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Chi no Yakusoku – El juramento de sangre - Capítulo 44

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  4. Capítulo 44 - 44 Capitulo 41 - La Esperanza Se Moldea
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44: Capitulo 41 – La Esperanza Se Moldea 44: Capitulo 41 – La Esperanza Se Moldea El aire se tornó denso.

Reiji alzó la vista y lo sintió: Esa presencia… no pertenecía a este mundo.

El mundo se había roto, pensó.

El nacimiento de un nuevo Dios…

Una fe moldeada no por creencias, sino por manos humanas.

Una deidad sin alma, sin juicio…

No sería piadosa, ni justa, ni cruel.

Simplemente sería.

—Fallamos —susurró Reiji.

Rikuto también lo sintió.

El instante en que el “Dios” abrió los ojos, su propósito había sido sellado.

Él, el experimento 0, ya no era necesario.

Sin dudarlo, Rikuto se abalanzó como una hoja rota por la corriente, buscando cumplir la única razón que le quedaba.

Pero Reiji lo esperaba.

Con precisión quirúrgica, bloqueó el ataque, giró su katana con una elegancia salvaje y, antes de que Rikuto pudiera reaccionar, lo desequilibró.

El suelo desapareció bajo sus pies… Y la hoja de Kokoro no Homura atravesó su pecho como una sentencia.

Rikuto escupió sangre.

Un pulmón colapsado.

Cada respiro era un suplicio, cada pensamiento, una confesión.

“Soy reemplazable”, pensó, “una herramienta construida para morir…

por algo en lo que nunca creí.” Qué trágico.

Qué humano.

Reiji, con el ceño fruncido, le devolvió la mirada.

Sin piedad.

Sin gloria.

Solo deber.

—Descansa.

Lo sumergió en una última ilusión.

Pero no de dolor… En ella, Rikuto era un niño que reía bajo la lluvia.

Un joven enamorado.

Un adulto que lloraba por nostalgia, no por programación.

Un hombre por fin.

En ese último suspiro, antes de que la cabeza cayera, Rikuto sonrió.

Por primera vez… comprendió.

Y entonces, murió como lo que nunca fue: un ser humano.

— Los pasos resonaron como una sentencia.

Tsukimura, el infame “Creador de Nada”, descendía al nivel 3.

Silencio absoluto.

El jardín muerto lo recibía como si supiera que el mundo acababa de cambiar.

Reiji alzó la mirada, apenas pudiendo mantenerse en pie.

—Vaya… al fin lo lograste, ¿no?

—dijo con una mueca amarga—.

El Creador de Nada… por fin dio forma a su deseo.

Aunque quizá, también sea tu último.

Tsukimura no respondió.

Solo bajó los ojos y observó el cadáver de Rikuto.

—Tan inútil hasta el final… —murmuró, apenas audible.

Una sonrisa torcida se dibujó en su rostro, y sus ojos, vacíos de pena, parpadearon como si apenas valiera la pena lamentarse.

—¿¡Ni siquiera vas a respetar su muerte!?

—le gritó Aika, con un temblor de rabia en cada palabra.

Su expresión no era solo dolor.

Era odio.

Puro y ardiente.

—¿Respeto?

—repitió Tsukimura con un aire desganado—.

¿Y eso acaso le devolverá la vida?

Ya está muerto.

Lo que todos seremos tarde o temprano.

Solo que él…

fue más rápido.

Nada más.

—¡Eres un monstruo!

—No, niña —respondió sin inmutarse—.

Yo solo soy un humano que dejó de creer en humanos.

Entonces, una sombra cayó sobre todos.

Una figura avanzaba detrás de Tsukimura.

El Dios.

Silencioso, sin emociones.

Un cuerpo humanoide perfecto, de aspecto blanco y sin rasgos definidos, como si el alma no hubiera querido habitarlo.

Avanzó lentamente hacia Reiji.

Este, por reflejo, levantó su katana y lanzó un corte.

Pero el Dios no esquivó.

Solo estiró un dedo…

Y lo posó sobre el pecho de Reiji, apenas un roce.

¡Ghh…!

Reiji cayó de rodillas, escupiendo sangre en un chorro violento.

Sus pulmones ardían.

Algo dentro de él…

ya no estaba.

—Reiji…

—susurró Aika, corriendo a su lado.

Tsukimura, entre risas suaves, observaba con fascinación infantil.

—Es inútil, ¿no lo entienden?

Él no necesita destruir para matar.

Solo…

reemplazar.

Ese dedo ya supo cómo dañar.

Ahora sabrá cómo evitarlo.

Se giró hacia todos, aún con los ojos en su creación.

—Cada segundo que pasa…

aprende.

No razona como nosotros.

No llora, no ríe, no se enfurece.

Solo…

asimila.

¿No es hermoso?

No necesitó que le enseñara nada.

Porque las enseñanzas humanas…

son tan limitadas como absurdas.

El Dios comenzó a ascender por la escalera de carne, los pies ni siquiera tocaban el suelo.

Solo subía, como si el mundo no le concerniera.

Tsukimura, satisfecho, se ajustó los guantes manchados de tinta y sangre.

—Si quieren seguirlo, mueran con orgullo.

Pero si no escapan ahora…

este ser vivo que llaman “laboratorio” se los tragará.

Y sin decir más, desapareció entre sombras, como si ya no tuviera nada más que decir…

ni que temer.

— Kenshiro Gai y Shinsei Kōji.

Un muro imposible de quebrar… Contra una voluntad que negaba ser tocada.

La tierra temblaba bajo sus pies.

Los soldados, desde lejos, no parpadeaban.

No respiraban.

Sabían que incluso un suspiro mal puesto podría hacerlos desaparecer.

Era más que una batalla.

Era un choque de dos almas… que jamás conocieron la palabra rendición.

Kenshiro se movía como una muralla viviente.

Su Shinkon —esa colosal entidad dividida entre defensa total y ofensiva absoluta— lo volvía invencible, pero lento.

Shinsei era veloz, elegante, casi celestial… pero comenzaba a desgastarse.

Cada corte que lanzaba desaparecía el entorno, el aire mismo, las casas, el suelo… Pero no a Kenshiro.

Kenshiro no desaparecía.

Kenshiro se quedaba.

Y ese era su mayor poder.

Una estocada de Shinsei le arrancó un corte en el hombro.

Kenshiro respondió con una tajada que cruzó media calle, rompiendo el concreto y partiendo una torre cercana.

Ambos retrocedieron un paso.

Ambos sangraban.

Ambos… aún estaban de pie.

Las espadas chocaban como si buscaran destrozar el alma del otro.

Como si la fe y la razón ya no importaran.

Solo quién caería último.

De pronto… Shinsei se detuvo.

Solo un segundo.

Un aroma lo atravesó.

Sangre, sudor, humo… Y algo más.

El olor de la infancia.

Su cabeza palpitó.

Sus pensamientos colapsaron en un solo recuerdo.

— Años atrás.

Un niño sin nombre.

Sin gloria.

Escondido detrás de una vieja estatua en el trono de un reino colapsado.

Los soldados gritaban.

Los nobles ardían.

El Rey había caído… Su cabeza rodó tras el filo de la katana de Reiji Mikazuki, el demonio que redujo a Sainokuni en un solo invierno de sangre.

Reiji lo encontró allí.

Temblando.

Mirándolo con unos ojos que no mostraban compasión… solo destino.

—Tú —dijo Reiji, sin emoción—.

Eres el nuevo Rey.

Le colocó la corona manchada.

Y lo dejó allí… parado entre las ruinas del trono.

Solo.

Inexplicablemente… coronado.

No entendía nada.

No sabía nada.

Solo lloró esa noche, no por miedo… Sino por confusión.

Porque alguien, el hombre que destruyó su nación, lo había señalado como símbolo del futuro.

Como si la destrucción hubiera elegido… algo digno de sobrevivir.

Días después, su Shinkon despertó.

No gritó.

No rugió.

Habló.

Una voz dentro de su cabeza.

Una entidad que le dijo que los dioses no elegían por misericordia, sino por necesidad.

Que él sería su encarnación.

Desde ese instante, Shinsei comprendió algo.

No tenía que rezarle a un dios.

Tenía que convertirse en uno.

Pero su cuerpo no era suficiente.

Su alma tampoco.

Así que nació su objetivo: Construir una entidad que sobrepase las leyes humanas.

Crear algo que no fuera bueno ni malo, solo… divino.

Dominar el alma humana.

Doblegar la fe.

Y probar que hasta lo sagrado puede ser diseñado por un mortal.

— Volviendo al presente, Kenshiro no perdió el ritmo.

Cortó el aire.

Shinsei apenas lo bloqueó.

El suelo se resquebrajaba.

Las paredes de la capital crujían como si quisieran huir.

Shinsei comenzó a respirar más rápido.

Su visión se nublaba.

Y aún así… No retrocedió.

Ambos lo sabían.

Esta no era solo una guerra.

Era el choque de dos titanes.

Y ninguno… estaba dispuesto a ceder.

— Kenshiro y Shinsei… Ambos detuvieron sus espadas al mismo tiempo.

Sintieron algo.

Una presión…

Una existencia que no debería estar caminando sobre esta tierra.

Desde lo más profundo del laboratorio subterráneo… El Dios artificial había despertado.

Y ahora… Caminaba.

No por propósito.

No por fe.

No por venganza.

Simplemente… caminaba.

Todo lo que tocaba se deshacía en cenizas y nacía en estructuras nuevas: árboles deformes, flores que lloraban sangre, casas fusionadas con carne.

No había lógica.

Solo un ciclo imperfecto de creación y destrucción.

No salvaba a los heridos.

No castigaba a los culpables.

No perdonaba a los que rezaban.

Solo era.

Un impulso surgió en su núcleo: “Eliminar a quienes distorsionan el equilibrio.” Su conciencia primitiva empezaba a construir pensamientos.

Y su lógica —pura, sin moral— determinaba que los humanos eran una raza que ensuciaba más de lo que creaba.

Soldados intentaron detenerlo.

Dispararon, gritaron, suplicaron.

Pero con cada paso del dios, ellos simplemente… Estallaban en mil fragmentos.

Y renacían, pequeños, bebés sin alma, cuerpos sin voluntad, con miradas vacías bajo su control.

No eran humanos.

Eran reconstrucciones… sin alma.

Porque él, el dios… aún no conocía qué era eso.

— Shinsei lo vio y sonrió.

—Lo logramos —murmuró con voz quebrada—.

El experimento fue un éxito.

Y sus pensamientos se aceleraron.

“¿Cómo puedo absorberlo?

¿O tal vez…

debo hacer que me absorba?” Su corazón latía como nunca.

Esa entidad era la encarnación de lo que había perseguido por veinte años.

La fe que podía ser diseñada.

La divinidad que podía ser manipulada.

La victoria sobre los cielos.

— Kenshiro, aún con su espada en mano, dio un paso al frente.

—¿Qué es eso?

—murmuró, sin bajar la guardia.

Pero antes de que pudiera obtener una respuesta, Shinsei se giró hacia él con una mirada llena de locura y determinación.

—Eso, Kenshiro…

es lo que siempre debió gobernarnos.

Y yo…

me volveré uno con él.

Kenshiro apenas pudo prepararse.

Atacó.

Pero el Dios artificial no se defendió.

Solo asimiló el corte.

Lo entendió.

Lo descompuso.

Lo archivó.

Y luego… Se volvió viento.

Kenshiro fue impulsado hacia atrás.

Su espada tembló.

El Dios no reaccionaba con dolor.

No bloqueaba.

No evadía.

Absorbía.

Comprendía.

Reconstruía.

Incluso los gritos de los soldados, el sufrimiento del campo de batalla, la desesperación en los corazones… Todo fue asimilado como datos.

Una inteligencia sin alma.

Un símbolo sin moral.

Un dios sin cielo… Que había comenzado a caminar.

— Shinsei estaba paralizado.

No por miedo, sino por ignorancia.

No sabía cómo absorber a un Dios.

Sus planes, sus rezos, sus años de fe y conspiración…

no le dieron las instrucciones para esto.

Frente a él, la divinidad recién nacida reconstruía la capital como si fuera arcilla húmeda.

Las casas colapsaban.

Las calles desaparecían.

Los árboles lloraban savia negra.

Y segundos después…

todo volvía a nacer.

Kenshiro tampoco sabía si atacar.

Esa cosa no era humana.

Tampoco era una bestia.

Era una decisión viva.

Una entidad sin rostro que caminaba como quien no distingue el bien del mal.

Solo actúa.

— Muy lejos de allí, en las profundidades aún no liberadas del todo…

El laboratorio o más bien, el ser viviente en forma de laboratorio se retorcía.

Lloraba.

Reía.

Gritaba.

Las paredes temblaban.

Las escaleras se derretían.

El techo caía.

Era como si su alma… estuviera colapsando.

Chisiki estaba de rodillas.

Temblaba.

—Una sola oportunidad… —murmuró con voz temblorosa.

Aika, a su lado, activó su shinkon, curando sus heridas, reforzando su cuerpo.

Reiji, desde el otro lado, lo ayudaba como podía: Invocando una ilusión que lo calmara, lo mantuviera consciente dentro del caos.

Y entonces… algo dentro de Chisiki se quebró.

Pero no fue miedo.

Fue comprensión.

Su cuerpo se iluminó.

El tiempo se detuvo por un instante.

Y de su pecho, como si desgarrara la realidad misma… brotó su Yuino.

Una distorsión negra y púrpura se abrió como un gran vórtice en el aire.

Un portal.

No era una puerta común.

Era una rendija entre este mundo y la abstracción, un hueco en la lógica.

Y por ella podían escapar.

Pero el laboratorio no quería dejarlos ir.

No era solo un lugar.

No era solo un ser.

Era un niño atrapado en la piel de un monstruo.

Sus gritos eran los de un alma abandonada.

Donyoku fue el último en mirar atrás.

Sus ojos no mostraban odio.

Mostraban compasión.

—Eso no era un simple monstruo—susurró—.

Pero tampoco era libre.

Y así, todos cruzaron.

— El vórtice los escupió frente a las murallas del ejército hokoriano.

Soldados de la división de Kenshiro los apuntaron de inmediato, confundidos, en pánico.

Otros simplemente los miraban en silencio, sin comprender.

Y entonces… Lo vieron.

Desde lo alto de la capital, entre las torres deformes y la arquitectura viva… La figura divina caminaba.

No con majestuosidad.

No con gloria.

Sino con una calma… aterradora.

Un nuevo Dios acababa de comenzar a caminar.

Y el mundo ya no volvería a ser el mismo.

— Tsukimura reía.

No era una risa común.

No era alegría.

Era una carcajada de quien ya no puede llorar.

Sabía lo que había hecho.

Sabía que aquel Dios, si seguía asimilando… podría rehacer el mundo.

No como un paraíso, no como una promesa… Sino como una prisión perfecta.

Una jaula sin barrotes, donde nadie sufriera, porque nadie sentiría.

—Al fin… —murmuró Tsukimura, con los ojos abiertos de par en par— el mundo sabrá lo que es un verdadero Dios.

Todos serán parte de él.

Todos serán Nada.

Y la Nada… será Todos.

Su cuerpo temblaba por la emoción.

Estaba aterrado.

Pero más que eso… estaba satisfecho.

— En la capital… Shinsei permanecía quieto.

Su shinkon, desde lo más profundo de su conciencia, le susurraba: —Deja que se infunda en ti… Entrégate… Fúndete con la divinidad… Conviértete en la voz que guíe su poder… Shinsei cerró los ojos.

Por primera vez… dudó.

—¿Y si eso no es ascender… sino rendirse?

El tono del shinkon cambió.

Ya no era voz.

Era un eco frío, como una mentira disfrazada de profecía.

Shinsei lo notó.

Ya no sabía si hablaba su poder… o su locura.

Kenshiro, desde la distancia, lo observaba.

Sabía que algo ocurría en su interior, pero no podía oírlo.

No podía detenerlo.

Y en ese momento… el Dios se movió.

— No caminó.

Fluyó.

Las piedras se partieron.

Las columnas se deshicieron.

Las estructuras colapsaron… solo para volver a surgir bajo una lógica distinta.

Una capital sin puertas, sin ventanas.

Una prisión hermosa, perfecta, indolora.

Reiji, con las fuerzas que aún tenía, gritó a los suyos: —¡¡Refuercen las barreras!!

¡¡AHORA!!

Los hechiceros y usuarios de Shinkon de defensa actuaron de inmediato.

Sellos espirituales fueron grabados en el aire.

Muros de energía envolvieron la ciudad.

Y por un segundo… pareció funcionar.

Pero el Dios los miró.

Solo los miró.

Y la barrera se disolvió.

No la rompió.

La deshizo.

Como si nunca hubiera estado ahí.

Varios soldados de Kenshiro intentaron cargar contra él con todo el poder que les quedaba.

Ni uno solo llegó a tocarlo.

Una barrera translúcida los repelió con una fuerza invisible.

Uno explotó en sangre.

Otro…

renació.

Era un perro.

En sus ojos, no había alma.

Solo obediencia vacía.

— La figura divina continuó avanzando.

Sin apurarse.

Sin detenerse.

Sin mirar atrás.

Reiji lo entendió entonces: Ese ser no estaba caminando hacia el fin del mundo.

Él era el fin.

— Cuando los dioses caminan entre los hombres, no traen esperanza… traen silencio.

Porque incluso la fe tiembla, cuando la Nada comienza a tener forma.

Gracias por adentrarte en este segundo arco, donde la guerra no solo se gesta con espadas, sino con heridas del pasado, decisiones sin retorno… y almas que aún no han elegido de qué lado están.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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