Ciclo de fresno y hierro - Capítulo 2
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La niebla era helada, como un manto frío sobre todo el cuerpo; si no fuera por las múltiples y pesadas capas de piel que cubrían su cuerpo, probablemente ya hubiera muerto de inanición.
—El maestro realmente está loco si piensa que debemos empezar la búsqueda aquí —gruñó Jingsa mientras giraba la cabeza para evitar el violento viento frío que le golpeaba directamente la cara.
—Sabes cómo es padre, no es alguien que diga un “no” como respuesta; incluso iría al mismísimo inframundo por respuestas —dijo la voz femenina detrás de él.
Libang tenía su rostro completamente cubierto de capas y capas de piel, apenas pudiéndosele ver la sombra de los ojos y la punta de su respingada nariz.
Jingsa tenía miedo de que se le congelara y cayera al suelo.
—Sí, lo sé —murmuró ella—, lo sé muy bien.
Libang se giró molesta e irritada, mientras observaba las colinas escarpadas, cubiertas de hierba verde y ocultas en la niebla que los rodeaba.
Entonces logró ver un lago, y en ese lago varias bestias jugando y bebiendo a su alrededor, desde ciervos hasta algunos jabalíes.
Jingsa sentía una gran cantidad de emoción con este viaje; por fin podrían salir de Midgard, tal vez ir a Edén o a tierras más lejanas, todo con el fin de encontrar el libro original.
La historia perdida del Ciclo de Hierro y Fresno.
Y la razón de estar aquí.
El desafío del señor Chuhan hacia su maestro era bastante simple: recuperar las historias del Ciclo de Hierro y Fresno, la historia fundacional no solo de la provincia de Maeve, sino de toda Midgard (antes de llamarse Midgard).
Probablemente, la épica más legendaria que haya sobre la raza Fey hasta los tiempos del Empíreo.
Lamentablemente, la historia se había perdido.
Los registros, en mayor parte orales, se habían roto y fragmentado.
Su maestro había intentado recuperar la historia, citando a los más de cincuenta mil Filiad Odham de toda Midgard.
Pero, a pesar de los cientos de horas de historia registrada, no estaba completa.
El Círculo no estaba completo.
El desafío de Chuhan había hecho envejecer varios siglos más a su maestro, así como también limitado su influencia.
Un supremo Filiad antaño tenía el mismo poder de un gran rey de Tara, pero ahora eran desafiados por un pequeño rey.
Los tiempos habían cambiado.
Incluso ella, que era joven, podía sentirlo: el tiempo de los cantos rituales de los Filiad estaba terminando, siendo reemplazados por las oraciones y cantos dhármicos del gran templo Empíreo.
Aun así, por lo menos esperaba que este viaje pudiera servir para recuperar algo de las antiguas glorias, no solo de los Filiad, sino de toda la raza Fey.
En serio esperaba aquello.
Su maestro estaba descansando al lado del fuego resguardándose junto a unos pocos árboles.
Estaba descansando o tal vez meditando; el frío y los elementos no parecían afectarle a pesar de que llevaba una leve capa de piel de oso en su espalda y no cubría su rostro ni sus manos, a diferencia de ellos.
No era un simple mortal, era un noble.
—Maestro, creo que hay una casa abandonada cerca del lago.
Tal vez debería ir a revisar, volveré una vez que termine —dijo ella mientras miraba a la distancia el lejano lago.
—Está bien, discípula mía, ve.
Pero antes, sabes por qué estamos aquí —su maestro había mantenido los ojos cerrados todo este tiempo, pero ahora los había abierto.
Su mirada era limpia y prístina, como el cielo antes de una tempestad.
—Porque estamos cerca del mar, a pocos días de aquí.
Podemos ir en barco o un carruaje espiritual a la ciudad puerto de Anivia y hacernos a la mar.
—Tal vez —murmuró el sabio anciano, mientras observaba el lago como si fuera un espejo a una verdad desconocida que solo él era capaz de distinguir—, o tal vez porque hay algo en este lugar que nos permita lograr nuestro objetivo mucho más fácil.
—Este lugar —murmuró.
Intentó recordar el lago.
En sí no tenía nombre hasta por lo menos hace diez mil años.
Podía ver cambios geográficos en todo este lugar; antiguamente todo esto estaba bajo el agua, el lago era por lo menos diez veces más grande de lo que era ahora.
—Solo ve, Jingsa, pero no pierdas demasiado tiempo —su mirada se desvió de ella, y cerró nuevamente los ojos—.
No queremos que te pierdas tan pronto comience el viaje.
La niebla era espesa, demasiado tal vez.
Si no fuera por su entrenamiento especial y que hubiera nacido con raíces espirituales, probablemente ya se hubiera perdido en la oscuridad.
—Qué hermoso —murmuró para sí misma.
Cuando llegó al lago sintió una paz extraña a pesar de estar aislada prácticamente del mundo, como una isla solitaria en un mar caótico, o un ave flotando en un mar de nubes.
Y entonces lo vio: un pequeño montículo sobresaliente sobre la tierra húmeda, y una piedra erigida sobre él.
Era un túmulo, y esa piedra era una lápida.
Se acercó lentamente mientras una sensación de ensueño inundaba cada paso, hasta lograr ver las inscripciones en ella.
En ella se erigían con palabras erosionadas por el paso del tiempo, y las manos que habían trazado sus dedos por ella, un nombre que apenas era legible.
Pero aun así podía leerse.
Ducanor Kal Arreus, legítimo rey de Ulheim y campeón de Maeve.
Si está tu roca real, fuera tu propio ser, Kal Arreus detenido aquí con sabios buscando un techo recuperaríamos lo perdido llano y perfecto Ducanor.
El poema tallado en piedra junto a la lápida parecía hacer eco de los pensamientos mismos de Jingsa, haciendo que su mirada parpadeara ligeramente en confusión, como si un misterio extraño se estuviera desarrollando ante sus ojos.
—Extraño.
Este poema parece más nuevo que el propio nombre, ¿por qué alguien lo pondría aquí?
—murmuró confundida, aunque el hecho que más le sorprendía era el saber exactamente en dónde estaba.
El Lago de Ediocles, el lugar de descanso eterno de uno de los grandes héroes del Círculo de Fresno y Hierro.
—Es porque es nuevo —dijo una voz desconocida detrás suya.
El sonido del metal desenvainándose resonó en el aire mientras se ponía en guardia.
Entonces su expresión estalló de incredulidad.
La niebla, que parecía tan gruesa como los vapores hirviendo de un volcán, reveló —o materializó— una figura.
Tenía un aspecto magro, y se acercó a ella con una feroz majestad.
Tenía el cabello de un negro metálico casi resplandeciente como el mismísimo acero, portaba una capa roja aferrada a los hombros y una túnica de bordado plata y negro, sandalias de bronce, y portaba en su hebilla una vaina de una espada tan grande y con la misma apariencia de la espada que había empuñado el señor Chuhan, haciéndola dudar de si él tenía una réplica.
—Tú…
tú eres…
—sabía su nombre, lo había recitado decenas de veces en los cantos e historias.
Conocía su historia y podía recitar de memoria cada aventura y leyenda que guardaba cada cicatriz y elemento en su cuerpo.
Temblorosa y casi de rodillas intentó erguirse y luchar contra esta ilusión.
No podía estar vivo, había muerto en este lugar hacía ya más de diez mil años, pero ahora aquí estaba su fantasma vengativo, tal vez pensando en llevársela a la otra orilla de la vida.
—La persona que buscabas, al parecer.
¿Para qué me han llamado, mujer del linaje Feynir, o acaso querías hacerle compañía a un hombre muerto?
—con esas palabras reveló una sonrisa casi pícara que, a pesar de la situación, hizo avergonzar a Jingsa haciendo que su expresión tensa vacilara.
«Por Dios, tengo más de tres décadas, no puedo actuar como una doncella», pensó mientras se enderezaba.
—Tu nombre es Ducanor Kal Arreus, el antiguo rey de Ulheim y gran campeón y primer caballero de la secta de la Rama Roja —exclamó con una emoción que no pudo contener Jingsa.
—Sí, a ese nombre respondo, así como a muchos más.
¿Y qué deseas, niña?
¿Por qué razón has sacudido mi espíritu de las profundidades de la tierra?
—dijo mientras se sentaba en la piedra de su tumba, donde descansaba su cadáver, con indiferencia.
—Ritual —murmuró ella, y entonces recordó el aura misteriosa y extraña que rodeaba a su maestro; Han Qing parecía extrañamente interesado en que llegara a este lugar, como si lo hubiera planeado—.
Ese viejo loco —gruñó con molestia.
—Así que te hicieron parte de un ritual sin que lo supieras.
No es extraño; supongo que te enviaron porque eres mujer —dijo con una sonrisa Ducanor.
—¿Qué?
¿Acaso hay un precio?
—murmuró un poco nerviosa Jingsa.
—Sí, la sangre de una virgen —murmuró mientras jugaba con la vaina de su espada Ducanor.
—Yo…
no soy virgen —se defendió hablando sin pensar por él panico antes de arrepentirse ante la repentina carcajada de Ducanor.
Ahí cayó en la cuenta de que se estaban burlando de ella, aunque no se estaba burlando de ella cualquier persona, sino el legendario Ducanor Kal Arreus.
¿Qué mujer o doncella no tendría fantasías sobre este momento?
Después de todo la sangre Feysir era muy gruesa en las venas de él; se decía que en vida medía casi tres metros de altura, y no faltaba la razón, apenas ella llegaba al pecho del enorme hombre a pesar de que estaba sentado.
Tosiendo ligeramente para aliviar el aire extraño que se estaba formando alrededor de ella, preguntó: —¿Este ritual tiene un tiempo específico?
—No, durará tanto como el usuario lo pueda mantener.
Soy simplemente un recuerdo en la tierra, un fragmento del verdadero Ducanor Kal Arreus que se separó de él en la batalla y se aferró al aire, a la piedra y la tierra bajo tus pies, al igual que a la tumba en la que estás.
Pero no durará mucho tiempo; tal vez unos días, tal vez unas semanas, pero no será eterno.
Después de todo, estoy muerto.
—Y lo muerto normalmente no puede regresar —terminó la sentencia Jingsa.
—Está bien, niña, ¿qué quieres preguntarme?
¿La ubicación de un tesoro, el destino de alguien, un secreto o simplemente un beso de este legendario héroe?
—dijo mientras levantaba y miraba el cielo y el lago en el que estaba ahora—.
Ahhh…
qué extraño es ver cómo cambia el mundo cuando no estás —suspiró.
—Yo…
quiero saber la historia.
Mi maestro fue enviado a recuperar la historia perdida del Ciclo de Fresno y Hierro, la verdadera historia.
Supongo que por eso te llamó.
—La verdadera historia.
¿Acaso hay una verdad?
Interesante, no lo esperaba de un Filiad, ¿acaso un Finn Ollam Erehn?
—murmuró—.
Y Círculo de Fresno y Hierro…
un buen nombre.
Solo los sabios y poetas son capaces de nombrar con esos nombres eventos tan sangrientos.
—Finn Ollam Ere…
No, no, ese es un título ya en desuso, ahora se llaman…
—No es necesario —respondió Ducanor—.
El futuro es suyo para escribirlo.
Yo soy el pasado, no necesito conocerlo.
Solo dime por dónde quieres comenzar —murmuró él mientras la miraba con una expresión perdida en su rostro.
—El principio —comentó ella.
Tenía tantas cosas que preguntar, tantas que decir; tenía tanta curiosidad, tal vez demasiada, pero decidió comenzar con esa pregunta—.
El principio, quiero conocer el principio.
—El principio —murmuró Ducanor—.
El principio de todo fue…
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