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Ciclo de fresno y hierro - Capítulo 14

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14: Capitulo 14 14: Capitulo 14 Año 400 antes de la Ascensión del Monarca Celestial La sangre brotó como una fuente de la cabeza de una mujer, mientras su cuerpo desnudo era atravesado por una cuchilla por última vez.

La última expresión que emitía su rostro era de éxtasis.

Su cuerpo estaba cercenado; sus cuatro extremidades, arrancadas de cuajo.

Pero su expresión no era de dolor, era locura; una locura que Korelia solo había visto una vez en su vida, cuando cayeron las coronas y los hombres que las portaban bajo las llamas de la…

—Qué desperdicio —murmuró para sí misma Korelia mientras fruncía el ceño.

Esa mujer había muerto hacía poco, lo que de por sí era peligroso; probablemente su asesino estaba cerca.

Tal vez demasiado cerca.

Y el tiempo le daría la razón.

El sonido de algo arrastrándose y regurgitando , se escucho detrás de ella , el sonido de algo muerto siendo retorcido y deshonrado.

Repentinamente, donde antes estaba el cadáver de la mujer desconocida, surgió una figura deformada y feroz.

Esa figura era nada menos que la misma mujer que antes había muerto, pero ahora transformada en algo diferente.

—¿Qué hechicería maligna es esta?

—gruñó para sí misma Korelia mientras inmediatamente materializaba un muro de agua que atrapó a la figura danzante de la mujer no muerta.

Y entonces se dio cuenta de que su apariencia había cambiado.

Su mandíbula se había alargado ligeramente, mientras un pelaje rojizo cubría ahora sus facciones.

Ya no quedaban los rasgos humanos de la mayoría de mortales que había visto, a pesar de las diferentes razas, sino el rostro de una bestia.

De un zorro.

—¡Evohe, evohe, oh Bromio!

—exclamó en un tono extasiado la mujer, que ahora tenía la apariencia de un zorro pero el cuerpo de mujer.

Mientras recogía su propia sangre del suelo con sus manos, la bebía como si fuera vino, mientras danzaba estática y borracha de éxtasis.

Su cuerpo, como si fuera una fuerza que ignorase los elementos, rechazó el agua que bloqueaba su camino; y cuando Korelia le disparó agujas o lanzas de agua, las rechazó de la misma forma.

Parecía impermeable a los elementos mientras gritaba en lenguas un nombre desconocido.

—Ese poder no es algo que un mortal pueda evocar —maldijo Korelia mientras se retiraba.

Sus dones provenían de su voluntad y de su propio cuerpo.

Se había restringido a usar solo el elemento agua, porque sabía que había alguien mirando desde la cima el espectáculo: el Magister Elektrim de nombre Varega.

Y no quería alertarlo.

Después de todo, su raíz espiritual era más que anormal, ya que era la que le permitía cambiar su aspecto libremente.

Mientras que su habilidad de manipular las leyes de la naturaleza venía de su propio dominio; ella lo llamaba de una forma específica: Alma Estelar.

Era diferente a la raíz espiritual, ya que sentía que, aunque había nacido con el Alma Estelar, esta no despertó hasta que finalmente entró en contacto con su subconsciente.

—Maldita sea, es demasiado rápido —gruñó para sí misma mientras retrocedía.

En un instante, la mujer zorro había llegado ante ella y golpeado en su dirección con puños desnudos.

Korelia se transformó en un instante en una golondrina que escapó del alcance de la mujer, para volver a su apariencia normal y golpearla con un sable de agua en la espalda.

—¿Qué?

—Aturdida, vio cómo repentinamente la aparentemente débil criatura destrozó decenas de baldosas en el suelo a pesar de destrozar su propio brazo.

Al mismo tiempo, el sable destrozaba su columna vertebral.

Pero aun así, una fuerza sobrenatural le dio energías para darse la vuelta y correr nuevamente en su dirección como una bestia sin sentido.

Cada movimiento caótico parecía una danza que buscaba matarla y derramar sangre para su diosa.

—Qué ridiculez, maldita sea.

Decidió abandonar momentáneamente las precauciones y, repentinamente, detrás de ella se conglomeraron decenas, si no cientos, de partículas de agua que se materializaron en decenas de espadas voladoras.

—Quo me in siluam uenatum uocas?

—La mujer zorro murmuró esas palabras en tono de pregunta.

Antes de ser atravesada simultáneamente por decenas de espadas.

Cuando hubo terminado la escena, ya no quedaba rastro de la lamentable mujer, y Korelia solo sintió un asco terrible y dolor absoluto mientras contenía las náuseas.

Matar a un guerrero era diferente a matar a una mujer en un estado desconocido; y aquella probablemente no sería la última vez.

Ese pensamiento solo le provocaba más asco mientras desviaba la mirada de la escena.

—Interesante —gruñó una voz desconocida.

Repentinamente surgió de los rincones de la arena una nueva figura atravesando uno de los pasadizos; una figura escoltada a su vez por dos figuras exactamente iguales a las que había matado.

Pero la que guiaba mantenía su aspecto humano, aunque estaba totalmente desnuda.

Su cuerpo estaba cubierto de una pintura roja que apenas ocultaba sus partes, pero su cabello rojo como el fuego parecía arder no con llamas, sino con deseo y locura; emociones y no energía.

Una presencia que infundía locura no a los cuerpos de los mortales, sino a sus almas y mentes.

—Eres una Ménade —dijo sorprendida Korelia al comprender la naturaleza de su poder.

Se decía que el Culto de las Ménades era un culto antiguo que usaba poderes profanos; se había originado en occidente pero se había extendido hacia el continente del sur y luego al este.

Había oído rumores sobre ellas: mujeres que practicaban orgías y ritos sangrientos de sacrificio y mutilación.

Ahora verdaderamente era testigo de ello.

Y entonces la figura de cabello escarlata reveló su apariencia provocando a su vez una distorsión en el mismo aire, mientras la misma locura que había invadido la mente de sus cultistas estaba intentando abrirse camino en la propia mente de Korelia.

…

…

Los gritos de batalla y la sangre derramada podían ser vistos con una claridad visceral y casi sobreexpuesta en las proyecciones de imágenes que flotaban enfrente de las gradas de los diferentes palcos del enorme circo.

Y en el palco de más altura y más lujo, donde los más poderosos señores de Maeve o sus equivalentes tenían el derecho a ingresar, el propio Señor de Maeve, Garou Aime, estaba ausente.

Reemplazándolo estaba nada menos que otra existencia; una existencia que para muchos nobles de Maeve era inclusive más aterradora que el mismísimo Hegemón rebelde en Tara.

—Esa niña morirá —dijo con un tono lleno de desdén Varega, mientras mantenía su porte regio y altanería a pesar de que estos no eran sus dominios.

Pero él tenía la filosofía de que la ostentación hacía al rey, no el título; una filosofía que funcionaba relativamente bien con los aristócratas ricos y miedosos de Maeve.

Después de todo, los Feynir eran famosos por ser sabios y adustos, pero a veces la sabiduría podía ser confundida con cobardía, o viceversa.

—Sí, mi señor —dijo uno de los nobles; su cabello dorado como el trigo y ojos azules destacaban entre la multitud de Feynirs de diferentes tonalidades de verde—.

Esa mocosa meada morirá en manos del Culto a Bizantio antes de que termine el día.

Risas acompañaron a esas palabras mientras que Varega sonreía.

Se rio de forma digna, como si intentase actuar con decoro a pesar de que nadie parecía interesado en tenerlo.

Pero todos miraban el combate de las dos mujeres letales con inexplicable curiosidad; todos atentos, todos con la mirada fija en la persona cuya vida sería reclamada en sacrificio al circo.

Incluso si ya no había dioses a los cuales hacer sacrificios.

Pero entonces todos guardaron silencio.

Todos sobrecogidos ante la tempestividad del combate.

La figura que había atacado era nada menos que una figura de cabello escarlata brillante y piel de una ligera tonalidad oliva, la apariencia que uno imaginaría de un miembro de la raza de sangre.

Su desnudez y ferocidad atraían la mirada de todos los presentes, incluso de Varega y otras existencias curiosas dentro del mismo continente.

Su nombre era Neo Patria.

Un comité de los Clanes Sacros del continente del norte observaba con ojos severos el intercambio, al igual que otra figura misteriosa que inclusive Varega no se atrevía a provocar.

Era una mujer cubierta de un manto rojo sobre la cabeza que ocultaba su rostro, vestida con una túnica ceremonial de color blanco dorado.

Estaba sentada con la cabeza inclinada como si estuviera meditando, pero esa existencia oculta emitía una opresión tal que inclusive un señor mortal como Varega no pudo evitar sentirse absolutamente insignificante ante ella.

Incluso si ni siquiera le prestaba atención.

Mientras que su oponente…

Bueno, no había mucho que decir respecto a ella.

El combate había tenido una resistencia inicial, pero la desconocida, el caballo negro de los desesperados por conseguir una ganancia rápida, estaba siendo superada.

Su arma, una lanza de hielo que había materializado usando sus dones, fue destrozada por una de las rápidas cuchillas de Neo Patria.

Pero no era su única arma: decenas de espadas voladoras de hielo rodearon a la cultista como si fueran una multitud de espadachines y se dispararon hacia ella.

Eran rápidas, pero Neo Patria lo era más.

Varega podía ver con algo de dificultad sus movimientos, pero eran perfectos: cada uno destrozó cada ataque sin importar de dónde viniera, dando volteretas y acrobacias en el aire mientras movía sus cuchillas bañadas en sangre de víctimas anteriores.

Su velocidad era absoluta.

En un instante, la cuchilla había desaparecido en el cuerpo de la chica de cabello carmesí brillante para reaparecer al otro lado de su clavícula.

La sangre brotó de la herida manchando la ropa de la chica; una espada de sangre congelada surgió repentinamente de la misma herida en dirección a la mujer sanguinaria.

Pero rápidamente lo esquivó y se retiró a una distancia segura en unos instantes.

El enfrentamiento había durado menos de diez respiraciones, pero era suficiente como para que inclusive algunos nobles faltos de experiencia de combate no pudieran reaccionar.

Neo Patria sonrió y dijo unas palabras antes de darse la vuelta con ademán de irse, despreciando a su oponente.

—Esa niña…

—murmuró repentinamente la voz de la figura encapuchada tras el manto.

Se había puesto de pie—.

La quiero.

Y sin que nadie comprendiese el significado de sus palabras, la vieron simplemente sacudir levemente la palma de su mano.

Y entonces volvió a sentarse, como si nada hubiera pasado.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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