Chi no Yakusoku – El juramento de sangre - Capítulo 41
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- Capítulo 41 - 41 Capitulo 38 - Ser Humano Es Temer También
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41: Capitulo 38 – Ser Humano Es Temer También 41: Capitulo 38 – Ser Humano Es Temer También Sainokuni había caído.
O, al menos, eso creían los soldados.
Kenshiro Gai, el Rey de la Guerra, había arrasado todo el territorio con su ejército.
Las ciudades eran ruinas.
Los ríos cargaban cadáveres.
Los gritos habían cesado… Excepto en la capital.
Allí, Sainokuni resistía.
Una última fortaleza.
Un último suspiro.
Una ciudad rodeada por miles de soldados hokorianos, esperando la orden para extinguir su luz.
— Kenshiro observaba desde lo alto de una colina, su capa desgarrada por el viento.
La ciudad no se movía.
No gritaba.
No disparaba.
Solo esperaba.
—Están preparando algo —dijo en voz baja.
Uno de sus capitanes se acercó.
—¿Avanzamos, General?
Kenshiro no respondió de inmediato.
Sus ojos escaneaban el terreno.
Cada rincón.
Cada tejado.
Cada sombra.
La ciudad estaba en silencio.
Pero no era un silencio de derrota.
Era uno… que sostenía cuchillos.
—No aún —respondió Kenshiro al fin.
El capitán frunció el ceño.
—¿Por qué?
Kenshiro bajó de la colina con pasos firmes, como si cada pisada marcara una sentencia.
—Porque si lo hacemos, perderemos una división completa.
Y yo no vine a perder.
Se giró hacia sus soldados, quienes lo observaban con devoción.
—Esperaremos a la división de Narikami y a la División Sin Rostro.
Entonces sí… La tierra conocerá lo que es rendirse.
Los soldados estallaron en vítores.
Cientos de lanzas se alzaron al cielo.
Los tambores retumbaron con furia.
Pero Kenshiro no sonrió.
No celebró.
No se movió.
Sentía algo.
Los pájaros… ya no volaban.
Los insectos… se ocultaban bajo la tierra.
Y el cielo… empezaba a oscurecerse con un gris que no era de lluvia… sino de advertencia.
El Rey de la Guerra respiró profundo.
—Cuando hasta la naturaleza se calla… es porque algo está por gritar más fuerte que ella.
— Dentro de la capital de Sainokuni, el aire ya no era aire… era espera.
Pesado, inmóvil, espeso como sangre sin derramar.
Y sobre ellos… un cielo que no miraba con compasión, sino con juicio.
Cerca un pequeño bosque.
Se acercaban más al Laboratorio Central…
la entrada estaba oculta bajo lo que alguna vez fue un templo.
Un altar derrumbado… una trampilla oxidada… y debajo, el secreto más sucio de Sainokuni.
El grupo descendió sin hablar.
Ni siquiera Reiji.
Ni siquiera Chisiki.
Como si la sola presencia de aquel lugar obligara al alma a callarse.
El aire era espeso.
Pero no era polvo.
Era memoria.
Dolor coagulado.
Fantasmas atrapados en la pared.
Las luces del techo parpadeaban sin ritmo.
Los tubos colgaban como serpientes muertas.
Las puertas metálicas crujían sin tocarse.
Y entonces, Iwamaru habló, rompiendo el aire como una cuchilla: —Nivel uno.
Prepárense… porque esto no es una base militar.
Es un altar al pecado.
— Una sombra los observaba desde el pasillo contiguo.
Tranquila.
Silenciosa.
Como si hubiera estado ahí desde antes de que el mundo comenzara.
Tenía el rostro sucio, el cabello cubierto de sangre seca… y una sonrisa como si no entendiera que existía el horror.
—¿Se perdieron… o están buscando el infierno?
—dijo.
Todos se tensaron.
Reiji no dudó.
Activó su Shinkon al instante, buscando envolver al sujeto en una ilusión mental.
Pero… nada.
Ni un parpadeo.
Ni una reacción.
Ni un temblor.
—¿Qué?
—murmuró Reiji, desconcertado.
El joven sonrió, ladeando la cabeza como un niño curioso.
—No pierda su tiempo, señor Mikazuki… No funcionará.
—¿Por qué no?
—Porque ya no tengo un alma real.
Reiji sintió un escalofrío.
—¿Quién eres?
—Oh, qué modales los míos… —El sujeto se inclinó con teatralidad—.
Soy Rikuto, el asistente personal del Doctor Hinzoku Tsukimura.
Ese nombre… golpeó a Reiji como una piedra.
El Creador de Nada.
Un título que había oído en los círculos más oscuros de investigación espiritual.
Un hombre que intentó crear entidades más allá del entendimiento humano.
Entidades sin alma, sin moral, sin lógica.
Y siempre fracasaba.
Siempre.
Sus investigaciones eran inhumanas.
Eran poesía para los locos.
Y horror para los cuerdos.
—Un día perdió a su hijo —dijo Reiji en voz baja, recordando—.
Y desde entonces… desapareció.
Como si hubiera muerto junto a él.
Rikuto se rió.
—No desapareció.
Solo descendió más profundo.
Y antes de que pudieran moverse, Iwamaru reaccionó.
—¡Atrás!
—gritó, lanzando bombas cegadoras.
Pero en medio del resplandor, una mano estirada como un látigo salió de la oscuridad.
Rikuto.
Su brazo se alargó como si no tuviera huesos, y la piel se volvió cuchilla.
Iwamaru apenas alcanzó a ver el ataque… pero uno de sus Shinigamis lo empujó a un lado.
La cuchilla cortó el aire donde debió estar su costado.
Y dejó una grieta sangrante en la pared.
—Interesante —murmuró Rikuto—.
Puedes invocar monstruos.
Eso me parece… útil.
Reiji lo miraba con intensidad.
—Tsukimura odiaba el compañerismo… Nunca trabajó con nadie.
¿Por qué tendría un asistente?
Rikuto soltó una risa suave.
No burlona.
No sarcástica.
Era una risa… rota.
—¿Asistente?
Oh, no, no… Eso es solo un título que me dieron por cortesía científica.
Se llevó una mano al pecho, como si hiciera una reverencia vacía.
—Yo no fui su colega.
Ni su subordinado.
Fui su primer error.
Los ojos de Reiji se abrieron apenas.
—¿Qué estás diciendo?
—Soy el Experimento Cero —murmuró Rikuto, con voz quebrada y sagrada a la vez—.
El primero.
El intento fallido.
La chispa que no encendió.
El hijo que no debía haber sido.
Apretó los dientes.
—Él decía que era su hijo… Pero para él, ser padre significaba experimentar hasta que dejaras de sangrar.
— El filo de la katana de Reiji se clavó en el suelo como un rayo silencioso.
—¡Salten!
—ordenó sin pensarlo.
La tierra tembló.
Los ladrillos se abrieron como si supieran que no podían retenerlos más.
Uno a uno descendieron por el hueco recién abierto.
El aire cambió de golpe: húmedo, caliente… como si bajaran por una garganta invisible.
Rikuto… simplemente los miró irse.
Y sonrió.
—Aún no.
Todavía no —susurró, lamiéndose los labios—.
Primero… que vean.
Que sientan.
Que respiren lo que he respirado.
— Reiji aterrizó primero.
Rodó, se levantó, desenvainó.
El lugar no estaba oscuro… pero ojalá lo hubiera estado.
El suelo era blando, aunque parecía cemento.
Las paredes palpitaban.
Las luces parpadeaban como si respiraran.
Un cartel colgaba del techo, sucio, oxidado: Nivel 2 Los demás fueron cayendo a su lado.
Seimei jadeando.
Aika cubriéndose la nariz.
Chisiki alerta.
Donyoku tenso.
Seita en silencio.
Y por último, Iwamaru.
Cuando su bota tocó el suelo… un sonido los congeló: CHRRRRK.
Todos giraron hacia arriba.
El hueco por donde habían bajado… se cerró.
No con piedra.
No con metal.
Con carne.
Iwamaru fue el único que alcanzó a ver el interior del techo.
No eran cables.
Eran tejidos.
Venas.
Cartílago.
Apretó los dientes.
—Reiji… Esto no es un laboratorio.
Todos lo miraron.
—¿Qué estás diciendo?
Iwamaru dio un paso atrás.
Tocó la pared con sus dedos enguantados.
Era tibia.
Y…
temblaba.
—Estamos dentro de un ser vivo.
Silencio.
Hasta que un gorgoteo profundo resonó en el túnel.
Entonces… algo despertó.
Antes de que pudiera decir algo, un sonido viscoso y profundo se alzó por todo el túnel.
Como si la carne gimiera.
Las paredes se estremecieron.
Y algo gigantesco despertó.
Una criatura, pegada a la estructura como una vena al corazón, emergió del fondo del túnel.
No caminaba.
Se arrastraba.
Era una fusión imposible de carne, metal, hueso, órganos y muerte.
Tenía múltiples caras.
Cientos.
Miles.
Unas lloraban como bebés.
Otras gritaban pidiendo ayuda.
Unas dormían en silencio.
Otras se reían a carcajadas.
Algunas… solo observaban.
Y otras… miraban con rencor.
Tenía más de quinientas extremidades, todas deformes.
Algunos brazos sostenían libros.
Otros cuchillos.
Otros… solo temblaban.
Los pies colgaban como ramas muertas.
Y el cuerpo… latía.
Latía.
Donyoku lo miró con el rostro pálido.
Pero no por miedo.
—Él también sufre —murmuró.
—¿Qué?
—preguntó Chisiki, sin poder dejar de observar.
—Tiene miedo —repitió Donyoku—.
Mira sus ojos… Algunos no quieren estar aquí.
Seita bajó la mirada.
Iwamaru ni siquiera pestañeó.
Reiji se adelantó, empuñando su katana.
—No estamos aquí para comprender esto… Estamos aquí para destruirlo.
El monstruo rugió.
No como una bestia.
Como miles de voces hablando al mismo tiempo.
Y entonces, desde los altavoces oxidados del pasillo, una voz antigua y calmada habló con ternura macabra: —Bienvenidos… al segundo umbral.
Era la voz de Tsukimura.
— En lo más profundo del nivel 7, el doctor terminaba de revisar una serie de informes manchados.
Frente a él, un humanoide completamente blanco respiraba amarrado a una camilla de metal.
No tenía boca.
Ni ojos.
Ni oídos.
Y sin embargo, lo observaba todo.
Tsukimura no dijo nada.
Solo anotó algo con una sonrisa tensa.
Y entre dientes, casi inaudible, susurró: —Uno de ellos… ya escuchó el llamado.
— El pasillo temblaba como si alguien respirara desde adentro.
El monstruo no avanzaba aún, pero su presencia se sentía en cada baldosa, en cada luz temblorosa, en cada rincón que olía a carne vieja.
Seimei se detuvo en seco.
El sudor le bajaba por el cuello, no de miedo… sino de intuición.
—Ese monstruo… —murmuró— no es como Rikuto.
Todos lo miraron.
—No siento un alma falsa.
Ni una vacía.
Siento muchas.
Voces superpuestas.
Energías fragmentadas.
Es como si miles de almas estuvieran atrapadas adentro, luchando por controlarlo… o por huir de él.
Un silencio denso cayó sobre el grupo.
—¿Eso significa que es más fuerte?
—preguntó Aika, sujetando su báculo.
—No necesariamente —respondió Seimei—.
Significa que es impredecible.
Porque ni él mismo sabe qué es.
De repente, la criatura emitió un rugido sordo, como si dentro de él se estuvieran peleando.
Seita, rápido, alzó ambas manos.
—¡Muros!
—gritó.
El hielo surgió de la nada, formando una pared gruesa entre ellos y el cuerpo del ente.
El vapor chocó contra la escarcha.
Y por un segundo, hubo calma.
—No durará mucho —advirtió Seita—.
Pero les dará tiempo.
—M-me siento mal… —susurró Aika, llevándose una mano al pecho.
Su rostro estaba pálido.
Sus labios, temblorosos.
Donyoku ni dudó.
Se acercó, la cargó en brazos con facilidad, y echó a correr con ella.
Aika quiso protestar, pero cuando notó su cercanía… se quedó en silencio.
Solo desvió la mirada, el rostro rojo, fingiendo que no pasaba nada.
—G-gracias… —murmuró al fin.
Donyoku no respondió.
Solo asintió con firmeza.
Chisiki se detuvo a mirar el pasillo frente a ellos, el camino siniestro que parecía temblar con cada paso que daban.
—Tal vez deberíamos encontrar una salida.
Este lugar no es un laboratorio.
Es una trampa viva.
Reiji alzó la vista, como si sus pensamientos se volvieran más pesados con cada palabra de su alumno.
Pero fue Iwamaru quien habló con voz firme: —¿Y todo lo que sufrimos para llegar aquí… lo vas a tirar por una pared de carne?
Chisiki apretó los dientes.
No respondió.
Iwamaru miró hacia el fondo, como si pudiera ver a través de los muros.
—No vinimos hasta aquí para retroceder.
El hielo comenzaba a agrietarse.
Y Reiji… se quedó en silencio.
Sus pensamientos eran cuchillas: «Si siguen, pueden morir.
Si retroceden… condenarán al mundo.» Y justo entonces, una de las caras en la pared sangrante del pasillo susurró: —Ayúdenme por favor.
Un monstruo puede matarte… pero mil almas pidiendo ayuda pueden quebrarte.
— Una puerta gigante, de hierro negro, se abrió frente a ellos con un crujido que pareció desgarrar el alma del pasillo.
Pero al cruzarla…
No había nada.
Solo una habitación.
Cuatro muros.
Sin ventanas.
Sin salidas.
Silencio.
Solo silencio.
Reiji giró en círculo.
Chisiki escaneó cada rincón.
Aika se apoyó contra la pared, temblando.
Seimei respiraba con dificultad, sujetando su muñón.
—¿Una trampa?
—murmuró Reiji, mirando el techo.
—No hay runas de salida, ni marcas de Shinkon —añadió Chisiki, presionando su palma contra la piedra.
Seita los observaba desde el centro de la sala, sin moverse.
Como si no comprendiera por qué se sentían atrapados.
Y entonces… Un estruendo.
Como mil cadenas rompiéndose a la vez.
La puerta no se abrió.
Fue arrancada.
Una figura enorme la había despedazado desde fuera.
El monstruo.
Más deformado.
Más grande.
Más rápido.
Chisiki se giró de inmediato.
—¡¿Y ahora qué hacemos?!
¡Esto fue una emboscada!
Iwamaru alzó la voz con dureza.
—¡¿Y si usaras tu cerebro en lugar de buscar culpas, idiota?!
—¡Tú no sabes nada de esto!
—gritó Chisiki.
—¡Sé lo suficiente como para seguir de pie!
La criatura avanzaba, sus múltiples rostros gritaban o se carcajeaban.
Aika, paralizada, apenas podía moverse.
El miedo la tenía secuestrada.
Seimei intentó levantarse, pero su cuerpo lo traicionó.
La sangre le bajaba por la túnica.
Reiji retrocedió, girando su katana entre los dedos.
«¿Dónde está la salida…?
¡Tiene que haber una salida!» Y justo cuando el monstruo se abalanzó… Dos figuras no retrocedieron.
Donyoku.
Y Seita.
Se interpusieron.
Donyoku rugió desde lo más profundo de su pecho y se impulsó con fuerza.
Sus dagas brillaban.
Una de las manos del monstruo cayó al suelo.
El grito que lanzó… no fue humano.
Fue el lamento de mil muertos.
—¡AAAAAGGHHH!
—Donyoku chilló— ¡NO VAS A TOCARLOS!
Su Shinkon se activó por completo.
Las dagas absorbían parte de la energía del monstruo… Pero esta vez, no era solo poder.
Cada vez que cortaba, sentía tristeza.
Ansiedad.
Soledad.
Miedo.
Era como devorar los recuerdos de una existencia rota.
Seita, a su lado, ya tenía el cuerpo lleno de escarcha.
Sus brazos sangraban.
Sus ojos estaban rojos.
Pero no dejaba de alzar muros.
Bloqueaba garras, protegía aliados.
—Aguanta… Donyoku… —murmuró Seita.
El monstruo rugió con más fuerza.
Y esta vez… Usó su Shinkon.
Las paredes de la habitación comenzaron a deformarse.
Se partían.
Se convertían en bocas.
Garras.
Espinas.
Y la criatura, a pesar de su tamaño… se movía como un rayo.
Donyoku apenas esquivó un golpe que le habría arrancado el torso.
Seita logró frenar un ataque con un muro triple… Pero ya respiraba con dificultad.
Detrás de ellos, los demás solo podían mirar.
La batalla no era contra un monstruo.
Era contra el remanente de miles de almas.
Y contra el precio… de seguir vivos.
— Cada corte de Donyoku rasgaba el aire y también algo más…
Su alma.
Las dagas estaban cubiertas por su Shinkon, vibraban con fuerza casi divina.
Cada vez que se hundían en la carne del monstruo, algo más se deshacía.
Un grito, una risa, una plegaria, un recuerdo.
Donyoku jadeaba, con los músculos tensos y la mirada extraviada.
—¿¡Por qué… por qué siento lo que siente esta cosa…?!
—susurró entre dientes.
Las emociones del monstruo lo estaban contaminando.
Y el poder… lo estaba tentando.
A su lado, Seita tambaleaba.
Ya casi no tenía fuerzas, pero sus muros seguían apareciendo, aunque fueran cada vez más delgados, más frágiles… —¡Aguanta!
—le gritó Donyoku.
Seita solo asintió, con hielo bajando por sus mejillas como lágrimas congeladas.
Fue entonces que Chisiki reaccionó.
Miró el escenario, analizó los patrones, y supo la verdad: —¡A este paso… van a morir!
Giró su palma, abrió su Shinkon y torció el espacio como si fuera papel.
Una parte del cuerpo del monstruo se distorsionó, se arrancó de su centro… y se hizo trizas en el aire.
La criatura gritó con furia.
—¡Bien hecho!
—gritó Reiji, pero su rostro aún estaba tenso.
No por el monstruo.
Sino por él mismo.
Quería luchar.
Quería protegerlos.
Pero no podía dejar de pensar… «¿Y si mueren… por seguirme?» Fue Iwamaru quien lo sacó de su mente.
Los tres Shinigamis del sargento se fusionaron en un solo cuerpo, formando una espada negra como el luto.
Era larga, imposible de manejar para cualquiera… Pero él la sostenía con una serenidad escalofriante.
Los símbolos tallados eran antiguos, formas de monstruos, ojos, garras, gritos.
—No es por ustedes que la usaré —dijo Iwamaru—.
Es porque esta cosa me dio asco.
Y entonces, Reiji dio un paso atrás.
Miró a todos: Donyoku, al borde de ser devorado por su propio Shinkon.
Seita, congelando el miedo a cambio de su cuerpo.
Chisiki, decidido a luchar aunque no lo entiendan.
Iwamaru, como una sombra que lucha por su orgullo.
Aika, protegiendo a Seimei con todo lo que le quedaba.
Y él… Él, el maestro.
El que había matado, traicionado, y ahora… solo quería que ellos vivieran.
Cerró los ojos un segundo.
—Buscaré la salida —dijo, sin mirar atrás.
Pero en su mente, la verdad pesaba más que su katana: «No peleo… porque tengo miedo.
Miedo de perderlos.
Pero más miedo tengo… de que me vean perderlos sin hacer nada.» — Cuando la lógica muere, cuando los cuerpos tiemblan y el alma quiere huir… aún hay quienes luchan.
No porque crean que vencerán, sino porque saben que si se rinden… nadie más quedará en pie.
Gracias por adentrarte en este segundo arco, donde la guerra no solo se gesta con espadas, sino con heridas del pasado, decisiones sin retorno… y almas que aún no han elegido de qué lado están.
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