Chi no Yakusoku – El juramento de sangre - Capítulo 53
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- Capítulo 53 - 53 Capitulo 50 - Reparando el Mundo con las Manos Rotas
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53: Capitulo 50 – Reparando el Mundo con las Manos Rotas 53: Capitulo 50 – Reparando el Mundo con las Manos Rotas La guerra seguía.
Pero ya no se sentía como una guerra entre bandos.
Era una guerra sin nombre, sin rumbo, sin sentido.
La humanidad había dejado de preguntarse por qué mataba.
Ahora solo mataba.
Era más fácil asesinar que lograr reír.
— En una vieja instalación de concreto semiderruida, oculta entre ruinas, Donyoku vigilaba con los ojos entrecerrados.
Tenía un cuchillo en la mano.
Y el alma rota.
Su madre y sus hermanos dormían.
Cualquier ruido extraño lo ponía de pie.
Un parpadeo mal sincronizado podía significar perderlo todo.
Unas piedras crujieron cerca de la entrada.
Pero no eran bandidos.
Era Chisiki.
—¿Vigilando, como siempre?
—dijo mientras se sacudía el polvo.
Donyoku bajó la hoja.
—Aquí no se puede dormir del todo.
Es como si cada respiro se volviera sospechoso.
Chisiki entró, se dejó caer en un rincón, exhausto.
—Hoy un niño me preguntó qué significaba la palabra “paz”.
—¿Y qué le respondiste?
—Que era un invento viejo.
Como los teléfonos o las bibliotecas.
Algo que alguna vez existió, pero ya no.
Donyoku sonrió amargamente.
—No recuerdo una época donde no tuviera que desconfiar del que se me sienta al lado.
Ni de mi propio reflejo.
Chisiki asintió.
Tenía ojeras como abismos.
—La última vez que creí que el mundo podía arreglarse…
creo que ni habías despertado tu Shinkon.
Y míranos ahora: expertos en cómo sobrevivirle al Apocalipsis, pero idiotas emocionales.
—Al menos seguimos vivos.
—¿Y eso qué significa hoy en día?
Silencio.
Ambos sabían que la vida, por sí sola, ya no valía tanto.
— Tras unas horas de vigilia muda, se alistaron y salieron del refugio.
Se dirigieron hacia el viejo almacén donde Aika vivía con varios sobrevivientes.
Ella los recibió con una sonrisa débil.
Compartieron entre los tres unas sobras de arroz y un té demasiado ralo.
Pero en ese instante… una alerta de emergencia estalló en todas partes.
No importaba si era el desierto, el bosque, una prisión subterránea o una ciudad en ruinas: La A.S.E.
transmitía.
Una voz sin rostro, sin alma, hablaba: —Humanidad.
Si aún les queda algo de razón… detengan esta guerra absurda.
La divinidad ha muerto.
El juicio ha pasado.
No queda más que ustedes mismos.
Matarse ahora solo demuestra que Dios tenía razón al abandonarlos.
Si siguen, serán ustedes sus propios verdugos.
Si se detienen, tal vez aún haya un mañana.
Si no… entonces esta historia habrá terminado con risas ahogadas en sangre.
Silencio.
Los tres, aún con la comida en la mano, quedaron congelados.
El comunicado se repitió.
Una.
Dos.
Tres veces.
Pero no hacía falta repetirlo.
Ya todo había sido dicho.
Y lo peor… es que tal vez ya era demasiado tarde.
— El cielo… seguía sangrando.
No llovía agua.
Caían recuerdos, rabia y ceniza.
La tierra… devoraba a sus hijos como si estuviera cansada de sostener tanta idiotez.
La guerra… ya no era entre naciones, ideologías o religiones.
Era entre sobrevivientes.
Entre vecinos.
Entre hermanos.
Donyoku alzó la mirada desde una colina cercana.
Había silencio en su respiración, pero tormenta en sus ojos.
Parecía buscar entre las nubes alguna señal… un milagro imposible… o al menos una mentira piadosa.
—Tal vez si Dios no murió, se rindió primero —murmuró.
— Sala de Reuniones de la A.S.E.
El lugar era un infierno diplomático.
Los líderes se gritaban unos a otros, tan ciegos como las masas que pretendían gobernar.
—¡Hay que enviar tropas de paz!
—¡Ya mandamos tropas, idiota!
¡Las mataron!
—¡¿Y si negociamos con los cabecillas?!
—¿Cuáles cabecillas?
¡Ya no hay cabecillas, solo hambre y venganza!
Un portazo seco interrumpió la discusión.
El Gran Sacerdote Maharen entró con los ojos encendidos.
—¿Negociar?
¿Negociar qué, imbéciles?
El silencio fue más profundo que cualquier discurso.
—¿Quieren mandar tratados de paz a una generación que nació en trincheras y aprendió a rezar con un arma en la mano?
—No entienden nada —agregó Genshin, firme, cruzado de brazos—.
El mundo quiso sumirse en el caos por voluntad propia.
No es culpa de un Dios, ni de un experimento, ni de un rey…
Es culpa de nosotros mismos.
—La humanidad no necesita enemigos.
Se los fabrica —dijo con amargura la Princesa Yukihana desde su rincón.
Ella se levantó, caminó hacia la mesa y colocó ambos puños sobre ella.
—Y si quieren saber la única forma de detener esta guerra…
Los presentes aguantaron el aliento.
—Es que los humanos se den cuenta, por fin, de que están luchando por nada.
Nadie respondió.
No porque no quisieran.
Sino porque sabían… que tal vez, ya nadie quería escuchar.
— Las cenizas del mundo aún flotaban en el aire.
Y los cuerpos, más que muertos, parecían dormidos de tanto odio acumulado.
Desde una torre derruida por las batallas pasadas, Shirota Karakuri miraba hacia abajo.
La ciudad era un cementerio en ruinas…
y, aún así, seguía habiendo disparos, gritos, cuchilladas sin sentido.
—Ridículo… —susurró, con esa sonrisa suya de siempre, pero sin humor—.
¿Tantos muertos, tanto dolor… y siguen?
Yagameru estaba detrás de él, afilando su voz como si fuera una espada.
—¿De verdad crees que mi Shinkon puede parar esto?
Shirota no respondió de inmediato.
Cerró su abanico, lo apuntó hacia el cielo como si señalara a un Dios que ya no existía.
—No se trata de si puedes… se trata de que debes.
Hoy no vamos a cantar para entretener.
Hoy vamos a cantar para derribar un mundo podrido.
Yagameru tragó saliva.
Dio un paso al frente, se apoyó sobre un fragmento de columna caída, y activó su Shinkon.
Una pequeña melodía comenzó a brotar desde su garganta, como si las palabras no fueran solo sonidos… sino cuchillas emocionales que se clavaban en el alma de quien lo escuchara.
Su voz retumbó en la ciudad rota.
—¡Escúchenme, humanos del infierno que ustedes mismos crearon!
Sus palabras se extendieron como un eco envenenado, y se escucharon incluso en los rincones más profundos de las calles, túneles y colinas.
Su Shinkon estaba funcionando: convertía sus palabras en verdades absolutas para quien lo oyera.
—¿Dónde están sus dioses ahora?
¿Dónde está ese poder que juraron tener cuando mataron por una bandera o una idea?
¡Miren a su alrededor!
No están rodeados de enemigos.
Están rodeados de espejos.
Espejos rotos, sucios, que se rompen a cada palabra de odio que escupen.
Algunos soldados dejaron caer sus rifles.
Otros comenzaron a llorar como niños.
—Mataron por fe.
Mataron por miedo.
Pero, al final… nadie ganó.
Y en ese instante, Shirota activó su propio Shinkon.
Una oleada invisible se extendió por la ciudad como un impulso eléctrico.
Pero no era electricidad.
Era control emocional absoluto.
Las ondas mentales del Shinkon de Shirota envolvieron a todos los que ya estaban bajo la influencia del mensaje de Yagameru.
Sus ojos se dilataron.
Sus músculos se congelaron.
El tiempo no se detuvo…
fueron las voluntades las que colapsaron.
Civiles y soldados se quedaron de pie, en silencio, inmóviles.
Como si el alma les hubiera sido sacada…
para obligarlos a pensar.
Y entonces, Shirota descendió lentamente de la torre.
Se plantó en medio del campo, entre ruinas y charcos de sangre seca, y gritó con una furia que jamás se le había escuchado: —¡¿VALIÓ LA PENA, MALDITOS?!
¿¡Toda esta mierda!?
¿¡VALIÓ UNA SOLA LÁGRIMA DE LOS QUE MURIERON!?
Un niño en una esquina temblaba.
Un adulto se arrodilló.
Una mujer se arrancó el pañuelo de guerra que llevaba años atado a su brazo.
Y, por primera vez… nadie alzó un arma.
Desde ese punto del continente… la guerra comenzó a morir.
No porque todos entendieran.
No porque todos perdonaran.
Sino porque estaban vacíos.
Y las verdades que Yagameru les mostró… dolían más que cualquier bala.
—Lo hiciste bien… —le susurró Shirota a Yagameru, dándole una palmada en el hombro—.
Tal vez…
tal vez sí merezcamos otra oportunidad.
Y, mientras el sol seguía escondido, mientras los escombros seguían tapando las calles, el eco de sus voces siguió expandiéndose.
La paz no nació de la justicia.
Nació del agotamiento.
Y del último grito…
que alguien se atrevió a cantar.
— Entre los escombros y las calles que aún olían a humo, un niño caminaba de la mano de su hermana mayor.
Sus ojos estaban llenos de preguntas, pero ya no quedaban adultos con respuestas.
Se detuvieron frente a una pantalla vieja, una de las pocas que aún funcionaba.
En ella, una transmisión emergía desde la sede provisional de la A.S.E.
El secretario general, con la voz entrecortada y los ojos hundidos, hablaba en cadena mundial.
—Hemos contabilizado la pérdida de más del setenta por ciento de la población… El sistema económico mundial ha colapsado.
Las fronteras ya no existen.
Solo queda una decisión: O volvemos a ser humanos… o desaparecemos.
Un silencio incómodo se apoderó de la sala de conferencias.
Y en el rincón de la transmisión, el niño apretó el puño de su hermana.
—¿Entonces… el Dios que apareció no era bueno?
¿Entonces ya no hay nadie que nos cuide?
La hermana bajó la cabeza.
No lloró.
Solo dijo: —Ahora… solo podemos cuidarnos entre nosotros.
— En otra parte del mundo, entre las ruinas de un templo partido por un rayo artificial, un grupo de fanáticos religiosos se negaba a aceptar la realidad.
Vestían túnicas manchadas de barro y sangre, rezaban mirando al cielo roto, deseando que el “Dios correcto” bajara esta vez.
Uno de ellos, temblando, gritó: —¡Aún no es tarde!
¡Este no fue nuestro verdadero salvador!
¡Debemos hacer sacrificios!
¡Debemos purificarnos!
Pero nadie respondió.
A su lado, un anciano soltó su rosario.
Otro quemó su biblia.
Una mujer se arrodilló y murmuró: —Le rezamos a un vacío.
Y ese vacío respondió.
— En las Tierras Sagradas de Reimei, el Gran Sacerdote Maharen caminaba solo por las escaleras de su templo.
El incienso aún ardía, pero no quedaban creyentes.
Miró al cielo… y por primera vez no pidió un milagro.
—Ya no nos quedan oraciones… Solo la consecuencia de haberlas desperdiciado.
— La guerra había terminado en muchos corazones… pero la culpa, la fe rota y el dolor seguirían caminando con ellos…
incluso en la paz.
— En las ruinas aún humeantes de Tsuyoi, un sol pálido comenzaba a filtrarse entre los escombros.
El olor a metal ya no era de sangre… sino de herramientas, de reconstrucción.
Donyoku sostenía un pedazo de madera mientras Aika lo observaba desde una viga caída.
—¿Seguro que sabes usar un martillo?
—preguntó ella, con una ceja levantada.
—Por supuesto, si corté a un Dios, clavar una tabla es pan comido.
—Sí, claro… como cuando intentaste hacer arroz y terminamos comiendo cenizas.
—Eso fue alquimia fallida, no cocina.
Ambos soltaron una risa suave, tímida, como quien aún no se permite del todo la felicidad.
No muy lejos, Chisiki tomaba la mano de Seita y le enseñaba los trazos básicos del antiguo idioma hokoriano.
—Una palabra puede salvar o destruir —decía Chisiki—.
A veces más rápido que una espada.
—¿Y por qué aprender si el mundo igual se cae?
—preguntó Seita.
—Porque aunque se caiga… alguien tiene que escribir que alguna vez estuvo en pie.
En una esquina del refugio improvisado, Reiji observaba a Seimei, quien compartía su almuerzo con unos niños.
Reiji sonrió.
No porque el mundo fuera mejor.
Sino porque aún podía sonreír.
—¿Sabes qué es lo más difícil de sobrevivir?
—le dijo Reiji a Seimei.
—¿Qué?
—No convertirte en aquello de lo que tuviste que defenderte.
—Supongo que… sobrevivir no era solo seguir con vida.
Era no perder el alma.
—Exacto.
Niños corrían descalzos entre piedras y plantas rotas, como si el tiempo les diera permiso de volver a soñar.
Y la madre de Donyoku cocinaba para todos, moviendo la olla con ritmo, como si en ese acto estuviera dándole sabor al futuro.
— Mientras tanto, en el Palacio Real, Genshin, el Rey de Hokori, miraba el horizonte desde su balcón.
Sus ojos no eran de victoria ni derrota.
Eran de agotamiento… y responsabilidad.
Kagemaru entró al salón con un pergamino en la mano.
—La A.S.E acaba de ratificarlo —dijo—.
Narikami Goe ha sido oficialmente reconocido como El Último Héroe de Sangre.
También lo han llamado el hombre más fuerte del mundo.
—¿Y qué ha dicho él?
—preguntó Genshin, sin moverse.
—Nada.
No puede moverse… perdió la movilidad completa.
Pero… pidió que no lloraran por él.
Solo que no lo olvidaran.
Genshin soltó una exhalación larga.
Casi un suspiro.
—Una medalla no le devolverá lo que entregó.
Pero esa fue su decisión.
Ser héroe… incluso cuando el mundo no le dio permiso.
— El cielo se tornó marrón, una mezcla de tierra, ceniza y atardecer.
La miseria volvió al mundo.
Pero también el instinto de vivir.
Y quizás, solo quizás… eso era preferible a una guerra que los habría borrado para siempre.
— La guerra comenzó con dioses que eran humanos, y terminó con humanos que superaron a los dioses… Pero en el intento, perdimos más que vidas: perdimos fe, cordura, esperanza y sentido.
Desde ejércitos orgullosos hasta niños solitarios, desde reinos enteros hasta fragmentos de alma… el mundo fue arrancado de sí mismo y vuelto a coser con hilos rotos.
Y aun así, entre ruinas, traiciones y silencios, hubo quienes decidieron seguir de pie, no como héroes… sino como recordatorios de lo que significa ser humano cuando todo lo demás falla.
Porque esta no fue solo una guerra entre naciones.
Fue una guerra entre la existencia y el olvido.
Y nosotros… nosotros elegimos recordar.
Gracias por acompañarme hasta el final de este segundo arco.
Cada página escrita fue una batalla, cada escena un reflejo de todo lo que aún creemos, tememos y amamos.
Si llegaste hasta aquí, no solo leíste una historia…
sobreviviste a una guerra junto a sus protagonistas.
Nos vemos en el próximo capítulo de este oscuro juramento de sangre.
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