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Chi no Yakusoku – El juramento de sangre - Capítulo 46

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  4. Capítulo 46 - 46 Capitulo 43 - La Humanidad Y Sus Bestias
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46: Capitulo 43 – La Humanidad Y Sus Bestias 46: Capitulo 43 – La Humanidad Y Sus Bestias El cielo ya no se sentía real.

Era como si la gravedad misma hubiera comenzado a flaquear, como si el aire dudara de su propósito.

Reiji observaba, desde una colina manchada de humo y desesperación, cómo el Dios Artificial caminaba entre ruinas reconstruidas y vidas deformadas.

No hablaba.

No sentenciaba.

Solo avanzaba.

Como si el mismo concepto de existir lo guiara.

—Ese brillo… —murmuró Reiji con los ojos entrecerrados—.

No es humano.

No es mortal.

Es lo que la humanidad lleva siglos buscando… y jamás debió encontrar.

Donyoku, aún con los brazos vendados, lo miró con rabia contenida.

—Sabías algo, ¿cierto?

Reiji cerró los ojos.

No por culpa.

Por agotamiento.

—Hace muchos años, leí archivos ocultos… teorías descartadas… sobre entidades más allá del alma.

Algunos las llamaban Entidades Grises.

Otros, Dioses del Vacío.

No eran reales.

O eso pensé.

—¿Y nunca pensaste en detener esto?

—Donyoku alzó la voz.

Reiji no respondió de inmediato.

Los otros lo miraban.

Incluso Seimei, que apenas podía moverse, se quedó en silencio.

—No se trataba de detenerlo —dijo finalmente—.

Nadie detiene lo que está enterrado tan profundo como la fe humana.

Aika bajó la mirada.

No hablaba por enojo, ni siquiera por tristeza.

Era algo más profundo.

Como si el alma se le resquebrajara.

—Entonces… ¿esto siempre fue inevitable?

Reiji titubeó.

Su respuesta fue un susurro resignado.

—Tal vez no.

Tal vez sí.

Pero incluso si lo hubiera sabido… Yo no habría podido hacer nada.

Esa clase de proyectos no los detiene un soldado.

Solo la desesperación los revela.

—¿Entonces por qué no había vigilancia?

—preguntó Aika, esta vez con más dureza—.

¿Por qué ese laboratorio parecía vacío, como si nadie lo hubiera querido proteger?

—¿Ustedes lo sabían?

—dijo Reiji, mirando al grupo—.

¿Oyeron rumores?

¿Noticias?

¿Carteles de advertencia?

Silencio.

—Sainokuni… no quería ocultarlo.

Solo esperaron el momento correcto.

La fe es más poderosa cuando se construye sobre cenizas.

La guerra fue su cimiento.

El caos, su molde.

Y este…

—Reiji señaló la figura a lo lejos— fue su nuevo dios.

Chisiki desvió la mirada.

Su voz fue tan baja que parecía un eco.

—Aunque lo hubiéramos sabido… No podríamos haberlo detenido.

Seita bajó la cabeza.

—No somos superhéroes… —Ni Entidades Negras —agregó Aika, con los ojos húmedos.

Reiji apretó los dientes.

—Somos humanos.

Y eso… es lo que nos condena.

— Shinsei temblaba.

Su espada divina seguía firme, pero su mano… Su mano ya no era suya.

El dedo con el que el Dios lo había tocado aún ardía.

No físicamente.

Era su alma lo que comenzaba a derretirse.

Su Shinkon palpitaba como si fuera un órgano vivo.

Cada vez que respiraba, sentía algo distinto: odio, fe, éxtasis, hambre, desesperación, redención, muerte.

—¿Qué… soy?

—susurró.

Un zumbido retorcido comenzó a envolver su mente.

El cielo se dividía frente a sus ojos, pero no por la batalla.

Era su percepción misma la que se estaba rompiendo.

De pronto, todo se volvió blanco.

Y cuando abrió los ojos, ya no estaba en la capital.

Estaba en una iglesia abandonada, con los vitrales rotos y un púlpito cubierto de sangre seca.

Allí, sentado en la última banca, lo vio.

Un niño.

Vestía con harapos reales.

Tenía una corona de juguete torcida sobre la frente.

Era él.

—¿Qué haces aquí?

—le preguntó Shinsei.

El niño no respondió.

Solo lo miró con lástima.

El entorno cambió.

Ahora, su cuerpo yacía sobre una pila de cadáveres, como si fuese él mismo parte de un altar sacrificial.

Una multitud lo rodeaba… no para adorarlo.

Lo aplaudían como a un bufón.

—¡Nuestro dios!

—¡Nuestro monstruo!

—¡Nuestro mártir falso!

Las carcajadas resonaban como campanas rotas.

Shinsei gritó, pero su voz no salía.

Se miró las manos: eran transparentes.

Una tercera visión.

Un espejo.

Él frente a él… pero sin rostro.

Solo una silueta blanca.

Sin ojos.

Sin alma.

Como el Dios.

“¿Era esto lo que querías, Shinsei?

¿Convertirte en lo que ni siquiera puedes comprender?” Su Shinkon gritó dentro de él.

No como guía.

No como poder.

Sino como un alma condenada al mismo destino.

Shinsei cayó de rodillas.

Y cuando volvió al mundo real, la ciudad parecía más lejana.

Más irrelevante.

Más… pequeña.

Había sido tocado por una divinidad sin conciencia.

Y ahora, algo dentro de él se estaba deshaciendo.

—¿Quién… soy ahora?

—se preguntó, mientras las lágrimas no caían por sus ojos, sino por su alma, fragmentada y sola.

— El cielo era una grieta.

El Dios Artificial caminaba como si el mundo no pesara.

Y a cada paso, las leyes de la realidad se resquebrajaban como vidrio bajo su voluntad sin forma.

En la distancia, se alzaban nuevos mares.

Luego desaparecían como si jamás hubieran existido.

Ciudades enteras se deshacían en polvo blanco… y luego volvían a nacer, deformadas, sin gente, sin historia.

Bosques se secaban.

Las flores crecían sobre cadáveres aún tibios.

Las raíces trepaban los huesos como si fuesen templos nuevos.

Aquel ser no atacaba.

No hablaba.

No reía ni lloraba.

Simplemente… reescribía.

La humanidad entera quedó atónita.

Cuando llegaron los ejércitos del continente, no hubo clamor de guerra.

No hubo arengas.

Solo un silencio… y el murmullo lejano de lo inevitable.

Al ver aquella divinidad, muchos tenientes, capitanes, incluso generales, simplemente soltaron sus armas y cayeron de rodillas.

Algunos rezaban.

Otros lloraban.

Varios se reían como locos, arrancándose las placas del pecho, como si desearan ser invisibles ante los ojos de una divinidad que no los reconocía.

Y entonces… A unos cuantos metros, la división de Narikami recién había llegado.

Muchos soldados a su mando se detuvieron al ver aquella figura.

Habían cruzado montañas, desiertos, ruinas luchado con bestias, con hombres, con el hambre.

Y sin embargo, lo que ahora veían… no tenía nombre.

Uno de ellos, al respirar, exhaló un sollozo.

Otro dejó caer su lanza.

Y entre todos… una figura se mantenía firme, aunque sus piernas temblaban.

Sumire Hanazuki.

Aún herida, aún con su Shinkon latiendo débilmente como una flor a punto de marchitarse, ella sostenía su postura.

El Dios, por algún motivo se giró hacia ella.

No por voluntad.

Sino por un impulso nuevo.

Uno que aún no sabía cómo nombrar.

Curiosidad.

Reconocimiento.

Instinto.

No lo sabría jamás.

Y caminó.

Sumire sintió su corazón acelerarse, pero no se movió.

Sus flores comenzaron a brotar, no para atacar… sino para proteger.

Pequeños pétalos se expandieron como un susurro de resistencia.

—No… —susurró Narikami.

Y entonces lo supo.

No lo pensó.

No lo dudó.

Simplemente se lanzó.

Su cuerpo fue más rápido que su mente.

Su alma se adelantó al miedo.

Y cuando la mano del Dios se alzó… Narikami la recibió en su pecho.

Un suspiro.

Un latido.

Y el mundo se detuvo.

Narikami no gritó.

No cayó.

Simplemente… comenzó a desvanecerse.

Su alma no ardía.

No sangraba.

No se rompía.

Se estaba desintegrando.

Sumire gritó.

Su Shinkon floreció por puro instinto, creando una barrera de espinas, pétalos y lágrimas.

Pero era inútil.

Reiji, desde lejos, sintió la herida.

Chisiki detuvo su paso.

Donyoku sintió cómo algo sagrado… se extinguía.

Y en medio de aquel silencio irreal, Narikami, el chico que quiso ser héroe, el asesino que aún conservaba esperanza… se estaba volviendo nada.

— El mundo observaba.

Los soldados.

Los líderes.

Los niños.

Incluso los dioses muertos del pasado… Todos lo vieron.

Uno de los generales más temidos estaba desapareciendo.

Como si su cuerpo se disolviera bajo la presión de una voluntad divina.

Pero entonces… La voluntad de Narikami Goe rugió.

No quería ceder.

Ni ante una nación.

Ni ante un ejército.

Ni siquiera ante un Dios.

Sus ojos comenzaron a arder con una llama que no pertenecía a este mundo.

Y aquel Dios —por primera vez— se detuvo.

Un impulso imposible brotó del alma de Narikami.

Y hasta la propia divinidad lo sintió: una fuerza que no provenía del poder, sino del deseo.

Los recuerdos de Narikami se fundieron como relámpagos: su infancia marcada por el dolor, sus sueños de ser un héroe, sus errores como arma del Reino… su promesa de no morir como un asesino.

Su espada se desenvainó.

—¡NARIKAMI, NO!

—gritó Kenshiro Gai desde la colina, desesperado.

Pero ya era tarde.

Un corte cruzó el aire.

El Dios cayó.

No fue ni un segundo.

El cuerpo divino se partió en dos.

Y sin embargo… antes del impacto final… la divinidad asimiló el corte.

Y lo expulsó.

Un destello, una onda devastadora.

Narikami logró esquivarla, con sangre bajando por su sien, pero su mirada no temblaba.

—¡¿SI UN HUMANO LO CREÓ… QUIÉN DEMONIOS SINO UN HUMANO VA A DESTRUIRLO?!

Su voz quebró el cielo.

Los soldados, incrédulos, no sabían si huir o arrodillarse.

El Dios avanzaba.

Y Narikami también.

El Shinkon de Narikami temblaba, al límite.

Pero seguía activo.

Aún tenía cuerpo.

Aún tenía alma.

Aunque…

algo había cambiado.

Reiji, desde lejos, lo comprendió: —Ese maldito… no es un Portador Bendecido… ¡Él creó su propia escencia divina!

No por fe.

No por experimentos.

No por nacimiento.

Sino por empujar su cuerpo hasta los límites inhumanos.

Narikami había perdido algo.

Una parte de él.

El miedo.

Y gracias a eso… ya no le temía a Dios.

Los choques eran como estrellas colapsando.

Velocidades imposibles.

Espadas que reventaban el aire.

Dos fuerzas que desafiaban lo conocido.

El Dios sangraba.

Y Narikami también.

Ambos con la misma furia.

Con el mismo propósito.

—Si sangra… puede morir… Y si muere… ¡yo gano!

Pero sabía que también podía perder.

Y aún así no se detuvo.

Entonces, algo más sucedió.

Un aplauso.

Simple.

Sincero.

Como si el mundo mismo lo reconociera.

Uno.

Luego otro.

Y otro más.

Un estruendo de palmas resonó.

Desde soldados.

Desde los pueblos.

Desde aquellos que ya habían perdido la fe… pero no la esperanza.

Narikami no sabía qué ocurría con su cuerpo.

Su energía lo desgarraba.

Su alma ardía.

Pero su voluntad era más fuerte que cualquier lógica.

Porque ese día… No peleaba como General.

Ni como Guerrero.

Ni siquiera como Humano.

Ese día, Narikami Goe luchaba como el Héroe que el mundo olvidó.

Y aun si esa fuera su última batalla… sería contra Dios.

— Los rumores cruzaron montañas, océanos y reinos.

Ya no eran susurros.

Eran trompetas en los pasillos del poder.

Campanas que sonaban en medio de la guerra.

Una sola frase recorría el mundo: —Un humano… está luchando contra Dios.

No un ejército.

No una nación.

No un milagro.

Un solo hombre.

Narikami Goe.

El mensaje llegó a la A.S.E.

A las fortalezas flotantes del Imperio Kanjō.

A las cámaras sagradas de Reimei.

A los oasis de Sabaku.

Y a los templos arruinados de Sainokuni.

Genshin, el tirano rojo, se quedó en silencio al escucharlo.

Se quitó el casco.

Y por un momento… no supo si reír o temblar.

Los demás líderes no encontraban palabras.

No sabían si admirar o temer.

Si alabar a Hokori o prepararse para ser consumidos por su fuego.

Pero una verdad se volvió innegable: —Ese hombre… no es un simple humano.

Ese hombre se alzó al nivel de una divinidad.

Y no por venganza.

Ni por gloria.

Sino por necesidad.

Una necesidad que todos reconocieron en lo más profundo de su ser: la necesidad de no morir como esclavos ante su propia creación.

— Los niños en las aldeas comenzaron a repetir su nombre como un canto.

—Narikami… Narikami… ¡el que cortó al cielo!

Viejos soldados lo dibujaban en papeles gastados.

Los generales murmuraban su nombre como si fuera un presagio.

Los religiosos no sabían si condenarlo o adorarlo.

Y los humanos… solo humanos, se aferraban a él.

No como a un héroe.

Sino como a una prueba.

De que aún podían desafiar a sus propios monstruos.

De que aún podían sangrar.

Y pelear.

Y no rendirse… Ni siquiera ante Dios.

— Un humano.

Una espada.

Y una voluntad más grande que el universo.

Ese era su nombre ahora.

Narikami Goe.

El nombre… que se volvió tormenta.

— El Dios artificial no comprendía por qué luchaba.

No sentía odio.

No sentía deber.

No sentía.

Simplemente actuaba.

Porque su existencia —aquella escencia divina implantada por manos humanas— le exigía identificar amenazas… y adaptarse.

Cada segundo, su cuerpo respondía con más precisión.

Cada corte de Narikami era replicado.

Cada movimiento, asimilado.

Cada destello de voluntad, devuelto como si el universo entero fuera un espejo afilado.

Narikami sangraba, jadeaba, temblaba.

Y aún así seguía.

— Desde una colina cercana, Shirota Karakuri aplaudía con entusiasmo.

Giró apenas su rostro.

Y allí lo vio.

A un hombre.

No… a un humano… convertirse en divinidad.

Todo solo para destruir a una.

—¡Qué espectáculo, damas y desgraciados!

—gritó entre risas—.

Pensé que aplaudían por mí, pero… ¡ja!

Resulta que tenemos un Dios… intentando destruir a otro.

Shirota tragó saliva.

No era miedo.

Era… fascinación.

— A unos metros, Shinsei Kōji yacía en el suelo.

Su cuerpo temblaba.

Sus manos rasgaban la tierra como un niño perdido.

No podía entenderlo.

¿Por qué él no?

¿Por qué Narikami sí?

El elegido por Dios, el mesías de un reino caído, solo podía llorar.

—Qué patético… —susurró Shirota, mirándolo con burla—.

Al final, eras solo un farsante con corona prestada.

— De repente, una risa ensordecedora cortó la tensión como una cuchilla.

Yodaku.

El Verdugo apareció en el campo con un salto desquiciado, su guadaña en mano, sus ojos encendidos como brasas.

Shirota activó su shinkon y le abrió paso como a una leyenda desatada.

—¡ENTONCES VAMOS A CORTAR A DIOS EN PEDAZOS!

—gritó Yodaku mientras se lanzaba.

Narikami lo miró.

Esta vez, no renegó.

Esta vez… agradeció.

—Gracias, maldito Verdugo… —susurró con una sonrisa rota—.

Por ponerte de nuestro lado.

—No lo hago por ti, idiota.

—gruñó Yodaku—.

Lo hago por la gloria.

— Los dos monstruos de Hokori atacaron al Dios con una sincronía brutal.

Sus cortes atravesaban el aire como relámpagos.

Y por primera vez, el Dios sangraba.

Aun si esa sangre era ilusoria.

Aun si la sentía sin comprenderla.

Imitaba el dolor.

Fingía el sufrimiento.

Sonreía… como si le gustara.

— Y aun así, resistía.

El Dios Artificial continuaba replicando.

Pero ahora… ahora el reflejo comenzaba a quebrarse.

— Shirota se acercó caminando entre cadáveres, risas y caos.

Se giró hacia Enma y con su típica sonrisa torcida, le preguntó: —Dime, ¿cuál es la verdad de todos estos soldados?

Enma lo observó con sus ojos vacíos y replicó: —No sé si tu alma la soporte.

—¿Mi alma?

—dijo Shirota mientras se reía—.

A estas alturas solo me queda el hígado y el sarcasmo, maestro.

Suéltala.

Enma suspiró y extendió su mano.

Y entonces, el mundo de Shirota se abrió.

Miles de ojos gigantescos lo observaron desde el cielo, desde la tierra, desde los propios pensamientos de los soldados.

Cada uno con una historia: traición, miedo, hambre, odio, esperanza, mentiras piadosas, atrocidades necesarias.

Verdades.

Miles de verdades cargadas de miseria, culpa y sangre.

Shirota no tembló.

Les devolvió la mirada con un guiño y murmuró: —Hermoso.

Están podridos.

Giró hacia Yagameru.

—Es tu turno, garganta divina.

Haz gárgaras con el infierno.

Yagameru asintió.

Se agachó junto a un charco de agua sucia, verdosa, y comenzó a hacer gárgaras como un lunático.

—¡AAGHGHAAHGHRGHHGHHHH!

—vomitó palabras que no eran humanas.

Su Shinkon, la Voz Absoluta, fue liberado.

Los soldados de todos los reinos presentes —Kaigen, Sabaku, Enketsu, incluso de reinos menores que apenas habían llegado— se detuvieron.

Todos escucharon una sola voz…

no era una orden, era una sentencia.

Una reprogramación espiritual.

—¡Ustedes no pelean por banderas.

Ustedes pelean porque están rotos.

Porque no tienen otro lugar en el mundo más que el campo de batalla.

Así que…

obedezcan.

Las pupilas se dilataron, los músculos se tensaron.

Las gargantas gritaron guerra.

Fue allí cuando Shirota activó su Shinkon.

Su cuerpo brilló con una energía espectral, los hilos invisibles de la Manipulación Existencial danzaron por el aire.

No necesitó tocar a nadie.

Todos los soldados…

se convirtieron en sus marionetas.

Los soldados que antes solo aplaudían, ahora dejaron de ser simples espectadores.

Algo más fuerte que la voluntad comenzó a apoderarse de sus cuerpos… pero no fue miedo, ni fe.

Fue manipulación.

Miles de cuerpos comenzaron a moverse al unísono.

No sentían miedo.

No sentían duda.

Eran peones de una sinfonía de locura.

Y mientras todos cargaban contra el Dios Artificial, Shirota miró hacia el cielo, levantó los brazos como si dirigiera una orquesta y gritó: —¡La humanidad comienza a pelear!

¡Y por desgracia para este mundo… sus mejores cartas las tiene Hokori!

En ese instante, una verdad se volvió irrefutable: Hokori no tenía héroes.

Tenía bestias.

Tenía catástrofes disfrazadas de humanos.

— Cuando el mundo cayó en desesperación… no fueron los dioses quienes respondieron.

Fueron los monstruos.

Gracias por adentrarte en este segundo arco, donde la guerra no solo se gesta con espadas, sino con heridas del pasado, decisiones sin retorno… y almas que aún no han elegido de qué lado están.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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