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Chi no Yakusoku – El juramento de sangre - Capítulo 47

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47: Capitulo 44 – Colapso De Lo Humano 47: Capitulo 44 – Colapso De Lo Humano Shirota Karakuri se sentó tranquilamente sobre una pila de escombros que alguna vez fue una biblioteca.

Con las piernas cruzadas, el uniforme sucio y un aura de “me importa una mierda el apocalipsis”, sacó un libro que sobrevivió a la destrucción, sopló el polvo y leyó el título en voz alta: —Fui Asesinado por no tener Magia… pero Resulta que Era el Hijo Secreto del Noble Más Poderoso y Ahora Soy el Número Uno de la Academia…

Puso una pausa dramática, y con la sonrisa más idiota del mundo murmuró: —Joya literaria.

Un clásico moderno.

Perfecto para leer mientras una maldita divinidad sin alma borra la realidad con los pies… ¡Una historia tan rota como el multiverso que nos aplasta, ja-ja-ja!

Enma, sentado unos metros atrás, lo miró con ese rostro de piedra que solo tiene alguien que ha perdido demasiado para molestarse.

Comentó con tono bajo pero cargado de juicio: —Nunca entendí la fascinación por esas historias.

No importa cuántas veces el protagonista reviva, mágicamente nadie le enseña a pensar.

Shirota rió como si eso fuera un elogio: —¿Ves?

Es inspirador.

Lo estúpido como símbolo de esperanza.

Enma cerró los ojos brevemente, como si estuviera pensando algo más profundo, o simplemente soportando.

—No te juzgo, Karakuri… Supongo que en tiempos como estos, hasta la ilusión más vacía tiene su lugar.

Aunque si ese libro fuera una persona, probablemente también sería absorbida por el Dios… y no se notaría la diferencia.

Shirota hizo un gesto dramático de recibir una puñalada en el pecho.

—¡Ayy, Enma, tus palabras hieren más que el rechazo editorial!

—Pero lo peor es que… incluso ahora, no puedo ver las verdades del Dios.

Shirota bajó lentamente el libro, serio por un segundo.

—¿Eh?

—No tiene alma —continuó Enma—.

Lo que significa que no posee huellas del tiempo, ni verdad, ni mentira.

Es… vacío.

Pero un vacío que imita.

Que aprende.

Que asimila.

Y si logra copiar la naturaleza humana… —¿Se vuelve más imbécil?

—interrumpió Shirota.

—Se vuelve más peligroso.

Yagameru, que estaba apoyado contra una columna semi-destruida, no dijo nada al principio.

Solo murmuraba mientras escribía algo en una hoja sucia de partitura.

—¿Y tú qué haces?

—preguntó Shirota.

Yagameru giró la hoja y la mostró.

El título decía: “Balada para el Fin del Mundo (Versión Desafinada en Mi menor)” —Si este es nuestro final, al menos quiero que el apocalipsis tenga un buen soundtrack —dijo con una sonrisa melancólica—.

O mínimo, que el Dios nos escuche y decida echarnos una moneda por el esfuerzo.

Shirota volvió a su libro, levantando la ceja con una media sonrisa torcida.

—Dudo que ese ente entienda el arte, la música o los valores humanos…

Aunque, pensándolo bien, si le leo este isekai en voz alta, tal vez se apiade.

O se autodestruya.

— Los ataques no cesaban.

Las espadas, los proyectiles, los shinkons, los gritos, la voluntad.

Todo el continente estaba arrojando su poder sobre él.

Y, por primera vez, el Dios no quiso asimilar.

Su cuerpo, antes perfecto en su frialdad, tembló con algo que no era cálculo.

Una fluctuación…

Un suspiro casi invisible…

Una emoción que jamás le fue implantada: Fastidio.

Sin mover su rostro, sin cambiar su paso, extendió la mano hacia el horizonte.

Y un solo corte invisible, etéreo, absoluto, sin forma ni sonido, atravesó la llanura como si el mundo fuera de papel.

Mil soldados.

Borrados.

No asesinados, ni aniquilados.

Desdibujados.

Yodaku se detuvo en seco.

No por miedo.

Sino porque su cuerpo ya no supo a qué atacar.

Lo que fuera que estaban enfrentando… ahora respondía.

Narikami jadeaba.

Su sangre ya no parecía correr, sino evaporarse por dentro.

Su cuerpo estaba destruyéndose.

Pero su espada aún brillaba.

Su voluntad aún dolía.

El Dios lo imitaba.

Copiaba su ira.

Sus gestos.

Sus posturas.

Pero no las sentía.

Solo aprendía.

Solo recreaba.

Era como ver un espejo deformado.

Uno que comprendía sin comprender.

Y eso era lo más aterrador de todo.

— A la distancia, Reiji apretó los dientes.

—Ya no está adaptándose…

Está interpretando.

Seimei se agachó y escupió sangre.

Chisiki solo tragó en seco.

Aika sintió un estremecimiento que le borró todo calor.

Seita cerró los ojos, intentando que sus ilusiones no se deformaran con el miedo.

Enma observó en silencio… y por primera vez desde su encierro… no dijo una palabra.

Kenshiro dejó de moverse por dos segundos.

No por agotamiento.

Sino porque sintió que ya no era el más fuerte en ese campo.

Shinsei, postrado entre ruinas, lo supo: Ese ser no lo necesitaba.

Ni a él.

Ni a nadie.

— Tsukimura, apoyado contra una torre destruida, sacó una pequeña libreta.

Anotaba con calma.

Como un maestro observando a su tesis final actuar por voluntad propia.

—“Registro: El sujeto ha comenzado a ignorar la necesidad de imitar el alma humana.

Ahora juega a ser humano… pero sin ataduras, sin límites, sin alma.

Perfecto.” Pasó la página.

Y escribió una sola palabra: —Silencio.

— Desde el cielo, más allá de las nubes y las plegarias… Una orden fue dada.

—Apunten al centro.

—¿Y los soldados de Hokori?

—No son nuestros soldados.

Allí, en la cúspide de arrogancia tecnológica, el Reino de Kaigen desplegó su arma secreta.

Un Tsugumono artificial.

Diseñado durante décadas.

Refinado con sacrificios.

Apodado por sus creadores como: “El Lamento del Sol.” Un cañón láser de temperatura solar.

Velocidad de la luz.

Alcance… más allá del universo visible.

El haz de energía fue tan brutal, que incluso el cielo pareció fundirse por un segundo.

Miles de soldados quedaron ciegos solo por mirar la luz.

Yodaku sintió algo.

Narikami también.

Ambos se apartaron sin mirar atrás.

Y entonces… BOOM.

Una explosión que no tuvo sonido.

Porque fue más rápida que el mismo aire.

Todo Sainokuni colapsó.

La tierra se partió.

El océano retrocedió como si temiera.

Y entre el humo, los gritos, y el polvo cósmico… El Dios no se inmutó.

Ni lo asimiló.

Ni lo ignoró.

Lo devolvió.

Con un gesto sutil, apenas un cambio en la postura de su palma, el Tsugumono fue redirigido con el triple de potencia.

La descarga fue tan violenta que: El norte de Sainokuni desapareció.

Dos provincias de Hokori ardieron en segundos.

El arma de Kaigen colapsó en silencio.

Como si el universo la hubiera borrado por vergüenza.

— Los altos mandos de Kaigen quedaron paralizados.

—¿¡Cómo aumentó la potencia!?

—¡Era imposible!

—¡Ni siquiera tuvo que absorberla!

Pero el Dios ya no experimentaba.

Simplemente decidía.

— Y justo cuando pensaron que había acabado, desapareció.

Avanzó.

No caminó.

No voló.

Simplemente fue.

La velocidad de Narikami.

Copiada.

Adaptada.

Superada.

Narikami lo vio alejarse.

Su pecho se comprimió.

—¡No puedes huir… no ahora!

Sus venas ardían.

Sus músculos temblaban.

Sangre por sus ojos.

Por sus oídos.

Por su alma.

—¡No me importa si dejo de ser humano!

¡No te dejaré ir!

— Y entonces… Un pacto.

Ketsuho: activado.

Su alma selló su humanidad.

Su deseo se volvió cuerpo.

Su cuerpo se volvió arma.

“Si ese bastardo no tiene alma… entonces no puede copiar lo que soy.” Ahora era más ágil.

Más veloz.

Más bestia que humano.

Pero el Dios no respondió.

No contraatacó.

Solo ignoró.

Y eso dolió más que cualquier ataque.

— Las naciones quedaron mudas.

Las oraciones, inútiles.

Los avances, burlados.

Nadie lo comprendía.

Porque nadie puede comprender a quien ya no busca comprensión.

— Un sendero desierto, cubierto por cenizas de templos olvidados… Allí caminaba el Gran Sacerdote Maharen, envuelto en su túnica blanca rasgada por la desesperanza.

Frente a él, de pie como si esperara ese encuentro desde hace siglos, estaba Hinzoku Tsukimura.

El creador de la divinidad artificial.

El Creador de Nada.

Maharen lo miró con un dejo de nostalgia amarga.

—Ha pasado tiempo… hijo mío.

Tsukimura ni siquiera parpadeó.

—¿Hijo?

¿Te atreves a llamarme así… después de preferir predicarle a un Dios inexistente… antes que ayudar a tu propio hijo a vivir como un niño normal?

Su voz era gélida.

Cada palabra una daga suave.

—Qué hipócrita.

Qué humano.

Qué fascinante… Tomó un sorbo del último té que Rikuto le había preparado, con una calma que lo hacía parecer más monstruo que hombre.

—Ahora comprendes por qué crear a un ser sin alma era la mejor opción.

— Maharen cerró los ojos.

—No estás jugando solo con religiones o dogmas, Hinzoku… Estás jugando con la esencia de la humanidad.

La gente está a un paso de dejar de ser humana.

Tsukimura sonrió con tristeza.

—¿Y desde cuándo lo fuimos?

—¿Desde cuándo dejamos de ser más que deseos vacíos, pecados envueltos en carne?

Miró el cielo opaco, indiferente.

—”Humanos”… Qué término más ilusorio.

Una excusa bonita para negar lo que realmente somos: una plaga que cree tener alma.

— Maharen avanzó un poco.

—Si somos una plaga, ¿por qué aún no nos hemos extinguido?

Tsukimura le lanzó una mirada afilada.

—Eso está por verse.

Maharen apretó los labios.

—Si juegas con fuego en un bosque seco… puede que incendies un árbol.

Pero si no te detienes… toda la naturaleza colapsará.

—Si Reimei decide atacar… no será la guerra el problema.

Ni siquiera tu Dios artificial.

Será el fin de la identidad humana.

Tsukimura se encogió de hombros.

—Entonces actúa.

¿A qué esperas?

Maharen bajó la mirada.

—¿Por qué, Hinzoku…?

¿Por qué elegiste ser el Creador de Nada… y no el hijo que yo deseé?

— Tsukimura, por primera vez, pareció dolido.

Pero no respondió con llanto.

Respondió con furia serena.

—Ese es tu problema… querías moldearme, criticarme, obligarme, corregirme.

Querías que caminara tu camino, que venerara tus certezas.

Pero algo dentro de mí gritaba… —Rompe el ciclo.

Despierta.

Crea.

Maharen negó con la cabeza.

—Y lo único que despertaste… fue una ignorancia más grande que el promedio.

Tsukimura rio.

—Puede ser.

Pero fue suficiente para crear algo que desafía incluso la lógica.

Y solo un verdadero loco es capaz de eso.

Maharen no contestó.

Solo se dio la vuelta y se fue caminando, con pasos más lentos que al llegar.

Tsukimura lo miró irse.

—¿Pensaste que me convencerías de darte la forma de derrotar a esa cosa?

Maharen sin mirar atrás respondió: —Posiblemente.

Pero me di cuenta de algo peor.

Se detuvo un instante.

—Ni siquiera tú sabes cómo vencerlo.

Y con una voz grave, como si hablara por todos los que aún rezaban: —Ya no podemos esperar un milagro.

Ahora hay que rezar… por la realidad.

— Los huesos de Narikami se partían con cada movimiento.

Su velocidad ya no era humana, ni su cuerpo… ni su resistencia.

Cada paso dejaba una grieta.

Cada corte una marca.

Cada segundo… un nuevo dolor.

Y sin embargo, no se detenía.

Los soldados, los capitanes, incluso los generales solo podían mirar.

Nadie entendía por qué aquel hombre no caía.

Pero la verdad era simple.

El Dios ya no luchaba contra él.

No lo veía como amenaza.

No lo rechazaba.

Solo…

seguía caminando.

Como si incluso el héroe más terco del continente fuera apenas viento contra una tormenta.

Y fue entonces cuando ocurrió.

La divinidad, que no tenía boca ni alma, habló.

Una voz hueca, neutra, sin emoción ni eco… Pero que desgarró los oídos de la humanidad.

—¿Por qué…?

Narikami se detuvo.

El mundo también.

Un escalofrío recorrió a todos.

El Dios…

estaba despertando conciencia.

Reiji lo supo de inmediato.

Donyoku dejó caer su daga.

Seimei se mordió los labios.

—Si ese ser comienza a comprender… —susurró Chisiki— no será una entidad.

Será un nuevo sistema.

Un nuevo origen.

Una nueva verdad.

Narikami intentó encerrarlo en una jaula de rayos.

Y por un instante lo logró.

Pero el Dios ya lo había visto.

Copió la técnica.

La perfeccionó.

Y la devolvió.

Narikami quedó atrapado.

Su propia creación… usada en su contra.

El Dios no lo miró.

Simplemente continuó caminando.

Y mientras tanto, encerrado, sangrando y quebrándose, Narikami no pensaba en la muerte.

Pensaba en el vacío.

“¿Por qué hice esto…?

¿Por justicia…?

¿Por proteger…?

¿Por ego…?

¿Por miedo a ser olvidado…?

¿O por no soportar vivir en un mundo sin conciencia?” Su cuerpo se fracturaba por dentro.

Su alma… más.

Pero con un último rugido, rompió la prisión con su cuerpo, dejando atrás carne, sangre y orgullo.

Solo quedaba voluntad.

La voluntad de un humano que no fue elegido.

Pero eligió enfrentarse a un Dios.

— Shirota Karakuri caminaba con su usual desprecio por el mundo, silbando entre cuerpos mutilados, banderas rotas y plegarias ahogadas en sangre.

Todo ardía.

—Tanto rezo y ni un solo Dios que baje a recoger el diezmo… Debe estar de vacaciones.

O peor, en una reunión de emergencia divina: “Punto número uno: cómo sobrevivir a tu copia mejorada.” Rió solo, como si el fin del mundo fuera una función privada para su humor enfermo.

—Mira que hay que ser idiota para crear a un ser sin alma… Eso es como crear un cuchillo que también te juzga mientras te apuñala.

Pero antes de que pudiera lanzar otro chiste absurdo, Enma comenzó a vomitar.

Shirota se giró.

—¿¡Qué carajos…!?

¿Tan malos fueron mis chistes?

Dímelo con calma, Enma, aún me queda repertorio.

Pero Enma no respondía.

Sus manos temblaban.

Su cuerpo entero parecía contraerse, como si la existencia le pesara.

—Corre —susurró.

—¿Qué dijiste?

—preguntó Shirota frunciendo el ceño.

—¡Corre, Shirota!

¡Ahora!

Enma no explicó nada más.

Ni una verdad, ni una visión, ni una metáfora.

Solo desesperación.

Shirota la miró desconcertado.

—¿Desde cuándo te pones así, ah?

¿No eras la tipa que se reía hasta de la muerte?

¿La que decía que todo era parte de un ciclo cruel e inevitable?

Enma lo interrumpió, con voz quebrada: —Lo vi.

—¿Qué viste…?

—No hay salvación.

Ese Dios… no es un error.

No es un simple experimento fallido.

Es un ciclo nuevo.

Y pronto se moverá.

Shirota no entendía, pero Enma continuó: —Irá en busca de las otras esencias… Las esencias divinas.

Y cuando lo logre, ya no será un Dios Artificial.

Será algo más… Un Dominante.

Una entidad que no necesita alma, ni odio, ni amor.

Solo existencia.

Y por el simple hecho de existir… redefinirá el mundo.

Shirota tragó saliva.

Enma temblaba.

Su mirada era la de alguien que ya había visto el fin.

—Y si ese ser… toca aunque sea a un solo Portador Bendecido, el mundo dejará de ser humano.

Shirota no entendía mucho sobre eso de los Portadores Bendecidos.

Pero sabía algo simple: “Cualquier ser con escencia divina, que desafía las leyes del mundo, es… un problema.

Una anomalía.

Una catástrofe con nombre bonito.” Y si ese Dios entra en contacto con uno de ellos… la humanidad habrá perdido sin haber luchado.

— No era cuestión de quién ganara la guerra… sino de cuántos lograrían seguir creyendo que el mundo seguía siendo humano.

Gracias por adentrarte en este segundo arco, donde la guerra no solo se gesta con espadas, sino con heridas del pasado, decisiones sin retorno… y almas que aún no han elegido de qué lado están.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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