Chi no Yakusoku – El juramento de sangre - Capítulo 8
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- Capítulo 8 - 8 Capitulo 7 - La Torpeza de un Guerrero
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8: Capitulo 7 – La Torpeza de un Guerrero 8: Capitulo 7 – La Torpeza de un Guerrero Los gritos de los desamparados se perdían entre el barro, el frío y las ruinas que alguna vez fueron hogares.
Una figura uniformada, con el escudo del ejército real grabado en la armadura, sujetaba por el cuello a un anciano flaco, cubierto por un manto rasgado y sucio.
—¡Les dije que no se quedaran aquí!
¡Ratas como ustedes solo traen peste y miseria!
Otros dos soldados observaban sin intervenir.
La mayoría del pueblo prefería mirar desde lejos, con los ojos bajos y la rabia oculta en la garganta.
Fue entonces que lo vieron.
Caminaba descalzo, con el pantalón remangado y una camisa mal abotonada.
Tenía una expresión algo perdida, como si se hubiese confundido de calle buscando pan.
Su cabello oscuro con mechones rojizos estaba alborotado por el viento, y sobre su espalda colgaba una espada envuelta en tela.
—Disculpa… —dijo con voz amable, casi torpe—.
¿Podrías soltarlo?
Está anciano y no creo que le haga bien al corazón.
El militar giró con desprecio.
Chasqueó la lengua.
—¿Y tú quién demonios eres?
¿Otro extranjero inútil?
—Tal vez… —respondió el hombre, rascándose la nuca—.
Pero me pareció mal eso de pegarle a los más débiles.
¿Podrías parar?
—¿Qué tal si te meto la bota en la cara y te hago tragar tierra, eh?
El tono del extraño cambió.
Sus ojos, de un ámbar profundo, se endurecieron como metal al rojo vivo.
Dio un paso adelante.
—Entonces elige —dijo, sin elevar la voz—: un duelo.
Si tú ganas, me entrego, me encadeno y te ayudo a quemar este pueblo si así lo deseas.
Pero si gano… donarás todo lo que posees para reconstruir las casas de esta gente.
Hasta la última moneda.
El militar estalló en carcajadas.
Lo evaluó de arriba abajo, y notó su brazo izquierdo amputado desde el codo.
—¿Estás jodidamente loco?
¿Un manco me está desafiando?
—Solo uso una mano.
Es más justo así, ¿no?
—sonrió el hombre con tranquilidad.
La multitud comenzó a murmurar.
Algunos, espantados, increpaban al forastero: —¡¿Cómo te atreves a apostar nuestras vidas?!
—¡¿Quién te crees?!
—¡No necesitamos más mártires inútiles!
Él los miró y asintió con comprensión.
—Entiendo su enojo.
Pero… confíen.
Solo un poco.
El militar desenvainó su espada con un silbido metálico y se colocó en posición.
La tensión cortó el aire como cuchillas.
—Cuando termine contigo, haré que te arrastres rogando por piedad.
—Oh, y una regla más —añadió el hombre, desenrollando la tela de su espada y revelando una hoja opaca, sin adornos—.
Yo no usaré mi Shinkon.
Pero tú puedes usar lo que quieras: habilidades, trampas, poderes sucios… si te hace sentir mejor.
Las carcajadas del militar se redoblaron.
—Te voy a enterrar con tu nobleza.
En lo alto de una colina, Reiji observaba en silencio, los brazos cruzados.
Entre las sombras del callejón, Kagenami afilaba la mirada, como un halcón curioso.
En una pequeña casa a unos metros, los hermanos de Donyoku corrían a despertarlo.
—¡Hermano, hermano!
¡Van a pelear!
¡El extranjero va a enfrentarse a un militar por nosotros!
Donyoku se levantó de golpe, con el ceño fruncido.
—¿Pero qué clase de idiota apuesta un pueblo que ni siquiera le pertenece…?
A su lado, el fuego se encendía.
El duelo estaba por comenzar.
La plaza se llenó con rapidez.
Ancianos, comerciantes, niños, refugiados y viajeros se arremolinaban con miradas inquietas.
Algunos veían a Hikaru con desconfianza, otros con curiosidad… pero todos sentían algo extraño en el aire.
Como si algo sagrado estuviera a punto de romperse.
El militar giró su espada con arrogancia, alzando una ceja.
—Dijiste que no usarías tu Shinkon, ¿no?
¿Estás seguro?
—Estoy seguro —respondió Hikaru, girando su muñeca derecha para acomodar el agarre de su espada.
Su voz era suave, tranquila.
Sus pies estaban descalzos sobre la tierra.
—Perfecto.
—El militar sonrió con malicia—.
Porque yo sí voy a usar el mío.
Su cuerpo comenzó a desdibujarse.
Como si el aire lo absorbiera, su silueta se volvió difusa… y luego, desapareció.
—¿Eh?
¡¿Dónde se fue?!
—gritó una mujer del pueblo.
Los murmullos crecieron.
Muchos retrocedieron, otros contenían la respiración.
En la colina, Reiji observó en completo silencio.
—Shinkon de invisibilidad… —susurró Chisiki a su lado—.
Pero su alma está agitada.
No es estable.
En el centro de la plaza, Hikaru no se movió.
Cerró los ojos.
La espada descansaba sin tensión en su mano derecha.
Nada.
Ni un paso.
Ni un giro.
Solo espera.
En su mente, Hikaru ya lo había decidido.
“Si no puedo verlo… entonces debo olerlo.
Sentir el corte.
Percibir su rabia.” El silencio se volvió insoportable.
Entonces, un leve crujido: una piedra movida, un cambio en la presión del aire.
La espada del militar descendía desde su flanco derecho.
¡Clang!
Un destello metálico.
Chispas.
La hoja del militar fue bloqueada con precisión quirúrgica por la de Hikaru, sin siquiera abrir los ojos.
El militar maldijo, retrocedió, volvió a desvanecerse.
“¿Cómo… me bloqueó…?” —Demasiada sed de sangre —murmuró Hikaru—.
No hay silencio en ti.
Solo ruido.
Esta vez, dejó que la espada enemiga lo alcanzara.
Un corte fino le rozó la palma de la mano.
La sangre goteó al suelo.
Una sonrisa se dibujó en su rostro.
—Ahora sí puedo encontrarte.
El militar volvió a atacar, cada vez con más violencia.
Cambiando ángulos, posiciones, incluso simulando pasos falsos.
Pero Hikaru se movía como si bailara: cada vez que algo lo rozaba, su espada lo interceptaba medio segundo después.
Casi siempre con el canto, no con el filo.
El pueblo estaba atónito.
El rostro del militar se tensó.
Su Shinkon comenzaba a parpadear, su cuerpo reaparecía sin control.
Su energía se agitaba como fuego en una tormenta.
—¡¿Por qué no…?!
—gritó, frustrado.
—Porque no luchas por nada más que tu orgullo —respondió Hikaru, con voz severa.
El Shinkon del militar se rompió.
Su cuerpo apareció por completo, cubierto de sudor, y su espada temblaba.
Ya no había trucos.
Solo dos hombres.
Uno luchaba por su ego.
El otro, por la esperanza de muchos.
Hikaru levantó su espada y susurró: —Cuatro golpes.
—¿Qué dijiste?
—espetó el militar.
—Con cuatro golpes, esto terminará.
El primero fue tan rápido que pocos lo vieron: un corte diagonal descendente que el militar apenas logró bloquear.
El impacto lo dejó aturdido, temblando.
El segundo, un tajo horizontal, lo desarmó.
Su espada voló varios metros y se clavó en una pared.
La multitud gritó.
Algunos lloraban.
Otros reían con nerviosismo.
El militar se tambaleó, sin aliento.
Pero no cayó.
Hikaru lo miró… y suspiró.
—No quería hacerlo.
El tercer golpe no vino con la hoja, sino con el mango.
Un golpe preciso al estómago, lo suficiente para derribarlo… pero el militar se negó a caer.
—¡Aún… no… pierdo…!
—gruñó.
Los ojos de Hikaru se entrecerraron.
—Tu alma ya se rindió.
Solo tu cuerpo sigue mintiendo.
Y entonces, sin ira ni odio, con la precisión de un cirujano… Hikaru se movió directamente a dar su cuarto y último golpe.
Un solo tajo.
Silencio.
El brazo del militar cayó al suelo.
Gritos.
Llantos.
Algunos vomitaron.
El militar abrió los ojos como platos.
Su brazo… no respondía.
El peso del arma venció la inercia, y el metal cayó al suelo con un sonido hueco.
¿Qué…?
¿¡Qué me está pasando!?
¡Ese maldito don nadie… no puede ser más fuerte que yo!
¡Esto no tiene sentido!
¡MI brazo no debería—!
—¿Listo para rendirte?
—dijo Hikaru, con voz tan suave como la caída de una hoja.
El militar cayó de rodillas, bañado en sangre, gimiendo sin voz.
Hikaru se agachó a su lado y le habló al oído: —Pude haberte matado desde el principio.
Pero pensé que aprenderías algo.
Qué lástima.
Hikaru procedió a levantarse lentamente y pregunto —¿Alguien sabe usar shinkon curativo o sabe detener hemorragias?
A lo lejos, Aika dio un paso adelante, temblorosa.
—¡Puedo detener la hemorragia… aunque mi Shinkon no sea estable…!
—Te lo agradecería —dijo Hikaru, devolviéndole la sonrisa amable que había perdido durante el combate—.
No quiero que muera.
Fue un buen calentamiento.
El militar solo podía pensar en su derrota mientras sentía un dolor casi infernal.
¿Así se siente… cuando el poder ya no te responde?
No es posible.
Siempre gané.
Siempre me temieron.
¿Por qué ahora… por qué él?
Una anciana se acercó a Hikaru.
No con gratitud, sino con miedo.
—Ahora vendrán más… ¿Sabes lo que has hecho?
—Simplemente defendí tanto mis derechos como los de los pobres ancianos que estaban siendo maltratados, si el pueblo no actúa nadie más actuará por ellos.—Respondio hikaru.
Hikaru se alejó.
Caminando tranquilamente hacia un puesto de comida callejero.
—¿Tienen bolitas de arroz?
Para él, fue solo una práctica.
Para el pueblo… un milagro.
Los ancianos que habían sido maltratados por el militar anteriormente se levantaron comenzaron a golpearlo sin mostrad piedad alguna, otros lo escupían, varios lo insultaban.
Hasta que Hikaru les dijo que se detuvieran, que esa no era la manera de hacer justicia, lo único que harán es atraer aún más violencia, que lo mejor sería encarcelarlo y después que se recupere, se decidirá que hacer con él.
Algunos no les pareció bien la idea de Hikaru, pero entendieron que para cambiar al reino primero tienen que cambiar ellos.
El alboroto se había disipado, pero la tensión aún flotaba en el aire.
El militar herido había sido trasladado, y la plaza volvió a su ritmo lento y polvoriento, como si nada hubiese ocurrido.
Sin embargo, todos recordaban los cuatro golpes.
Reiji descendió de la colina con paso despreocupado, las manos en los bolsillos y una sonrisa casi infantil.
—Oye, forastero.
—Le habló a Hikaru, que aún saboreaba una bolita de arroz sentado en un bordillo de piedra—.
¿Qué tal unas cervezas y algo mejor de comer?
Yo invito.
Hikaru se giró con un trozo de arroz en la mejilla, parpadeando.
—¿Eh?
¿Gratis?
—Sí.
A menos que quieras pagarme tú por admirar ese espectáculo.
—¡No, no!
Gratis está bien.
—Hikaru se rascó la nuca, torpemente—.
Gracias… Ambos caminaron hacia una taberna modesta, y antes de llegar, dos figuras se les unieron con sonrisas y aire burlón.
—¿De verdad le vas a sobornar con cerveza y comida para que te cuente su historia, sensei?
—preguntó Donyoku con una risa socarrona.
—Vaya mentor el nuestro —añadió Chisiki, cruzándose de brazos con fingido desdén—.
¿Y tú decías que nosotros éramos los impulsivos?
—Ja ja ja… —Hikaru soltó una risa nerviosa—.
¿Estos son tus alumnos?
Parecen ser buenos chicos.
Mientras se sentaban en una mesa de madera bajo una pérgola rústica, Hikaru accidentalmente volcó un poco de cerveza al servirse.
—¡Ah!
Lo siento… ¡Otra vez!
Reiji lo miró con media sonrisa, apoyando la barbilla en su mano.
—No puedo creer que alguien tan torpe y amable como tú sea capaz de dejar a un militar sin brazo en cuatro movimientos.
—Supongo que… practico mucho —dijo Hikaru, intentando arreglar la espuma desbordada.
—Chicos —Reiji se volvió hacia sus alumnos—, vayan a ayudar con las reparaciones.
Parte del techo del almacén se vino abajo por el alboroto.
—¡Qué descaro!
—protestó Donyoku, levantándose.
—¿No que esto era una celebración?
—agregó Chisiki, haciendo pucheros.
—Vamos, vamos —los empujó Reiji—.
¡A trabajar, vagos!
Después les invitaré a comer Cuando se quedaron solos, Reiji se sirvió otra copa y miró a Hikaru con una expresión más seria.
—¿Puedo hacerte una pregunta?
—Claro.
—¿Por qué no usaste tu Shinkon?
¿Tenías miedo de perder el control?
¿O… hay otro motivo?
Hikaru se quedó en silencio por unos segundos.
El ambiente se tornó más denso.
—Si usara mi Shinkon en cada batalla… sería como corromperlo.
Como mancharlo por razones que no lo merecen.
—Levantó la mirada, tranquila pero decidida—.
No peleo por gloria ni para que me teman.
Solo quiero que quienes me rodean estén bien.
Hizo una pausa, y luego sonrió con torpeza.
—Y… bueno, también quería presumir un poco mi simple esgrima.
Reiji soltó una carcajada corta.
—Eres interesante, forastero.
Me caes bien.
Se sirvió otra copa.
—Chisiki y Donyoku… son buenos chicos.
Tienen ideales grandes, a veces ingenuos.
Quieren cambiar este reino, construir algo mejor.
Aunque aún les falta mucho.
—Lo sé —dijo Hikaru—.
Sus almas… son fuertes.
Diferentes.
Hikaru los había observado con detenimiento.
Había algo extraño en Reiji.
Su Shinkon no se mostraba, pero vibraba con una intensidad peligrosa.
Chisiki era distinto: un potencial dormido, agudo, que parecía poder incendiar el mundo si despertaba por completo.
Pero de Donyoku no sintió peligro.
Su alma parecía… más opaca.
Como si algo la cubriera, como un pozo sin fondo que no emitía reflejo alguno.
Y eso era aún más desconcertante.
Hikaru terminó su comida en silencio, se levantó lentamente.
—Gracias por la comida.
Fue un gesto amable.
Pero tengo cosas que hacer.
—Una última pregunta —dijo Reiji—.
¿Qué tipo de Shinkon tienes?
Hikaru vaciló, luego respondió: —Uno que podría ser un arma mortal.
Por eso no me gusta usarlo.
Y con eso, se alejó.
Mientras Hikaru salia de la taberna, Reiji comenzó a pensar y en voz baja susurro —Ese tipo… no es como nosotros Hikaru caminó hacia el sendero del bosque.
Su sombra se alargaba como una herida sobre la tierra roja.
Nadie lo siguió.
Solo el viento.
Y el olor persistente a ceniza.
— El cielo estaba tornándose púrpura cuando Hikaru se internó en el bosque al borde del pueblo.
La brisa olía a madera húmeda y flores salvajes.
Entre los árboles, una figura lo esperaba como una sombra que no quería ser vista.
Kagenami.
—Tu aura… —murmuró Hikaru, deteniéndose unos pasos antes de él—.
Es extraña.
Como si tus pensamientos estuvieran sumidos en algo más oscuro.
Intentas disimular, pero el alma no se puede ocultar.
—Y tú —respondió Kagenami, con voz calmada—.
Eres un monstruo que se disfraza de amable.
Alguien respetable… por fuera.
Pero por dentro también estás podrido.
Solo finges.
Eso no me gusta.
Hikaru se puso más serio, su rostro cambió.
—Es mejor que te vayas del Reino de Hokori.
Personas como tú no serán aceptadas en lo que está por venir.
Kagenami se acercó apenas, los ojos entrecerrados.
—¿De verdad te tragaste esa tontería de un mundo justo, sin discriminación, sin injusticias?
¿Crees en los sueños de Donyoku y Chisiki?
—A veces… —respondió Hikaru—.
A veces, está bien soñar.
Kagenami bufó con desdén.
—El mundo no cambiará.
Los humanos destruyen todo.
Son codiciosos, lujuriosos, orgullosos, egoístas.
El mal no desaparecerá, porque es parte de lo que somos.
Hikaru lo escuchó sin interrumpir.
Luego dio un paso más hacia la oscuridad del bosque.
—¿Entonces… qué es la justicia para ti?
Kagenami se quedó callado.
El viento sopló entre los árboles.
—Depende de la perspectiva.
En una guerra, ambos bandos creen tener razón.
Lo que es bueno para unos, es maldad para otros.
Somos arrogantes.
Nos creemos los mejores.
Pero al final… no somos nada.
—¿Y tú?
—preguntó Hikaru con calma—.
¿De qué lado estás?
Kagenami guardo silencio unos segundos.
¿De qué lado, en realidad?
No del de los héroes.
Ellos brillan demasiado, y yo siempre he sido sombra.
Pero tampoco pertenezco a los verdugos.
Esa arrogancia me repugna.
Quisiera destruirlo todo, pero parte de mí aún espera…
aún duda.
¿Qué sentido tiene elegir un bando, si todos terminamos manchados?
Tal vez por eso no soporto a Hikaru.
Porque él todavía cree.
Porque su fe en la justicia me recuerda que yo ya no tengo ninguna.
Kagenami bajó la mirada y murmuró: —Del lado que no existe aún —respondió con un susurro—.
El que no tiene nombre.
El que espera en las sombras que alguien tenga el valor de crearlo… o destruirlo.
El silencio se prolongó.
Ambos se observaron, como si el alma de uno tratara de descifrar la del otro.
—Entonces no somos tan distintos —dijo Hikaru al fin—.
Pero yo prefiero construir… incluso si todo termina derrumbándose.
Prefiero intentar, aunque falle.
Porque en ese intento… hay verdad.
Kagenami no respondió de inmediato.
Caminó lentamente hacia un árbol y apoyó la espalda contra él, cruzando los brazos.
—Solo cuidado, espadachín torpe.
A veces, construir con las manos manchadas termina en templos de sangre.
—Lo sé —admitió Hikaru, con una sonrisa serena—.
Por eso aún no uso mi Shinkon.
Si lo hago, quiero que sea por algo que valga el alma que me fue dada.
El viento silbó entre las ramas.
—Vigilaré tus pasos —murmuró Kagenami.
—Y yo los tuyos —respondió Hikaru—.
No para juzgarte… sino porque, en el fondo, creo que tú también estás buscando algo más que destrucción.
Kagenami desvió la mirada, incómodo.
Luego se fundió con las sombras del bosque, sin decir adiós.
Hikaru quedó solo.
La noche caía con suavidad, como un manto pesado.
Y mientras caminaba bajo los árboles oscuros, su silueta parecía menos la de un guerrero… y más la de un penitente.
Uno que lleva algo sagrado… y peligroso, sellado dentro.
Uno que no busca ser héroe.
Sino recordarle al mundo que incluso los torpes… pueden cambiar la historia.
Hikaru dejando atrás el bosque, se dirigía rumbo a la capital de Hokori.
El cielo estrellado cubría su andar como un sudario silencioso.
“Y así, mientras su silueta se perdía entre los árboles, el pueblo no recordaba su nombre… pero jamás olvidaría los cuatro golpes que los despertaron de su miedo.” Gracias por leer este capítulo de Chi no Yakusoku.
Si te gustó, no olvides seguir para el próximo paso en este oscuro juramento de sangre.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com