Chi no Yakusoku – El juramento de sangre - Capítulo 9
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- Capítulo 9 - 9 Capitulo 8 - Revolución latente
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9: Capitulo 8 – Revolución latente 9: Capitulo 8 – Revolución latente Habían pasado ya varios meses desde la Evaluación del Shinkon.
El pueblo de Tsuyoi había cambiado.
La gente no hablaba solo de cosechas, lluvia o política lejana.
Ahora había otra palabra en el aire: esperanza.
En lo alto del monte cercano, cada mañana, una luz carmesí se alzaba entre los árboles, seguida por una distorsión vibrante en el espacio.
Los aldeanos no tardaron en entender que esos destellos eran Donyoku y Chisiki entrenando sin descanso, guiados por el estoico Reiji Mikazuki.
Lo que pocos sabían era que esos entrenamientos rozaban el límite entre formación y tortura.
—¡Otra vez, Donyoku!
¡Control, no rabia!
—gritaba Reiji, mientras una explosión de Shinkon rojo rasgaba una piedra por la mitad.
Donyoku, bañado en sudor, gruñía entre jadeos, sus nudillos humeaban.
—¡Estoy tranquilo… tranquilo!
—mentía.
Ahora, meses después, el resultado de todo ese esfuerzo estaba por ponerse a prueba.
La plaza de Tsuyoi hervía de emoción.
Se habían instalado tablones para sentarse, vendedores de onigiris improvisaban puestitos y los ancianos discutían acaloradamente quién ganaría el duelo.
Reiji estaba de pie en el centro del campo de entrenamiento, vestido con una capa gris suelta y el cabello recogido.
A diferencia de sus entrenamientos previos, esta vez portaba su katana ceremonial al cinto, aunque aún sin desenvainar.
Su Shinkon, sutil y refinado, era apenas perceptible: una presión natural, casi elegante, como si el aire lo obedeciera por respeto.
“Los dos han crecido… pero quiero ver si ese crecimiento ha llegado al alma, no solo a los músculos.” Desde una esquina del campo, los ojos brillantes de una chica lo observaban.
—¡Donyoku!
—gritó Aika, con las mejillas encendidas— ¡Si ganas te… te… invito a dulces!
¡Por toda la semana!
Él, al escucharla, tropezó con sus propios pasos y casi cae de bruces al suelo.
Su Shinkon parpadeó, confundiéndose por un segundo.
—¡T-Tonta!
¡No digas esas cosas frente a todos!
—gruñó con el rostro rojo como un tomate.
—¿Eh?
Pero es un premio motivador…
—respondió Aika, cruzando los brazos.
Desde la misma zona, la madre de Donyoku aplaudía con orgullo.
—¡Vamos, hijo!
¡Haz que tu padre se arrepienta desde el infierno!
—¡Yo aposté dos raciones de arroz por ti!
—gritó uno de sus hermanitos.
—¡Y yo aposté que te caes antes del primer golpe!
—bromeó el más pequeño.
Donyoku se llevó una mano al rostro, pero no podía evitar sonreír.
“No estoy solo.
Esta vez… de verdad no lo estoy.” Junto a él, Chisiki estiraba el cuello de un lado al otro.
Su aura era distinta.
Antes era retraído, dudoso.
Ahora era recto, con la espalda erguida, y sus ojos brillaban con esa convicción de quien ha aprendido a confiar en sí mismo.
Su Shinkon Espacial oscilaba como una capa de distorsión sutil sobre su piel, curvando ligeramente la luz.
—Reiji-sensei… hoy no voy a contenerme.
Quiero mostrarle hasta dónde he llegado.
—Eso quiero ver, Chisiki —dijo Reiji con una leve sonrisa—.
Aunque les advierto: hoy sí usaré mi Shinkon.
Moderadamente.
Si los aplasto, será con cariño.
—Tienes miedo —provocó Donyoku—.
Admítelo.
—Tú sigue hablando, Donyoku… y te haré volar sin tocarte.
Chisiki chasqueó los dedos.
Una pequeña fisura se abrió en el aire, mostrando brevemente la parte posterior del campo.
Su control había avanzado al punto de doblar el espacio sin esfuerzo.
—Vamos.
El ambiente cambió.
El pueblo guardó silencio.
Y en ese momento, con un gesto, Reiji dio inicio al combate.
La tierra crujió con el primer paso de Donyoku.
No corrió: irrumpió, como un torrente de energía bruta.
Su Soukei, ahora más estable, no irradiaba locura como antes.
Su aura carmesí era firme, centrada.
Cada paso dejaba un leve eco rojo en el aire.
Chisiki se desplazó hacia el flanco, sus manos dibujando patrones casi invisibles en el aire.
Su Shinkon Espacial ya no era una habilidad de escape o defensa: ahora era parte de su forma de moverse.
Distorsiones breves se abrían y cerraban, como espejos borrosos, permitiéndole esquivar con microteletransportaciones que apenas dejaban sombra.
Reiji permaneció quieto.
Sus ojos grises lo analizaban todo.
“Vienen bien sincronizados.
Si no tuviera experiencia… ya estaría rodeado sin salida.” —¡Donyoku, ahora!
—gritó Chisiki.
Un resplandor rojo emergió del puño derecho de Donyoku.
Ya no era una llamarada caótica: era una proyección precisa, como una lanza de energía envolviendo su brazo.
Reiji desenvainó su katana lentamente, como si se tratara de una ceremonia.
—Shinkon: Hakumei no Michi (Camino del Crepúsculo) —murmuró.
En ese instante, la gravedad del campo cambió.
El suelo pareció hacerse más denso, el aire más espeso.
Los espectadores sintieron que su respiración se dificultaba.
El Shinkon de Reiji no era destructivo: era intimidante, como si su sola voluntad obligara al mundo a respetarlo.
Donyoku atacó.
Su puñetazo envuelto en Soukei chocó contra la katana envainada de Reiji, y una onda expansiva circular se esparció desde el impacto.
Los árboles del fondo se agitaron como si un trueno invisible los hubiese sacudido.
—¡Aún con la funda!
¡Nos está menospreciando!
—gritó Donyoku entre dientes.
—No.
Los estoy cuidando —respondió Reiji, girando sobre sí y cortando el aire.
Una línea gris, pura voluntad cortante, salió disparada hacia Chisiki.
Pero él ya no era el mismo niño que dudaba.
Su cuerpo se disolvió en una fisura luminosa y apareció detrás de Reiji en un parpadeo.
—¡Donyoku, ahora!
Donyoku giró con precisión, liberando su Soukei en forma de garra flameante, y por un segundo —solo un segundo— estuvieron a punto de conectar un golpe combinado.
Pero Reiji, como si lo hubiera visto desde antes de que nacieran, sonrió.
—Cayeron.
Con una floritura, Reiji liberó una expansión súbita de su Shinkon.
El espacio se comprimió como si el mundo respirara hacia adentro.
Ambos fueron empujados hacia atrás, y Chisiki trastabilló…
lo suficiente para que una hoja enfundada se posara sobre su cuello.
Donyoku intentó reincorporarse, pero Reiji ya estaba tras él, su espada apuntando al centro de su espalda.
Silencio.
—Están muertos —dijo Reiji con frialdad.
Luego bajó su katana—.
Pero solo por hoy.
Los espectadores se quedaron enmudecidos por unos segundos… hasta que la mamá de Donyoku rompió el silencio: —¡Ese movimiento lo aprendió de su padre!
¡Caerse con estilo también es de familia!
Todos estallaron en risas.
Aika aplaudía emocionada, aunque claramente molesta por la derrota.
—¡Donyoku, bobo!
¡Iba a comprarte dulces, pero ahora solo pan duro!
—¡E-ehhh!
¡Fue culpa de Reiji-sensei, que pelea como anciano elegante!
Reiji se cruzó de brazos, serio.
Pero en su interior, estaba asombrado.
“Ese último combo… si hubieran sido un poco más rápidos, me habría costado esquivarlo sin desenvainar.” Miró a los dos chicos, sudorosos, jadeando… y sonriendo.
—Están listos para el siguiente paso.
Muy pocos pueden coordinar sus Shinkon así de bien.
Pero aún les falta afinar una cosa: no duden el uno del otro, ni un segundo.
El enemigo no les dará esa pausa.
Chisiki asintió, aún sin aliento.
—Lo entendemos… Reiji-sensei.
Donyoku solo gruñó, pero apretó el puño en señal de respeto.
—Lo haremos mejor la próxima.
Reiji, por primera vez en mucho tiempo, sintió algo diferente en el pecho.
Orgullo.
Pero también… miedo.
“¿Y si algún día me superan…?
No.
Cuando me superen…
el mundo cambiará.” Ubicación: Palacio Real de Hokori – Salón del Consejo.
Un recinto sagrado de mármol negro y rojo, decorado con banderas antiguas.
Una gran mesa circular tallada con el símbolo del Reino se alza al centro.
Sentados a su alrededor, ministros, generales, Kenshiro Gai –el Rey de la Guerra–, y a la izquierda del trono, un hombre de ojos cerrados y semblante inmutable: el Guardián del Rey, conocido solo como Kyomu (虚無 – “el Vacío”).
Las puertas del salón del consejo se abrieron con un chirrido áspero.
Dos soldados irrumpieron, arrastrando a un hombre sucio, golpeado y encadenado.
Nadie lo reconoció al principio.
Su rostro estaba cubierto de cicatrices nuevas, su uniforme desgarrado, su cabello largo y enmarañado.
Pero cuando uno de los ministros se inclinó para verlo bien, su voz se quebró.
—¿Es… es él?
¿Kagero?
El silencio se volvió más denso que el aire.
Nadie había hablado de ese nombre en meses.
Se pensaba que había muerto en alguna aldea o, peor, desertado.
Pero ahí estaba: el Capitán Kagero, que había desaparecido tras ser enviado a vigilar los límites con las provincias interiores.
—Fue hallado en el mercado de esclavos de Kutsuu —informó uno de los soldados, sin levantar la vista—.
Había sido vendido tres veces… nadie sabe cómo sobrevivió.
Kagero cayó de rodillas frente a la gran mesa de mármol negro y rojo.
A duras penas podía mantenerse en pie.
Le temblaban los labios, pero su voz salió con una furia extraña, temblorosa y desesperada.
—¡Ese hombre… no era un vagabundo torpe!
¡Era un asesino oculto en piel de idiota!
—su grito se estrelló contra las paredes del salón, pero nadie se movió—.
Me quitó la espada como si fuera un palo de madera.
Me desarmó… ¡sin siquiera mirarme!
Los ministros se miraban en silencio.
Algunos fruncían el ceño, otros simplemente escuchaban.
—¡Él no usó su Shinkon!
¡Y aun así…!
¡Aun así me humilló!
Una corriente de energía oscura se deslizó por las paredes.
El aire se volvió amargo, como si el palacio mismo se sintiera ofendido.
Yodaku se incorporó lentamente.
La luz tembló a su alrededor.
El suelo crujió.
Su Shinkon dormido comenzaba a filtrarse en el ambiente como una bestia despertando.
—¿Te arrodillas ante nosotros —dijo Yodaku, su voz más baja que el viento— solo para justificar tu derrota con florituras y excusas?
Kagero tragó saliva.
Una lágrima descendía por su rostro ennegrecido.
—Solo digo… la verdad.
—No —interrumpió Yodaku—.
Lo único verdadero aquí… es que has mancillado el uniforme que llevas.
Has traído vergüenza al estandarte del Reino de Hokori.
No nos hables de monstruos, capitán.
Tú mismo te convertiste en uno… solo que débil.
Y los monstruos débiles no tienen lugar en este mundo.
Con un gesto leve, hizo que se lo llevaran.
Nadie se atrevió a hablar.
Kagero desapareció entre las sombras, de donde quizá nunca debió regresar.
El Rey de Hokori permanecía sentado en el trono elevado, mirando una copa de vino con la calma de quien contempla una tormenta lejana.
—Un hombre sin alma —dijo por fin—.
Sin técnica.
Sin gloria.
Y sin nombre.
Y aun así, doblegó a un oficial nuestro, dejó una unidad entera en el polvo… y sobrevivió al mercado de Kutsuu.
La voz del Rey era casi suave, como una reflexión íntima compartida con extraños.
—¿No les parece fascinante?
El salón quedó en silencio.
Solo Kenshiro Gai, apoyado en su brazo metálico, observaba la escena con su eterna indiferencia.
A su lado, a la izquierda del trono, el Guardián permanecía inmóvil.
No hablaba.
No miraba.
Se decía que su alma ya no habitaba en su cuerpo, y que su poder bastaba para detener guerras antes de que empezaran.
El Rey se giró levemente hacia uno de los ministros menores.
—Contacten con Sabaku —ordenó—.
Quiero un grupo… especial.
Sus dedos jugaron con el borde de la copa.
—Uno con un Shinkon Hizumi.
Otro que haya dominado su Ketsuho hasta el extremo.
Y uno… uno cuyo Soukei haya degenerado tanto que su alma apenas se sostenga.
—¿Objetivo, majestad?
—preguntó el ministro con voz frágil.
—No lo maten —respondió el Rey, con una sonrisa tenue—.
Aún no.
Quiero verlo pelear.
Quiero verlo caer.
Quiero verlo elegir entre su alma… o su vida.
Yodaku rió por lo bajo.
—Si sobrevive, quizás valga la pena.
Si muere… solo será otra hoja podrida caída del árbol.
Los ministros asintieron.
La orden fue sellada.
El nombre de Hikaru, aún desconocido para el mundo, acababa de ser marcado para la cacería.
Y el reino de Hokori se preparaba para observar… no con temor.
Sino con hambre.
Gracias por leer este capítulo de Chi no Yakusoku.
Si te gustó, no olvides seguir para el próximo paso en este oscuro juramento de sangre.
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