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Chi no Yakusoku – El juramento de sangre - Capítulo 51

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51: Capitulo 48 – Cuando Los Humanos Desafían al Cielo 51: Capitulo 48 – Cuando Los Humanos Desafían al Cielo El mundo se arrodilló.

No por fe, ni por devoción.

Sino por puro instinto de supervivencia.

El mensaje de Shinsei se propagó como una peste silenciosa: no había promesas de salvación, ni amenazas… solo una afirmación absoluta: “Yo soy.” No necesitó templos ni altares.

Solo bastó su existencia para quebrar reinos, ideologías y almas.

Los pocos soldados que sobrevivieron a la gran catástrofe recibieron su primer mandato divino: Ejecutar a todo aquel que se rehusara a aceptar el nuevo orden.

Las ciudades ardieron por segunda vez.

No por la guerra entre naciones, sino por el miedo a una voluntad superior.

Nadie sabía si obedecer era lo correcto, pero tampoco podían morir sabiendo que su Dios ni siquiera los miraría a los ojos.

— Genshin, encerrado en el núcleo de defensa de Hokori, lo entendía mejor que nadie: la guerra aún no había terminado.

Solo había cambiado de rostro.

Mientras las demás naciones quemaban su dignidad para seguir respirando, Hokori, el reino manchado de sangre y maldiciones… seguía de pie.

—¿Y si no podemos ganar?

—preguntó uno de los nuevos reclutas en entrenamiento.

Genshin limpió su armadura, sin mirar al joven.

—Entonces lucharemos hasta que nuestros huesos se quiebren.

Y si Shinsei realmente es un dios… que recuerde que fue la humanidad la que creó a sus demonios.

— Kenshiro Gai no hablaba.

Solo entrenaba.

Kyomu observaba en silencio, como si supiera que el momento se acercaba.

Y en un rincón apartado del continente, Yodaku reía mientras afilaba su arma, como si estuviera esperando el momento de morir con estilo.

No eran dioses.

No eran salvadores.

Pero eran lo último que el mundo tenía antes de caer por completo.

— Reiji permanecía quieto junto a la ventana, observando cómo los rayos del sol atravesaban el techo agrietado del hospital en ruinas.

En la cama, cubierto por vendajes y tubos improvisados… yacía Narikami Goe.

Los médicos ya no podían explicarlo.

Su cuerpo seguía vivo.

Su corazón aún latía.

Pero su mente vagaba en algún lugar entre el recuerdo y la eternidad.

Y aún así, aún sin hablar, sin moverse… El mundo ya le había dado un nombre: “El Último Héroe de Sangre.” Aquel que desafió a un dios con nada más que su voluntad y su espada.

— Muy lejos del hospital, Donyoku caminaba por calles silenciadas por el miedo.

Se dirigía a uno de los refugios, uno de los pocos que no había sido convertida en templo para el nuevo Dios.

Su mirada era la misma de siempre: insatisfecha.

Porque no importaba si el sistema tenía corona, trono o alas divinas… Seguía siendo un maldito sistema.

A su lado, Chisiki mordía un onigiri mientras repasaba mentalmente las nuevas rutas de escape.

—¿Sabes?

—dijo con la boca llena—.

Este sabor no ha cambiado desde que éramos niños.

—¿Y el mundo?

—respondió Donyoku sin mirarlo.

—El mundo nunca cambia.

Solo cambia la forma en la que nos esclaviza.

— En otra esquina, Aika pasaba las páginas de un libro polvoriento en un banco de concreto, mientras la brisa jugaba con su cabello.

No leía por placer.

Leía para no pensar.

No quería aceptar que el silencio de Narikami, era lo más parecido a un réquiem que la humanidad tenía ahora.

Fue entonces cuando Shirota apareció.

Con su sonrisa de siempre.

Con esa energía molesta y encantadora.

—¿Leyendo, querida?

¿Buscas una excusa para ignorar que estamos condenados?

Aika lo miró con desdén.

—¿Y tú?

¿Planeando un chiste para cuando llegue el fin del mundo?

Shirota se encogió de hombros y se sentó a su lado.

—Por supuesto.

Si ya vamos a morir, al menos que el último sonido sea una buena carcajada.

Pero por dentro… Incluso él lo sabía.

Estaban en la calma más peligrosa de todas: la que viene después de que el mundo se arrodilla ante lo incomprensible.

— Ya en el refugio.

Una de las casas estaba destrozada, pero aún se mantenía en pie… como si el mundo la hubiese perdonado por un solo día más.

Donyoku abrió la puerta con cuidado.

Un crujido sonó como una vieja canción de cuna.

—¿Mamá…?

—susurró.

Y entonces la vio.

Su madre, con las manos llenas de polvo, el rostro envejecido por la guerra… y los ojos más brillantes que el sol.

Ella lo miró por unos segundos como si dudara de su propia memoria.

—¿Donyoku…?

¿Eres tú?

—Volví, mamá.

Ella corrió hacia él sin pensarlo.

Sus brazos se encontraron en un abrazo que dolía.

Pero no lloraron.

No porque no quisieran… sino porque sabían que el tiempo no les daba permiso.

— —Gracias a Dios —susurró su madre, aferrada a su hijo—.

Gracias a ese nuevo Dios por devolvérmelo.

Donyoku frunció el ceño, la apartó con suavidad y le tomó las manos.

—No, mamá.

No fue Dios.

Fue mi voluntad.

Y la de mis compañeros.

Su madre bajó la mirada, confundida, pero no discutió.

—Perdón…

es que ya no sé en qué creer.

—Entonces cree en mí.

Y en ti.

Y en los que todavía pueden pensar por sí mismos.

— Mientras tanto, en el fondo, los dos hermanitos de Donyoku lo observaban con reverencia… hasta que vieron a Chisiki.

—¡Oye tú!

¿Eres un fantasma?

¡Estás muy blanco!

—¿Por qué tienes ojos de sabio triste?

—¿Y ese parche?

¿Eres un ninja?

Chisiki intentó mantener la compostura, pero no pudo evitar sonreír entre suspiros.

—Soy un intelectual.

Déjenme en paz, criaturas del caos.

Los niños estallaron en carcajadas.

Y por unos segundos… solo por unos segundos, la casa se llenó de risas.

De humanidad.

De un recuerdo de lo que significaba estar vivos sin miedo.

— Donyoku los miraba desde la cocina, con los brazos cruzados y la espalda contra la pared.

No dijo nada.

Pero por dentro pensó: “Si esto se va a acabar… al menos quiero ver este tipo de cosas antes del final.” — Desde su trono de piedra celestial, levantado en lo que una vez fue la capital de Sainokuni, Shinsei Koji contemplaba el mundo sin moverse… y sin embargo, algo lo inquietaba.

No sabía qué.

Solo lo sentía.

Una punzada.

Una vibración que no provenía del suelo ni del viento… sino de su propia alma artificial, esa misma que fingía no tener.

Pero su ego… ese dios verdadero en su interior, le ordenaba ignorarlo.

—Nada queda por temer.

Ya gané.

— El sol no había salido en días.

Las nubes parecían petrificadas.

Las aves ya no cantaban.

Los mares ya no rugían.

Solo el silencio… ese que grita más fuerte que cualquier palabra.

— La A.S.E.

había enmudecido.

Sin líderes.

Sin decisiones.

Solo comunicados vacíos y alertas tardías.

No sabían qué hacer.

Ya no eran una asamblea.

Eran un coro de cadáveres sentados en sillas diplomáticas.

— En las calles… las banderas habían sido quemadas.

Los idiomas comenzaban a desaparecer.

Las monedas eran ceniza.

La economía, solo un recuerdo arqueológico.

Lo único que valía… era sobrevivir.

— Genshin, el Rey de Hokori, aún en las sombras de su refugio, limpiaba su espada.

Sin palabras.

Sin permiso.

Sin aliados.

Planeando lo impensable… una rebelión contra un dios.

— En la noche más larga que la humanidad haya sentido, Donyoku yacía en su cama, la mirada fija en el techo.

No soñaba.

No temía.

Solo pensaba… “Ya no tengo pesadillas.

Porque ya vivo en una.” Una risa seca escapó de su garganta.

¿Era ironía?

¿Locura?

¿Claridad?

No lo sabía.

Pero entonces lo comprendió.

Si quería proteger los pocos segundos de risa, los pequeños instantes de luz… si quería que los momentos felices no se acabaran nunca más… entonces debía acabar con los horrendos.

No por el mundo.

No por los demás.

Sino por él.

Por ellos.

Por lo que aún puede ser humano.

— La madrugada aún no tocaba el cielo… y Donyoku, con los ojos ardiendo y las heridas sin cerrar, ajustaba su armadura oxidada y se amarraba las dagas a los muslos.

No hubo despedidas.

No hubo cartas.

No hubo dramatismo.

Solo pasos.

Pasos decididos.

Reiji no debía saberlo.

Ni Aika.

Ni Chisiki.

Ni Seimei.

Ni siquiera Seita.

Esta vez, la batalla no se libraría como grupo.

Esta vez, era un asunto entre él… y el dios que el mundo había dejado subir al trono.

— Caminaba por los restos de una ciudad sin nombre.

La luna lo observaba sin juicio.

Las ruinas crujían bajo su peso.

Y el viento… parecía contener la respiración.

Pero entonces, una voz quebró el silencio como una daga en la garganta: —¿A dónde crees que vas, asesino de imposibles?

Era Iwamaru.

El Teniente sin rostro.

El hombre al que ni la muerte logró convencer de rendirse.

Su cuerpo aún temblaba por la batalla.

Sus Shinigamis flotaban tras él como sombras hambrientas.

Pero allí estaba.

Ni el dolor… ni la lógica… lo detendrían.

Donyoku no se sorprendió.

Solo apretó los puños.

—Hoy… llorarán los dioses.

Y reirán los humanos.—dijo sin girar el rostro.

Iwamaru soltó una carcajada seca.

Como si hubiera esperado esa frase toda su vida.

—Entonces quiero ver si lo logras.

Pero no esperes que me quede mirando.

No pidió permiso.

No buscó palabras heroicas.

Solo caminó.

A su lado.

Y así, los dos se adentraron en la noche… no como héroes, sino como hombres que se negaron a vivir de rodillas.

— Shinsei Kōji, el autoproclamado Dios de esta nueva era, dormía en un lecho bañado en seda blanca, mientras el mundo afuera se desangraba.

Su respiración era serena.

Sus pensamientos, nublados por una divinidad vacía.

Sus sueños…

inentendibles incluso para él mismo.

Y mientras los pueblos colapsaban, las economías caían, los fieles se arrodillaban ante su falso altar…

Dos jóvenes reescribían el guion del destino con cada paso que daban.

Uno con las manos cubiertas de cicatrices y empuñando dos dagas nacidas del deseo.

El otro, con tres Shinigamis danzando en su sombra, como presagio de muerte.

No dejaron testigos.

Solo ecos.

Cadáveres.

Silencio.

— Uno de los guardias sobrevivientes, temblando y con el rostro lleno de sangre ajena, corrió hasta el salón principal.

Se arrastró.

Suplicó.

Se arrodilló ante el “Dios”.

—¡Mi señor…

ellos vienen!

¡Ellos… nos están—!

Shinsei abrió los ojos.

Sin prisa.

Sin emoción.

—…Tanto ruido para algo tan pequeño.—murmuró mientras se incorporaba.

Ya no despertaba con furia.

El odio era un lujo que se le escapaba con cada instante.

Se estaba volviendo lo que temía: una estatua viviente que imitaba el poder sin comprenderlo.

Tomó sus dos espadas.

Desvanecer en su izquierda.

Reconstruir en su derecha.

Y se puso de pie.

— Las puertas del salón estallaron como si la voluntad misma las hubiera arrancado.

Donyoku entró primero.

Sus ojos eran dos brasas encendidas.

Su cuerpo temblaba.

Pero no por miedo.

No esta vez.

Temblaba por hambre.

Por rabia contenida.

Por el deseo primitivo de proteger lo poco bueno que había logrado construir.

Detrás de él, Iwamaru Nagi, el Teniente de los Muertos, apareció sin temblor alguno.

No cargaba odio.

Ni amor.

Solo propósito.

Uno quería preservar lo que ama.

El otro… grabar su nombre en la eternidad.

Y ambos, frente al falso dios, eran todo lo que la humanidad tenía.

— Donyoku no esperó discursos ni advertencias.

Tomó unas piedras del suelo… y las lanzó directo al rostro de Shinsei.

No para dañarlo.

Sino para decirle: “Estoy aquí.” Shinsei extendió dos dedos.

Con un leve toque, las piedras se desvanecieron en polvo.

Luego, con su otra espada, dibujó un gesto en el aire… y aquellas piedras renacieron.

Pero no como antes.

Ahora eran enormes, grotescas, monumentales.

Caían como meteoritos sobre el templo.

—¡IWAMARU!

—gritó Donyoku.

Iwamaru se adelantó.

Sus Shinigamis lo envolvieron a él y a su compañero, creando un escudo etéreo.

Pero Shinsei ya estaba allí.

Frente a ellos.

Sin moverse.

Sin respirar fuerte.

Sin odio.

Solo… presente.

Tocó las dagas de Donyoku con “Desvanecer”.

Pero entonces… algo falló.

Un parpadeo.

Un susurro.

Una resistencia.

Las dagas no desaparecieron.

Sino que su energía fue consumida por Donyoku.

—¿Qué…?

—murmuró Shinsei por primera vez en siglos.

Y con un giro brutal, Donyoku le lanzó una patada que lo sorprendió.

Shinsei no cayó.

Pero ellos sí salieron volando.

— El impacto los arrojó fuera del templo.

El suelo se quebró.

Donyoku se rompió un brazo al chocar contra una columna.

Iwamaru apenas logró amortiguar su caída con sus Shinigamis.

—¡Hijo de…!

—escupió Donyoku, mientras se agarraba el brazo roto, conteniendo el grito.

—¿Te vas a rendirte por eso?

—preguntó Iwamaru sin tono.

Donyoku lo miró con los ojos llorosos, asintió… y gritó: —¡¡Recolócame el maldito brazo ya!!

Los Shinigamis lo sujetaron.

Un crujido sonó como si el alma se rompiera.

Donyoku casi vomita del dolor, pero no se quejó.

Solo se vendó el brazo con fuerza.

—Con uno basta.

El otro es para cargar la victoria.

Shinsei no les dio ni un segundo más.

Extendió su espada.

Y el mundo alrededor comenzó a desvanecerse.

Las casas.

Las nubes.

Las hojas.

Las piedras.

Todo.

Donyoku esquivó de milagro.

Iwamaru también.

Luego, sus Shinigamis se unieron en una espada oscura, tan larga como la sombra del fin del mundo.

Le propinó un tajo directo a Shinsei.

¡CLAAASH!

Sangre.

Sí.

Shinsei sangró.

Pero él puso su mano sobre la herida, y con la otra espada…

la reconstruyó.

—No basta solo con dañar a un Dios—dijo Shinsei, sin emoción.

Donyoku se lanzó como una tormenta.

Sus dagas vibraban.

Su cuerpo se llenaba de algo… desconocido.

¿Era odio?

¿Era dolor?

¿O… era algo que despertaba dentro de él?

— Desde la ciudad, pobladores de paso vieron los destellos.

Las dagas cortando la noche.

La espada Shinigami chocando contra el mismísimo aire.

Y por segunda vez… Los rumores corrieron.

—¡¡Donyoku!!

—¡¡Ese es Iwamaru!!

—¡¿Otra vez… los humanos… desafían a los dioses?!

Otra vez… la llama se encendía.

Porque aunque la esperanza estaba rota… los humanos aún podían incendiar el mundo con un solo acto de rebeldía.

— —¿¡Otra vez unos niños!?

—dijo uno de los altos miembros de la A.S.E, golpeando la mesa con los nudillos.

La noticia era absurda.

—¿Dos soldados en ruinas enfrentando a un “Dios” y saliendo con vida…?

—Esto es una broma —No podemos basar una estrategia mundial en rumores callejeros —Son suicidas, no héroes En medio de las discusiones, el Rey Genshin de Hokori se mantuvo en silencio.

Solo una leve sonrisa apareció en su rostro.

Se puso de pie.

El eco de sus botas resonó en la sala.

—Pueden quedarse aquí…

encogidos de miedo.

Yo iré a ver con mis propios ojos cómo dos simples humanos están logrando lo que ustedes, con todas sus armas, nunca pudieron.

Todos callaron.

—¿Entonces qué sugiere?

—preguntó un diplomático de Kanjo, con voz temblorosa.

Genshin se dio vuelta y, con voz firme, dijo: —Que ha llegado la hora… de recordar por qué Hokori fue la primera piedra del continente.

Y por qué nuestra voluntad jamás se doblegó ni ante catástrofes ni ante dioses.

Dio un paso hacia la puerta.

—Activen la Marcha del Alba.

Vamos a la guerra… no por gloria, ni por venganza.

Sino porque si dos muchachos pueden hacer tambalear a una divinidad…

entonces nosotros podemos aplastarla.

— Kagemaru, encorvado junto a la pared, suspiró con fastidio.

—Supongo que ya es hora de despertar a los muertos —murmuró—.

El ejército hokoriano necesita saber que aún hay algo por lo que luchar.

Desapareció como una sombra.

Lo que venía…

sería su danza de sangre.

Kyomu no dijo una sola palabra.

Sus ojos seguían el movimiento de Genshin.

Pero en su silencio… había una aceptación absoluta.

— Muy lejos, en las heladas tierras del norte… La princesa Yukihana, del Reino de Yukiguni, observaba el mapa del mundo.

Frente a ella, las nuevas fronteras se habían dibujado solas con sangre.

Los informes hablaban de un tal Donyoku… y un hombre con ojos de monstruo, Iwamaru.

Y por alguna razón, esa historia le pareció real.

Ella no creía en los dioses.

Pero sí creía en la furia humana.

Y aunque su consejo le rogaba que se mantuviera neutral… Ella apretó el pergamino entre sus dedos.

—Entonces… esta será mi última orden.

—¿Majestad?

—Envía suministros.

Refuerzos.

Y mis palabras.

Hokori no debe morir solo.

Si el mundo arde… ardamos juntos, pero no de rodillas.

— Las estrellas temblaban.

Los reyes, generales y soldados de todas las razas y nombres…

comenzaban a recordar: Que incluso cuando un dios gobierna el mundo… la voluntad de los mortales… aún puede arder como un sol.

— Y cuando el mundo fue puesto de rodillas ante un dios, no fueron las plegarias, ni las armas, ni los pactos… sino la voluntad de unos pocos locos lo que hizo temblar el cielo.

Gracias por adentrarte en este segundo arco, donde la guerra no solo se gesta con espadas, sino con heridas del pasado, decisiones sin retorno… y almas que aún no han elegido de qué lado están.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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