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Ciclo de fresno y hierro - Capítulo 26

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Capítulo 26: Capitulo 26

Año 75 antes de la Ascensión del Monarca Celestial.

Un asesinato podría ser suficientemente importante como para cambiar el rumbo del mundo, o podría ser simplemente el pie de página de un libro olvidado.

En esta ocasión, era el primer caso.

La sangre fluía como ríos en este lugar, mientras los cadáveres de tanto aliados como enemigos estaban tendidos en los alrededores. Cada uno era un guerrero de élite, elegidos y entrenados cuidadosamente; cada uno de ellos había vivido cien cosas más aterradoras de las que cualquier mortal experimentaría. Pero, a pesar de todo, ahí estaban sus cadáveres, esperando que la tierra y los gusanos devorasen sus restos.

La sangre derramada en un solo día era suficiente como para igualar diez años de masacres.

Suspirando, avanzó con indiferencia superando los cadáveres de cientos de Guardas y Drakais.

Pero a diferencia de los Drakais ordinarios, estos no poseían armaduras de placas de acero estelar, sino que tenían sus cuerpos semidesnudos cubiertos de tatuajes rituales de color rojo hasta llegar al negro.

—Marcas adhármicas —pensó con tristeza Alana, mientras avanzaba entre los cuerpos sin que ninguna gota de sangre lograra tocarla—. Rojo, carmesí e inclusive rojo oscuro, aunque al parecer no hay de color negro —agregó esta vez en un susurro indistinguible esa distinción sobre la tonalidad de las inscripciones, con una expresión solemne.

Lamentablemente, no tenía tiempo de analizar la destreza de los enemigos; el tiempo era corto y pronto llegarían aún más refuerzos.

Se desplazó a una velocidad más rápida que el sonido, atravesando como si fuera un ente etéreo las paredes del extraño palacio que se extendía por la costa. Estaban en el mar noreste del Continente del Este, un lugar donde incluso la sangre se congelaba.

Este lugar estaba normalmente vacío de presencia civilizada; prácticamente solo los piratas y la armada hegemónica pondrían un pie en este lugar.

Pero había una tercera facción que daba vueltas por aquí, pasando desapercibida para las personas normales, y ante la cual el mando del Continente del Este hacía tiempo había cerrado un ojo.

Mientras Alana avanzaba por este extraño palacio, encontró que este estaba deformado más allá de lo que una mente racional soportaría: venas sanguinolentas y rostros furibundos surgían de la madera de las paredes, y de la cerámica brotaban pulsaciones de sangre negra y roja.

Mientras más avanzaba ella, más el escenario parecía salido de una pesadilla infernal. La madera y la piedra fueron reemplazadas por metal negro y rojo del cual salían rugidos metálicos, mientras espigas empalaban cadáveres de bestias y criaturas que ya habían perdido cualquier aspecto anterior.

Cada paso se volvía un infierno y un peso irracional, más allá de cualquier estrés mental o físico; simplemente este lugar era incompatible con la vida, o mejor dicho, con formas de vida como ella.

La energía espiritual, que fungía como sustento de todos los seres vivos, había sido cortada en este lugar. De las ventosas y poros rectangulares del metal fluía una energía corruptora, más allá del orden y vitalidad de la energía espiritual.

Esta energía corruptora, anatema para Alana y cualquier otro Guarda, parecía tener vida y pensamiento propios mientras intentaba ingresar en las grietas de su corazón y carne, volviéndola parte de este antro de perdición.

—Sello del Destino: Rayo —gruñó ella mientras una runa sánscrita se materializaba en la palma de su mano, normalizando el flujo y el ciclo de energía espiritual dentro de su cuerpo a pesar de la ausencia de esta en el ambiente, sirviendo como barrera a la corrupción.

El escenario ante Alana cambió nuevamente, pero esta vez era prístino, casi. La puerta delante de ella parecía estar hecha de gemas preciosas, ya que le costó darse cuenta de que era una especie de madera al acercarse, a causa de los anillos que se denotaban de cerca.

Pero entonces, la puerta se abrió por sí misma.

—Entra, eres bienvenida al Palacio de Sangre Divina —dijo una voz severa pero a la vez risueña.

Alana vio detrás de la puerta una oscuridad como la boca de un lobo, pero no tuvo miedo cuando dio el primer paso.

El sonido del crepitar de velas resonó en la estancia, mientras un camino de velas negras, que emitían sobrenaturalmente una luz igual de negra, se hizo presente. Era un enorme salón de madera, similar a la puerta, que cubría el lugar en varios niveles, con un estrado con figuras encapuchadas ocultas en las sombras negras que proyectaba la propia luz del lugar.

El lugar estaba lleno; no había diez ni veinte personas, había cientos de ojos llenos de sed de sangre que miraban ferozmente a Alana como si fuera una presa a la cual devorar.

En este lugar cubierto de una intensa sed de sangre, surgió una voz de cierta forma alegre y de cierta forma triste.

—Alana Jagger. Cuánto tiempo sin verte. Esperaba que estuvieras entre los cadáveres de afuera, pero al parecer llegaste tarde a la fiesta.

La voz provenía de una mujer de aspecto agraciado que llevaba una túnica ceremonial de una sola pieza, pero tenía el rostro descubierto.

Era una mujer hermosa, de tez pálida y de un porte celestial. Curiosamente, detrás de ella había un par de alas hermosas de mariposa, mientras que sus ojos estaban cubiertos de una venda que impedía que ella pudiera ver; pero el órgano que debería ser sus orejas parecía una especie de apéndice similar a una aleta transparente que vibraba levemente.

—Princesa Dragón Mon Celia Vile —gruñó con un tono seco Alana mientras se adelantaba y desenvainaba su lanza con una frialdad asesina—. Te condeno a muerte por el asesinato e invasión de la Hegemonía, el rompimiento de la paz, y por esta convención con adoradores impíos.

Sus palabras resonaron en la estancia pero rebotaron distorsionándose en voces que eran suyas y a la vez no, blasfemando, gritando y lanzando vociferaciones llenas de odio y locura.

Tal vez esa era la voz de su corazón, sus demonios internos reflejados desnudos a los ojos de sus enemigos para que vieran su debilidad.

Pero eso ya no importaba. Ella era una asesina, e iba a hacer el trabajo que nadie más que ella debía hacer.

….

Tres estatuas estaban dispuestas alrededor de la estancia, tres estatuas femeninas invertidas y pervertidas en sangre. Las reconoció para su horror: las tres hermanas divinas estaban ante ella. Sviata, Volga y Apolonia, probablemente el trío de hermanas más ilustres de la historia del antiguo panteón lemuriano.

—¿Acaso no hay nada sagrado para ti, Celia? —gruñó Alana.

—Sagrado e impío son lo mismo, Guarda —respondió ella mientras señalaba las estatuas detrás de sí—. Las reconoces, ¿cierto? Claro que sí. Eres esclava de sus descendientes, ¿cómo no reconocerlas?

—Cualquiera con los logros de ellas tendría la misma fama. Esa es su gloria, no intentes mancharla con tu propia ineptitud —respondió Alana mientras le apuntaba con su lanza.

—¿Sabes cuántos hombres han venido a matarme? —dijo con frialdad el miembro de la raza Hannyo, mientras sus alas se agitaban denotando su color carmesí y emitiendo un aura siniestra a su alrededor—. ¿Sabes cuántos hombres hemos matado? Pronto el Continente del Este se bañará de la sangre divina; pronto no solo este lugar, sino los cuatro continentes se volverán un pozo de sangre para la venganza.

—Si aquello lo consideras ineptitud, pues tus estándares son demasiado altos, Alana.

Se decía que la Princesa Celia tenía un linaje demoníaco antiguo por parte de su madre, de un clan de la raza Mariposa Demonio; esa forma confirmaba aquello.

La lanza en la mano de Alana brillaba con una luz siniestra. Era diferente a la mayoría de lanzas; parecía un poste largo y recto como la mayoría, pero su material era extraño: no parecía madera ni metal, parecía más bien hueso. Pero a pesar de aquello no era poroso, era extrañamente resistente como el metal pero también más flexible que la mayoría de maderas. Y su punta era incluso más siniestra: parecía la punta de un cuerno malvado que parecía estar latiendo ante el látigo sangriento de una bestia ancestral.

Esta no era una lanza para el combate. Era una lanza creada simplemente para matar. No buscaba la piedad, ni la victoria, sino la muerte absoluta.

—Yo no vengo a discutir —murmuró Alana con un tono indiferente y falto de emociones, como si fuera una herramienta.

Era una asesina, ese era su dominio, su propio Dao. No el Dao de la Muerte, sino el Dao del Asesinato. No todo podía morir, pero asesinar iba más allá de la muerte; asesinar era una emoción, la muerte un hecho.

Ella no tenía emociones, a excepción de una: el deseo de matar.

—Yo vengo a ejecutar una sentencia que ha estado prorrogada demasiado tiempo.

Sus palabras no fueron contestadas esta vez. Las figuras en las sombras se movieron revelándose en su entera corrupción.

Eran Drakais. Sus cuerpos estaban cubiertos de inscripciones Adharma que habían deformado sus cuerpos más allá de lo que eran anteriormente. Pero además eran Hannyos; la sangre demoníaca diluida en su cuerpo se manifestó en deformaciones visibles: escamas como pústulas en rostros y piel, pelaje cubierto de espigas de hueso negro, el surgimiento de varios ojos y brazos en partes aleatorias del cuerpo.

Su tamaño también había sido incrementado por esta misma razón. Los Hannyos eran un poco más bajos que un Fey normal, incluso eran comparables apenas al tamaño de un Feynir, superando por poco los dos metros diez en promedio.

Pero ahora decenas de ellos habían superado la escala de dos metros y medio, alcanzando y bordeando los tres metros.

Incluso si ella era una Feysir, su destreza física probablemente flaquearía en contra de tantos en circunstancias normales.

—Mátenla —gruñó con frialdad Celia mientras daba la señal.

Un chillido sediento de sangre brotó en todo el lugar, haciendo temblar el mismísimo aire por su intención e hizo vibrar el suelo.

Decenas de bestias sedientas de sangre en forma humanoide se precipitaron hacia ella con la única intención de destrozarla; la muerte era algo seguro, el quedarse con una porción del cadáver y del trofeo era lo único en la mente de estas criaturas.

Pero entonces ella se volvió el rayo.

Ni siquiera habló. La lanza en su mano se desdibujó ante la visión de todos los presentes, pero como si fuera un objeto omnipresente, repentinamente parecía apuntar al pecho de cada uno de ellos.

Repentinamente, un hilo de sangre ilusoria pareció conectar a cada uno de los presentes, a excepción de Alana, que estaba en medio de todos estos hilos como si fuera una araña que tuviera en sus manos los hilos del destino de cada uno de sus enemigos.

El tiempo parecía haberse detenido. Nadie podía librarse de su control, pero hubo una excepción.

Celia vomitó sangre, mientras en un movimiento rápido intentaba romper el hilo… pero…

Una respiración había pasado.

Y ella todavía no había alcanzado a reaccionar con sus alas color carmesí que, a pesar de su fragilidad, eran varias veces más duras que el metal mortal más fuerte.

Fue demasiado lenta.

Una explosión resonó en el oído de todos los presentes, que vieron cómo su aparato respiratorio y digestivo se inundaba de sangre, que salió a chorros de sus siete orificios mientras colapsaban en el suelo con un agujero en el pecho, en el lugar donde debería estar su corazón.

—Separación Mortal —gruñó con frialdad Alana, mientras enrollaba la punta de su lanza en un paño cubierto de símbolos extraños y esotéricos que suprimieron la sed de sangre de la misma, quien parecía no estar satisfecha ante la masacre que había generado.

—No voy a morir como un perro. Soy la Princesa del Palacio de la Montaña, yo me vengaré… mi señor me vengará, él…

Pero antes de que pudiese terminar, sorprendentemente un filo tan fino como un pelo separó su cabeza del resto de su cuerpo.

Cayendo inmóvil en el suelo para sorpresa inclusive de Alana, vio una figura difusa que se materializaba detrás de Celia.

Era una figura negra, y estaba formada a partir de sangre, igual de negra, de todos los muertos en este lugar, como si de un sacrificio se hubiera tratado.

La figura era difusa; no podían verse rasgos más allá de una masa bestial de fuerza inhumana, más allá de lo posible, que parecía rasgar el velo de la realidad. El suelo temblaba y el espacio chirriaba; el palacio ya estaba colapsando mientras la figura crecía, pues seguía absorbiendo sangre.

Pero Alana no estaba preocupada. La aparición de estas criaturas era temporal; sin un recipiente adecuado, más allá de esta encarnación débil y parcial, no podría emitir más allá de un pequeño porcentaje de su verdadera destreza.

No dijo nada en un principio, solo la miró. Una sed de sangre inigualable, marca de una ira más allá de la razón, inundó la mente de Alana, quien antes de que pudiese reaccionar…

Escuchó algo.

Para que al siguiente minuto, todo se pusiera negro.

Cuando todo volvió a la normalidad, la oscuridad cubrió el lugar; sin las velas negras que habían infundido su presencia, la mitad del techo había colapsado, filtrando una pequeña porción de luz lunar sobre la escena sangrienta ante sus ojos.

O mejor dicho, la escena grotesca, ya que la sangre de los cadáveres había desaparecido por completo, solo quedando momias secas sin nada. Pero más allá de eso, Alana se dio cuenta, para su indiferencia, de que faltaba un cadáver, o mejor dicho, una porción de un cadáver.

Porque la cabeza de Celia, quien antes había sido decapitada, ahora había desaparecido.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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