Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

Ciclo de fresno y hierro - Capítulo 11

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. Ciclo de fresno y hierro
  4. Capítulo 11 - 11 Capitulo 11
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

11: Capitulo 11 11: Capitulo 11 Gruñidos de animales se oían en el interior de una cueva aislada.

El ambiente era húmedo y desagradable, pero aún así mejor que el frío exterior, ya que curiosamente los túneles conservan de forma prolija el calor del ambiente, inclusive con un fuego pequeño o con simples antorchas.

Y en ese lugar Ducanor estaba sufriendo.

La runa dhármica en su cuerpo brillaba con una luz siniestra mientras la forma original de la misma era deformada momentáneamente para volver a la normalidad, y luego nuevamente deformarse y corromperse respecto a su aspecto anterior.

Los Feysir no nacían normalmente con una runa dhármica; requerían conectar los meridianos con sus tres Dantian.

Los meridianos regulaban la circulación de energía espiritual a través del cuerpo físico, mientras que el Dantian era un órgano espiritual que almacenaba el alma de los mortales.

Dantian inferior, Dantian medio y Dantian superior, ubicados respectivamente en el bajo vientre, pecho y glabela.

En este preciso momento, Ducanor estaba recibiendo una sobredosis de una energía desconocida que inundó sus meridianos hasta el punto que casi se rompieron dirigiéndose hacia su Dantian inferior.

Los Feysir pudieron crear tres runas dhármicas, cada una consistente al abrir uno de los Dantian.

Ducanor solo había formado una runa dhármica, por lo cual solo estaba abierto el Dantian inferior.

Pero el Dantian medio parecía estar a punto de abrirse forzosamente ante la irrupción del misterioso líquido.

—Déjate llevar, hijo mío —dijo el hombre desconocido con una expresión indiferente—.

Únete a nosotros, a la Tempestad.

Somos los hijos abandonados por el Creador; los dioses han muerto, el mundo ya no tiene protectores.

¿Por qué no acelerar el ciclo de creación y destrucción?

Apretando los dientes, la vaga conciencia de Ducanor circuló su energía hasta la runa y gritó.

—¡Runa del Grifo!

—gruñó Ducanor mientras sentía que su cuerpo se hinchaba en fuerza física y sus sentidos se agitaban.

Su grito resonó en la habitación mientras intentaba levantarse, pero entonces colapsó nuevamente.

Pero esta vez no fue por una restricción, sino por un instinto de sumisión hacia la figura delante de él.

Sentía que golpearla o mancillarla sería tan bestial como dañar a su propio padre.

—Bien, bien, hijo mío.

Bienvenido a la familia —dijo abrazándolo su padre, haciendo que la expresión de Ducanor se llenara de adoración y lealtad mientras casi rompía en lágrimas al sentir el toque cálido de su nuevo progenitor.

—Padre…

—gruñó confundido, como si esa palabra fuera extraña; Después de todo, nunca había tenido un padre.

—Bien, hijo mío, te has convertido en uno de nosotros, en uno de los Hijos de la Tempestad.

Aunque solo somos sirvientes de algo superior.

Vamos, hijo mío, déjame contarte nuestra historia.

Aturdido, Ducanor se paró esta vez erguido y con más fuerza que antes.

Su cuerpo desnudo se había cubierto de un ligero pelaje negro, mientras que sus dedos se habían cubierto de garras similares a las de un felino.

Su cuerpo se hinchó de poder, pero aún así, al sentir la mirada del resto de sus hermanos y hermanas, no pudo evitar sentir cierto resquemor que fue reemplazado por un impulso asesino mientras gruñía ligeramente en dirección a uno de ellos.

Las mujeres, en cambio, lo miraban con deseo; un deseo que él compartía, pero ahora debía seguir a Padre.

—Hijo mío —murmuró Padre—, ahora te contaré la historia de nuestra familia.

Somos los Hijos de la Tempestad, unos de los pocos descendientes verdaderos de las enseñanzas verdaderas de los Lupercales.

— ¿Lupercal?

—gruñó Ducanor confundido mientras se observaba a sí mismo con detención.

—Sí, pero nuestra sangre es débil en comparación a la de nuestros ancestros —respondió con tristeza Padre mientras lo guiaba por las cavernas.

Escenas diferentes se desarrollan en el camino, desde hombres y mujeres teniendo relaciones grupales hasta atacando brutalmente por una pieza de carne de una presa.

Así como otras escenas donde sus hermanos, ahora, bebían y tomaban píldoras las cuales devoraban desesperadamente mientras las venas de sus cuerpos se marcaban excesivamente.

Y entonces llegaron a su destino.

Era una enorme sala donde, en la pared, Ducanor era capaz de ver imágenes primitivas de lo que parecían ser figuras divinas.

—Esos son los Primordiales, los ancestros de los divinos —murmuró con un tono lleno de respeto, pero también cierto desprecio, Padre—.

Ellos son los monstruos que crearon el orden, nuestro enemigo, la burocracia celestial que creó toda esta farsa.

—¿Pero no estaban muertos, padre?

—preguntó Ducanor mientras sentía que su boca se llenaba de saliva, mientras sus colmillos anormalmente puntiagudos deseaban devorar.

Un golpe sin piedad cayó sobre su mandíbula, mandando a volar uno de sus colmillos mientras era arrojado al suelo.

—Te dije que hablaras, hijo mío?

—dijo con una expresión indiferente de toda ira y emoción, mientras su mano se aferró al hombro de Ducanor que seguía en el suelo, sin la capacidad de defenderse, porque no podía ni quería.

Su agarre fue tan fuerte que destrozó los tendones de su hombro; a pesar de su apariencia ordinaria, su fuerza era suficiente como para destrozar en dos al propio Ducanor.

Y luego, con un movimiento casual, lo arrojó violentamente contra la pared, destrozando totalmente el hueso del hombro izquierdo.

Ducanor tardó unos instantes en reaccionar.

Había perdido ligeramente la conciencia a causa del dolor, pero a pesar de ello se arrastró mientras se paraba a duras penas y se arrodilló detrás de su padre.

En silencio.

—Excelente, hijo mío.

Aprendes mejor que tus hermanos y hermanas, tan complacientes pero a su vez tan traicioneros.

Ahora mira tu brazo, hijo, mira el regalo que ofrecí.

Aturdido, Ducanor desvió la mirada y se dio cuenta de que su hombro destrozado había desaparecido por un brazo intacto, con músculos poderosos y un brillo metálico, haciéndole sentir invencible.

—Tu runa dhármica sigue luchando contra tu naturaleza, tu verdadera naturaleza.

Pronto te convertirás en uno de nosotros, en un Lycaon —su sonrisa se amplió mientras continuaba hablando—.

¿En qué iba?

Cierto, en los inútiles primordiales.

Ellos erigieron este sistema, ¿sabes?

La reencarnación, el Samsara, toda esa basura…

Ellos lo erigieron para esclavizar nuestras almas, para condenarnos a vivir una y otra vez, morir y vivir, vivir y morir; una condenación eterna impuesta por ellos, por él: Anatol, el último gran gobernante Primordial.

»Pero entonces surgió la contraparte, lo contrario al orden impuesto forzosamente por los Primordiales: la Gnosis.

—Su mirada, cuando dijo esas palabras, estaba cargada de locura, como si aquello fuera suficiente como para llenar su mente de fanatismo—.

Pero la Gnosis no es una conciencia única, es una fuerza de la naturaleza.

No es algo que rija, es una fuerza reactiva: mientras más intentes crear, más lo destruirá la Gnosis; y si intentas destruir, ella buscará corromper y crear algo nuevo a partir de ello.

Ducanor no habló, pero eso no abandonó la confusión en su mente mientras no comprendía nada de las palabras de su padre, aparte de una cosa: él buscaba alcanzar la Gnosis.

Fuera lo que significara aquello.

—Hijo mío, ahora recibirás tu nuevo nombre y también, como recompensa, te diré el mío —dijo con una sonrisa Padre.

Ducanor avanzaba en silencio con un gruñido gutural; No era necesario hablar en la familia, solo obedecer.

Y en un instante, repentinamente, surgió una figura de la nada.

Esa figura era nada menos que Raptora, quien estaba cubierta de sangre y suciedad, así como de múltiples heridas.

Lágrimas cubrían sus ojos mientras se arrodillaba ante Ducanor.

—Ducanor, lo siento, perdóname, yo…

no sabía, no sabía que esos monstruos te…

—Pero antes de que las palabras pudieran terminar de salir de su boca, su mandíbula fue destrozada de un golpe en un instante por su padre, haciendo que los restos de la misma colgaran rotos por su cuello mientras hilos de sangre y músculos colgaban como tiras en su rostro.

Su hermoso rostro había sido destruido.

Ducanor tembló repentinamente.

Intentó hacer algo, tal vez salvarla, tal vez ayudarla; pero una parte de él quería venganza, sentía satisfacción ante su muerte.

Ella se había provocado esto.

Pero el destino de la vida y muerte de la chica no estaba en sus manos, ya no.

En ese instante, Ducanor tenía dos caminos ante él: caer en la corrupción más absoluta o huir de la batalla, huir como un cobarde.

No había otras opciones.

Bueno, sí la había.

La tercera, era la muerte.

Cualquiera tendría miedo de aquella opción; Después de todo, quién no le tenía miedo a la muerte, a la eternidad de la muerte.

Incluso si fuera a reencarnar, la existencia que era ahora desaparecería.

—Ah, se me olvidaba, hijo mío, mi nombre es…

—Pero antes de que pudiese decirlo, Ducanor se había movido.

En un instante, su cuerpo explotó en una fuerza bestial, superior a la mayoría de los mortales a causa de las drogas y la infusión desconocida que había recibido Ducanor.

Y entonces la Runa del Grifo, que había estado brillando siniestramente mientras era reformada en una versión deformada de sí misma, brilló con una luz dorada como si fuera un verdadero grifo.

—Oh, hijo mío, no sabes me sorprendes —dijo con una sonrisa amplia y llena de locura Padre.

—Sabes, Padre, la vida está sobrevalorada —gruñó ferozmente mientras sentía su lengua hinchada ante el aumento de su naturaleza, sintiéndose extrañamente más rápido y fuerte.

Su percepción se agudizó en todos los sentidos: la vista de un águila y el oído de un felino.

Sintió que sus uñas se alargaban sobrenaturalmente, afilándose levemente como garras, mientras entrecerraba los ojos llenándose de intenciones asesinas.

La Runa del Grifo que poseía Ducanor le daba diferentes habilidades, siendo tres de ellas las principales: Espíritu de Grifo, Visión de Grifo y Gran Vitalidad.

Desafortunadamente, no eran demasiado útiles en combate más allá de un impulso inicial, aunque eran útiles como capacidad de rastreo.

Pero Ducanor no tenía ningún arma, solo podía depender de sus puños, y en un instante se dio cuenta de que estaba en desventaja.

Una mano como una garra se acercó lentamente apuntando hacia su corazón con intenciones asesinas, pero él lo detectó y esquivó; en un instante, su cuerpo parpadeó para desaparecer.

Frunciendo el ceño, el padre parecía confundido mientras olfateaba el aire en búsqueda de Ducanor, pensando que había huido al instante, llenando sus sentidos con el olor a sangre de la moribunda Raptora, que solo emitía un débil latido de corazón mientras sus pulsaciones desaparecían lentamente.

Y entonces, una mano apuñaló en dirección a su cuello.

Como si fueran cuchillas, las garras en las manos de Ducanor atravesaron directamente el costado de su cuello, dejando un rastro de sangre roja mientras el monstruo enfrente de él intentaba esquivar.

La herida era superficial, pero en una zona vital.

Si no controlaba la herida, un mortal ordinario podría desmayarse y morir si no se atendía bien y de forma rápida.

En ese sentido, Ducanor era un experto en atacar puntos vitales; todo ser vivo los tenía, sin importar lo protegidos que estuvieran.

—Oh, hijo mío, no sabes qué tan orgulloso estoy de ti —dijo con una sonrisa distorsionada la bestia que tenía ante él ahora Ducanor, lo que hizo que su mente temblara mientras observaba la deformación completa de cualquier aspecto mortal en él.

No era una bestia, ni siquiera compartía una mísera parte de la apariencia de un lobo u hombre; su forma era lo más impío que la naturaleza podía darle.

Piel color brea cubierta de músculos deformados e hinchados, dientes absurdamente grandes que parecían cubrir la mayor parte de su hocico alargado, como si fuera una mezcla entre un caballo y una hiena.

Sus ojos parecían dos rendijas brillantes carmesí que lo observaban ferozmente; a su vez, sus orejas, alejándose totalmente de un aspecto lobuno, parecían enormes en comparación a su cuerpo, como si fueran de un murciélago.

Su cuerpo crecía a un aspecto mucho más alto y grande, y mientras los huesos de su cuerpo sobresalían anormales sobre su piel, amenazando con abrirse paso por ella, se regeneraba cualquier herida casi instantáneamente, haciendo que se hinchara aún más.

No podía apreciar su tamaño totalmente, pero lo duplicaba casi incluso cuando estaba medio hincado sobre sus talones, mientras babeaba un líquido rojo de su boca como espuma.

Y entonces sonó una voz, una voz muy diferente a la persona que había considerado alguna vez Padre.

—Oh, hijo mío, lentamente te estás volviendo mi favorito.

No sabes cuánto me alegra de que me hayas sorprendido, y para felicitarte te mostraré lo que es verdadero un Lycaon.

En un instante llegó ante Ducanor y simplemente rasgó la tierra debajo, haciendo temblar el suelo, mientras que por las propias esquirlas del ataque, Ducanor repentinamente se vio arrojado hacia atrás.

Siendo atravesado Múltiples veces por las esquirlas de piedra resultado del ataque, que explotaron a causa de la gran velocidad al llegar a él.

—Mierda —gruñó aturdido mientras sentía que su sangre hervía.

Sentía un cambio, un cambio desconocido en él; Si no se detenía, probablemente se volvería un monstruo similar a la criatura enfrente de él.

Pero entonces, como una sombra, la enorme bestia simplemente se abrió camino detrás de él a pesar de su absurdo tamaño y cerró sus mandíbulas directamente sobre su cuerpo, levantándolo.

La sangre chorreaba y la carne era desgarrada.

Para luego ser soltado y dejado en el suelo con los intestinos sobresaliendo sobre su vientre.

—¡Ja, ja, ja, ja!

—río el monstruo—.

Excelente, hijo mío, fue una buena pelea-.

-auque corta- terminó con una burla.

Y mientras decía eso, su cuerpo se retorcio.

En un instante se había transformado en el hombre de mediana edad de aspecto desalinizado de antes, y que con ojos brillantes lo miraba.

—Se me olvidaba, cachorro —dijo con una sonrisa el hombre que había matado a Ducanor Kal Arreus—.

Mi nombre es Intermezzo Omeya.

….

El bosque estaba desierto de señales de vida, tanto animal como mortal, aunque no por mucho tiempo, cuando un grupo de personas atravesó la tundra helada entre los alerces de jade.

—Hierbas desintoxicantes, pasto etéreo, fruta de esencia de tierra…

—murmuró Uisuk mientras recitaba a duras penas los nombres de las hierbas que logró reconocer, pero ninguna era similar a la que estaba buscando.

—Deja de ver plantas, tenemos que buscar —dijo preocupada Masha mientras empujaba a Uisuk hacia el frente para que siguiera caminando.

—Pero no sabemos dónde está.

Por lo que dijo uno de los hombres del bar, se fue con una de las mozas; probablemente siga con ella, como dijiste antes —dijo algo molesto Uisuk al darse cuenta de que probablemente Ducanor estaría disfrutando el calor de una mujer.

Mientras él estaba soportando la frialdad de dos.

Y mientras sigilosamente empezaba a recoger las hierbas, pensando que había oído que algunas servían para algunas píldoras alquímicas de fortalecimiento e inclusive de recuperación.

—No importa lo promiscuo que sea Ducanor, sigue siendo nuestro amigo —dijo Hebith—.

Y si está en problemas, debemos ayudarlo.

A pesar de eso, Uisuk no se sintió para nada mejor mientras maldecía a Ducanor deseando que se le cayera la virilidad.

Pero repentinamente, como si fuera un objeto que parpadea en el costado de tu línea de visión, detectó algo.

Y ese algo no era para nada pequeño y amigable.

—¡Masha, cuidado!

—rugió rápidamente mientras sacaba de su espalda su arma, dos cuchillas, que agarró con firmeza mientras corría en dirección de la mujer gigante.

—¿Eh?

—dijo confundida.

Repentinamente, de las sombras de uno de los árboles surgió la figura aterradora de una enorme bestia deforme.

Esta figura tenía apariencia humanoide, como si se tratase de la mezcla de un hombre y un animal, y a pesar de que Masha bordeaba los tres metros de altura, esta criatura la superaba ligeramente, además de que su cuerpo estaba hinchado en un poder bestial.

—¡Grraaaah!

—gruñó la criatura como si estuviera riéndose siniestramente.

Su cabeza estaba torcida totalmente y su mandíbula parecía el pico horizontal de un pájaro, el cual estaba cubierto a su vez de una larga hilera de dientes alargados como cuchillas; pero lo que más destacaba eran sus ojos.

Eran deformes y totalmente independientes el uno del otro, moviéndose caóticamente de una dirección a otra, mientras ambos estaban posicionados de forma asimétrica.

—¿Qué es esa maldita cosa?

—casi chilló Uisuk mientras sentía que el sudor empezaba a recorrer cada centímetro de su piel.

Repentinamente, una explosión de luz cegadora inundó los sentidos de Uisuk, impidiéndole saber qué carajo estaba pasando mientras quedaba incapacitado.

Solo entonces oyó el trueno.

Y entonces logró ver: como si de una diosa de la tormenta se tratase, Masha había manifestado dos enormes garras de rayos que chocaron contra las garras de la propia criatura en un enfrentamiento sangriento.

Las garras de la criatura fueron carbonizadas con la electricidad y su cuerpo paralizado, pero a pesar de ello, como una bestia seguía atacando, mientras sus dedos carbonizados y destrozados por los ataques de Masha se regeneraban a una velocidad absurda, hasta el punto que se sobreregeneraba a varias garras a la vez.

Mientras observaba la escena, medio arrodillado en el suelo y temblando a causa de las ondas de choque y presión que emanaba el enfrentamiento, Uisuk intentó analizar la situación.

Esa cosa no era un Sidhe.

Estos eran criaturas similares a las bestias o animales, pero también diferentes: eran aglomeraciones conceptuales de los espíritus de seres vivos sin conciencia.

Uisuk había oído varias veces cómo los Sidhe eran una manifestación de fragmentos de los espíritus de no solo las bestias y animales, incluso mortales, aunque no comprendía cómo nacían; su propia existencia era etérea.

Esa cosa no era para nada etérea.

Un Sidhe ordinario ya era lo suficientemente peligroso como para matar a cualquier guerrero Feysir ordinario.

Y un Sidhe Feroz, que se diferenciaba de su contraparte por su fuerza para manipular inclusive la energía espiritual a mediana escala, era suficiente como para mermar un grupo de guerreros Feysir con facilidad.

Pero esta criatura tenía una destreza superior a cualquier Sidhe Feroz que hubiera visto antes.

Un trueno resonó mientras la bestia era golpeada directamente por una masa de rayos condensada que golpeó de lleno su pecho.

El cuerpo de la bestia impactó contra una multitud de árboles, dejando un rastro de sangre y tierra por donde había sido arrojado a poco más de diez metros de distancia por la gran fuerza de impacto de Masha.

En ese momento se retorció levemente mientras se levantaba de un salto.

Su cuerpo estaba cubierto de heridas sangrientas y huesos rotos, además de que sus dos brazos estaban mutilados mientras bombeaba sangre roja de sus heridas.

—¡Auuuuu!

—rugió con ira mientras miraba con furia al dúo, cuando repentinamente se irguió en sus patas traseras en una pose amenazante mientras destrozaba violentamente uno de los árboles de los alrededores, arrojándolo hacia ellos.

—¡Cuidado, es una distracción!

—gritó apresuradamente Uisuk, preocupado de una emboscada, pero…

Antes de que Masha o siquiera él pudieran reaccionar, este simplemente se había dado la vuelta y, tras una imagen difuminada y una nube de polvo, desapareció.

Un suspiro aliviado salió de la boca de Masha antes de que colapsase repentinamente en el suelo.

—¡Masha!

—corrió rápidamente Hebith en dirección a ella mientras la sostenía con fuerza, al igual que Uisuk se acercó apresuradamente a controlar su situación.

Su cuerpo estaba helado.

Para su sorpresa, había varios cortes sangrientos en su piel, pero la sangre no se coagulaba, sino que seguía brotando como una fuente impidiendo cualquier regeneración, mientras su piel lentamente perdía el color.

—Tranquila, estarás bien, te llevaré a casa —dijo él mientras la apoyaba junto a Hebith e intentaba levantarla.

Pero entonces lo vio.

A poca distancia, justamente en el lugar donde había desaparecido la criatura, había una hierba.

Con el mismo aspecto que tenía en la descripción de la petición que había estado en el tablón de anuncios.

La Hierba Changeling.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo