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Chi no Yakusoku – El juramento de sangre - Capítulo 45

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  4. Capítulo 45 - 45 Capitulo 42 - El Dios Que Nadie Espero
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45: Capitulo 42 – El Dios Que Nadie Espero 45: Capitulo 42 – El Dios Que Nadie Espero Las naciones se movían.

Cada frontera era ahora un umbral hacia la incertidumbre.

Los ejércitos se alistaban, los cañones apuntaban, los portaestandartes temblaban ante la orden de marchar.

Algunas naciones titubeaban.

Otras simplemente avanzaban sin cuestionar.

Pero ninguna…

absolutamente ninguna, comprendía lo que estaba por ocurrir.

Los rumores comenzaron como ecos entre desiertos y selvas, entre islas lejanas y ciudades en ruinas.

Nadie sabía si era una broma cruel o un error de interpretación.

Hasta que llegaron a la Asamblea Suprema de Estados.

Silencio.

El mismo aire de aquella sala diplomática pareció detenerse cuando los informes fueron leídos.

—Dios ha sido…

reemplazado —fue lo que dijeron.

Una divinidad artificial, una entidad perfecta, una presencia imposible de definir con lógica o creencia.

No hablaba.

No juzgaba.

No salvaba.

Solo…

era.

Y su existencia burlaba toda comprensión humana.

Desde Hokori y Sabaku llegaron los primeros análisis.

Aquello no era una deidad.

No era una aberración común.

Según sus científicos y chamanes, si aquello continuaba expandiéndose, el equilibrio del mundo colapsaría desde su raíz espiritual y social.

Un solo término fue registrado en los informes secretos de la A.S.E: Entidad Negra.

No una común.

Sino la más devastadora de todas.

No por su fuerza física.

Sino por su simbolismo.

Si el mundo se enteraba que su fe había sido reemplazada por un ser creado…

entonces no habría batallas, habría suicidios colectivos, guerras internas, caos ideológico, religiones extintas en una sola noche.

Pero como todo lo que trasciende el alma, no todos creyeron.

El Rey de Kaigen leyó los informes, y estalló en carcajadas que hicieron eco entre las paredes de su castillo.

—¿Un Dios artificial?

¡Patrañas!

¡Ni siquiera el Rey Segador o las bestias de las Tierras Prohibidas han alcanzado esa categoría!

—bramó, mientras arrojaba las hojas al fuego—.

Esto es otro teatro de Hokori, una trampa para evitar la intervención global.

¡Y caer en ella sería la verdadera blasfemia!

Y entonces, sin saberlo…

dio la orden que condenaría a miles.

Las tropas se movilizaron.

La historia avanzaba.

Y el “Dios” seguía caminando.

— El “Dios” comenzó a asimilar más rápido.

Cada segundo era un nuevo despertar para esa entidad.

Cada paso, un nuevo idioma que aprendía sin estudiarlo.

Cada aliento, un nuevo sistema moral que destruía y reemplazaba.

Los ejércitos…

…perecían como hormigas bajo el sol.

Ni los más fuertes resistían más de un parpadeo.

La batalla entre Kenshiro y Shinsei quedó suspendida en una verdad que ni la sangre podía negar: era una estupidez seguir peleando.

Ambos lo comprendieron.

Y aunque sus convicciones eran distintas, sus cuerpos sabían que no estaban ante un enemigo.

Estaban ante el resultado final de todo lo que la humanidad no debió intentar.

Shinsei, que había gritado ser el Elegido por Dios durante media vida…

…comenzó a reírse solo.

Un temblor nervioso.

Una carcajada que se convertía en gritos de angustia.

No era por miedo…

Era por impotencia.

—¡No puedo asimilarlo!

¡Ni siquiera puedo entenderlo!

—rugía mientras su espada, ahora inútil, temblaba en su mano.

Y tenía razón.

Nadie…

nadie comprendía qué era eso.

Ni Kenshiro con su fuerza de leyenda.

Ni Reiji con sus ilusiones de alma.

Ni siquiera Tsukimura, el Creador de Nada.

Porque eso…

eso ya no era creación.

Era resultado.

El deseo acumulado de la humanidad, durante milenios, de querer tocar lo divino.

De querer ver a un dios.

De querer crear su propio salvador.

Pero ese deseo…

se salió de control.

Y ahora la humanidad no solo vería a su Dios, sino que sería reconstruida por él…

Sin fe.

Sin libre albedrío.

Sin alma.

Donyoku observaba con la mirada vacía, incapaz de comprender el peso de esa existencia.

Chisiki, tan lógico, no encontraba fórmula, ni ley, ni distorsión que pudiera siquiera describirlo.

Seita…

se quedó en silencio, sabiendo que acercarse significaría desaparecer.

No morir.

Desaparecer.

Y en una calle, entre los escombros de la capital ya reconstruida veinte veces por la voluntad del “Dios”, unos niños levantaron la vista.

Lo vieron.

Radiante.

Blanco.

Inerte.

Silencioso.

Perfecto.

—¿Mamá…?

—preguntó uno de ellos—.

¿Es él…?

¿Es el salvador…?

¿Vino a perdonar a los buenos y castigar a los malvados?

La madre, temblando, abrazó a su hijo.

Y con la voz quebrada, respondió sin mentiras: —No, hijo…

Eso no es un dios.

Es una condena disfrazada de piedad.

— Desde lo alto de unas colinas secas, cubiertas por la sangre vieja de batallas pasadas y el eco de voces que nunca volverían, Setsura Kaname observaba en silencio.

Sus ojos de hielo ya no analizaban posibles acuerdos.

No había más cláusulas, ni términos.

Solo un abismo blanco caminando sobre el mundo.

Sabía que había detenido a un demonio.

Pero también sabía que no se puede negociar con una divinidad.

Y fue allí, mientras la luz de aquel ser artificial teñía las nubes, que rompió su Pacto con Yodaku, declarando oficialmente la rendición de Sainokuni.

Porque si no lo hacía…

ambos serían arrastrados al juicio eterno de su propio Shinkon.

A kilómetros de allí, en el mismo pueblo que Setsura había usado como cárcel, Yodaku sintió cómo su cuerpo se descomprimía.

Por primera vez en días…

Pudo respirar sin que la muerte le apretara los pulmones.

Pero su alivio…

Duraría menos que un suspiro.

Tres siluetas caminaban entre las ruinas del pueblo, como si pasearan por un festival.

Uno de ellos hablaba con una voz burlona, casi cantarina, diciendo cosas como: —Dios ha llegado…

O…

tal vez…

Dios ha muerto.

Sí, sí…

nosotros lo matamos.

Y ahora…

solo queda una imperfección divina.

Yodaku se adelantó, bloqueándoles el paso.

El rostro del que hablaba le resultaba vagamente familiar…

Y al fijarse bien…

No lo podía creer.

—¿Shirota Karakuri…?

¿Qué demonios haces aquí?

Shirota lo miró con una sonrisa torcida, con esa energía suya entre bufón, profeta y loco escapado de una obra trágica.

—¿Aquí?

Oh, pues…

los pecadores como yo solemos seguir el olor a castigo divino.

¿Y qué mejor lugar para eso que la tierra donde el mismísimo “Dios” camina?

Se acercó, mirándolo a los ojos con descaro.

—Dicen que vino a castigarnos, ¿no?

Que por nuestros pecados…

Aunque sinceramente, no sé cuál es peor…

¿El pecado…

o creer que un Dios puede juzgarnos?

Yodaku frunció el ceño.

—¿Cómo sabes todo eso…?

Nadie fuera del laboratorio debería saberlo.

Shirota le lanzó una risa sarcástica y alzó ambos brazos teatralmente.

—¡Oh, vamos!

¡Cuando los mercados se elevan más que mi nivel de estupidez, sabes que un milagro ha ocurrido!

—…

—Así es, Verdugo.

Dios ha llegado.

Pero no el que pedimos.

No el que rezamos.

Sino el que creamos.

Shirota comenzó a caminar en círculos alrededor de Yodaku, como si estuviera vendiéndole una locura envuelta en papel dorado.

—Ese ente no comprende.

No ama.

No odia.

Solo existe…

para crear y destruir.

Sin alma, sin juicio, sin fe.

Una herramienta…

con la cara de una deidad.

Y entonces se detuvo.

—Oye…

¿Te imaginas algo, Yodaku?

¿Te imaginas que tú, el Verdugo de Hokori, fueras quien lo derrote…?

¡Serías una leyenda viviente!

Una catástrofe reconocida por la A.S.E…

¡Entidad Negra!

Como para tatuártelo en la frente.

Yodaku lo miró en silencio.

—¿Estás diciéndome que lo desafíe…?

Shirota le guiñó un ojo.

—No yo, no yo.

Tu alma te lo pide.

Yo solo…

lo puse en palabras.

Y mientras la risa de Shirota se mezclaba con los ecos de un mundo en ruinas, el Shinkon del bufón activó su manipulación sutil.

Yodaku accedió.

Porque incluso los demonios…

quieren matar a los dioses.

— La sala de reuniones de la A.S.E.

había sido testigo de guerras frías, pactos incómodos y silencios más asesinos que una guerra.

Pero nada como eso.

Las puertas se abrieron sin que nadie las tocara.

El aire se volvió más denso.

La luz pareció encogerse.

Kagemaru no Shūen, el General sin Rostro, entró caminando a paso lento, tras él, Jūzō Karakuri, envuelto en un aura tan despreocupada como letal.

Los líderes que aún estaban presentes, presidentes, monarcas, ministros, diplomáticos de alto rango, se incorporaron bruscamente de sus asientos.

Algunos sudaban, otros apretaban los dientes.

No sabían si estaban a punto de ser informados… o ejecutados.

—¿A-Acaso vienen a asesinarnos…?

—preguntó uno de los ministros del Reino de Kaigen, con la voz más temblorosa que sus piernas.

Kagemaru no dijo nada.

Solo caminó… y observó.

Jūzō sonrió.

Metió la mano en su chaqueta, como si fuera a sacar un arma.

Y lo hizo.

Pero no una mortal.

No una de metal.

Era un papel.

Un folleto.

Un papel erótico.

Lo dejó en la mesa con toda la solemnidad del mundo.

—Tranquilos, muchachones —dijo mientras se acomodaba en la silla como si estuviera en su bar favorito—.

Es mejor recibir un papel con dibujos indecentes que uno que diga: La humanidad ha caído.

Los líderes lo miraban en completo silencio.

Atónitos.

Kagemaru alzó una mano.

—Basta, Jūzō.

El General se posicionó frente a la mesa central.

Y por fin habló: —No venimos a matar.

Ni a negociar.

Venimos a advertir.

Se hizo un silencio tan profundo que se escuchó caer el bolígrafo de uno de los asesores.

—Ese ser que ustedes llaman “Dios”… no es una metáfora, no es un símbolo.

Es una entidad real.

Activa.

En movimiento.

Y si no reúnen a sus mejores soldados… si no coordinan… sus naciones serán convertidas en polvo…

y reconstruidas como cáscaras vacías.

Uno de los líderes de Yukiguni preguntó con la voz seca: —¿Está diciendo que esa cosa…

puede reconstruir el mundo?

Jūzō soltó una carcajada: —¡Claro que sí!

¡Pero lo reconstruirá sin ustedes!

Serán reemplazados por una versión “mejorada”…

sin alma, sin corazón, sin deuda externa.

Todos tragaron saliva.

Algunos se rindieron internamente.

Otros comenzaron a dar órdenes a sus asistentes.

Uno de los estrategas de Sabaku alzó la voz: —Aceptaremos la alianza de emergencia.

Otro desde Kanjō murmuró: —Reuniremos a los mejores soldados.

Kagemaru asintió.

—Solo tienen una oportunidad.

Y si fracasan… Miró por la ventana.

El cielo, incluso desde allí, ya parecía agrietado.

—lo divino será lo último que conozcan.

— Una alarma retumbó en cada rincón del mundo.

No era un simple aviso militar.

Era una sentencia.

Desde las montañas heladas de Yukiguni hasta los desiertos de Sabaku, desde las torres del Imperio de Enketsu hasta los puertos del archipiélago de Kanjō… la Asamblea Suprema de Estados (A.S.E) hablaba con una sola voz.

⚠ Estado de Emergencia Mundial activado.

Todas las naciones deben detener cualquier conflicto activo.

Se establece Protocolo Absoluto: Extinción de Entidad Negra Confirmada.

Aquellas naciones que no colaboren serán catalogadas como traidoras a la humanidad…

y disueltas sin derecho a representación internacional.

La guerra se apagó.

No por paz, sino por miedo.

— En el Imperio de Enketsu, los dos monstruos: Zanka y Genshin estaban frente a frente.

Los ejércitos, a un movimiento de estallar.

Los dos reyes habían derramado sangre sin vacilar por años…

Pero esta vez, ni uno dio la orden de atacar.

Zanka bajó su arma lentamente.

—¿Lo sientes también, Genshin?

Genshin, con su armadura manchada de barro y gloria, levantó la mirada hacia el cielo agrietado.

—Sí…

Hay algo más grande que nosotros allá afuera.

Y parece que vino a quitarnos el trono.

Ambos reyes se miraron, por primera vez sin odio, sino con resignación compartida.

— En todas las naciones, los soldados que habían cruzado fronteras, que se habían alistado con promesas de gloria y saqueo, fueron replegados de inmediato.

Una única orden los atravesó como cuchillas invisibles: “No peleen contra Hokori.

Peleen contra la Entidad.

Si aún queda algo de humanidad…

no desperdicien su sangre en guerras inútiles.” Pero no todos obedecieron.

Grupos rebeldes, mercenarios, fanáticos de su nación, unidades incontrolables…

decidieron atacar a Hokori de todos modos.

Creían que era todo un teatro.

Una estratagema política.

Una mentira para justificar el caos.

Cegados por arrogancia, nunca imaginaron que estaban marchando directo al juicio de un Dios que no sabía perdonar…

porque ni siquiera sabía qué era el perdón.

— Todos los religiosos.

Los niños.

Incluso los adultos más escépticos.

La humanidad entera… comenzaba a quebrarse.

No era solo miedo.

Era pérdida.

Pérdida de fe.

Pérdida de sentido.

Pérdida de identidad.

Algunos gritaban que aún había esperanza.

Otros suplicaban que no se profanaran sus creencias.

Pero miles… simplemente maldecían.

—¿Dónde estás, Dios?

¿Qué sentido tiene la oración si un monstruo camina como tú?

La histeria colectiva se esparció como una peste.

No era una guerra de armas… Era una guerra de creencias.

— En las Tierras Sagradas de Reimei, el Gran Sacerdote Maharen, rodeado por códices milenarios y estatuas olvidadas, observaba cómo su pueblo se desplomaba como columnas rotas.

Monjes lloraban.

Los creyentes se arrancaban los rosarios.

Y hasta los ancianos que jamás habían dudado… comenzaban a maldecir el cielo.

Maharen cerró los ojos.

No por miedo.

Sino por certeza amarga.

Su profecía se había cumplido.

Y aún así… nada podía detenerla.

Miró hacia la estatua principal del templo, y por primera vez, no rezó.

Solo dijo: —Ustedes, humanos… que osaron desafiar al universo, ahora comprendan… El universo nunca necesitó piedad.

Solo existencia.

Y eso… es lo que nos destruirá.

— Y así, incluso si la humanidad vencía… ya habría perdido algo que no podría recuperar jamás: La fe.

— En la Capital de Sainokuni.

La divinidad continuaba caminando, aún que está vez era más veloz.

Shinsei sintió algo dentro de su pecho… Una atracción.

Una voz sin voz.

Una voluntad sin palabras.

Aquel Dios artificial, caminando entre ruinas y renacimientos, lo estaba… llamando.

Y Shinsei, en su locura mística, alzó la mirada al cielo como un mártir sagrado.

—¡Yo soy el elegido!

—gritó con una euforia desquiciada—.

¡¡He sido marcado desde niño!!

¡¡Mi shinkon… fue un regalo divino!!

¡¡Y hoy… regresaré al origen!!

Avanzó.

Sus pasos resonaban entre las piedras quebradas y los restos de plegarias destruidas.

El Dios no hablaba.

No miraba.

Simplemente… existía.

Pero al acercarse, el shinkon de Shinsei reaccionó.

Un fulgor extraño lo envolvió, y antes de que pudiera comprenderlo del todo… comenzó a absorber.

—¡S-sí!

—jadeaba entre dientes—.

¡¡Lo estoy logrando!!

¡¡El alma del mundo… el cuerpo de lo perfecto… lo sentiré en mí!!

Sus venas se tornaban doradas.

Su mirada, delirante.

Y su cuerpo… vibraba con una energía antinatural.

Pero entonces… un error.

Un leve fallo.

Un pensamiento humano.

Una grieta en su fe absoluta.

El Dios artificial, que hasta entonces solo se dejaba absorber, asimiló.

Asimiló el proceso.

Asimiló el acto de ser consumido.

Asimiló… el deseo de divinidad.

Y con un gesto simple, puso una mano en el hombro de Shinsei.

Un gesto… que lo selló todo.

El autoproclamado Elegido reaccionó al instante, marcando al Dios con un tajo directo.

Una herida apareció.

Y el Dios se deshizo.

Por un momento… Shinsei creyó que había ganado.

—¡Hah… hah… yo… yo puedo hacerlo…!

Pero el error ya había sido asimilado.

Aquel ser divino… aprendió a sangrar.

aprendió a quebrarse.

aprendió a rehacerse.

Y entonces, se reconstruyó.

No como antes.

Sino con la conciencia de que incluso los elegidos… pueden ser rechazados.

Shinsei cayó de rodillas.

Sudaba, temblaba, y aún así, levantó el rostro hacia el cielo cubierto de cenizas.

Desde lejos, Tsukimura lo observaba, oculto tras unas ruinas.

Sonrió.

No por orgullo.

No por compasión.

Solo por cinismo.

—Ni siquiera el mayor lunático… —susurró con calma— pensaría en tragarse un Dios… para volverse uno.

— Cuando el cielo cayó, no fueron los cuerpos los primeros en romperse… sino las creencias.

Y en el eco del caos, no se oyeron rezos… solo el crujir de un mundo que ya no entendía qué significaba “tener alma”.

Gracias por adentrarte en este segundo arco, donde la guerra no solo se gesta con espadas, sino con heridas del pasado, decisiones sin retorno… y almas que aún no han elegido de qué lado están.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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