!
¡Lo que sea!
Chisiki se levantó en silencio y comenzó a preparar barreras alrededor de la casa.
No dijo palabra.
Pero sabía lo que venía.
Reiji tomó su katana y observó por la ventana.
Los cielos estaban quietos.
Demasiado quietos.
—Nos van a encontrar en minutos —dijo—.
Ese ataque no fue solo castigo.
Fue aviso.
Y entonces, una voz.
Monótona.
Cortante.
Como si el mundo no mereciera ruido.
—¿Se pueden callar?
Todos voltearon.
Iwamaru Nagi, sentado en una silla destartalada, mientras tres de sus Shinigamis jugaban detrás de él, uno con la daga de Aika, otro trepando las paredes, el último oliendo el aire como si saboreara el peligro.
—¿Qué dijiste?
—dijo Donyoku con el ceño fruncido.
Iwamaru bostezó.
—Que si siguen llorando y hablando… van a perder la única oportunidad que tienen de llegar vivos al laboratorio.
Reiji entrecerró los ojos.
—¿Tienes información?
—Mis Shinigamis —Iwamaru señaló con un gesto vago a las sombras que lo rodeaban— encontraron la entrada.
Estaba justo donde nadie se atreve a buscar: debajo de un templo quemado.
Chisiki asintió lentamente.
—Perfecto… un infierno bajo las ruinas de una fe podrida.
Iwamaru se levantó.
No parecía apurado.
Pero tampoco parecía humano.
—Si no se mueven ahora… perderán el tiempo que Seimei se ganó al dejar parte de sí allá afuera.
Aika lo miró con furia.
—Él está herido.
No podemos simplemente… —Claro que pueden —interrumpió Iwamaru—.
El mundo está muriendo, niña.
¿Crees que el dolor le importa a la guerra?
Reiji respiró hondo.
—Vamos.
Todos lo miraron.
—¿Estás seguro?
—preguntó Donyoku.
Reiji asentó.
—Seimei no perdió esa mano para que nos quedemos mirando cómo se pudre el suelo bajo nuestros pies.
Cargaron a Seimei.
Chisiki activó una ilusión de camuflaje mínimo.
Aika respiró profundo y abrazó su miedo.
Seita bajó la mirada… pero sus pasos no temblaron.
Iwamaru sonrió levemente.
Sus Shinigamis se encaminaron hacia el norte.
La caza de Dios… acababa de comenzar.
— El ambiente en el Imperio de Enketsu era un incendio sin fuego.
Las calles se llenaban de rumores.
Los mercados cerraban sin previo aviso.
Los templos eran saqueados por los mismos fieles.
Y las banderas del imperio… comenzaban a arder.
La razón era una sola: Genshin, Rey de Hokori, había invadido… sin aviso, sin diplomacia, sin compasión.
No envió emisarios.
No advirtió con tambores.
Cruzó la frontera como una tormenta, y destruyó tres provincias en cuatro días.
— En el centro del palacio imperial, Zanka observaba los mapas mientras bebía su novena copa de sake.
—Una guerra…
por fin.
Pero esto… —frunció el ceño mientras observaba las ciudades marcadas en rojo— esto no estaba en mis planes.
Caminaba de un lado al otro.
Sus ropajes estaban sucios de sangre y vino.
Pero su mirada estaba clara.
Demasiado clara.
A su lado, como una sombra elegante y silenciosa, Kagenami entregaba un rollo de pergaminos.
—Esto es todo lo que recolecté en Hokori.
Información sobre los clanes militares, algunas rutas logísticas, las divisiones principales, nombres de generales.
Zanka desenrolló el pergamino.
Leyó.
Asintió.
Y luego… lo tiró al fuego.
—No sirve.
Kagenami no se inmutó.
—¿Por qué?
Zanka lo miró con desprecio, aunque sabía que el fallo no era suyo.
—Porque tú no sabías contra quién íbamos a pelear.
—Genshin… —¡Exacto!
—gritó Zanka, arrojando su copa al suelo— ¡El maldito Rey de Hokori se dignó a pelear él mismo!
Y no solo eso… Se acercó al gran mapa imperial.
—…trajo a sus clanes.
—¿Los clanes reales?
—preguntó Kagenami, casi en susurro.
Zanka asintió.
Su rostro, por primera vez en años, reflejaba algo parecido al miedo.
—El Clan Tokitsune… El Clan Mikazuki… Incluso los malditos de sangre antigua… están aquí.
Pausa.
—No mandó soldados.
Mandó ideología.
Poder espiritual.
Fanatismo.
Y sangre bendita.
Kagenami bajó la mirada.
—No previmos esto… Zanka rió.
Una risa hueca, ebria, quebrada.
—Claro que no.
¿Quién esperaría que un dios bajara de su trono para pelear con sus propias manos?
Silencio.
Zanka llenó su copa otra vez.
—Pero si Genshin quiere jugar a ser divino… entonces yo… jugaré a ser el demonio que quema los cielos.
— Mientras unos rezan para que el mundo no se acabe, otros se están convirtiendo en los que lo destruirán.
Y es que, en esta guerra, ni Dios responde… ni el infierno duerme.
Gracias por adentrarte en este segundo arco, donde la guerra no solo se gesta con espadas, sino con heridas del pasado, decisiones sin retorno… y almas que aún no han elegido de qué lado están.
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