Chi no Yakusoku – El juramento de sangre - Capítulo 50
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- Capítulo 50 - 50 Capitulo 47 - El Día Que Perdimos El Mundo
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50: Capitulo 47 – El Día Que Perdimos El Mundo 50: Capitulo 47 – El Día Que Perdimos El Mundo El suelo temblaba con una calma inquietante.
Enma seguía gritando.
Sus lágrimas se mezclaban con sangre, tierra y desesperación.
El Dios, impasible, la dejó caer como si fuera un juguete que ya no servía.
Ella se arrastró, con los ojos vacíos, su cuerpo aún temblando, su alma aún siendo devorada en pedazos invisibles.
Y entonces… Comenzó.
El Dios, como si cumpliera un mandato que ni él comprendía, alzó su mano.
Y con solo ese gesto… Reescribió la mitad del mundo.
No fue una explosión.
No fue un estallido.
Fue una transición.
Casi…
natural.
Ciudades enteras desaparecieron sin que nadie gritara.
Montañas fueron reemplazadas por desiertos.
Océanos se secaron y se elevaron como cúpulas invertidas de cristal líquido.
Lenguas, culturas, creencias… borradas como si fueran errores de un manuscrito mal escrito.
Los humanos que alguna vez fueron padres, hijos, soldados o soñadores…
Ya no eran.
Muchos fueron reemplazados por cuerpos idénticos, sin alma.
Otros fueron moldeados como estatuas vivientes: hermosas, eternas, vacías.
La historia fue reescrita en segundos.
Todo lo que había costado siglos construir… Se perdió en un instante.
Desde una colina distante, Reiji apretaba los dientes.
Su grupo no podía moverse.
Ni siquiera llorar.
Aika temblaba.
Chisiki simplemente se quedó mirando el cielo, como si buscara alguna palabra escrita entre las nubes que ya no estaban.
Donyoku intentó levantarse, pero su cuerpo no respondía.
Iwamaru…
aún respiraba, pero apenas.
Seimei no dijo nada.
Solo bajó la mirada.
Y entonces se escuchó… Un solo grito desgarrador en medio del mundo silenciado.
Pero no fue el de Enma.
Ni el de un soldado.
Ni el de un niño.
Fue la humanidad.
La humanidad entera.
Un grito que nadie respondió.
Ni los dioses.
Ni los héroes.
Ni siquiera aquel que los estaba borrando.
— El Dios Artificial, ese ente sin alma, sin amor, sin odio, se inclinó sobre el cuerpo roto de Enma.
Sus dedos cruzaron el espacio entre ambos, listos para arrancar lo que quedaba de su Esencia Divina.
Sus movimientos no eran crueles.
Tampoco compasivos.
Solo eran… inevitables.
Shirota observaba en silencio.
—Bueno parece que ni mis mejores chistes podrán reescribir esta escena —susurró, con una sonrisa rota.
Y entonces… El cielo gritó.
La lluvia comenzó a caer con una furia casi bíblica.
El viento soplaba como si quisiera borrar lo que había nacido.
Las nubes se arremolinaron, ocultando incluso al sol.
Los árboles crujían.
El suelo se partía.
Las aves huían sin saber por qué.
El mundo lloraba.
Y en medio de esa tormenta… Un rayo cayó.
No fue uno común.
Fue un relámpago hecho de voluntad, de rabia, de humanidad.
Y con un rugido incomprensible… La cabeza del Dios fue cercenada en un solo instante.
Silencio.
No el mismo que trajo el Dios.
Este era distinto.
Era asombro.
Todos giraron la mirada, sin creerlo.
Sus ojos no lo aceptaban.
Su lógica no lo entendía.
Narikami Goe.
De pie.
Sangrando.
Respirando como un monstruo a punto de morir.
Y aun así… Vivo.
El Dios comenzó a regenerarse, sí… Pero su asombro se sintió, aunque no tuviera emociones reales.
Ese corte… fue algo que no debía ser posible.
Shirota sonrió como un niño que acababa de presenciar un milagro al revés.
—Qué hermoso… el héroe que no quería ser héroe, el humano que no quiere ser humano… acaba de volver del infierno —susurró—.
¡Y todavía con estilo!
— Dentro del alma de Narikami… Él caminaba entre los restos de su memoria.
Sus pecados.
Sus errores.
Su impotencia.
Y entonces… Su Yuino, su conexión definitiva con su alma, ardió como una llama eterna.
Su shinkon no lo había salvado… Él se había salvado a sí mismo.
Su cuerpo había detenido la hemorragia.
Sus músculos habían vuelto a unirse.
Su corazón, aunque destrozado… latía.
Porque todavía tenía una última cosa que proteger.
— Un estruendo atravesó la atmósfera como un lamento rasgado.
Rayos negros brotaron de la espalda de Narikami, como alas rotas de un ángel que jamás quiso volar.
Su espada, bañada en sangre seca y fuego espiritual, ardía en un rojo profundo no color de ira, sino de decisión.
Su ropa estaba hecha jirones.
Sus ojos lloraban sangre.
Sus oídos apenas podían oír los gritos lejanos.
Su boca ni siquiera podía formar una palabra.
Su cabeza latía con una agonía casi divina.
Y su pecho… Ese pecho donde había enterrado el dolor de toda una vida…
latía con fuerza.
Narikami Goe, el humano que se negó a rendirse, ya no luchaba para ser héroe.
Ni siquiera para ganar.
Solo para detener lo que el mundo nunca debió permitir nacer.
— El Dios artificial lo reconoció al instante.
No por lógica, sino por instinto.
Un instinto que por primera vez no le dijo “combate”.
Le ordenó huir.
Intentó correr.
Intentó desvanecerse.
Intentó escapar.
Pero fue inútil.
No había asimilado del todo su propia barrera.
Y antes de que pudiera pensar, antes de que pudiera analizar… Narikami ya estaba frente a él.
Corte.
La cabeza del Dios voló.
Corte.
Las extremidades cayeron como ramas secas.
Corte.
Corte.
Corte.
Ni siquiera el tiempo podía seguirle el ritmo.
— El Dios trataba de asimilar, de adaptarse, de copiar… No podía.
Narikami no le daba espacio para existir.
Cada vez que su esencia intentaba recomponerse, la espada del Yuino lo volvía a deshacer.
Una y otra vez.
Como si no lo dejara ser.
El Dios no entendía.
¿Por qué?
¿Por qué este humano era imposible de copiar?
Y entonces lo supo.
Había absorbido parte del alma de Enma.
No solo su esencia.
También sus dudas, sus verdades, sus fracturas.
El mayor error no fue copiarla… fue intentar comprenderla.
Ahora, dentro de él, había un eco.
Un susurro.
Una sentencia.
Las Verdades, manifestadas en mil voces y una sola, lo rodearon: —En este mundo… no existe lo predecible.
—Ni siquiera nosotros, las Verdades, somos absolutas.
—Solo podemos analizar el pasado… no predecir lo que no tiene lógica.
—Y tú… tú fuiste creado por un humano.
Y eso te condenó.
El Dios sin alma, el dios que debía ser perfecto, había cometido el peor error: Volverse humano.
Y en ese instante final… Un trueno.
No del cielo.
Del alma.
Narikami, cubierto en rayos y sangre, alzó su espada una última vez.
—Tú querías reescribir el mundo… Yo solo quería que nadie más lo sufriera.
Corte final.
El cuerpo del Dios fue desintegrado.
No quedó polvo.
No quedó alma.
No quedó memoria.
Solo… Silencio.
— Una risa.
No una común.
Una carcajada demente, rota, eufórica… de alguien que ya no podía volver atrás.
—Jajajajajajajaja… Las miradas se giraron como cuchillas al origen de aquel eco.
Allí, de pie entre las ruinas de lo que alguna vez fue la capital de Sainokuni, rodeado por cenizas, cadáveres y un cielo que no sabía si amanecer o llorar… Shinsei Kōji.
Pero no era el mismo.
Su silueta se mantenía, su figura humana seguía en pie, pero una parte de él… ya no tenía rostro.
Un costado era carne informe, como si el Dios que acababa de ser destruido hubiera tomado posesión del vacío en su ser.
El otro lado mantenía su expresión: una sonrisa de alivio y triunfo.
Como si la derrota del Dios solo hubiera sido un paso más para él.
—Vaya… he fallado —dijo mientras reía—.
Pero gracias por corregirme, Narikami Goe.
Narikami giró lentamente, la sangre resbalando por su espada como un segundo filo.
Lo vio.
Lo sintió.
Y lo supo al instante.
Shinsei había absorbido lo que quedaba del Dios artificial.
No por completo.
No su cuerpo.
Solo su esencia.
La chispa divina que quedó suelta tras el Yuino.
Y eso… fue suficiente.
El mundo se detuvo.
Ni el viento se atrevía a soplar.
Shinsei levantó ambas manos, y en cada una de ellas, una espada: En la izquierda: Shōmetsu – Desvanecer.
Una hoja oscura, curvada, que temblaba como si quisiera borrar todo lo que tocaba.
En la derecha: Saisei – Reconstruir.
Transparente, afilada, vibrante como la verdad más hermosa, capaz de recrear todo lo perdido… pero a su manera.
—Ahora sí —dijo Shinsei— soy lo que siempre debí ser.
Ni un humano.
Ni un dios artificial.
Una divinidad verdadera… nacida del pecado del hombre.
Su voz no retumbaba.
Acariciaba los oídos con veneno.
—Ya no necesito ser elegido.
Ahora… yo soy la elección.
Su sombra se alargó, las nubes se abrieron como si el cielo no supiera cómo reaccionar.
Y todos los que estaban cerca, incluso los más fuertes, sintieron un escalofrío en lo más profundo de su alma.
Porque si el Dios Artificial fue el fin del mundo… Shinsei Kōji podría ser el nuevo principio.
— Narikami, cubierto de heridas, apenas sostenido por su propia voluntad, dio un último paso.
Y luego otro.
Y otro más.
Frente a él, Shinsei, ahora investido con la esencia de una falsa divinidad, sonreía en silencio.
Narikami levantó su espada.
—¡No…
te dejaré…!
Un estruendo.
El sonido de su cuerpo colapsando como una estructura rota.
Su katana cayó antes que él.
Y luego, como si la gravedad lo hubiera recordado, se desplomó.
No fue dramático.
No hubo viento.
No hubo grito.
Solo… el silencio del agotamiento absoluto.
Su cuerpo ya no temblaba.
Ni siquiera sangraba.
Solo yacía, con los ojos apenas abiertos, mirando a su enemigo… mientras sus piernas eran un recuerdo de lo que fue su fuerza.
Enma corrió hacia él.
—¡Narikami!
¡¡Narikami!!
Sus lágrimas caían como si el mundo se quebrara otra vez.
Lo tomó en brazos.
Su corazón estaba latiendo, pero su espíritu… Su espíritu parecía ya no estar.
Shinsei los observó.
Por un segundo, su mirada se detuvo en el hombre que tantas veces desafió lo imposible.
Y luego simplemente lo ignoró.
Giró su rostro, y alzando Shōmetsu —la espada de la negación—, la pasó con una precisión inhumana por el aire… El filo no cortó carne.
Cortó existencia.
Miles de soldados, generales, voluntarios y espectadores… Desaparecieron.
No murieron.
Simplemente dejaron de ser.
Como si el universo nunca hubiera escrito sus nombres.
Y Shinsei susurró… —No es venganza.
Tampoco juicio.
Es solo… lo que debe ser.
Y volvió a avanzar.
Mientras Enma gritaba… y Narikami, el hombre que desafió a los dioses, yacía como un mártir sin tumba.
— Los cielos se mantuvieron en silencio.
No hubo rayos.
No hubo truenos.
Solo una declaración.
Una voz atravesó las naciones, sin importar distancias, religiones o idiomas.
No fue magia.
No fue tecnología.
Fue voluntad divina.
—Mi nombre es Shinsei Kōji.
Fui humano.
Fui creyente.
Fui elegido.
Y ahora… soy Dios.
Desde el campo de batalla hasta los tronos más lejanos… desde los templos hasta las cárceles… todos escucharon.
Los ojos del mundo se volvieron hacia él.
Un hombre con dos espadas: una que borraba, otra que reconstruía.
Una figura que ya no tenía rostro… sino significado.
— En la sala de reuniones de la A.S.E.
Las pantallas mostraban datos inútiles.
Los informes llegaban como suspiros moribundos.
Y los líderes de todas las potencias, ahora reducidos a meros espectadores del fin, guardaban silencio.
Un delegado rompió esa quietud: —¿No habría sido mejor… que simplemente nos borrara?
Nadie respondió.
Ni los dictadores.
Ni los reyes.
Ni los presidentes.
Porque lo sabían.
Ser borrado era un final.
Ser dominado por un mártir transformado en dios, era condena sin fin.
— En todos los continentes, la humanidad tembló.
Querían continuar la guerra.
Querían rebelarse.
Querían gritar.
Pero ya no había fe.
Ni ideología.
Ni fuerza.
Solo una certeza: Ningún humano… por más fuerte, justo o cruel que fuera… era capaz de igualar a Shinsei Kōji.
Y entonces, la humanidad se rindió.
Pero no con dignidad.
Ni con lágrimas.
Con un silencio cobarde.
— Cuando un dios nace del sufrimiento humano, no puede traer redención… porque no fue engendrado por la esperanza, sino moldeado por la desesperación.
No juzga con justicia, no ama con compasión, no odia con rabia… Simplemente existe.
Y al existir, reescribe las reglas de un mundo que ya no le pertenece a los humanos.
Así fue como, en un solo día… la humanidad dejó de ser dueña de su historia.
Gracias por adentrarte en este segundo arco, donde la guerra no solo se gesta con espadas, sino con heridas del pasado, decisiones sin retorno… y almas que aún no han elegido de qué lado están.
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