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Chi no Yakusoku – El juramento de sangre - Capítulo 52

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52: Capitulo 49 – La Rebelión De Los Inútiles 52: Capitulo 49 – La Rebelión De Los Inútiles Reiji despertó con el corazón golpeando su pecho como un tambor de guerra.

No necesitó que nadie le explicara nada.

Sintió el eco del alma de su alumno, latiendo en el aire, chocando contra una presencia…

inhumana.

—Donyoku…

—susurró.

Sin dudarlo, tomó su katana y salió corriendo, cruzando los restos de una ciudad sin alma.

Ruinas, calles vacías y miradas rotas lo escoltaban.

La humanidad agonizaba… pero alguien, uno solo, seguía luchando.

A kilómetros de distancia, en lo alto del templo, Shinsei Koji, el autoproclamado Dios, desataba su voluntad con dos espadas que regían las reglas del mundo: Desvanecer y Reconstruir.

Cada tajo borraba la lógica.

Cada movimiento tejía una nueva realidad.

Era como si el universo se doblegara a sus pies sin siquiera pedirle permiso.

Pero frente a él… dos jóvenes se negaban a arrodillarse.

Donyoku jadeaba.

Su brazo vendado temblaba.

No por miedo, sino por la carga de lo imposible.

Su Shinkon rugía, amplificando su cuerpo, tensando cada fibra como si fuera un arco a punto de disparar.

Sus dagas no se rompían… las devoraban.

Iwamaru estaba a su lado, empuñando una espada negra y colosal, creada al fusionar a sus tres Shinigamis.

El arma vibraba con símbolos malditos, con ecos de monstruos, con el hambre de los muertos.

Ambos se movían como si hubieran nacido para luchar juntos.

Donyoku atacaba rápido y errático.

Iwamaru respondía con precisión quirúrgica, como si sus almas compartieran un mismo objetivo: matar a un Dios.

Pero Shinsei…

Shinsei no temía.

Sus dos espadas eran absolutas.

Destruían con la delicadeza de una sinfonía… Y reconstruían como si jugaran con los hilos del destino.

El suelo temblaba.

Los muros se deshacían.

La realidad misma comenzaba a colapsar… Y aún así… dos asesinos seguían luchando.

Sin milagros.

Sin bendiciones.

Solo con la voluntad de hacer sangrar a lo imposible.

Y en la distancia, como una tormenta afilada… Reiji se acercaba.

— Shinsei Koji seguía arrasando como si el mundo fuera un error a corregir.

Con cada paso, la realidad se resquebrajaba.

Un país entero… estaba a punto de ser desvanecido.

Todo por la obstinación de dos simples humanos.

Donyoku respiraba con dificultad.

Su brazo vendado.

Sus ropas rasgadas.

La sangre ya no salía a chorros, solo a gotas… como si incluso su cuerpo estuviera empezando a rendirse.

Aún así, no paraba.

Iwamaru, a su lado, también comenzaba a tambalearse.

Sus músculos tensos, sus Shinigamis fatigados, su alma al borde del colapso.

Era un guerrero quirúrgico, elegante… Pero hasta el arte tiene límites cuando el lienzo arde en llamas.

Y frente a ellos, Shinsei permanecía erguido.

Callado.

Vacío.

Imparable.

Por dentro, su fanatismo lo devoraba.

Y la voluntad del Dios Artificial que alguna vez quiso absorber…

ahora comenzaba a absorberlo a él.

Se estaba volviendo algo distinto.

Algo sin nombre.

Algo sin conciencia.

Donyoku logró acertar varios cortes seguidos, su Shinkon brillando con desesperación.

Y por un instante, pareció que podía lograrlo.

Pero la ilusión se quebró.

La espada de Desvanecer atravesó su abdomen.

El mundo se detuvo.

Y entonces… Shinsei cayó en otra realidad.

No era una ilusión de Reiji.

No era un truco de los Verdugos.

No era una proyección de los Verdaderos.

Era el alma de Donyoku.

Y allí… algo lo observaba.

Una criatura gigantesca, informe, hecha de oscuridad densa y hambre incandescente.

No tenía rostro, pero su presencia era más imponente que cualquier divinidad.

Respiraba como si tragara galaxias.

Y hablaba como si su voz partiera los pecados del mundo en dos.

—Yo soy un deseo.

Un pecado.

Un eco de lo que los humanos no pueden controlar.

Shinsei, aún con su ego por los cielos, sintió por primera vez un escalofrío sin explicación.

La bestia no atacó.

Solo dictó su verdad.

—Y tú… tú, que te creíste un ser superior… te atreviste a tocarme.

Ese fue tu peor error.

Tal vez no soy más fuerte que tú ahora.

Pero el poder no nace del control… Sino del deseo.

Y el deseo de Donyoku… el hambre de proteger, de romper el ciclo, es mil veces más fuerte que tu ambición de dominar.

Shinsei retrocedió.

Sintió algo que no comprendía del todo.

Por primera vez, vio a Donyoku no como un niño… sino como una amenaza.

— Shinsei abrió los ojos de golpe.

Había salido del trance.

Pero demasiado tarde.

—¡Ahora!

—gritó Iwamaru.

Donyoku le clavó su daga directo al abdomen, y sin perder un segundo, Iwamaru lo jaló hacia atrás para ponerlo a salvo.

El dolor era insoportable.

Donyoku se dobló sobre sí mismo, jadeando como un animal herido.

—¿No que ibas a hacer llorar dioses?

—dijo Iwamaru, medio sonriendo, mientras sostenía su espada aún chorreando sangre—.

El único que parece a punto de llorar eres tú.

Donyoku lo miró con odio… Pero se puso de pie.

Su herida sangraba a chorros.

Su visión se nublaba.

Pero aún tenía una daga.

Y un deseo.

Shinsei los observaba, tranquilo.

Pero cuando Iwamaru atacó de nuevo, esta vez con su espada de Shinigamis, Shinsei levantó la mano para marcarla y desvanecerla… Solo que la espada se “rompió” antes de ser tocada.

Los Shinigamis se desunieron en el aire como sombras líquidas, rodearon a Shinsei… Y lo cortaron desde múltiples ángulos.

Shinsei se curó con rapidez usando su espada de Reconstruir, pero no notó a tiempo a Donyoku, que llegó como un rayo con una ráfaga de cortes.

Shinsei retrocedió.

Pero no por miedo… Sino por molestia.

Con un rugido casi animal, desató un contraataque feroz que atravesó a ambos.

Iwamaru cayó de rodillas.

Sus Shinigamis comenzaron a deshacerse.

Donyoku no podía respirar.

Ya no quedaba ni fuerza, ni milagros.

—Lamentablemente, ustedes son humanos —dijo Shinsei, girando la espalda con calma—.

Frágiles, efímeros… reemplazables.

Si al menos sus cuerpos no fueran basura… quizás podrían aspirar a ser dioses.

Pero justo antes de terminar su frase… Una espada y una daga lo atravesaron al mismo tiempo.

Donyoku, con la mirada en llamas.

Iwamaru, con la furia de todos los caídos.

Shinsei escupió sangre.

Intentó levantar sus espadas para desvanecerlos y reconstruirlos como sus sirvientes… Pero Donyoku, dejando una daga clavada, sacó la otra y bloqueó ambas espadas con una fuerza monstruosa.

La daga se quebró en el impacto.

Pero ya era tarde.

Reiji apareció de la nada.

Un solo corte.

Preciso.

Implacable.

Y mortal.

Shinsei fue atravesado por completo.

Iwamaru se alejó.

Y justo cuando Shinsei intentó regenerarse… Los Shinigamis de Iwamaru explotaron dentro de su cuerpo.

Una última orden suicida.

El cuerpo de Shinsei convulsionó.

Sus órganos colapsaban.

Donyoku se acercó con dificultad y le clavó la daga en el cuello.

—¿Por qué viniste?

—le preguntó a Reiji, temblando, respirando sangre—.

Aún no te has curado el pulmón… —No podía quedarme al margen mientras unos niños enfrentaban a un Dios —respondió Reiji, con una sonrisa apagada—.

Necesitaban una pequeña ayuda.

Pero no hubo tiempo para hablar más.

El cuerpo de Shinsei se retorcía.

No era una convulsión.

Era una ruptura.

Como si algo dentro de él finalmente hubiera despertado…

o escapado.

Una carcajada brotó de sus labios.

Pero no era suya.

Era… más grave.

Más áspera.

Más rota.

Donyoku retrocedió.

La presencia era distinta.

Aquello no era Shinsei.

—¿Te asusté…?

—dijo la voz, con un tono casi juguetón, burlón… pero extrañamente educado—.

Discúlpame, no era mi intención.

Los ojos de Shinsei giraron hacia Donyoku, pero ya no era él quien miraba.

—Supongo que mereces una presentación adecuada —dijo mientras alzaba una mano temblorosa con teatralidad forzada—.

Me llamo Tsuyome… El hermano gemelo de Shinsei Kōji.

Silencio.

Un pájaro muerto cayó del cielo.

El viento se detuvo.

Donyoku frunció el ceño, sin entender del todo.

—¿Hermano…?

¿Cómo carajos puedes ser su…?

—Shinkon —interrumpió Tsuyome, mientras sonreía con pena amarga—.

O bueno… eso dicen los libros.

Pero yo prefiero decir que soy el cadáver que nunca supo morir.

La piel de su rostro se tensaba, como si aún no supiera qué expresión debía tener: sonrisa, ira, o tristeza.

—Sí.

Nací junto a él.

Respiramos el mismo aire.

Dormimos en la misma cuna.

Y un día, simplemente dejé de respirar.

Tsuyome bajó la mirada.

Un leve gesto de amargura se reflejó en su rostro antes de volver a hablar.

—Fue culpa suya.

Pero no lo culpo…

no del todo.

Él creyó en las palabras de ese maldito loco, Tsukimura.

El poder de los Gemelos Bendecidos…

¡Pero solo puede despertar uno!

Sus dedos hicieron un gesto en el aire, como si marcara el recuerdo en la atmósfera misma.

—Mientras dormía…

me mató.

Con una daga común.

No por odio.

Por ambición.

Donyoku apretó los puños.

Su respiración era pesada.

Todo en su interior le decía que ese ser… no mentía.

Tsuyome lo notó.

—¿Ahora lo entiendes?

No soy un invento.

No soy una habilidad.

Soy lo que queda cuando traicionas a tu otro yo para obtener poder.

Una lágrima le bajó.

No de dolor.

De burla.

—Soy su castigo.

Su sombra.

Y su mayor error.

Tsuyome rio, pero no por alegría.

Sino por el dolor intacto que aún ardía dentro de Shinsei.

—Me convirtieron en su Shinkon.

Un arma.

Un recuerdo.

Una maldita cicatriz viva.

Y ahora que estoy libre… juro por mi muerte, por mi carne, y por mi divinidad robada… Que nadie saldrá vivo de este mundo.

— Tsuyome alzó la espada Desvanecer.

Pero esta vez… no apuntó a una persona.

Apuntó al mundo.

Su mirada no era vengativa, ni fanática.

Era vacía.

Fría.

Determinada.

—No quiero reemplazar nada —murmuró con voz seca—.

Tampoco gobernar este mundo.

Solo… borrarlo.

Donyoku se abalanzó con lo poco que le quedaba.

Reiji corrió, gritando.

Iwamaru solo apretó los puños.

Pero era inútil.

El filo de la espada se extendía, marcando la línea entre la existencia y el olvido.

Y justo cuando la marca del fin estaba por ser impresa en el universo… Shinsei gritó.

Una explosión espiritual lo sacudió todo.

—¡Este cuerpo es mío!

Tsuyome tembló.

Su brazo flaqueó.

Shinsei se estaba apoderando de nuevo del cuerpo compartido.

Una lucha interna.

Un caos absoluto.

Dos voluntades opuestas colisionando en una prisión de carne.

— A kilómetros de allí, Genshin había llegado con su ejército.

Pero el pueblo no lo aclamó… Lo atacó.

—¡Ustedes no hicieron nada!

—gritaban.

—¡Muéranse con nosotros!

La ciudad de los desesperados se volvió a llenar de sangre.

Una guerra civil estalló en el corazón del apocalipsis.

La última rebelión contra los que no supieron salvarlos.

— Mientras tanto… Shinsei gritaba.

Tsuyome lo contenía.

Ambos querían matarse.

Ambos querían sobrevivir.

Ambos… eran uno.

Y entonces, en el instante más crítico…

La espada Desvanecer, aún en la mano de Tsuyome, giró y se hundió en su propio pecho.

Directa al alma.

El mundo pareció quedarse sin color.

Shinsei gritó.

Tsuyome gimió.

El Dios Artificial… simplemente cayó en silencio.

Pero justo cuando la aniquilación total era inevitable… La otra espada se movió.

Reconstruir.

Con un movimiento instintivo, Tsuyome la agitó.

No para salvarse.

Sino para terminarlo.

El filo brilló una última vez.

Shinsei fue borrado.

— Tsuyome cayó de rodillas.

Lágrimas.

No de dolor.

De liberación.

Por primera vez en su existencia… Era libre.

Pero también… estaba solo.

— Tsuyome caminaba.

Sin rumbo.

Sin peso.

Sin alma… pero con libertad.

Sus pasos eran lentos, casi ceremoniales.

La destrucción a su alrededor no lo perturbaba.

Solo… caminaba.

Y entonces, una voz rompió el silencio.

—¡Contención!

Unas cadenas de fuego brotaron del suelo.

Rápidas como serpientes, se aferraron a los brazos de Tsuyome, luego a su pecho, y por último… A su alma.

Tsuyome no gritó.

No se resistió.

Solo inclinó un poco la cabeza… como si entendiera.

— Un hombre apareció entre el polvo.

Su ropa estaba sucia, cubierta de ceniza.

Un sombrero demasiado grande le tapaba la mitad de la cara.

Hikaru.

Pero… algo estaba diferente.

No sonreía.

No bailaba.

No decía tonterías.

Solo se acercó.

Serio.

Silencioso.

Extendió la mano y tomó el cuerpo de Tsuyome.

Donyoku, Reiji e Iwamaru lo observaban perplejos.

Ni siquiera lo saludó.

Hikaru giró, con el peso del mundo en los hombros… Y se tropezó con su propio pie.

El cuerpo de Tsuyome cayó encima de él.

Una pequeña nube de polvo se levantó.

—¡Maldita sea!

—gruñó Hikaru desde el suelo—.

¡Quería hacer una entrada magistral!

Donyoku no pudo evitar soltar una risa leve.

Iwamaru chasqueó la lengua.

Reiji simplemente negó con la cabeza.

—Bienvenido de nuevo, Hikaru —dijo Donyoku, aún con media sonrisa.

Hikaru se levantó sacudiéndose el polvo.

—No me hablen… esto era una escena dramática.

¡Y la arruiné con mis malditos pies!

— Las calles eran un infierno.

No por fuego.

Sino por el silencio entre cada disparo.

La guerra civil no acabó con la caída de Shinsei.

Al contrario… apenas comenzaba.

Con la “divinidad” muerta, las máscaras cayeron.

Los fanáticos gritaban que Dios resucitaría.

Los ateos celebraban su libertad masacrando a inocentes.

Los políticos huyeron o fueron ejecutados.

Los soldados, confundidos, cambiaban de bando cada amanecer.

En las plazas… niños con armas.

En las iglesias… asesinatos disfrazados de redención.

En las casas… familias rezando por no ser los siguientes.

El mundo se quebraba.

No por falta de orden.

Sino por el exceso de fe perdida.

— Semanas.

Meses.

La tierra misma parecía haber olvidado cómo respirar.

Y aun así, en medio de toda esa podredumbre… Hokori resistía.

Aunque sus heridas seguían abiertas.

Aunque sus héroes ya no soñaban con la gloria.

Aunque el nuevo enemigo ya no era un Dios… sino la humanidad sin uno.

— El Dios cayó… pero la humanidad no se salvó.

Porque no hay mayor catástrofe que un mundo sin fe, y ningún demonio más cruel… que el ser humano cuando cree que ya no debe rendirle cuentas a nadie.

Gracias por adentrarte en este segundo arco, donde la guerra no solo se gesta con espadas, sino con heridas del pasado, decisiones sin retorno… y almas que aún no han elegido de qué lado están.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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