Ciclo de fresno y hierro - Capítulo 12
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12: Capitulo 12 12: Capitulo 12 —Año 312 de la Ascensión del Monarca Celestial— El horno de acero estelar brillaba con llamas azules vibrantes que distorsionaban el aire, hasta el punto que él mismo sintió algo de dolor en los ojos al concentrar la mirada en él.
—Clank, clank.
Golpes pesados de metal golpeando metal resonaron en la herrería mientras su padre adoptivo golpeaba el acero caliente con sus propias manos.
Ignorando las llamas, las manos negras cubiertas de runas milagrosas de su padre y maestro trazaron y dieron forma al metal como si fuera greda, mientras lo miraba con ojos atentos.
—Increíble, ¿no es cierto, Jac?
—preguntó en un susurro suave una voz detrás suya.
Sobresaltado, se encontró con el rostro de su primo, Aragón, hijo del Gran Señor de Ulheim y su tío.
A diferencia de él, que apenas había vivido apenas diez inviernos, su primo ya tenía más de treinta inviernos pasados, por lo cual era bastante mayor que él, pero no tanto; su tío seguía teniendo hijos a pesar de todo.
Pero a pesar de ello, era bastante atractivo, con un aspecto fornido y salvaje.
La sangre fey en su cuerpo era la de las tribus de los Feynir y Feymor, descendientes de los antiguos Vanir y Fomorianos de las leyendas de la abuela Tess.
Sobresaliendo sobre su linaje Feynir, y como señal de ello, dos cuernos curvos similares a los de un chivo sobresalían de su frente, cubiertos de runas misteriosas.
En ese punto, el golpe de puño contra el metal había terminado mientras que las llamas de jade negro se estaban consumiendo, mientras los cristales lunares que avivaban las llamas del horno se dispersaban en cenizas.
Y entonces, su figura alta que había servido como herrero, ahora se paró dejando una larga sombra detrás de él, como si no fuera un Feysir, sino uno de los extintos cíclopes celestiales que forjaron el rayo de la tribulación divina.
Su padre adoptivo era mucho más anciano, incluso si duplicara su edad actual y la sumara a la de Aragón; después de todo, él mismo era el padre adoptivo de su tío, lo cual dejaba las relaciones filiales entre todos en un enredo cómico que siempre era discutido por todos entre risas.
—Sí, lo es —contestó Jac Drain mientras veía cómo su padre adoptivo agarraba la espada humeante con sus manos para luego dejarla en el agua fría, haciendo que una columna de vapor se elevara en el aire con el sonido característico del agua hirviendo.
—Me sorprende que el tío te dejara ver, es bastante protector contigo, mocoso —dijo una segunda voz, mucho más juvenil que la de Aragón, que surgió desde el costado de la puerta de la herrería.
Era un hombre joven, de aspecto esbelto.
Tenía el cabello rubio, como si fueran rizos dorados, mientras sus ojos eran de diferentes colores: uno azul como una amatista y el otro negro como la boca de un lobo.
Pero su único defecto era que su cuello estaba torcido en un extraño ángulo de cuarenta y cinco grados hacia la izquierda.
—Serach —murmuró Aragón con una sonrisa forzada.
Al igual que Aragón, Serach era primo de ambos, pero era menor que Aragón aunque mayor que él, ya superando los veinte inviernos y alcanzando dentro de poco otro año de vida.
—El tío me dijo que ahora que soy casi un hombre puedo tener un arma —dijo con una expresión irritada Jac, mientras intentaba enderezarse para parecer más alto de lo que realmente era.
Riéndose abiertamente en burla de él, Serach sonrió y lo ignoró mientras se acercaba arrogantemente a la herrería.
En ese punto, su padre adoptivo ya estaba a punto de terminar el arma: una espada hecha de acero meteórico y tallada en runas sánscritas, como las que debe poseer cualquier verdadero hombre Feysir.
—Esa es una bonita espada.
Lamentablemente, la va a usar un crío —se burló nuevamente Serach mientras extendía la mano para agarrarla.
—Detente, Serach.
El tío está trabajando, sabes que no le gusta que lo molesten mientras trabaja —dijo repentinamente Aragón mientras ponía su mano firmemente en el hombro de Serach.
El cuello torcido de Serach se movió hacia atrás, dejando que su ojo negro se clavara directamente en la cabeza de Aragón, quien rápidamente retrocedió aterrado.
—Puf, basura —se burló Serach, a lo cual Aragón solo pudo responder apretando los dientes con fuerza mientras miraba con ira a Serach.
Jac miró con lástima y algo de empatía a su primo mayor.
A pesar de que era un poco mayor que Serach, este último era el guerrero más poderoso de Ulheim, solo siendo superado por los miembros de la secta de la Rama Roja.
Y pronto este último engrosaría sus filas, si no fuera tan arrogante como para ver con desdén incluso ese puesto.
Pero entonces, una figura grande como un oso surgió detrás de Serach, suprimiendo su ímpetu en un parpadeo.
Serach ya era bastante alto, medía más de dos metros y medio de altura, bordeando los tres metros, faltándole solo una cabeza; pero la figura detrás suya era inclusive más imponente.
Su padre adoptivo no era un herrero ordinario.
Gigante como los extintos Jotunn, Ducanor Kal Arreus medía más de tres metros de altura; era un gigante de carne y hueso, de cabellera negra como el ébano y una barba abundante cuidadosamente cortada, dejando ver claramente sus labios rojo sangre.
Sus brazos eran negros como la tinta, cubiertos de runas pálidas que danzaban alrededor de su piel, mientras que sus ojos eran de color ámbar.
—¿En serio quieres iniciar una pelea enfrente mío, mocoso?
—gruñó Ducanor mientras enterraba a través de varios centímetros en la dura piedra negra del suelo la espada que ahora le pertenecería a él.
Sintiendo la dura mirada de Ducanor, un escalofrío surgió en los ojos de Serach, mientras gruñía: —Me voy, no estoy para jugar con espadas.
—Repentinamente su mirada cayó en él—.
Espero que no te cortes, mocoso.
Lo mejor sería que no jugaras con espadas, podrías perder más que un poco de sangre.
Y con esas palabras se retiró simplemente.
—En serio, alguien debería bajarle los humos a Serach.
Tarde o temprano morirá por alguna estupidez —dijo entre suspiros Aragón.
—Tarde o temprano aprenderá la lección.
Es joven, por ahora que disfrute molestando o haciéndose el valiente, es mejor que otras actitudes más…
—Repentinamente Ducanor, que había estado hablador, se calló sorpresivamente.
Parecía estar mirando con cierta nostalgia la figura arrogante de Serach.
—Padre, ¿esa espada es mía?
—preguntó repentinamente Jac mientras observaba la espada con una expresión emocionada.
La espada seguía enterrada en el suelo profundamente, como si se hubiera fusionado con el suelo al atravesarlo.
—Sí, chico, es tu espada.
Me costó un poco de trabajo darle forma siendo tú tan pequeño, pero bueno, ya sabes: a veces, mientras antes mejor.
Aunque tampoco hay prisa para que aprendas a pelear, ¿sabes?
—dijo con una mirada cálida Ducanor, que no se transmitió a través de palabras sino de acciones, mientras le daba una palmada en el hombro a Jac.
Sonriendo jovialmente, él rápidamente se apresuró al mango de la espada que seguía enterrada en el suelo.
Sintió el tacto frío del metal al tocar su mano, mientras empezaba a sudar del nerviosismo y de la emoción.
—A partir de ahora seré un verdadero hombre —gruñó Jac mientras endurecía su agarre sobre la espada.
Haciendo palanca con su propio peso, sus ojos brillaron de un misterioso color sangre cuando repentinamente su cuerpo cayó hacia atrás, mientras debajo de él se abría levemente en dos la tierra donde estaba la espada.
Aturdido y confundido, se dio cuenta de que enfrente suyo estaba viendo el reflejo sobre el metal brillante de su propio rostro: un rostro juvenil cubierto de una mata de cabello rojizo, como si de llamas se tratase, y de ojos celestes.
—Bien hecho, chico.
Al parecer sí eres lo suficientemente fuerte como para empuñar una espada —dijo repentinamente Ducanor, quien lo ayudó a levantarse.
—¡Sí, padre adoptivo!
Déjame mostrársela a mi madre y a mi tío, estarán muy contentos.
—Ten cuidado, chico, recuerda ponerle un…
—Pero antes de que pudiera oír el resto, él simplemente había corrido hacia el exterior con su espada envainada en su cinturón, mientras corría con una enorme sonrisa a la fortaleza.
Mientras que en la propia herrería solo quedaba la figura gigante de Ducanor, que miraba con una expresión preocupada la grieta en el suelo, antes de suspirar y volver a lo que conocía: las armas y armaduras.
El resto ya le era indiferente.
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