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Ciclo de fresno y hierro - Capítulo 106

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Capítulo 106: Capitulo 106

La escena que tenía delante de sí Alana eran espadas, solo espadas.

Ella se consideraba una espadachina experimentada; había vivido más de trescientos años y había batallado cada uno de esos años con su espada.

Pero ahora, realmente dudaba de su experiencia en ese ámbito por la existencia enfrente suyo.

Ya no era un gigante de cristal amorfo, sino un esqueleto dorado. La figura se había encogido considerablemente, llegando ahora a poco más de dos metros y medio de altura, no siendo mucho más alto que las propias Etio o Alana.

El esqueleto no era ordinario; cada hueso parecía una cuchilla e incluso el cráneo tenía la vaga forma de una espada.

La entidad que enfrentaban era una criatura que había nacido innatamente con el don de matar con la espada.

Si es que acaso eso tenía sentido de alguna forma.

—¿Ahora es más fuerte? —preguntó dudosa Etio mientras saltaba de su espada y pisaba el vacío. Su rostro estaba pálido; había ocupado bastante energía en los ataques anteriores—. Pero es más pequeño.

La observación final de Etio hizo sonreír a Alana, porque su enemigo respondió por ella, y no con palabras.

La figura del esqueleto se transformó en una espada, o por lo menos sus movimientos lo eran. Incluso sin armas, su cuerpo era un arma. Como si fuera un dragón de las leyendas ascendiendo hacia los cielos y rompiendo las nubes, la Epignosis movió su brazo en un ataque de hacha.

Pero, aun así, la sonrisa de Alana no desapareció; después de todo, estaban en su Dominio.

Un rayo atravesó el vacío, rechazando a la Epignosis y destrozando completamente varias vértebras y huesos. Pero él, como una serpiente, se retorció mientras su cuerpo se reestructuraba y recreaba a sí mismo. La palabra “castigo” cubría su cuerpo, como si fuera una burla hacia la existencia que estaba atacando.

—Bingo —dijo con una sonrisa Alana—. Cierra los ojos, Etio.

Y entonces… El mundo se volvió blanco.

Un grito ahogado salió de la garganta de Etio, pero no de miedo, sino de sorpresa. Millones de rayos cubrieron el cielo y se dirigieron al unísono hacia el esqueleto. Aunque sonara a exageración, “millones” era la única palabra que le llegaba a la cabeza al ver la cantidad de rayos.

Un número no era capaz de contarlos, pero no eran decenas ni cientos; eran tantos y estaban apilados unos encima de otros que solo el instante en el que ocurrió no le hacía justicia a su poder.

Porque el resplandor desapareció tan rápido como llegó.

Y ahora venía el trueno.

La figura de la Epignosis se había desintegrado. Simplemente, millones de rayos enfocados en un solo objetivo… Si siguiera intacto, ¿acaso eso no sería más aterrador?

Pero había desaparecido. El Dominio se había fracturado ligeramente; el propio espacio negro, lleno de nubes, parecía ondularse como señal de que el Dominio de Alana estaba debilitándose y colapsando.

—Alana, ¿estás bien? Tal vez deberíamos ir con la… —Pero antes de que pudiera moverse hacia Alana, una fuerza opresiva la empujó hacia atrás. Era la propia Alana que la había alejado de sí misma.

—¡Alana! —gritó estupefacta al vacío mientras sentía cómo su garganta se llenaba de sangre—. ¿Por…?

Pero su pregunta fue respondida en un instante: un dragón rompió el vacío y, con una boca llena de dientes como espadas, desgarró la mano extendida de Alana.

El tiempo volvió a correr. La sangre corrió al suelo mientras el Dominio se fracturaba aún más, pareciendo a punto de explotar.

Mientras tanto, Alana estaba de pie con el rostro pálido y la sangre fluyendo de su brazo izquierdo. Estaba desgarrado totalmente; pesados hilos de carne colgaban del hueso blanco, que había quedado libre de piel y músculo.

El dolor en la mente de Alana la había dejado en blanco; no había pensamientos, solo intención. Su Dominio imitaba la tribulación celestial, los castigos del cielo, aunque tenían limitaciones. Necesitaba fijar un objetivo; un primer ataque para fijar la fuerza de todo el Dominio. Pero había fallado. Una Epignosis no podía ser exterminada simplemente por la destrucción de su cuerpo; su alma debía ser destruida o…

El dolor solo enfocaba aún más su voluntad. No eran pensamientos, era su alma que, de forma mecánica y entrenada, estaba ignorando el dolor, dejando que su espíritu manejara su cuerpo. Su mente estaba apagada, su espíritu despierto.

La Epignosis había vuelto a surgir en el vacío. Ya no era un esqueleto humanoide, sino más bien una serpiente gigante de más de veinte metros de largo y tres de ancho. Su cuerpo no era hueso, eran espadas.

Miles de espadas apiladas unas encima de otras, formando la vaga figura de una serpiente, con dientes como cuchillas y un mandoble como cuerno en su frente.

—Epignosis… siempre han sido las más difíciles —murmuró Alana suspirando. A diferencia de las Gnosis, que tenían formas fijas y prácticamente inmutables, las Epignosis eran mutables. Después de todo, se formaban de una voluntad mortal. Y la creatividad de los mortales era infinita. Al igual que su crueldad.

—Alana, ¿estás bien? Debemos retirarnos, esa cosa no muere sin importar qué…

Etio fue la primera en romper la tensión. El tiempo volvió a correr, la mente de Alana volvió a ver el mundo moverse. De forma lenta, pero moverse. El dolor reapareció, pero estaba preparada. Había sufrido dolores mucho peores que este.

La serpiente de espadas desapareció en el vacío, se fundió en el espacio. Estaba oculta entre las dimensiones; incluso en su propio Dominio había logrado cortar el espacio y ocultarse en él.

Pero él no era el único con una espada.

Y entonces las llamó. Alana tenía dos espadas: Pureza y Odio.

Pureza era la espada roja y Odio la negra. Y la espada que tenía en su mano izquierda siempre era…

—Pureza —Repentinamente el vacío se abrió encima de ella. Cuando la cabeza de la serpiente emergió sobre su cabeza, Pureza, su propia espada, ya estaba incrustada en el cuerpo metálico de la criatura.

—Tribulación de rayos —murmuró Alana.

Los relámpagos golpearon nuevamente el lugar donde estaba la serpiente; la había forzado a materializarse haciendo uso de Pureza. Los rayos impactaron contra su cuerpo, quemando, ennegreciendo e inclusive derritiendo partes de él mientras se desplazaba en el fragmentado Dominio. Su velocidad era muy rápida. Desaparecía y reaparecía en instantes, cada vez más cerca de ella. Si llegaba a menos de cinco metros, podría matarla.

Los relámpagos no podrían destruirlo. Si quisiera, podría llamar la tribulación de agua celestial, la tribulación de fuego sagrado, la tribulación de metal dorado o la tribulación de viento mortal…

Pero ninguno funcionaría. Se reconstruiría y la Epignosis tomaría la forma óptima para combatir contra ella; se adaptaría. No era una bestia sin inteligencia; tal vez no tenía voluntad, pero era Dao.

Un Dao podía transformarse en mil Daos diferentes: un Dao de espada que corta, un Dao de espada que sella, un Dao de espada asesina.

Todos esos Daos estaban al alcance de esa criatura.

Esa era su recompensa por perder su voluntad: tener acceso a la sabiduría del mundo más allá del mundo.

Y para eso existía Odio.

La figura de Alana se movió de forma lenta. El dragón estaba a pocos metros de ella. Sus mandíbulas como sierras no eran su única arma; su cuerpo se erizó desplegando decenas de espadas.

Un solo roce, aunque no sería suficiente para matarla, la mutilaría hasta dejarla irreconocible.

El Dominio de Alana estaba a punto de colapsar; la sangre fluía por su boca, nariz y ojos. La tensión era absoluta. Mientras tanto, Etio ni siquiera era capaz de reaccionar; era un combate a un nivel completamente diferente.

No podía hacer nada para ayudar, aparte de no interferir.

Pureza estaba flotando en el aire luego de separarse de la serpiente de espadas, mientras que Odio voló en línea recta hacia adelante. Pureza era una espada creada a partir de acero vacuo; podía atravesar el espacio con facilidad y abrirlo. Al devorar la espada, aunque no la había absorbido, la Epignosis había imitado su habilidad.

Pero Odio estaba creada a partir de su propia sangre. Había fusionado, hacía décadas, su sangre con la de él, y la habían cristalizado usando hielo perpetuo. La sangre de dos amantes cristalizada en una espada. No se había llamado siempre Odio…

Mientras la serpiente se acercaba, el Dominio se agrietaba cada vez más. Un ataque más y se rompería, y probablemente ella perdería la conciencia por el contragolpe.

Pero, a pesar de ello, los pensamientos de Alana se desdibujaban a causa del dolor y la fatiga. ¿Hacía cuánto tiempo no usaba su Dao? Lo había abandonado cuando él había muerto.

Pero ahora…

—Dao de Odio, sellar el alma.

La espada carmesí vibró con las emociones de Alana. La espada era azul antaño, como la sangre azul de los Feysir, pero se había teñido de rojo por una palabra: Odio. Porque cuando perdió lo que amaba, su Dao se rompió y lo único que quedó fue un alma rota.

La espada, como si hubiera recorrido miles de metros en línea recta, alcanzó la frente de la serpiente, que había intentado huir inmediatamente al sentir el peligro real de la técnica.

Pero era demasiado tarde. Pureza era la mira, Odio la flecha.

La espada empaló directamente a la serpiente mientras un miasma rojo, como un fuego líquido que se teñía de negro, cubría a la Epignosis. El Dominio se desvaneció en ese instante también, volviendo al techo de uno de los edificios del puerto.

Las espadas se desvanecieron, al igual que la serpiente. Solo quedó Odio, que, con un brillo carmesí más intenso, había sellado en su interior a la Epignosis.

—Destruirlo será algo que llevará tiempo y necesitará la ayuda de Voltia, tal vez —murmuró Alana mientras recogía su espada.

Pureza atravesó el vacío y reapareció a su lado en un instante, mientras su brazo izquierdo volvía a recomponerse cuando ella se metió una píldora en la boca.

La sangre dejó de fluir y empezaron a regenerarse las venas y arterias rotas, mientras la carne y el hueso se reacomodaban a su sitio.

—Etio, ayúdame a moverme, creo que voy a caer… —Alana no pudo terminar de hablar antes de colapsar en el suelo.

Etio tardó un momento en reaccionar. Mientras caía al suelo, el Dominio había desaparecido y vio a Alana tendida, inmóvil en la piedra como un cadáver. Dudó en acercarse; un temor innato inundó su mirada. No un temor hacia Alana, sino más bien a la espada roja en su mano. Porque, cuando la espada roja ardió como un fuego maligno, fue mucho más aterradora que cualquier Gnosis.

…..

Lobo de Sangre frunció el ceño. Sintió que la conexión que tenía con la Epignosis se había cortado repentinamente.

—Qué desperdicio —gruñó con ira mientras pateaba el cuerpo sin vida de la Aracne. No recordaba su nombre, o si es que tenía alguno. Sus patas de araña estaban rotas, su rostro desfigurado y su torso estaba hundido de forma antinatural a la altura del pecho.

Lobo de Sangre respiró profundamente mientras caminaba de forma lenta para abandonar la escena. Estaba cansado, requería dormir durante un tiempo.

—¿Qué sucede, maestro? —murmuró Navara desde su sombra.

—Perdí la conexión. Alana debe haberlo sellado o destruido —dijo indiferente Lobo de Sangre.

Puerta Dao, Condensación Espiritual y Refinamiento Espiritual eran los tres primeros pasos del cultivo del Dao Celestial. Aquellos que son considerados discípulos se encuentran en estos tres pasos.

Pero Alana era considerada una maestra y había superado el reino del Refinamiento Espiritual hacía siglos; ahora estaba en un nivel mucho más alto.

Espíritu Naciente, Forja Espiritual y Núcleo Espiritual eran los tres siguientes pasos, así como los más difíciles, siendo cada uno más imposible que el anterior.

Alana ya debería haber superado la etapa del Núcleo Espiritual, pero ella abandonó su Dao y eligió el cultivo espiritual: usar espíritus verdaderos para fortalecerse.

Pero…

Se detuvo de caminar. La noche estaba terminando y los sonidos del movimiento estaban surgiendo. El combate había alejado a los mortales ordinarios, pero pronto llegarían más guardianes —decenas de ellos— y no tenía intención de ser rodeado.

Repentinamente, mientras él golpeaba ligeramente con la mano una esquina sombría, de la más profunda oscuridad y también del más insignificante espacio, surgió una especie de vehículo. Era totalmente negro y estaba cubierto de vidrios opacos.

Mientras se sentaba en el vehículo, forrado de pieles, un hombre con cabeza de gallo lo recibió con una sonrisa.

—¿Adónde, mi señor?

—A casa, Basil. —Mientras cerraba los ojos y el sabor de la sangre seguía fresco en su boca, Lobo de Sangre se quitó el antifaz, revelando un rostro cansado, aunque la sangre seguía corriendo por sus labios—. A casa.

…..

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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