Chi no Yakusoku – El juramento de sangre - Capítulo 6
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- Capítulo 6 - 6 Capítulo 5 – Cenizas y cicatrices
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6: Capítulo 5 – Cenizas y cicatrices 6: Capítulo 5 – Cenizas y cicatrices La luna colgaba alta sobre los campos áridos, iluminando el regreso del grupo tras la segunda cacería de las almas errantes.
A cada paso, el cansancio se hacía más evidente, pero también la satisfacción de haber cumplido una tarea que pocos lograrían con vida.
—¡Por fin puedo sentir mis piernas otra vez!
—exclamó Aika, estirándose como un gato adolorido.
—Pensé que te desmayarías cuando esa “ardilla demoníaca” te saltó al hombro —bromeó Donyoku con una media sonrisa.
—¡Era más grande que mi cabeza!
¡Y tenía colmillos!
—protestó ella inflando las mejillas.
Chisiki caminaba en silencio, con la mirada atenta al horizonte.
Reiji iba unos pasos por detrás, más serio que de costumbre.
—Este aire…
huele a hierro —dijo Reiji, deteniéndose de golpe.
Las ruinas aparecieron tras una colina: casas quemadas, carros volcados, pozos secos.
No había monstruos…
solo el eco del sufrimiento.
—¿Qué pasó aquí?
—susurró Aika, con los ojos muy abiertos.
—No fue obra de bestias —sentenció Reiji—.
Esto fue obra de humanos.
Saqueadores.
Chisiki frunció el ceño.
—¿Qué clase de reino permite que esto pase tan cerca de su capital?
Donyoku avanzó sin esperar respuesta, explorando lo que quedaba.
Encontró un cuerpo cubierto por telas, aún tibio.
—Llegaron hace poco.
No tardaron en llegar.
Desde los restos de una iglesia colapsada y los arbustos cercanos, aparecieron hombres y mujeres con ropa sucia, ojos vacíos y cuchillas oxidadas.
—¡Dejen todo lo que tengan y tal vez no los matemos!
—gritó uno.
—No tienen que hacer esto —respondió Chisiki, calmado—.
Podemos ayudar.
—¿Ayudar?
¿Como ayudaron a mis hijos cuando murieron de hambre?
Los saqueadores atacaron con desesperación, como lobos sin manada.
Donyoku se movió rápido, esquivando golpes.
Aika fue rodeada, pero justo cuando un saqueador intentó arrancarle su bolsa de provisiones, Kagenami apareció como una sombra, y con un corte certero, atravesó al hombre por la espalda.
El silencio fue instantáneo.
—¿¡Qué haces!?
—exclamó Chisiki, alzando la voz por primera vez.
Kagenami limpió su hoja lentamente.
—Ese hombre iba a matarla.
¿Acaso creen que habría tenido piedad si fuera al revés?
No sabemos cuántas vidas ya había arrebatado.
—Pero no tenía por qué morir así…
—murmuró Donyoku, mirando el cuerpo sin vida, con el ceño tenso.
Sentía un extraño vacío en el pecho, como si algo se hubiera roto sin que nadie lo notara.
—A veces, la justicia no espera —respondió el espía con voz grave—.
En la guerra, actuar tarde es morir.
Reiji lo observó sin decir palabra.
Algo en su mirada indicaba que había visto más de lo que aparentaba.
Tras dispersar a los saqueadores restantes sin más muertes, interrogaron a uno de ellos.
—¿Por qué hacen esto?
—preguntó Donyoku.
—¿Por qué?
Porque el Rey nos olvidó.
Nos quitó las tierras, nos negó la comida.
Ahora robamos…
o morimos.
Esa frase quedó suspendida en el aire.
Aika miraba el suelo, mordiéndose los labios.
Chisiki apretó los puños con una furia silenciosa.
—Si esta es la justicia del reino…
—murmuró Donyoku— tal vez estamos luchando por una mentira.
Esa noche, mientras dormían en un refugio improvisado, Kagenami se mantuvo despierto, mirando hacia las cenizas del pueblo.
—Están listos…
pero aún no lo saben —susurró con una sonrisa apenas visible.
Y tras él, a lo lejos, entre las sombras de las ruinas…
Reiji observaba.
La noche era pesada.
Nubes negras tapaban la luna, y un extraño silencio se cernía sobre los alrededores del pequeño pueblo.
Reiji fue el primero en sentirlo.
—…Algo viene.
No tardó en confirmarse.
Un fuerte estruendo rompió la calma y llamas comenzaron a elevarse desde el extremo sur del pueblo.
—¡Ataque!
—gritó un aldeano, mientras corría por el centro del poblado con el rostro empapado de sudor y terror.
Donyoku, Chisiki, Aika, Reiji y Kagenami salieron de la posada donde se habían reunido para descansar.
Frente a ellos, el caos: cuatro figuras cubiertas por capas negras se deslizaban entre las sombras, usando habilidades que solo podían ser Shinkon.
—Cuatro… y uno de ellos… no es normal —dijo Reiji, con los ojos entrecerrados.
Su voz llevaba un peso que heló el aire.
El primer saqueador lanzó una lanza de energía contra un granero.
Donyoku se adelantó, creando un escudo de energía rudimentario, pero lo bastante denso para desviar el impacto.
Chisiki, a su lado, curvó el espacio mismo para desplazar a varios aldeanos lejos del fuego, salvándolos.
—¡Vamos a dividirnos!
¡Donyoku, cubre a los aldeanos!
¡Chisiki, conmigo!
—ordenó Reiji.
Aika intentaba ayudar a los heridos, mientras Kagenami se deslizaba entre sombras, observando a los enemigos con detalle.
Uno de los saqueadores, el más alto, activó una variante del Shinkon: Hizumi.
Su cuerpo comenzó a distorsionarse, como si estuviera rompiendo los límites físicos, con huesos expuestos y músculos tensados.
Cada paso que daba hacía crujir el suelo.
Un hedor pútrido se alzaba con su aura deformada.
—Tsk… esto será problemático —murmuró Kagenami.
Dio un salto hacia el enemigo, activando su Shinkon de tipo “Introspectivo”.
Desde su palma surgieron cadenas de energía oscura que atrapaban los sentidos.
El enemigo se vio envuelto en una ilusión momentánea mientras Kagenami desenvainaba una daga curva y se movía con velocidad anormal, esquivando por milímetros los ataques de su oponente alterado.
—“No puedo dejar que los vean como útiles…
tengo que matarlo”—pensó Kagenami, con frialdad quirúrgica, mientras sus ojos brillaban intensamente.
Mientras tanto, Donyoku protegía a varios niños atrapados en una casa que comenzaba a derrumbarse.
Una mujer herida le rogaba que salvara a su hijo primero.
—¡Por favor!
¡A él primero!
Donyoku gritó con fuerza, empujando sus límites.
Un recuerdo fugaz atravesó su mente: su madre corriendo hacia él en un campo ardiendo, su rostro distorsionado por el humo.
No otra vez.
Su Shinkon comenzó a activarse de forma agresiva e inestable, creando una presión que distorsionaba la realidad a su alrededor.
Sus manos sangraban, pero seguía escarbando entre los escombros.
Aika lo ayudaba como podía, con los ojos llorosos al ver la desesperación en su rostro.
Cuando finalmente los sacó a salvo, su aura temblaba, brillante, pero errática, como si algo oscuro intentara aflorar desde el fondo de su alma.
Reiji llegó justo a tiempo.
—¡Donyoku!
¡Recógete!
¡Te estás rompiendo por dentro!
Y lo cubrió con su aura espiritual, calmándolo.
El alma de Donyoku retrocedió… aunque solo por ahora.
Mientras se acercaban al último enemigo, uno de los saqueadores se rendía, herido y desarmado.
Levantó las manos… y Kagenami lo atravesó sin dudar.
Chisiki se enfureció: —¡Estaba rendido!
—¿Y si era una trampa?
¿Y si tenía un explosivo Shinkon oculto?
—respondió Kagenami con frialdad—.
¿Acaso sabes cuántos de los tuyos ha matado ese tipo?
Si no tienes las agallas para hacer lo que es necesario, mejor apártate.
La tensión fue palpable.
Aika retrocedió, asustada.
Donyoku solo observó, en silencio… y por primera vez no supo si Kagenami estaba equivocado.
— Muy lejos de allí, en el palacio, el Rey estaba sentado en un salón iluminado por candelabros dorados.
Risas, vino, música y nobles fingiendo importancia.
Él sonreía, copa en mano.
—Patéticos… Miraba desde un gran ventanal, como si pudiera ver más allá.
—Si el pueblo de ese tal Donyoku no sobrevive… no serán útiles para mi juego.
Tomó un sorbo de vino y lo escupió con desdén.
—La mayoría de los humanos son desperdicio.
Pero algunos… pueden moldearse.
Usarse.
¿Quién será el próximo en romperse, me pregunto?
¿El idealista?
¿El ambicioso?
¿O acaso…
el más frío?
Y mientras todos seguían riendo y bailando a su alrededor, él solo pensaba en una cosa: la sangre que corría silenciosa en los márgenes de su tablero.
____ En un reino donde la esperanza se quiebra bajo el peso de la traición, solo la sangre decidirá quién sigue jugando… y quién termina siendo pieza.
Gracias por leer este capítulo de Chi no Yakusoku.
Si te gustó, no olvides seguir para el próximo paso en este oscuro juramento de sangre.
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