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Chi no Yakusoku – El juramento de sangre - Capítulo 49

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  4. Capítulo 49 - 49 Capitulo 46 - Dios Ha Ganado
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49: Capitulo 46 – Dios Ha Ganado 49: Capitulo 46 – Dios Ha Ganado El campo de batalla ardía con el sonido de miles de pasos que no se atrevían a dar un solo paso más.

Narikami Goe… no retrocedía.

Sostenía a Enma con un solo brazo, como si su cuerpo no estuviera al borde del colapso.

Su otra mano danzaba con su espada, y cada corte era más veloz que el anterior.

No atacaba por furia, sino por instinto.

No por gloria, sino por deber.

No por esperanza… sino porque alguien tenía que seguir.

A su alrededor, soldados traidores, creyentes enloquecidos, y fanáticos cegados por miedo intentaban derribarlo.

Pero era inútil.

El filo de Narikami era más humano que cualquiera de ellos.

Incluso el Dios se acercaba.

Lo intentaba.

Su cuerpo sintético intentaba replicar la velocidad de aquel mortal.

Pero cada vez que estaba a punto de alcanzarlo… Corte.

Otro corte.

Mil más.

Narikami lo obligaba a volver al punto cero.

El Dios asimilaba.

Pero Narikami también.

Cada vez que su cuerpo gritaba por descanso, su alma le respondía con más movimiento.

Su visión se nublaba por la sangre en sus ojos.

Sus huesos estaban al límite.

Pero sus pies seguían en pie.

Enma, aún sin comprender, murmuró: —¿Por qué…?

¿Por qué me salvaste…?

Narikami, sin mirarla, solo dijo con voz quebrada: —Porque si voy a morir… al menos que sea por salvar a alguien que entienda.

No a millones de malditos que ya perdieron lo que los hacía humanos.

Una pausa.

Solo viento.

Entonces, otro asalto de enemigos.

Pero Narikami seguía allí.

Más que un general.

Más que un héroe.

Un simple humano… que se negó a rendirse.

— La notificación llegó con un retumbar que heló las paredes blindadas de la Asamblea Suprema de Estados.

Un mensaje tan breve como imposible: “El General Narikami Goe se enfrenta solo al Dios Artificial.

Además, protege a un Portador Bendecido mientras miles de soldados lo atacan.” Silencio.

Los rostros más poderosos del mundo… palidecieron.

Algunos intentaron desmentirlo.

Otros simplemente miraban la pantalla como si viesen un milagro.

Y un par… comenzaron a temblar.

No sabían si aplaudir la valentía o temer su existencia.

Porque si un humano es capaz de hacerle frente a una divinidad e incluso a su propia raza… ¿Quién, entonces, tiene derecho a gobernar este mundo?

— Mientras tanto, en las ruinas olvidadas de Sainokuni… Hinzoku Tsukimura caminaba en silencio.

Su bata estaba rasgada, sus gafas manchadas de polvo, y su sonrisa más amarga que nunca.

Frente a él… una tumba.

Ya estaba cavada.

Ya lo esperaba.

Se recostó con tranquilidad en el hueco, cruzó los brazos y dijo, como si nadie lo escuchara: —Al final, la creación me superó… Qué belleza.

Qué fracaso más perfecto.

El cielo gris, casi celeste.

Y el mundo… al borde del olvido.

— En lo alto de una colina, Shirota Karakuri veía el espectáculo.

—Ese hijo de puta… —susurró entre risas contenidas—.

¿Quién carajos se cree para cargarse a miles, salvar a la única portadora confirmada y aún tener aliento para insultar a Dios con cada corte?

Yodaku, con la mirada clavada, no sonrió.

Su mandíbula apretada, los brazos cruzados, y una verdad en su interior que no quería aceptar: —…Si ese Narikami me hubiera enfrentado en el coliseo, me habría matado sin sudar.

Ese ya no es un general… Ese tipo está a un paso de convertirse en una Entidad.

—No, no, no —interrumpió Yagameru, con una sonrisa torcida y ojos brillando de emoción—.

No es una Entidad… Es un fenómeno.

Un maldito fenómeno humano que eligió cargar con la raza humana y escupirle en la cara a los cielos.

Shirota rio como niño frente a un juguete roto: —Qué hermoso desastre es la humanidad… y qué hermoso es cuando uno de nosotros se niega a caer con el resto.

— Los soldados que se abalanzaban sobre Enma no llegaron a tocarla.

No porque Narikami los matara.

Sino porque el Dios los desintegró primero.

Sin emociones.

Sin juicio.

Solo porque estorbaban.

Sus cuerpos se hicieron polvo, y su existencia, irrelevante.

En medio de ese caos, Narikami Goe no dejaba avanzar a nadie.

No había espacio para la duda.

No había tregua.

No había redención.

Sus cortes eran tan veloces que parecían atravesar el tiempo mismo.

Y su cuerpo… ya no respondía como un humano.

Pero él seguía allí, arrasando el mundo con voluntad.

Fue entonces que su Shinkon comenzó a mutar.

La presión espiritual era insoportable.

El aire temblaba.

Sus huesos se partían solo por sostener su propia alma.

Pero su mirada… seguía firme.

Estaba a un solo aliento de cruzar el umbral.

Del Yuino.

Y justo cuando el Dios lo sintió, justo cuando supo que las cosas podrían cambiar, asimiló algo nuevo: Una barrera.

Un campo absoluto.

Una prisión sagrada que se alzó en medio del apocalipsis.

Una esfera brillante envolvió a Enma… y al propio Dios.

Pero también… a Narikami.

Los soldados de Hokori y los del mundo… se estrellaban contra esa barrera sin lograr siquiera hacerla vibrar.

Del otro lado del velo, dentro de ese mundo cerrado, solo quedaban dos entidades.

Una, creada para destruir.

Otra, forjada para resistir.

— Era su segundo round.

Narikami apretó los dientes, ajustó su postura, y sostuvo a Enma con un brazo mientras desenvainaba con el otro.

—No eres un Dios… Eres la prueba de que el hombre no aprendió nada.

El Dios dio un paso.

Y el aire volvió a romperse.

No había escape.

No habría piedad.

Y solo quedaba… una última oportunidad.

— Por primera vez desde su creación, el Dios sintió algo nuevo.

Peligro.

No era miedo.

No era ansiedad.

Era simplemente una advertencia de su sistema: > “Este humano puede anularte.” Y al reconocer esa amenaza, el Dios supo lo que debía hacer.

Primero Narikami.

Luego… la esencia.

Narikami lo sintió.

Su cuerpo, aunque partido, aún intuía.

Y entonces, dio un paso adelante.

Con un solo gesto, puso a Enma detrás de él.

—No pienses que moriré sin dar guerra… — Fuera de la barrera, la humanidad observaba.

Los niños lloraban, —Ese señor está muy herido… no podrá ganar… Los adultos cuerdos solo murmuraban: —Ya está… el mundo está acabado.

Los ancianos se rendían: —Fue una vida de mierda.

Y los locos… reían.

Aplaudían como si asistieran a una ópera divina.

— La katana de Narikami, a pesar de su filo desgastado, volvió a desgarrar la carne imposible del Dios.

Una herida.

Otra más.

Cortes imposibles.

Gritos… fingidos.

El Dios asimilaba también el dolor ajeno, lo reproducía con exactitud, aunque no entendía por qué dolía.

Y entonces, brotó una espada en su mano, pura energía, pura negación.

Una réplica imperfecta… pero peligrosamente parecida a la de Narikami.

El Dios ya no copiaba gestos.

Copiaba instintos.

Copiaba esgrima.

Copiaba alma.

La batalla cambió de tono.

Ya no era resistencia.

Era supervivencia.

Narikami esquivaba.

Saltaba.

Giraba.

Y cada vez que lo hacía, su carne se desgarraba un poco más.

Su cuerpo sangraba por los ojos, por los poros, por los recuerdos.

Ya no respiraba, se obligaba a existir.

Y entonces… El Dios lo alcanzó.

Una estocada limpia.

Precisa.

Letal.

La espada atravesó el corazón de Narikami.

Su cuerpo tembló.

El mundo… quedó en silencio.

— El Dios, tras atravesar el corazón de Narikami, no hizo gesto de victoria, no se regocijó, no emitió risa, ni siquiera celebró su triunfo como un predador.

Solo… se detuvo.

Su cuerpo, sin voluntad aparente, se inclinó.

Una reverencia.

Como las que hacen los humanos cuando reconocen a un igual.

O a un mártir.

Todos los presentes contuvieron el aliento.

Un Dios… inclinándose ante un hombre muerto.

No lo entendían.

Él tampoco.

Su sistema simplemente lo ordenó.

“Honra al peligro.

Asimila el respeto.” Y luego, giró lentamente hacia Enma.

Ella, al ver que no lo detenía nada, que ni un ejército, ni una plegaria, ni un héroe como Narikami había podido pararlo… Sintió el frío del destino.

—No… no otra vez… —susurró.

Recordó a Katsuro.

Recordó la desesperación de no poder detener la pérdida.

Y ahora era su turno.

— El Dios levantó la mano.

Y tocó a Enma.

No fue una herida.

No fue un ataque.

Fue un juicio.

De inmediato, Enma gritó.

Un alarido que desgarró el aire.

Un sonido primitivo, como si su alma estuviera siendo arrancada con garras ardientes.

No era dolor físico.

Era existencia desintegrándose.

El Dios, sin decir palabra, comenzó a arrancar de ella su escencia divina.

Un fragmento.

Un trozo de eternidad que jamás pidió cargar.

El don maldito de ser más que humana.

Las Verdades intentaron actuar, trataron de impedirlo.

Se manifestaron a su alrededor, ojos infinitos, distorsiones de realidad, ecos de otras vidas… Pero no fue suficiente.

El Dios no podía ser juzgado, porque aún no comprendía el pecado.

Y ante lo incomprensible, ni siquiera las verdades podían hacer justicia.

— Enma gritaba.

Y nadie podía acercarse.

Nadie.

Porque ese instante, no pertenecía al mundo.

Era el comienzo del fin.

— Gritos.

Por todo el planeta.

No eran de guerra… eran gritos de desesperanza.

La noticia se esparció como una peste.

—¡El Dios venció!

—¡Narikami ha caído!

—¡La humanidad… perdió!

— Las redes colapsaron.

Las líneas de emergencia dejaron de responder.

Los parlantes del mundo, desde los barrios más pobres hasta los palacios de los reyes, repetían la misma frase: “La Entidad Negra ha vencido.” Y con ella, el eco de una certeza: No era una catástrofe.

Era el reemplazo.

— La humanidad no sería destruida… Sería reescrita.

No con odio.

No con castigo.

Sino con una lógica fría y perfecta.

Una que no necesitaba humanidad.

— En hospitales, escuelas, calles, montañas… gente comenzó a suicidarse.

Algunos oraban… Otros quemaban templos.

Muchos rezaban por el perdón de sus pecados sin saber si alguien estaba allí arriba.

Y entre ellos… los más cobardes maldecían a Narikami.

—¡Mentiroso!

—¡Nos diste falsas esperanzas!

—¡Maldito héroe!

—¡Nos condenaste con tu derrota!

El mismo mundo que lo aclamó… ahora lo arrojaba al abismo sin dudarlo.

— En medio de una calle, un niño tomó la mano de su madre.

Sus ojos llorosos buscaban una respuesta.

—Mamá… ¿Qué significa que Dios ganó?

¿No se supone que eso… es bueno?

La madre no contestó.

Solo lloró.

Porque no tenía una respuesta que no lo rompiera.

— En la base derruida de lo que alguna vez fue el Laboratorio Central, Hinzoku Tsukimura, el Creador de Nada, se mantenía sentado junto a su tumba vacía.

Escuchó la noticia en un transmisor oxidado.

Sonrió.

Pero en medio de esa sonrisa… una lágrima descendió por su mejilla.

—Al final… lo logré.

Creé algo que ni siquiera los humanos pudieron detener.

Su obra maestra.

Su monstruo.

Su dios.

Y aun así… su corazón deseó que… un humano lo hubiera detenido.

— Alarmas mundiales.

Comunicados.

Avisos de pánico.

Ninguno cambiaría lo inevitable.

La fe había muerto.

Y el mundo solo esperaba su turno… para ser reescrito.

— El mundo no fue destruido con fuego, ni con guerra… sino con fe desvanecida y un silencio divino que lo reemplazó todo.

Gracias por adentrarte en este segundo arco, donde la guerra no solo se gesta con espadas, sino con heridas del pasado, decisiones sin retorno… y almas que aún no han elegido de qué lado están.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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