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Chi no Yakusoku – El juramento de sangre - Capítulo 5

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  4. Capítulo 5 - 5 Capítulo 4 – Lo Que El Alma No Olvida
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5: Capítulo 4 – Lo Que El Alma No Olvida 5: Capítulo 4 – Lo Que El Alma No Olvida El cielo amanecía opaco, envuelto en una neblina suave que se aferraba a los árboles como si temiera ser olvidada.

Donyoku, Chisiki y Reiji caminaban por un estrecho sendero de tierra a las afueras del pueblo.

Tras varios días de entrenamiento, llegaba el momento de enfrentar una misión real: la caza de Almas Errantes.

—¿“Almas Errantes”?

—preguntó Donyoku mientras ajustaba los vendajes en su brazo—.

¿Qué clase de criaturas son exactamente?

—No son monstruos comunes —respondió Reiji con seriedad, deteniéndose frente a una grieta oscura en el suelo—.

Son fragmentos de humanos que han perdido su voluntad… lo que queda cuando alguien muere con un resentimiento profundo o cuando su alma es desgarrada por el uso forzado de un Shinkon inestable.

—¿Y siguen conscientes de lo que fueron?

—añadió Chisiki, frunciendo el ceño.

—En parte —asintió Reiji—.

A veces sus lamentos se escuchan durante la noche.

No buscan destruir… buscan recordar.

Pero esa búsqueda los corrompe, y atacan todo lo que tenga vida.

Si uno de ustedes cae, no morirán.

Pero podrían perder algo mucho peor: su esencia.

Donyoku tragó saliva.

A pesar de su deseo de justicia, algo dentro de él se removía ante la idea de esas criaturas.

¿Podía alguien realmente quedar atrapado entre el recuerdo y la furia?

Llegaron a una zona más abierta, donde la neblina se espesaba y el silencio era tan pesado como una lápida.

Los árboles, secos y desnudos, parecían haber perdido la vida hace mucho tiempo.

—Aquí es —dijo Reiji—.

Escuchen bien: estas almas no pueden ser derrotadas solo con fuerza.

Deben usar su Shinkon para alcanzar el núcleo espiritual que poseen, justo en el centro del pecho.

Pero…

si dudan, si muestran miedo, su esencia titubeará… y ellas se alimentan de eso.

—Entonces más nos vale no dudar —murmuró Chisiki, activando su aura espacial.

Fragmentos del suelo comenzaron a flotar a su alrededor, como constelaciones rotas.

Donyoku respiró hondo, dejando que su aura carmesí lo envolviera.

Aunque aún inestable, había ganado cierto control gracias al entrenamiento.

Solo debo proteger a quienes amo… solo eso.

Un rugido lejano los alertó.

De entre la niebla surgió la primera Alma Errante: una figura alta y deforme, con una máscara blanca sin ojos y extremidades distorsionadas.

Su cuerpo parecía hecho de humo y restos de armadura oxidada.

—¡¡Donyoku, flanco derecho!!

—gritó Reiji—.

¡Chisiki, crea una barrera espacial alrededor de su núcleo!

El combate comenzó.

Las Almas Errantes eran veloces e impredecibles.

Cada golpe drenaba parte del aura de los combatientes, como si absorbieran sus emociones.

Chisiki ejecutó una técnica precisa, encerrando una de las almas en una burbuja de espacio distorsionado.

Donyoku, en cambio, se lanzó hacia la criatura principal, su Shinkon oscilando entre control y caos.

—¡Ahora!

—ordenó Reiji.

Donyoku concentró su energía y golpeó el pecho de la criatura.

Por un instante, escuchó una voz.

—“¿Dónde está mi hija…?

¿Por qué me dejaron morir así…?” Su puño tembló, pero no retrocedió.

Con un rugido, la energía espiritual se deshizo.

El alma errante estalló en una nube de luz, disolviéndose finalmente en paz.

Cuando todo terminó, los tres quedaron en silencio, respirando con dificultad.

—…¿Las escucharon?

—preguntó Donyoku al fin.

—Sí —respondió Chisiki en voz baja—.

No eran simples monstruos.

Reiji asintió con gravedad.

—Por eso debemos hacernos más fuertes.

No solo para proteger, sino para evitar que esto le pase a otros.

En las sombras, no muy lejos, una figura los observaba.

Su rostro estaba oculto bajo una capucha, pero sus ojos brillaban con intensidad extraña.

Una energía oscura lo envolvía, apenas perceptible…

y en su brazo izquierdo, un pequeño símbolo marcado en la piel.

—Así que este…

es el poder del alma humana —susurró—.

Interesante.

El sol comenzó a filtrarse entre los árboles cuando el grupo regresó al pueblo.

Sus pasos eran pesados, no solo por el cansancio físico, sino por el eco de las voces que habían escuchado durante la cacería.

Las almas errantes no solo les mostraron la fragilidad humana… sino la cercanía entre el alma y el abismo.

Donyoku caminaba en silencio, serio, con la mirada baja.

Chisiki lo observó de reojo, pero no dijo nada.

Reiji iba al frente, guiando el camino sin mirar atrás.

Sabía que ambos jóvenes procesaban en silencio lo vivido.

Al llegar al centro del pueblo, fueron recibidos por una figura conocida: Aika, la joven de cabello castaño y trenzas desordenadas, sentada junto al pozo con una canasta en las manos.

—¡Ah!

¡Volvieron!

—exclamó, levantándose al instante.

—Hola, Aika —saludó Chisiki con una leve sonrisa.

—¿Cómo fue?

¿Están bien?

¡Vi una luz extraña anoche desde el bosque!

—Estamos enteros, por suerte —respondió Reiji, deteniéndose junto a ella—.

¿Esperabas a alguien?

—Bueno, traje esto —dijo ella, levantando la canasta—.

Pensé que estarían hambrientos.

¡Son onigiris!

No se burlen, los hice yo sola.

Donyoku se sorprendió al verla.

Por un momento, su expresión severa se relajó.

—Gracias, Aika…

se ven deliciosos.

—¡Claro!

Llevo entrenando con la abuela para cocinar mejor —respondió, sonrojándose—.

Además, no podía quedarme tranquila sabiendo que ustedes…

estaban allá afuera peleando con cosas espeluznantes.

—¿Escuchaste algo?

—preguntó Reiji con interés.

—No… solo el silencio —respondió—.

Pero era ese tipo de silencio que hace ruido.

Reiji la miró unos segundos, analizando cada palabra.

Luego asintió y se alejó, dejando a los tres jóvenes solos.

Aika se acercó a Donyoku, ofreciéndole un onigiri con timidez.

—¿Y tú?

¿Estás bien?

Te ves… diferente.

Donyoku vaciló, luego tomó el onigiri con una sonrisa leve, sincera.

—Estoy bien.

Solo… vi algo que me hizo pensar.

—¿Pensar en qué?

—En lo que puede pasar cuando alguien pierde lo que le da sentido.

Chisiki desvió la mirada.

Sabía que Donyoku había escuchado algo dentro de esa Alma Errante.

Algo que lo había tocado.

—Es mejor que no dejemos que eso nos pase —añadió Aika, más seria de lo habitual.

Donyoku asintió, pero su expresión no cambió.

En su interior, una pequeña chispa de miedo se mezclaba con determinación.

Esa noche, Reiji estaba en su cabaña, escribiendo en un cuaderno.

A su lado, varias notas con diagramas espirituales y fragmentos de memoria ilusoria flotaban con su Shinkon.

—El aura de Donyoku…

ha mutado otra vez —murmuró—.

La criatura que apareció en su visión…

no era una proyección mía.

Era una manifestación espontánea.

Como si su propio miedo hubiera creado ese monstruo… Reiji levantó la mirada.

En la ilusión aún flotaba aquella figura deforme que había visto durante la alteración: una silueta similar a Donyoku, envuelta en llamas oscuras y cadenas rotas.

—No es un ser común.

Ni su alma tampoco.

Mientras tanto, en las afueras del pueblo, una figura se quitaba la capucha al resguardo de la sombra de un molino viejo.

El espía del Imperio de Enketsu, Kagenami, observaba la luna.

—Aún no confían del todo en mí —susurró—.

Pero estoy más cerca de entender qué tipo de poder yace en esos chicos…

Abrió un pequeño cuaderno y dibujó los rostros de Donyoku, Chisiki…

y Reiji.

—Zanka estará complacido.

____ En cada alma errante se esconde un eco de lo que fuimos… y la promesa de lo que debemos evitar ser.

Gracias por leer este capítulo de Chi no Yakusoku.

Si te gustó, no olvides seguir para el próximo paso en este oscuro juramento de sangre..

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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