Chi no Yakusoku – El juramento de sangre - Capítulo 43
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- Capítulo 43 - 43 Capitulo 40 - La Fe Construida La Esperanza Destruida
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43: Capitulo 40 – La Fe Construida, La Esperanza Destruida 43: Capitulo 40 – La Fe Construida, La Esperanza Destruida El túnel hacia el Nivel 3 no parecía parte del mismo infierno que los había tragado.
No había gritos.
No había carne latiendo.
No había sangre ni paredes orgánicas.
Solo un aroma cálido, casi celestial.
Lavanda, incienso, tierra húmeda después de la lluvia.
Una fragancia olvidada por los campos de batalla.
Por primera vez en semanas… todos respiraron paz.
Las heridas seguían allí.
El hambre, el miedo, la duda.
Pero… por un instante, el alma no ardía.
Y fue en esa calma que Donyoku cerró los ojos.
— Y no soñó.
No había voces.
No había muerte.
No había infierno.
Solo… vacío.
Él estaba allí, parado en la nada.
Una planicie sin suelo.
Un cielo sin cielo.
Un silencio sin final.
Y al frente, una figura.
No habló.
No respiró.
No se movió.
Era él.
Y no era él.
Tenía su rostro.
Pero no sus ojos.
Tenía su forma.
Pero no su esencia.
Era su alma.
O quizás… lo que quedaba de ella.
— Donyoku no tembló.
No lloró.
Comprendió.
“La forma del alma no es una imagen, es una manifestación del deseo.
Y el mío… es salvarlo todo.
Es poseer el poder… para evitar que los que amo desaparezcan.” Su alma estaba rota.
Pero no por el miedo.
Estaba rota por querer más de lo que le correspondía.
Por desear lo imposible.
Por cargar con una esperanza tan pesada… que su carne ya no podía sostenerla.
— Su alma no le habló.
No lo abrazó.
No lo guio.
Solo lo miró… como esperando el momento en que, finalmente, tendría que reemplazarlo.
— Y al despertar… Donyoku jadeó con fuerza.
Sus ojos abiertos, su respiración temblorosa.
Su cuerpo sudado.
Sus manos crispadas.
Y una sola frase en su mente: “Mi alma no quiere salvarme.
Quiere hacerlo todo por mí.” — El Nivel 3 se abrió ante ellos como si dejaran atrás el infierno… para entrar en un paraíso fingido.
Era un jardín.
Y no uno cualquiera.
Flores perfectamente simétricas.
Árboles sin una sola hoja fuera de lugar.
Césped recién cortado… sin que nadie lo hubiera cortado.
Era hermoso.
Era falso.
Reiji lo supo de inmediato.
No porque entendiera el arte botánico.
Sino porque no podía oír ni un solo insecto.
El jardín no estaba vivo.
Solo existía.
—Esto es… —murmuró Seimei—.
Inquietante.
Y entonces, como si el mismísimo cielo les respondiera con ironía… Rikuto apareció entre las flores.
De pie.
Sonriente.
Las manos a la espalda.
La mirada sin alma.
—¿Qué tal la vista?
Reiji ya había puesto una mano sobre la empuñadura de su katana.
—Felicidades —continuó Rikuto, sin rastro de hostilidad en su voz—.
Son los primeros humanos en destruir una de las creaciones mayores del Doctor Tsukimura.
Los primeros… en llegar tan lejos.
Reiji se tensó.
Estaba agotado.
Su Yuino anterior lo había drenado al borde del colapso.
Chisiki y Seita tampoco estaban en condiciones de luchar.
Incluso Iwamaru apenas podía mantenerse en pie.
—¿Ahora qué?
—dijo Reiji, intentando mantener el tono frío.
—Ahora —respondió Rikuto—, mueren.
Sin más palabras, sus brazos se transformaron.
Cuchillas.
Gigantescas.
Negras como el alma que no tenía.
Vibraban.
Zumbaban.
Y cortaban el aire como si este suplicara por su vida.
Rikuto se lanzó sin previo aviso.
Y Reiji apenas logró bloquear.
Un solo segundo más lento, y su cabeza estaría rodando entre las flores perfectas.
“Si mi katana no fuera un Tsugumono ya estaría muerto.” Pero el cansancio no perdonaba.
Su vista comenzaba a fallar.
Su pulso temblaba.
Y justo cuando Rikuto alzaba ambas cuchillas para asestar el golpe final.
Un aura lo envolvió.
Calma.
Suavidad.
Curación.
Aika.
Despierta.
De pie.
Y su Ketsuhō ardiendo.
Sus ojos estaban empapados en miedo, pero su alma… Su alma estaba en pie.
—No pienso perderlos —murmuró, con una dulzura rota—.
No otra vez.
Una luz blanca envolvió a Reiji.
El cansancio se evaporó.
Sus músculos se llenaron de fuerza.
Sus heridas se cerraron.
Y su corazón… ardía otra vez.
Rikuto dio un paso atrás.
No por temor.
Por curiosidad.
—Interesante… Muy, muy interesante… Un Shinkon curativo.
Un Ketsuhō puro.
Tan escasos como las flores verdaderas en este jardín falso.
Las flores comenzaron a marchitarse.
Una por una.
Como si Aika trajera verdad a un lugar que solo sabía mentir.
Y entonces, la batalla reanudó.
Reiji avanzaba.
Rikuto retrocedía, pero no perdía su sonrisa.
Sus cuchillas chocaban con la katana.
Cada golpe hacía temblar la tierra bajo sus pies.
No eran dos hombres.
Eran dos ideas.
Dos realidades enfrentadas.
La de un humano… que nunca dejó de serlo.
Y la de un monstruo… que había renunciado a ello.
Reiji intentó meterlo en una ilusión.
Fracasó.
Otra vez.
Y otra.
—¿Por qué sigues intentándolo?
—rió Rikuto—.
Ya te dije… no tengo alma que pueda ser engañada.
—No busco engañarte —gruñó Reiji, lanzando una estocada precisa—.
Busco romper la tuya… aunque no exista.
La batalla seguía.
Cada vez más rápida.
Más tensa.
Más salvaje.
Y aunque ninguno cedía… Ambos sabían lo inevitable: Rikuto tendría que eliminar a Aika… o perdería.
Y mientras se relamía con malicia, sus ojos se posaron en ella.
Una sanadora.
Una niña.
Un obstáculo.
Y Reiji lo supo.
La pelea… aún no había comenzado de verdad.
— Reiji cortaba.
Y Rikuto…
sentía.
Un tajo en el pecho.
Una estocada en el muslo.
Un corte limpio en el brazo derecho.
Sangre.
Dolor.
Humillación.
Todo lo que un humano evitaría a toda costa, Rikuto comenzaba a experimentarlo.
Y por primera vez en su existencia… No lo comprendía.
Sus piernas temblaban.
Su garganta quemaba.
El ardor en sus heridas no cesaba.
“¿Por qué… por qué duele tanto…?” Sus pensamientos eran nublados por una niebla caliente de emociones sin nombre.
No eran datos.
No eran estímulos químicos.
No eran simulaciones cerebrales.
Eran reales.
—¡Tú no entiendes nada!
—gritó Rikuto, mientras caía de rodillas, cubriéndose el rostro.
Reiji lo miraba, jadeante, pero aún en guardia.
No por misericordia.
Sino porque… Rikuto lloraba.
Y no como alguien que imita el llanto.
No como un ente que aprendió a producir lágrimas por condicionamiento.
Lloraba como quien no entiende por qué le duele el mundo.
—No fui creado para esto… —murmuró Rikuto, su voz partida como vidrio roto—.
Soy un experimento.
Un número.
Un intento.
Las cuchillas de sus brazos comenzaron a vibrar.
Su piel se agrietaba como porcelana quemada.
—Fui diseñado para ayudar.
No para sentir.
No para tener miedo.
No para preguntarme por qué nadie me explicó lo que significa estar vivo… Reiji tragó saliva.
El dolor en Rikuto no era rabia.
Era otra cosa.
Era un eco.
Uno que él mismo conocía.
“Ese grito… no es de un enemigo.
Es de alguien que nació sin haberlo pedido…” Y fue entonces cuando ocurrió.
Una chispa.
Un murmullo.
Una grieta.
Algo dentro de Rikuto se encendió.
—Tal vez… —dijo mientras se levantaba, con el rostro empapado en llanto—.Tal vez si no tengo alma… La de Tsukimura fue puesta en mí.
Y con esa frase…
El cambio comenzó.
Sus huesos crujieron.
Su cuerpo se endureció.
La sangre que brotaba se detuvo, y sus heridas comenzaron a cerrarse…
pero no con curación, sino con mutación.
—No soy un dios.
No soy humano.
Soy el error que se niega a morir.
—¡REIJI, CUIDADO!
—gritó Aika.
Del lomo de Rikuto brotaron más de cien cuchillas, delgadas como agujas, largas como lanzas.
Se curvaban como ramas podridas, y giraban como hélices demoníacas.
Rikuto ya no era un asistente.
Era una creación viviente que acababa de reclamar su lugar en el mundo.
—No fui creado para luchar —dijo entre sollozos—.
Pero si el dolor me vuelve real… ¡Entonces haré sufrir hasta que alguien me diga que soy humano!
Reiji dio un paso atrás, apretó los dientes… Y su katana ardió como si respondiera al odio de ambos.
“No es solo un experimento… Es alguien que eligió sufrir para sentir.” Pero el campo de batalla no espera comprensión.
Rikuto alzó sus cien cuchillas.
Y Reiji ya no podía permitirse dudar.
La siguiente batalla… había comenzado.
— En las ruinas aún vivas de Sainokuni… el silencio parecía querer gritar.
Y dos destinos… se encontraron por fin.
Fue entonces cuando chocaron.
Las dos espadas se encontraron en el aire como si se buscaran desde otra vida.
Pero no fue un cruce… Fue un abrazo de acero.
Uno que no traía paz, sino destrucción.
Kenshiro Gai retrocedió un paso.
Solo uno.
Pero bastó para hacer crujir el suelo como si el mundo dudara de su firmeza.
Shinsei Kōji no esperó.
Saltó.
Y con un solo corte, partió en dos una casa entera.
Los restos volaron en silencio, como si incluso el viento temiera interrumpirlos.
El cielo estaba gris.
Pero la batalla ardía con un calor antiguo, uno que solo despierta cuando dos monstruos… se reconocen.
Kenshiro Gai dejó salir un suspiro.
No de fatiga, sino de certeza.
Y entonces, su Shinkon estalló.
Desde la retaguardia, el Capitán Sazanami lo observó, susurrando el nombre que solo unos pocos tenían el valor de pronunciar: —Seijū no Tate… El Escudo de la Bestia Sagrada.
Un Shinkon dividido en dos voluntades: Modo Defensivo: Lo transformaba en una muralla viviente, capaz de resistir ataques que desafiaban las leyes de la física, de la lógica… y del alma misma.
Golpes divinos, cortes dimensionales, maldiciones grabadas con odio… Nada lo derribaba.
Modo Ofensivo: Su espada podía cortar lo que existía… y lo que no.
Cuerpos, espíritus, recuerdos.
Si algo podía ser partido… Kenshiro lo partiría.
Frente a eso… Shinsei Kōji, el Elegido por Dios, sonreía con rabia contenida.
Sus cortes marcaban el aire con trazos de luz sagrada.
Cada golpe suyo desaparecía lo que tocaba.
Un tejado.
Un árbol.
Una fuente.
Pero no a Kenshiro.
No importaba cuán profunda fuera la herida… Kenshiro permanecía de pie.
Como una maldición viva.
Como el testigo de todas las guerras que no debieron existir.
Shinsei jadeaba.
La ira apretaba sus dientes.
El miedo comenzaba a asomarse como un ladrón en la noche.
—Gracias… —dijo con voz rota— Gracias por tomarme en serio.
Por no subestimarme.
Kenshiro no respondió.
Solo lo miró con esos ojos que no necesitaban palabras.
Porque los hombres como él… no hablan con dioses.
Hablan con la guerra.
Shinsei gritó como un fanático.
Activó su poder una vez más, su espada sagrada brilló con la furia de los mil rezos perdidos.
Pero Kenshiro avanzó.
Como una tormenta sin truenos.
Como un juicio sin juez.
Como el único muro que jamás fue conquistado.
La batalla… recién comenzaba.
— Los estruendos de la guerra en la superficie se escuchaban como tambores lejanos.
El laboratorio central de Sainokuni, oculto en las entrañas del mundo, vibraba lentamente.
Incluso aquel jardín marchito del nivel 3, tan sereno en apariencia, parecía encogerse ante el eco de la destrucción.
Allí, aún se libraba otra guerra.
Más silenciosa.
Más íntima.
Más cruel.
Reiji y Rikuto continuaban.
Uno como humano.
El otro…
como algo que quiso serlo.
El combate ya no era solo físico.
Los cortes de Reiji no solo rasgaban carne: atravesaban mente, alma…
y aquello que Rikuto creía tener pero nunca comprendió.
El Shinkon de Reiji, al fin, comenzaba a florecer en plenitud.
Una habilidad que invocaba la verdad escondida del alma, exponiéndola.
Reflejando debilidades.
Corrompiendo certezas.
Rikuto comenzaba a dudar de sí mismo…
y eso, lo volvía más humano.
Y sin embargo, esa misma humanidad lo hacía sufrir.
Entre los cortes, los gritos, los colapsos, los ojos de Rikuto se llenaban de lágrimas que no sabía si eran reales o parte de la ilusión.
— En el nivel 7, donde la ciencia se confundía con la blasfemia… Tsukimura observaba.
Rodeado de documentos manchados, bisturís oxidados y pantallas que parpadeaban como delirios de un mundo roto, el doctor alzó uno de los papeles con manos temblorosas.
Estaba arrugado.
Rasgado.
Cubierto de sangre seca.
Y sin embargo, el título seguía claro como una maldición: Cómo Crear el Núcleo Divino.
—Al fin… —susurró el científico.
Desde una cápsula cubierta por una membrana carmesí, brotó una esfera.
Pequeña.
Azul.
Inquieta.
Como si su misma existencia rechazara el espacio que la contenía.
Tsukimura se acercó al cuerpo del humanoide, que yacía inmóvil.
Le abrió el pecho como si desarmara una muñeca rota.
Sin temblar.
Sin dudar.
Sin rezar.
Insertó el núcleo.
El cuerpo del humanoide comenzó a retorcerse.
Pero no gritó.
Solo se movía como si algo dentro de él se estuviera desmoronando y reconstruyendo al mismo tiempo.
Como si estuviera naciendo… Y muriendo.
Tsukimura lo observó, fascinado.
—Este núcleo no es un Shinkon… no necesita alma, ni juicio, ni deseo.
Es escencia divina.
Una forma pura, oscilante.
Ni buena, ni malvada.
Solo poder.
Una anomalía… Como los Portadores Bendecidos, esos fenómenos que escapan a la lógica.
La escencia le daría al humanoide estabilidad y la capacidad de contener el poder de un dios… sin alma que interfiera.
Sin dudas.
Sin miedo.
Sin errores.
Tsukimura sonrió.
—Shinsei… si tú llegas a tocar esta escencia, podrías morir en el intento.
Pero si la asimilas… Podrías romper el límite humano.
El humanoide dejó de moverse.
Un leve resplandor azul comenzó a expandirse desde su pecho.
Sus venas se iluminaron.
Sus ojos, que no existían, parecían estar formándose.
Aquel ser… ya no era un experimento.
Era una promesa.
Una promesa de destrucción.
— Un destello azul lo cubrió todo.
No fue luz…
Fue presencia.
El humanoide se incorporó lentamente, como si la gravedad misma se negara a permitir su nacimiento.
Ya no era una criatura.
Ya no era un experimento.
Era un dios.
Su silueta era perfecta, carente de ojos, de boca, de emociones…
Pero su mera existencia provocaba escalofríos en la realidad.
Tsukimura no lo miraba como quien contempla una obra maestra, ni como un padre que ve a su hijo caminar por primera vez.
Lo miraba como un arquitecto observa un edificio que desafía la física.
—No necesitas hablar.
No necesitas leer.
No necesitas entender…
—dijo con calma.
Le había instalado un solo propósito: crear o destruir.
Y le quitó una de las funciones más absurdas que, según él, se le habían atribuido a las deidades a lo largo de la historia: Observar sin intervenir.
—Los dioses de antes eran estatuas.
Ídolos mudos.
Tú no.
Tú actuarás.
Tú…
marcarás el nuevo origen.
El humanoide dio un paso.
El suelo se quebró.
Los muros se marchitaron.
Una terminal de datos que mostraba archivos de investigación se volvió polvo.
Y segundos después… esos archivos se reescribieron.
La máquina volvió a nacer.
Era el ciclo de la creación y la destrucción.
En tiempo real.
Sin alma.
Sin culpa.
Tsukimura esbozó una sonrisa, aunque no de alegría.
Era satisfacción pura.
Fría.
Técnica.
Absoluta.
—Ya no necesitamos símbolos que cuelguen de cruces ni palabras que se pudran en templos… Crearemos nuestra propia fe.
Una fe sin rezos.
Una fe sin piedad.
Una fe que no le debe nada al cielo.
El laboratorio tembló ligeramente.
No por una falla estructural.
Sino por la presencia divina de algo que no debería existir.
Y aún así… Existía.
Tsukimura colocó una mano sobre un altar metálico.
—La humanidad cambiará…
Y esta vez, no por esperanza, sino por miedo.
Porque ya no creerán en un dios para sentirse amados.
Creerán para no ser destruidos.
— Y así, mientras el acero de los hombres chocaba con la voluntad de los dioses, y las almas frágiles intentaban romper los hilos del destino en lo más profundo de la tierra, un dios sin fe despertaba, no para salvar el mundo sino para reclamarlo.
Gracias por adentrarte en este segundo arco, donde la guerra no solo se gesta con espadas, sino con heridas del pasado, decisiones sin retorno… y almas que aún no han elegido de qué lado están.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com