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Chi no Yakusoku – El juramento de sangre - Capítulo 48

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  4. Capítulo 48 - 48 Capitulo 45 - Ya No Hay Milagros
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48: Capitulo 45 – Ya No Hay Milagros 48: Capitulo 45 – Ya No Hay Milagros El mundo se fracturaba, no en continentes… sino en creencias.

Un nuevo dios había aparecido.

Y en cuestión de horas, ya tenía seguidores.

Miles comenzaban a rezarle.

Otros, incapaces de asimilarlo, preferían el suicidio antes que aceptar la existencia de una deidad artificial.

Nuevos cultos brotaban como hongos venenosos.

Y la humanidad… colapsaba.

No por la guerra.

Sino porque había perdido su último refugio: la fe.

Los líderes mundiales estaban encerrados, obligados por la A.S.E.

a no salir de sus instalaciones por seguridad.

Una medida tomada por cobardía… o por lógica.

Pero entre ellos, uno no temblaba.

Genshin, el Rey de Hokori, se encontraba de pie, en silencio.

Observaba el horizonte desde una enorme ventana blindada.

Detrás de él, solo eco, vacío… y la mirada calmada de su guardián, Kyomu.

El actual Rey sostenía su armadura, desgastada, con surcos de guerras pasadas.

La estaba limpiando con un trapo seco, como si no quedara mucho por qué luchar… o tal vez, justo por eso.

—¿Desde cuándo un dios que quiere acabar con lo humano es un enemigo…?—dijo Genshin, sin mirar a nadie—.

Quizás eso… no sea un castigo.

Quizás sea una bendición.

Una purga disfrazada de salvación.

Sus dedos recorrían los bordes del pecho de su armadura como si fueran cicatrices.

Entonces giró lentamente hacia Kyomu.

—Dime… tú, que no tienes alma —murmuró Genshin—.

¿No eres también un dios?

Kyomu lo miró sin parpadear.

Su voz fue baja.

Serenísima.

Como una nota olvidada entre tantos gritos.

—No lo soy.

No fui creado… solo fui moldeado.

Un humano que eligió extinguir su alma, no uno que nació hueco.

Eso me hace diferente de esa cosa que ahora camina como un dios… sin propósito, sin alma, sin pasado.

Genshin guardó silencio por unos segundos.

Luego sonrió con amargura.

—Entonces quizás tú eres más humano que todos los que ahora rezan por un milagro.

Kyomu bajó ligeramente la cabeza.

Y afuera… El nuevo dios seguía caminando.

— El Dios dio un solo paso.

Y con ese simple acto, algo cambió en el universo.

Su esencia le dio una nueva orden: asimilar todos los fragmentos divinos.

No por ambición.

No por poder.

Sino porque su existencia misma así lo dictaba.

Y si lograba absorber aunque fuera uno solo de esos fragmentos… Entonces trascendería.

Se convertiría en el inicio de un nuevo universo.

No para salvar.

No para castigar.

Sino para existir.

Crearía.

Destruiría.

Renacería.

Una y otra vez, sin alma ni propósito.

El ciclo divino… sin divinidad.

Nadie sabía eso… Nadie, excepto tres figuras que lo observaban desde la colina: Enma, Shirota y Yagameru.

Si el mundo lo supiera… Si supieran que basta con que ese ser toque a un solo Portador Bendecido, la humanidad no caería.

Se borraría.

Tal vez darían la orden de asesinar a todos los portadores.

Tal vez los protegerían como reliquias vivientes.

Nadie lo sabía.

Pero Shirota… Shirota sabía que tenía que hacer algo.

Aunque no sabía si proteger al mundo… o protegerse a sí mismo.

— Mientras tanto, Tsukimura escribía.

Su pluma manchaba los papeles con ideas imposibles.

Ya lo había previsto: “Las Esencias Divinas desafían el universo.

Por eso se buscan.

Por eso se destruyen.” En sus antiguos registros jamás encontró evidencia concreta.

Solo intuición.

Sabía de Shinsei Kōji.

Sabía de Enma, el Omnipresente.

Pero no conocía a nadie más.

O eso creía… Porque cuando el Dios tocó a Shinsei y este repelió su poder… Lo entendió.

Shinsei no es un Portador.

Solo un farsante con un shinkon destructivo y una fe mal dirigida.

Entonces sus ojos se alzaron.

Vieron la colina.

Y allí estaban: Shirota, Enma y Yagameru.

Y lo supo.

El equilibrio estaba a punto de romperse.

— Shirota sabía que había llegado el momento de apostarlo todo.

No por fe.

No por esperanza.

Sino porque ya no había nada más que perder.

—Vamos a jugar —murmuró con una sonrisa torcida— con las vidas… y las mentes de toda la humanidad.

Mientras pensaba en su próxima jugada, el caos seguía devorando la tierra.

Una guerra desatada.

Una divinidad sin alma.

Y una humanidad que no entendía ni lo que enfrentaba.

—Qué descaro tan hermoso —se carcajeó—.

Pero era predecible… al fin y al cabo, somos estúpidos.

Volteó hacia Yagameru con una expresión completamente seria por primera vez en horas.

—Grita.

—¿Activo mi shinkon?

—No.

Solo grita.

Yagameru asintió.

Llenó sus pulmones con el aire contaminado del campo de guerra.

Y gritó.

Su voz se expandió como una onda sísmica emocional.

Una alarma para el alma.

Una súplica que no pedía ayuda, sino atención.

—¡Los Portadores Bendecidos existen!

¡Y si ese maldito Dios artificial asimila aunque sea a uno solo… nuestras vidas no serán borradas, serán reemplazadas!

Muchos soldados lo ignoraron.

Otros rieron.

Pero unos pocos… se quedaron en silencio.

Porque la incertidumbre siempre es más peligrosa que el miedo.

Yagameru no se detuvo.

—¡El Omnipresente!

¡Él es uno de ellos!

¡Yo lo vi!

¡Vi la verdad!

¡Esa entidad está buscando la esencia divina… y si la encuentra, será el fin!

¡Y les juro duele más que mil mentiras saberlo!

Shirota dio unos pasos al frente, sin miedo, como si caminara sobre un escenario en llamas.

—¿Saben qué es lo mejor de todo esto?

Se detuvo, miró a los presentes con una sonrisa siniestra.

—Que todos se burlaban de los locos… hasta que los cuerdos empezaron a morir.

Alzó una mano como si brindara con el universo mismo.

—Hay que darlo todo, ¿entienden?

O nos vamos a arrepentir segundos antes de desaparecer… porque sinceramente, ni creo que nos dejen descansar en el más allá… si es que esa mierda existe.

Y sin perder su sonrisa, añadió con cinismo puro: —Ah, por cierto… Muchas gracias, Dr.

Hinzoku Tsukimura, por mostrarle al mundo lo que la ignorancia logra crear.

Escupió al suelo.

Y murmuró: —Bravo, Creador de Nada… tu obra maestra nos va a joder a todos.

— Nadie quería moverse.

Los soldados, los líderes, incluso algunos Tenientes… todos lo veían, todos lo sabían: el Dios había girado la cabeza.

Y esta vez no caminaba.

Corría.

Corría directamente hacia Enma.

No era una simple amenaza.

Era una confirmación.

La teoría de los Portadores Bendecidos no era un delirio, ni una superstición… Era real.

Y el fin estaba a centímetros de concretarse.

El Dios se abalanzaba como una tormenta sin conciencia, como un instinto primitivo que solo sabía: asimilar.

Estaba a un dedo de tocar a Enma… Cuando una voz rompió el silencio: —Lo siento mucho… Pero hoy, yo no quiero ser reemplazado.

Una hoja brilló en el aire.

Y al instante, un brazo cayó al suelo.

No era el de Enma.

Era el del Dios.

Todos contuvieron la respiración.

El que blandía la espada era Shirota Karakuri, con su típica expresión de “me importa una mierda el apocalipsis”.

Había sacado una espada vieja de su maleta destartalada.

Nadie entendía cómo había logrado cortarlo.

Ni siquiera él parecía saberlo del todo.

Pero lo había hecho.

El Dios se detuvo.

Miró el lugar donde antes estaba su brazo.

No gritó.

No atacó.

Solo… lloró.

No por dolor.

No por miedo.

Simplemente imitó la emoción de la tristeza.

Dos lágrimas falsas, casi mecánicas, se deslizaron por donde deberían estar sus ojos.

Como si algo dentro de él supiera que eso era lo que debía sentir.

Shirota, con el brazo bajado y la espada aún vibrando, murmuró entre dientes: —¿Lloras…?

No jodas… Hasta los robots lloran antes que algunos papás.

Nadie se rió.

No esta vez.

Porque no era gracioso.

Era aterrador.

Un ente artificial… que comenzaba a simular el alma humana.

Y lo peor no era que pudiera destruir ciudades.

Lo peor era que podía reemplazarlas.

— La humanidad… al fin comprendió.

No bastaba con rezar.

No bastaba con huir.

No bastaba con negarlo.

Había que destruirlo.

El Dios Artificial ya no era solo un experimento.

Era una amenaza viva, una paradoja sin alma que lloraba con ojos inexistentes.

Y debía ser detenido.

Todos los ejércitos, de todas las naciones, de todas las ideologías… volvieron a atacar.

Miles.

Decenas de miles.

Más de cien mil soldados cayeron en un solo minuto.

Y no era solo la muerte.

Era algo peor: morían, renacían sin alma… y volvían a caer.

Como si sus existencias se reciclaran dentro del capricho divino de aquella aberración.

En medio del caos, Narikami Goe estaba en el suelo.

Su cuerpo roto, tembloroso.

Pero su mirada seguía viva, ardiente, como un incendio final antes del colapso.

Sumire Hanazuki intentaba detenerlo, trataba sus heridas, lo mantenía atado con flores endurecidas por su Shinkon.

—¡Déjame continuar…!

—rugía Narikami entre la sangre y la impotencia—.

¡Si los Dioses han nacido para gobernar, que conozcan el verdadero poder de la humanidad!

—Te morirás —le respondió Sumire, sin lágrimas, pero con la voz rota—.

Y esta vez… no habrá aplausos.

Mientras tanto, Yodaku, el Verdugo, había desatado todo el salvajismo de su alma.

Su Shinkon brillaba como una sentencia viviente.

Atacaba de frente, como solo él sabía hacerlo.

Y el Dios lo ignoraba, excepto cuando interfería de forma directa.

Yodaku esquivaba.

Cortaba.

Pero eso… ya no era suficiente.

La entidad divina no solo reconstituía su cuerpo.

Aprendía.

Predecía.

Se adaptaba.

Y entonces, Yagameru, desesperado, activó su Shinkon.

Se llenó los pulmones de aire y gritó con todo su ser: —¡DETENTE!

El mundo entero tembló.

Las nubes se rasgaron.

Las aves cayeron del cielo.

Pero el Dios… no se detuvo.

Solo lloró otra vez.

Gritos artificiales, desgarradores, rotos.

Una imitación perfecta del dolor humano.

Tsukimura, desde lo alto, observaba todo con el rostro contraído.

—Esto… no debería estar pasando… No fue diseñado para esto… Su creación estaba fuera de control.

Ya no era una máquina divina.

Era algo más.

Un ser que no sabía por qué lloraba, pero aún así lo hacía.

Un monstruo que asimilaba emociones sin entenderlas, solo porque eso era lo que debía hacer un Dios.

Y desde lo alto del templo de Reimei, el Gran Sacerdote Maharen, rodeado por oraciones rotas y estatuas quebradas, observaba en silencio.

La última esperanza se deshacía.

El caos no venía del odio, sino de la lógica fría y perfecta de una entidad que solo existía para cambiarlo todo.

La humanidad… estaba a solo unos metros de su aniquilación.

— Reiji solo observaba.

No como guerrero, ni como mentor, ni como enemigo del sistema.

Observaba… como un hombre común.

Herido.

Derrotado.

Silencioso.

Y su grupo… eran exactamente eso: civiles.

Civiles heridos.

Civiles con nombres.

Civiles olvidados, como siempre ocurre en medio de una guerra.

— Donyoku apretaba los dientes.

No por dolor.

Sino por impotencia.

—¿Por qué… no puedo moverme?

—susurraba, como si su alma se hubiera encadenado al suelo.

Aika intentó calmarlo, aunque sus propias manos temblaban más que las de él.

No tenía respuestas.

Solo miedo.

Chisiki no comprendía… no el mundo, sino su rol en él.

Su Shinkon ya no respondía.

Ni siquiera la lógica podía salvarlo ahora.

Seita miraba alrededor… desesperación por todas partes.

La reconocía.

La analizaba.

Pero no era capaz de sentirla.

No tenía lágrimas que ofrecer.

Iwamaru, cubierto de sangre, jadeaba.

Sus Shinigamis ya no se movían.

Su alma… estaba al borde de romperse.

Y Seimei, apretando la empuñadura de su daga rota, solo pensaba en una cosa: “Bokusatsu me dio una segunda oportunidad… y no pude hacer nada con ella.” — En la Sala de Reuniones de la A.S.E, el silencio era peor que el caos.

Había súplicas sin fe.

Llanto sin dolor.

Esperanzas quebradas como un vidrio al borde del colapso.

Los líderes del mundo —monarcas, presidentes, dictadores, ministros— tenían frente a sí el último informe.

Uno que jamás debió llegar tan tarde.

Portadores Bendecidos.

Una anomalía dentro de la humanidad.

Una chispa divina oculta entre mortales.

Una posible salvación… o una condena aún peor que el Dios Artificial.

¿Quiénes eran?

¿Cuántos había?

¿Dónde estaban?

No tenían respuestas.

Y cuando el miedo reemplaza al conocimiento, solo queda una reacción: La cacería.

Un nuevo comunicado fue emitido.

Difundido a nivel mundial.

Traducido a todos los idiomas.

Transmitido en cada rincón de la Tierra.

“Por orden unánime de la Asamblea Suprema de Estados, todo individuo clasificado como Portador Bendecido será considerado una amenaza de Nivel Extinción.

Quienes los protejan… serán ejecutados.

Quienes los denuncien… serán recompensados.

Quienes los eliminen… serán honrados.” — Y así, entre el llanto de un Dios sin alma, y la debilidad de los que alguna vez soñaron con ser héroes, la humanidad… acababa de firmar otra sentencia.

Esta vez no era el fin.

Era la traición disfrazada de supervivencia.

— El anuncio global retumbó como una sentencia divina.

Y la humanidad… obedeció.

Pero no con orden.

No con justicia.

Sino con fuego.

— Familias se delataban entre sí.

Madres entregaban a sus hijos.

Hermanos mataban a hermanos por si acaso… “Por si acaso eras uno de ellos.” Los “Portadores Bendecidos” ya no eran milagros.

Ahora eran monstruos imaginarios.

Y el mundo entero quería su cabeza.

— En las calles, los cuerpos se amontonaban.

No por culpa del Dios Artificial.

Sino por manos humanas.

Temblorosas.

Inseguras.

Sedientas de gloria.

—¡Yo lo maté!

—gritaban algunos—.

¡Era uno de ellos!

¡Denme mi recompensa!

—¡Ese niño curó a su hermana!

¡Debe ser un Portador!

—¡Esa mujer predijo la tormenta!

¡Tiene poderes!

¡Mátenla!

Y así… las ciudades se convirtieron en altares de traición.

— Niños eran asesinados en parques.

Ancianos apuñalados en sus camas.

Religiosos colgaban de los campanarios que una vez predicaron fe.

Líderes políticos que dudaban de la A.S.E fueron encontrados muertos.

Islas enteras cayeron en guerras civiles sin explicación.

Barcos, escuelas, orfanatos… Todo era sospechoso.

Todo debía ser purificado.

— Esto ya no era una civilización.

Esto era un genocidio mundial.

Y el Dios Artificial ni siquiera tuvo que levantar una mano.

— Incluso en el campo de batalla, donde la guerra contra el Dios aún rugía, la locura cruzó el límite.

Los soldados que antes protegían a Enma rompieron la sinfonía de marionetas de Shirota, quebrando su Shinkon.

Se volvieron contra ella.

Ya no importaba la amenaza mundial.

Ya no importaba el apocalipsis.

Solo importaba una cosa: no ser el siguiente.

— Enma los miró.

No con miedo.

Sino con decepción.

—Así que… esto es lo que queda de la humanidad… — Shirota intentó moverse.

Intentó detenerla.

Pero Enma no corrió.

No gritó.

No suplicó.

Solo aceptó.

—Si no muero ahora… Entonces yo misma condenaré a la humanidad —susurró, tomando un pedazo de vidrio roto.

Se lo acercó al cuello.

El mundo pareció contener el aliento.

— El Dios Artificial se acercaba.

Miles de soldados también.

Incluso niños… miraban.

Lloraban.

No comprendían.

No sabían si adorarla o matarla.

Yagameru estaba paralizado.

Shirota ya no podía alcanzarla.

Todo se detuvo.

La vida.

El juicio.

El tiempo.

El ruido.

Y cuando Enma cerró los ojos… pensó que al fin… todo había terminado.

— Pero no sintió sangre.

No sintió dolor.

Sintió… frío.

— Cuando abrió los ojos, estaba sola.

Una figura la observaba desde la oscuridad.

Sentada.

Inmóvil.

Enma se acercó… la tocó.

Y la figura se convirtió en dos ojos gigantescos.

Brillaban con un fulgor antiguo.

Cargaban siglos de verdad.

Estaba dentro de su Shinkon.

Y no sabía por qué.

Ella… ya debía estar muerta.

Los ojos no hablaron.

Solo mostraron.

Caos.

Mamás apuñalando a sus hijos.

Hombres llorando mientras disparaban a desconocidos.

Niños asesinados por rumores.

Naciones traicionándose por fe, por miedo, por ignorancia.

Enma apenas pudo susurrar: —Este… es el infierno.

Y entonces, lo oyó.

No una voz humana.

No un grito.

Un eco.

Un susurro que nació desde su alma misma.

—Y lo peor… no lo creó un Dios.

Lo crearon los humanos.

Enma retrocedió.

—¿Quién eres?

—Tu verdad.

Tu condena.

Tu reflejo.

No puedes morir, Omnipresente.

No aún.

Ella se sentó al borde del abismo.

Ya no le quedaban lágrimas.

Ni fe.

Ni nombre.

—Todos me están por matar… incluso yo misma.

—¿Y dejarás otra vez que el destino cargue con tu cobardía?

¿Otra vez mirarás sin actuar?

Enma calló.

Y por primera vez… escuchó.

— Despertó.

De golpe.

El aire entró a sus pulmones como una cuchilla.

Sus ojos se abrieron.

Su cuerpo vibraba.

Estaba siendo cargada.

Alzó la vista… Era Narikami.

Frente al Dios.

Frente a todos los soldados.

Frente al mundo.

Un soldado de Sabaku gritó: —¡General!

¡Está desobedeciendo órdenes!

¡Es un traidor!

Narikami no respondió.

Solo respiraba… mal.

Su pecho subía y bajaba como una máquina rota.

Una mano sostenía a Enma.

La otra… su espada.

Y aun así… seguía de pie.

— —No soy un héroe —dijo, mirando a todos con desprecio—.

Pero al menos… soy más humano que ustedes, malditos ignorantes.

¿No lo ven?

Nos estamos condenando al mismo ciclo.

La misma vida miserable.

El mismo miedo.

¿Así quieren vivir?

Narikami alzó la mirada al cielo ennegrecido.

—Entonces prefiero que un maldito Dios nos borre de la existencia.

— Si incluso un dios nace de la desesperación humana…

entonces solo un humano puede enseñarle lo que significa existir.

Gracias por adentrarte en este segundo arco, donde la guerra no solo se gesta con espadas, sino con heridas del pasado, decisiones sin retorno… y almas que aún no han elegido de qué lado están.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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