Chi no Yakusoku – El juramento de sangre - Capítulo 42
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- Capítulo 42 - 42 Capitulo 39 - La Sangre Reemplaza La Felicidad
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42: Capitulo 39 – La Sangre Reemplaza La Felicidad 42: Capitulo 39 – La Sangre Reemplaza La Felicidad Prisión Central de Hokori Celdas de los innombrables.
Allí, donde el aire ni siquiera circulaba bien… Enma observaba una grieta en la pared, como si esperara que de allí saliera algo más que polvo.
La luz era tenue.
El silencio, espeso.
La esperanza… hacía tiempo que no vivía allí.
—Dime, Enma… —dijo Yagameru, su compañero de celda, recostado con las manos detrás de la cabeza— ¿Este es el peor presente que tus “verdades” te mostraron?
Enma no lo miró.
—Quizás lo sea… —susurró con voz ronca— Aunque para los humanos no hay diferencia.
Les enseñes el futuro, la verdad, o el infierno…
seguirán matándose entre ellos.
—¿Entonces ya está?
¿Nos morimos aquí como dos rebeldes olvidados?
—Si quisieran matarnos —respondió Enma con frialdad—, ya no estaríamos hablando.
Fue entonces que lo oyeron.
Tacones de madera.
Un canto absurdo.
Pasos como coreografía mal ensayada.
— Si el mundo se va al carajo, que al menos tenga ritmo —entonaba una voz demasiado feliz para un lugar tan muerto.
Shirota Karakuri.
Apareció bailando por el pasillo, con un kimono ridículamente colorido, una flor de papel en el cabello, y una expresión de felicidad tan fingida como peligrosa.
Los guardias intentaron detenerlo.
—¡No puedes estar aquí!
Esta zona es restringida.
Shirota se detuvo.
Los miró.
Y con una sonrisa falsa, murmuró: —Ah, cierto.
Ustedes aún creen que lo que hacen tiene sentido.
Activó su Shinkon.
Las palabras se volvieron cuchillas que abrían heridas en la mente.
—Tú…
siempre soñaste con desertar.
Tú…
querías ser músico, no carnicero.
Los guardias cayeron de rodillas.
Sus manos temblaban.
Y en sus ojos… el reflejo de sus propias verdades.
Las llaves cayeron al suelo.
Shirota giró sobre un pie y abrió ambas celdas con la teatralidad de un maestro de ceremonia.
—Tic tac, mis condenados favoritos… La función está por comenzar.
Enma lo miró en silencio.
—Lo último que esperaba —dijo mientras se levantaba—.
Incluso mis verdades parecen mentiras cuando el idiota que viene a salvarme…
canta sobre flores y muerte.
Yagameru salió con una sonrisa.
—Ey, gracias, compañero.
Cuando haga una fiesta en mi mansión, tú vas a ser el cantante principal.
Shirota los miró.
Esta vez… no sonrió.
La prisión se quedó en silencio.
Su voz fue más baja.
Más fría.
—No los vine a salvar.
Los vine a usar.
Presten sus poderes.
Nada más.
Nada menos.
Y gracias.
Ninguno respondió.
Pero en el aire, ya se sentía: Algo se había roto.
Y el mundo lo iba a lamentar.
— La capital de Sainokuni estaba muda.
No por respeto.
Sino por miedo.
Los vientos no soplaban.
Las campanas no repicaban.
El cielo, incluso el cielo, parecía contener la respiración.
Kenshiro Gai, el Rey de la Guerra, observaba la muralla principal desde una colina.
A su alrededor, su ejército esperaba órdenes… Pero el General no hablaba.
Solo miraba.
—No es una ciudad… —dijo, bajando la voz— es un ataúd.
Y está a punto de abrirse.
Podía sentirlo.
Una energía no humana, no espiritual… Algo que no debería existir.
Todavía no llegaba la División de Narikami.
Ni la División Sin Rostro de Kagemaru.
Pero si esperaba más… Podrían perderlo todo.
—Capitán Sazanami —llamó.
Un hombre alto, cabello oscuro, rostro lleno de cicatrices y un aire de pesadez se acercó.
—A sus órdenes, General.
—Tú te quedas a cargo.
No quiero un solo movimiento hasta que regrese.
Y si no regreso… Kenshiro se detuvo.
Miró hacia la ciudad.
—Quema todo.
Pero no la dejes avanzar.
—Sí, señor.
Y sin más palabras, Kenshiro Gai dio un paso hacia el infierno.
Descendió la colina.
Cruzó la frontera invisible entre el mundo vivo… y un lugar que no debería existir.
Las puertas estaban abiertas.
Demasiado abiertas.
Calles rotas.
Casas en ruinas.
Soldados muertos.
Gente llorando en los callejones.
Pero nadie lo atacaba.
Nadie gritaba.
Nadie huía.
Kenshiro caminaba con paso firme, sin prisa, como si los fantasmas lo estuvieran esperando.
Fue entonces… Miles de flechas descendieron desde los tejados.
El cielo pareció caer sobre él.
Kenshiro desenvainó su espada.
Y no la alzó… la arrastró contra el aire.
Un solo movimiento.
Y el cielo… se partió en dos.
Una grieta de pura voluntad desgarró la atmósfera.
Las flechas desaparecieron.
El mundo se detuvo un instante.
Kenshiro ni siquiera parpadeó.
—Si creen que eso es suficiente… no entienden el precio de despertar a la guerra.
Un murmullo se escuchó al fondo de la calle.
Pasos.
Lentos.
Firmes.
Fanáticos.
Un hombre salió entre las sombras.
Cabello plateado.
Túnica de oro.
Espada marcada con símbolos divinos.
Shinsei Kōji.
El Elegido por Dios.
O… eso decía.
—No deberías estar aquí —dijo Shinsei— no te corresponde.
Esta tierra que pisas… es sagrada.
—¿Sagrada?
—respondió Kenshiro, con una voz que podría quebrar templos— Un lugar donde la gente llora y los muertos apestan al sol… no tiene derecho a llamarse sagrado.
Ambos se quedaron en silencio.
Frente a frente.
El fanático de la fe…
y el demonio de la guerra.
— Nivel 2 – Laboratorio Central de Sainokuni Era un infierno sin fin.
El monstruo no dejaba de regenerarse.
Sus gritos no eran de dolor.
Eran de condena.
Como si cien mil almas suplicaran al mismo tiempo por un final que no llegaba.
Y aun así, seguía vivo.
Cada uno de sus brazos invocaba un tipo distinto de Shinkon: Llamas negras.
Garras hechas de culpa.
Gritos que paralizaban el alma.
Ojos que exponían los pecados de quien los mirara.
Era caos encarnado.
Era una cicatriz abierta en la realidad.
Era un error que nunca debió ser creado.
Donyoku jadeaba.
No sabía qué más hacer.
—Esto no es como el humanoide —dijo, apretando los dientes— Esto…
es mucho peor.
Chisiki, Seita y él ya no podían seguir luchando.
Sus cuerpos temblaban, sus Shinkon estaban al borde del colapso.
Seimei estaba inconsciente.
Aika sangraba del oído.
Iwamaru era la última esperanza.
Y aun así, también sangraba.
Sus labios estaban rotos.
Tosía sangre a cada golpe.
Su brazo derecho colgaba como un trozo de carne inútil.
Su respiración era áspera, cortante, quebrada.
Y el monstruo seguía avanzando.
Una sombra descendió con violencia.
¡BOOM!
Una explosión.
Polvo.
Silencio.
Y de entre la nube una figura surgió.
Un Shinigami gigantesco, formado por los tres anteriores, envuelto en una armadura oscura, con símbolos malditos recorriendo su cuerpo.
Iwamaru… estaba dentro.
O más bien, ya no era él quien luchaba.
Su propio Shinkon había activado el Hizumi.
Ya no lo obedecía.
Ahora lo usaba.
Iwamaru se movía con una velocidad irreal.
Cada corte era más preciso que el anterior.
Cada tajo, más profundo.
Cada movimiento, más sobrehumano.
Y cada vez que cortaba… el monstruo sufría.
Por primera vez, gritaba de dolor.
Chisiki observó con la vista borrosa y lo entendió: —Ese monstruo tiene un núcleo… Es lo que mantiene todos esos cuerpos unidos.
—¿Entonces Iwamaru puede matarlo?
—preguntó Seita, con voz apagada.
—Sí pero a este ritmo… Él también va a morir.
Un silencio.
Una elección.
—Entonces debemos dejarlo terminar.
—dijo Seita con frialdad.
—¿Qué…?
—Donyoku alzó la voz— ¿Estás loco?
Chisiki lo confirmó con dureza: —Esta vez no hay alternativa.
Es eso… o todos morimos.
Sacrificarlo ahora es necesario.
Donyoku lo miró.
Como si esas palabras fueran una daga clavada en el alma.
—¿Sacrificarlo…?
¿Así piensas cambiar el mundo?
—Donyoku, basta.
Sé que no es lo que queríamos… pero esta vez no hay opción.
—¡Claro que la hay!
¡Salvarlo!
¡Salvarlo es la opción que nadie más en este mundo toma!
Su Shinkon comenzó a activarse.
El aura oscura que brotaba de su espalda era más intensa que nunca.
Una hambre de victoria.
Pero no solo de vencer al enemigo… sino de negarse a abandonar.
—No somos como el Rey.
Ni como el ejército.
¡No lo voy a dejar morir!
Su mirada quemaba.
Y su alma rugía.
Porque por primera vez, Donyoku no luchaba solo por su familia… Luchaba por alguien a quien no pensaba dejar atrás.
— El aire tembló.
Donyoku se alzó entre el polvo, aún sangrando por la herida en su costado.
El dolor no importaba.
La desesperación lo alimentaba más que la lógica.
Saltó.
Una garra lo alcanzó a mitad de trayecto.
Le rasgó el pecho, la carne y quizás algo más adentro.
La sangre voló como una flor maldita abriéndose al cielo.
Pero no se detuvo.
En el aire, sus dagas brillaron como relámpagos.
Y con un solo tajo, le arrancó dos cabezas y tres brazos al monstruo.
La criatura chilló.
Y Donyoku…
rugió.
Sus ojos ya no eran humanos.
La pupila parecía fundida con la oscuridad.
Las dagas vibraban con un Shinkon insaciable.
No eran simples armas.
Eran fauces.
Chisiki observaba desde lejos, con la garganta seca.
—¿Qué… qué está ocurriendo?
¿Esto ya es una pelea o una colisión de monstruos?
Seita apretó los dientes.
—¿Por qué no lo dejó morir…?
Iwamaru sabía lo que estaba haciendo.
Pero Donyoku seguía avanzando.
Mientras tanto, Iwamaru se quebraba por dentro.
Su espalda se arqueaba en espasmos.
Tosía sangre.
Sus brazos crujían al romperse.
Y sus propios Shinigamis los reconstruían sin pausa, como si su cuerpo ya no tuviera voluntad.
Donyoku supo que si no hacía algo, se perdería para siempre.
Se abrió paso a cuchilladas.
El monstruo se retorcía.
Lo arañaba.
Lo quemaba.
Le mostraba visiones distorsionadas.
Pero Donyoku avanzó.
Hasta que llegó a Iwamaru.
—¡Iwamaru!
¡Soy yo!
Pero Iwamaru, controlado por su Hizumi, no lo reconoció.
Lo atacó.
Un tajo casi lo atraviesa.
El monstruo aprovechó el caos.
Se abalanzó como una marea grotesca y derribó a ambos.
Donyoku cayó al suelo.
Sus dagas salieron volando.
Su respiración era un eco roto.
Su mente, una niebla.
Y entonces vio algo peor.
El monstruo estaba absorbiendo a Iwamaru.
Lo estaba tragando.
Su cuerpo desaparecía en capas de carne palpitante.
—¡NO!
—gritó.
Chisiki, desde la distancia: —¡No puedes salvarlo!
¡Vas a morir tú también!
Pero Donyoku no escuchó.
Clavó sus manos desnudas en el monstruo.
No tenía armas.
Solo su voluntad.
Y cada golpe… cada corte con sus propias uñas y huesos… lograba abrirle heridas reales.
Los tres gritaban.
Donyoku.
Iwamaru.
La aberración.
Seita observó en silencio.
Chisiki… no sabía qué decir.
Y fue entonces que todo se detuvo.
Un aura blanca cubrió el campo.
El aire se congeló.
Las partículas de odio se suspendieron.
—Aléjense —dijo una voz.
Era Reiji.
Sus ojos ardían.
Su alma temblaba.
Su Yuino se había activado.
La realidad se quebró a su alrededor.
Y por unos segundos, solo hubo oscuridad.
Él… y la bestia.
Un mundo blanco y negro, donde solo el alma dictaba las reglas.
Reiji caminó.
Su katana estaba desenfundada.
Kokoro no Homura – Daikiri.
El Fuego del Corazón – Corte Mayor.
—Lo siento… Lo siento tanto… —susurró, con lágrimas deslizándose por su rostro.
—Tú no pediste existir.
Tú solo querías dormir… Un solo tajo.
Y el sufrimiento terminó.
Cuando el Yuino se disipó, el silencio fue absoluto.
Reiji permanecía de pie.
Sus hombros caídos.
Su katana bajó.
Su alma… más rota que antes.
Seita había creado una barrera de hielo.
Dentro de ella estaban Donyoku, Iwamaru, Aika y Seimei.
Chisiki aún no entendía del todo lo que acababa de presenciar.
Pero algo estaba claro.
Ese día, todos se rompieron un poco más.
— La habitación aún olía a carne quemada y a desesperación.
Reiji no se había movido.
Sus pupilas apenas enfocaban.
Donyoku estaba en el suelo, sangrando, pero vivo.
Iwamaru apenas respiraba, rodeado por fragmentos de Shinigamis que se disolvían como cenizas.
Seita sostenía la barrera con el poco hielo que le quedaba.
Aika lloraba en silencio mientras intentaba vendar a Seimei.
Chisiki simplemente miraba el vacío.
Como si ese monstruo, aún muerto, siguiera gritándole al oído.
Entonces un crujido.
Las paredes del nivel comenzaron a retraerse.
Músculos… tejidos… cables orgánicos.
Como si la estructura misma del laboratorio los estuviera guiando.
Y una puerta gigante, de acero oxidado y símbolos tallados a mano, se abrió lentamente.
Detrás de ella, un corredor iluminado por luces antinaturales los invitaba a seguir bajando.
Desde los altavoces ocultos en la carne de las paredes, una voz elegante, casi paternal, se filtró con un zumbido artificial: —Felicitaciones.
Han logrado lo que muchos no pudieron.
Reiji apretó su katana.
Reconocía esa voz.
—Dr.
Hinzoku Tsukimura… La voz se rió, suave.
—Oh, me alegra que aún me recuerdes.
Aunque debo admitir que esa escena anterior fue… fascinante.
— Nivel 7 – Laboratorio Principal Tsukimura hablaba mientras ajustaba los controles de una nueva cápsula.
El humanoide blanco, atado a una silla de metal negro, no se movía.
No respiraba.
No temblaba.
Simplemente existía.
—Sabes, Rikuto siempre me decía que la fe era un don… —susurró el doctor, mientras vertía un líquido morado en los tubos del humanoide— Pero yo lo veo más como una trampa.
Sus ojos se movían con frenesí entre pantallas y fórmulas.
Apretaba botones.
Cambiaba cristales.
—La fe… esa necesidad irracional de creer que algo allá arriba se preocupa por ti.
“Dios me ayudará.
Con la bendición de Dios, mañana será mejor.
Todo tiene un propósito divino.” —¿Acaso hay frase más patética que esa?
Su voz se volvió más áspera.
—¡Muéstrame ese Dios!
¡Haz que descienda del cielo, que repare las heridas de los niños quemados por mi experimento!
¡Haz que detenga una guerra, que le devuelva el alma a quienes maté con mis propias manos!
Tsukimura se acercó al humanoide.
Su rostro, cubierto de arrugas y obsesión, se reflejaba en los ojos sin pupilas de la criatura.
—Pero no…
Nadie baja del cielo.
Nadie escucha.
Y nadie responde.
Su voz ahora era un susurro.
—Por eso… si el mundo necesita milagros… yo mismo los crearé.
Crearé divinidades que puedan nacer sin necesitar el permiso de lo divino.
Que no oren.
Que no amen.
Que no duden.
Solo actúen.
Activó una palanca.
El laboratorio tembló.
—Y cuando este… mi próximo dios… abra los ojos… Todo el mundo sabrá que lo divino… nunca fue un regalo.
Fue una maldita mentira.
— La Asamblea Suprema de Estados (A.S.E) convocó una reunión de emergencia.
No hubo debates.
No hubo sonrisas.
No hubo espacio para diplomacia.
Solo miedo.
Los líderes de cada nación escucharon lo impensable: —“Declaramos oficialmente el Estado de Emergencia Mundial (E.E.M).
Según los artículos 9, 12 y 21, todas las naciones deberán activar sus protocolos ofensivos contra las amenazas que alteren el equilibrio existencial del mundo.” Un murmullo atravesó la sala como un filo helado.
Un murmullo… que pronto se volvió un rugido de decisiones apresuradas.
— Hokori — el Reino rebelde, el Reino impuro, el Reino que jamás cayó… Ahora era oficialmente reconocido por la A.S.E como una Entidad Negra.
Una catástrofe…
una amenaza mundial.
—“Una sola nación… ha enfrentado simultáneamente a Sainokuni y al Imperio de Enketsu, y no solo ha resistido.
Ha ganado terreno.
Ha roto tratados.
Ha destruido creencias.” — Sainokuni, el Reino devoto, el Reino que clamaba por Dios, fue declarado derrotado.
Sus tropas dispersas.
Su fe rota.
Su capital rodeada.
— Y entonces… el mundo comenzó a temblar.
El Imperio de Enketsu, al mando del dictador Zanka, activó su Modo Ofensivo Total.
Se decretó el uso permitido de Tsugumono, armas sagradas y experimentación de almas.
— Yukiguni, la Nación del Hielo y los Lamentos, guardó silencio durante horas.
Pero al final… —“Que se preparen.
Si Hokori ha despertado a sus demonios… nosotros abriremos los sepulcros de nuestros antiguos.
Y el mundo volverá a congelarse.” — Kanjō, el archipiélago de las mil mentiras, no tenía ejército, ni héroes, pero tenía algo mejor: dinero, tecnología y espionaje.
Financiaron a la A.S.E en secreto.
Vendieron sus almas… por supervivencia.
— Las Tierras Sagradas de Reimei declararon neutralidad espiritual.
—“Si participamos, esta guerra será santa… Y no habrá salvación para ninguno.” Ni siquiera la A.S.E se atrevió a presionar más.
— Sabaku, el Reino de las Dunas Infinitas, observó en silencio.
Sus embajadores hablaron en voz baja: —“Hokori no pidió nuestra ayuda… Y aún así, sobrevivió.
Ellos no buscan aliados… solo redención.” — Y mientras el mundo se preparaba para lo inevitable… Mientras las capitales reforzaban sus fronteras… Mientras se firmaban tratados oscuros, y se activaban los sellos de armas prohibidas… Una verdad recorría el planeta.
El infierno no estaba por llegar.
El infierno ya había comenzado… y tenía nombre.
Y ese nombre era Hokori.
— Cuando los dioses callan, los hombres crean monstruos.
Y cuando el mundo ya no teme a los monstruos… es porque ha decidido convertirse en uno.
Gracias por adentrarte en este segundo arco, donde la guerra no solo se gesta con espadas, sino con heridas del pasado, decisiones sin retorno… y almas que aún no han elegido de qué lado están.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com