Ciclo de fresno y hierro - Capítulo 24
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24: Capitulo 24 24: Capitulo 24 Un escenario de muerte era lo que cubría este espacio gigantesco, un escenario extraordinariamente vasto, como si de un universo aparte se tratase.
El cielo era de color carmesí, mientras que la tierra era negra.
Los árboles que cubrían el horizonte eran de madera de tonalidad violácea, casi bordeando el azul, mientras que la hierba era celeste y de un azur intenso.
Este era el Reino Místico del Palacio Divino Solar, aunque en la antigüedad recibía otro nombre, un nombre desconocido para los nacidos en esta era, muy posterior a la caída y el levantamiento del nuevo astro que iluminaba el cielo sobre el reino mortal: El Palacio del Demonio Solar.
La regente de este palacio recibía el título de Emperatriz Demoníaca, Madre de los Diez Amaneceres, mientras que el significado de este título, más allá del nombre, ya había desaparecido.
En este paraje extraño donde había caído la antigua Emperatriz Demoníaca, había nacido nuevamente la vida con los restos de lo que hubieran sido sus sirvientes e inclusive su propia carne y alma.
Los Sidhe nacen de los remanentes de la voluntad de los seres vivos, además de la propia distorsión de la energía espiritual y las almas de los seres vivos; no son reencarnaciones, sino más bien nueva vida nacida de las cenizas de la anterior, así como el cadáver de un árbol alimenta retoños de maleza.
Los Espíritus Verdaderos eran existencias aún más grandes en ese aspecto, mientras que los Sidhe eran lo más cercano a bestias o animales.
Los Espíritus Verdaderos tenían verdadera conciencia y espiritualidad, además de un alma completa.
Y en este reino caído había nacido una cantidad considerable de Sidhe, lo que lo convertía en el lugar perfecto para entrenar a la nueva generación de Guardas.
Pero además tenía otro objetivo: controlar a los Espíritus Verdaderos nacidos de este reino.
Algunos eran hostiles y preferían la vida de aislamiento, mientras que otros eran amigables y se relacionaban con los Feys del exterior en tratos que finalmente terminaban en Geiss.
Pero no todos eran así.
Había Espíritus Verdaderos con ambición más allá de este reino paradisíaco que se había construido en las ruinas de una pasada civilización.
La tierra parecía temblar ligeramente ante el avance de una caballería feroz.
Liderando esta marcha había decenas de figuras humanoides montando bestias que no eran para nada humanas.
A diferencia de lo que había contado Alana, realmente el reino del Palacio Divino Solar no era un pequeño reino de bolsillo de unas pocas decenas de kilómetros; era más grande que inclusive toda la Isla del Alba, aunque no alcanzaba el gigantesco tamaño de un continente de más de un millón de kilómetros.
El lugar que estaba bajo la jurisdicción de la Secta de la Rama Sombría era apenas un sector aislado de este reino, y estaba constantemente vigilado por las fuerzas de la Flota Solar.
Esta flota estaba liderada por el Gran Rey Corsario, Tahurasio Matatyr, quien estaba al servicio de la Hegemonía como Almirante del Océano Este del continente y actuando bajo la dirección exclusiva del Hegemón.
Pero en los tiempos violentos que reinaban, ya no había Hegemón que pudiera sostener la correa del ambicioso Rey Corsario.
Quien, sin nadie que lo pudiera vigilar en este continente alejado de la vista de los Hegemones, ahora podía extender su verdadera ambición más allá del reino.
Las caballerías, si pudieran considerarse de esa forma, montaban unas criaturas enormes de por lo menos más de cinco metros de altura.
Eran similares a un caballo, pero con un cuerpo mucho más musculoso y tosco; escamas rojizas cubrían su cuerpo, mientras su cabeza, similar a la de un ciervo, estaba cubierta de una larga cornamenta de hueso rojo.
Su espalda y cuello estaban cubiertos de una vasta melena negra, similar a la de un buey, que terminaba en una cola serpentina.
Estas criaturas aterradoras eran Kirin Sidhe, de rango feroz, superando en fuerza física a cualquier bestia mortal o guerrero ordinario.
Era una caballería de élite que solo muy pocas existencias dentro de este reino se atreverían a desafiar.
Hombres, si criaturas de tal aspecto pudiesen considerarse como tales, montaban esas bestias.
Cada uno de ellos era un Espíritu Verdadero, pero al igual que en el ejército y en la vida, la jerarquía existía, y no era diferente para ellos.
Eran criaturas de aspecto humanoide y rostro cubierto de una máscara de acero de color rojo que imitaba el rostro de lo que parecía ser un demonio furioso con grandes colmillos.
Llevaban una armadura de placas de color negro, cubierta en las secciones de los hombros por placas de hueso con un brillo siniestro.
Estos Espíritus Verdaderos recibían el nombre de la raza de los Furios.
Se dice que descienden de la sangre derramada del enfrentamiento legendario entre las Inmortales y las Pléyades, y eran los soldados montados al servicio de su Señor Corsario.
Y ahora estaban de cacería.
—Gran Astrólogo Zhao, ¿dónde nos envían sus designios?
—preguntó el jefe de la cacería a una persona misteriosa.
A diferencia del resto de sus hombres, él portaba una túnica larga y negra decorada por un mapa astrológico que mostraba los doce sectores zodiacales, y en su cabeza llevaba una capucha triangular decorada por un sol dorado y una luna plateada superpuestas.
Él era un Astrólogo Negro, el equivalente de la profesión de la alquimia entre los Espíritus Verdaderos.
—Está cerca.
Pronto la rodearemos, estén preparados —dijo mientras observaba una brújula que se movía de forma irregular en su palma.
Su voz, arrastrada como una serpiente, provocó escalofríos incluso para el capitán de los jinetes, pero el respeto que sentía hacia esa figura era incluso mayor a cualquier reparo que pudiera tener.
—Sí, Gran Astrólogo Zhao.
—Dando una señal con la mano que hizo que el resto de la tropa se replegara a los alrededores, él rugió en voz profunda—: ¡Avancen y preparen sus armas!
Recuerden: no matar.
….
La sangre fluía por el suelo dejando un rastro carmesí, a diferencia del ordinario rastro azul que dejaría la sangre de un Fey.
Pero la persona que estaba de huida no era un Fey.
Los pasos se marcaban en la tierra como si intentaran devorar a la pequeña figura que intentaba huir y vivir sobre todo lo demás.
En este punto, la figura estaba manchada de tierra y ceniza, la cual flotaba en el aire como si de nieve gris se tratase, cubriendo de polvo el rostro de la pequeña fugitiva.
Repentinamente, el sonido pesado de la caballería resonó a la distancia, siendo detectada por ella, desviándose nuevamente mientras intentaba ser lo más sigilosa posible.
Pero con cada desvío venía una nueva señal de sus perseguidores.
La sangre en este punto era prácticamente el único sabor que podía distinguir, aparte del sabor a tierra que tenía en la boca.
Entonces, una figura colosal, que casi podía hacer competencia a los anchos árboles de estos bosques de ceniza, se irguió enfrente de ella portando un escudo y una lanza.
La miró en silencio, y sin decir nada al respecto, una presión invisible inundó el cuerpo de la muchacha cuando repentinamente una voz siniestra surgió detrás de ella: —Rodéenla y no la dejen escapar.
Temblando mientras observaba a su alrededor, intentó darse la vuelta, hacer algo, pero ya era demasiado tarde.
Ya había sido rodeada.
—Deténganse, no la maten.
Es más valiosa que todas sus vidas juntas —gruñó una voz seca y siseante.
La figura envuelta en una túnica flotó en el aire seguido de un sendero de fuego fatuo mientras avanzaba hacia su presa.
Una niña.
Parecía tener menos de diez años, midiendo apenas un metro veinte de altura, siendo insignificante en comparación a los gigantes guerreros que la perseguían.
La niña tenía el cabello amarillo puro, como si fueran rizos de oro, y a pesar de la ceniza que cubría su rostro, no podía ocultar la vivacidad y ternura en sus facciones infantiles.
Pero lo más curioso y extraño de su apariencia eran probablemente las dos orejas de zorro que sobresalían en su cabello, además de la cola de zorro de color anaranjado que se movía de forma constante detrás de ella.
El Astrólogo Zhao parecía ciertamente emocionado mientras observaba a la niña con una sonrisa y levantaba su mano, la cual en este punto se reveló como una mano casi esquelética.
—Vamos, niña, ven aquí.
Mi señor te quiere como si fueras su hija.
¿Por qué no vienes con nosotros?
A pesar de no poder ver la mirada, la niña pudo detectar la poderosa codicia tras las palabras del Astrólogo Negro.
La niña no respondió, sino que simplemente agitó su cola y repentinamente disparó un chorro de llamas blanquecinas con dorado en dirección del hombre.
Este pequeño chorro de llamas era insignificante en comparación a la enorme estatura del astrólogo, que ya superaba los tres metros de altura.
Levantando su palma en un movimiento lento y pausado, torció los dedos como si dibujara en el aire, cuando repentinamente se materializó un símbolo en el aire como si de un mapa estelar se tratara.
—Sello Estelar: Devorador.
La expresión de la niña cambió a horror mientras intentaba escapar, pero uno de los jinetes se movió.
El golpe ligero con el palo de la lanza fue suficiente como para arrojarla al suelo y casi quebrar sus huesos.
Mientras temblaba de dolor, vio con horror el objeto que había surgido en la mano del astrólogo.
Era un libro estampado con símbolos de platino y oro, además de otras gemas preciosas, pero encuadernado en obsidiana.
Este libro, cubierto de símbolos desconocidos, era tan místico que incluso los Espíritus Verdaderos que seguían al Astrólogo Negro temblaban ante la aparición de este objeto.
Después de todo, cada uno de ellos conocía el poder de ese libro y para qué lo utilizaban.
Era un Liber.
Los Liber eran la marca de poder absoluta de un Astrólogo.
Eran tesoros de gran poder que solo unos pocos podían usar, y sus habilidades eran la antítesis para existencias espirituales como los Espíritus Verdaderos, porque los Liber, a diferencia de los Geiss que servían para los pactos, eran utilizados para los sellos de invocación.
El Liber era el único tesoro que tenía el poder de esclavizar a un Espíritu Verdadero por completo.
Pero al igual que había tipos de Astrólogos (como los negros o los amarillos), estaban los tipos de libros de poder: siendo los más débiles los Codex, después los Grimorios y finalmente los Liber.
Este penúltimo estaba en posesión del Astrólogo Negro Zhao.
A diferencia de otros astrólogos, los negros eran malamente conocidos por no solo esclavizar o forzar sellos en Espíritus Verdaderos, sino inclusive refinar sus cadáveres y almas para aumentar el poder del Espíritu Verdadero, convirtiéndolos en las llamadas Necromortis o inclusive Abominaciones.
—Niña, ríndete antes de que me canse —gruñó el Astrólogo Zhao detrás de su capucha con un tono siniestro—.
No me digas que prefieres la muerte a la eternidad a mi servicio.
Para un astrólogo la vida o muerte es insignificante, y mientras me sirvas, vivirás una eternidad a mi lado.
La niña tembló de aparente miedo mientras su figura se encogía en sus harapos, cuando repentinamente la cola detrás de ella pareció haberse iluminado como un pequeño faro de luz.
Su cola roja se dividió en dos y, como si eso fuera un cambio cualitativo, repentinamente la pequeña figura de un metro pareció haber madurado hasta alcanzar casi el metro ochenta de altura.
Mientras su figura seguía siendo bastante infantil, ahora ya no era una infante, sino más bien una adolescente.
Y repentinamente, mirando directamente hacia el Astrólogo Negro que la observaba con avaricia, una nueva sabiduría que segundos antes no estaba ahí despertó en ella mientras susurraba: —Aliento Solar.
Repentinamente, como si de un vendaval se tratase, un enorme torrente de llamas inundó decenas de metros el entorno alrededor de ella, bañando de fuego el lugar como si de un círculo de llamas blancas y blanquecinas se tratase.
Pero entonces una risa sardónica inundó la escena mientras el símbolo en la mano de Zhao simplemente se ampliaba revelando a una criatura que parecía ser una parodia fantasmagórica de un diablo de fuego.
—Dominus Sterculus.
Era grande, pero no tan grande como los Kirin que la rodeaban, pero tenía un aspecto malvado, como si hubiera salido de las pesadillas más grotescas de un infante.
Un rostro similar a la calavera de una bestia entre un toro y un reptil, cubierta de carne negra y fuego que inundaba sus cuencas fantasmales, observaba con malicia y deseo a la niña mientras extendía sus garras en dirección a las llamas, devorándolas con violencia.
Y estas simplemente desaparecieron, así como la criatura que hizo temblar el corazón de todos los presentes.
Antes de que la antes niña, ahora adolescente, pudiera reaccionar, repentinamente se sorprendió al darse cuenta de que en este punto no podía respirar.
Aturdida, vio cómo la mano cadavérica del Astrólogo Negro ahora la agarraba de la garganta con una fuerza sobrenatural mientras la levantaba del suelo.
A pesar de la altura considerablemente mayor de Zhao, que superaba los tres metros, su mano era absurdamente más pequeña de lo que debería haber sido proporcionalmente.
—Supongo que ya ha terminado, señorita Aurora —dijo con una voz extremadamente cruel mientras levantaba su brazo hacia el pecho de la joven.
Mientras, ella solo pudo cerrar los ojos, rindiéndose a su cruel destino.
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