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Ciclo de fresno y hierro - Capítulo 29

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Capítulo 29: Capitulo 29

— ¿Qué es el Dao? —murmuró una voz que parecía estar susurrando esas palabras detrás de su oído.

Otra voz distinta, pero la cual no podía reconocer a pesar de que la había escuchado hacía un instante, respondió: —El Dao es simplemente una pregunta.

—¿Qué pregunta?

— ¿Qué es la vida, para ti?

— ¿Entonces cada persona tiene su Dao? —respondió la primera voz, esta vez algo más difusa que antes, como si esas fueran las últimas palabras que pudiese dejar escapar antes de desvanecerse.

—Tal vez, pero esa no es la verdadera pregunta, ¿cierto?

La luz inundó los ojos de Ducanor mientras sentía una sensación de placer absoluto al abrir los ojos y ver unos ojos celestes devolviéndole la mirada.

No era ella, era…

—¿Quién eres? —preguntó estupefacto, pero ahí comprendió que solo podía ver y hablar, no moverse.

Y no estaba para nada solo: decenas de cachorros y hermanos estaban a su alrededor, inconscientes o siendo seducidos por la misma voz que estaba escuchando.

—Padre… —gruñó en un intento de liberarse de la influencia de lo que sea que estuviera limitándolo.

Pero vio cómo la figura encantadora de la hembra, totalmente desnuda, con un pelaje dorado y un aroma embriagante, cubría su visión, haciéndole ignorar cómo esa misma figura montaba y complacía a otros cachorros; todas con los mismos ojos celestes y cabello dorado.

—Es una ilusión, es falsa —gruñó para sí mismo.

Su toque era suficiente como para hacer colapsar la voluntad de cualquier mortal, pero Ducanor no había caído todavía. Porque todavía no había caído en el frenesí orgiástico como el resto de sus hermanos.

—¿Por qué sigues consciente? —preguntó curiosa la voz femenina. No era capaz de darle un rostro a la mujer; cambiaba todo el tiempo, pero siempre era el mismo: el rostro de todas las mujeres que había conocido y amado a la vez, y al mismo tiempo, de ninguna.

La música estaba llenando su mente, el sonido de las trompetas de guerra y los tambores en un suave compás que hacían que los hombres quisieran hundirse en sus profundidades.

—Húndete, profanador. Estoy desafiando al tiempo; ya ves mi transgresión, es jurar tenerte —su voz, oh, su voz era lo único que necesitaba.

Los hombres solo necesitaban música y paz. Esas palabras solo hicieron que él se sintiera cada vez más alejado de su cuerpo, cada vez más alejado de…

—Te deseo —gruñó Ducanor para sorpresa de la mujer. Sus ojos eran fuego y su mente un torbellino, pero aun así su virilidad, que estaba esclavizada bajo el toque profano de la mujer lobo, no alcanzó el clímax; se resistió—. Oh, que el cielo entienda mi obsesión.

—Estás llegando a tu límite —respondió con su voz dulce la mujer.

A lo que Ducanor respondió: —El desierto no parece tan… no parece tan malo.

Sus labios lo tentaban, mientras ella lamía su vientre; su cola acarició los dedos de sus pies mientras sus manos y pechos tocaban su virilidad. La suavidad de la mezcla cálida de su pelaje era embriagadora.

Era una diosa.

Pero una diosa de la muerte. Lo vio, oh sí que lo había visto: la muerte lo rodeaba. La ilusión alrededor suyo había desaparecido hacía tiempo, y solo había cadáveres.

Los pocos supervivientes seguían perdiendo su vitalidad, succionada por una neblina ilusoria proveniente de la mujer. Su cuerpo verdadero estaba acostado en el suelo, succionando la vitalidad restante, mientras que detrás de ella estaba un árbol rojo.

Padre no estaba por ninguna parte. Pero dudaba que no estuviera enterado de esto.

—Un ataque, había un ataque. ¿Piensan acaso cosecharnos? —pensó con ira, pero no podía moverse a pesar de haber visto a través de la verdad.

La resistencia todavía era inútil.

Pero aún así no perdería; Después de todo, tenía bastante confianza en sus habilidades en la cama.

En un instante, la boca de la mujer lobo se llenó de la virilidad de Ducanor, haciendo que este se congela momentáneamente cuando simplemente, inclusive la visualización de la más fea de todas las mujeres, no era suficiente como para soportar el placer sobrenatural que sentía.

La lengua áspera de la mujer le provocó escalofríos mientras pasaba de la punta de su miembro hasta el interior de su uretra, limpiando los restos del líquido blanquecino que había desaparecido en su boca.

—Primer tiro, cariño. Al parecer tienes una vitalidad envidiable. ¿Cuánto tardarás para caer rendido, seco como los cadáveres de tus hermanos? —se burló la mujer lobo.

—Inténtalo —gruñó en desafío Ducanor. No podía siquiera moverse, por lo cual aquellas palabras de bravuconería solo sirvieron para que la sonrisa de la mujer desconocida se ampliara.

—Me gusta que se resistan —respondió divertida la mujer—. Dime tu nombre, lo escribiré luego de quemar tu cadáver.

La ira surgió del corazón de Ducanor. Los hombres tenían orgullo, y las mujeres arrogancia; ambos eran iguales pero diferentes, iguales y complementarios.

Luego de decir esas palabras, sin esperar respuesta, enterró la virilidad de Ducanor hasta lo más profundo de su garganta, dejando estupefacto a Ducanor por el placer y también por la sorpresa.

Después de todo, como todo Feysir , se enorgullecía del tamaño de su virilidad, de la que siempre había bromeado que era del tamaño del brazo de un niño chico. Y ahora ese brazo la mujer lo tenía profundamente enterrado en su boca y sin poder respirar.

Pero el líquido no salió. Estupefacta, la mujer se dio cuenta de que el hombre curiosamente había aguantado la respiración; no había cerrado los ojos o distraído sus pensamientos, simplemente había contenido la respiración y el flujo.

Lo cual provocó que el clímax que estaba a punto de ocurrir se congelara, dejándola aturdida.

—Vamos, ríndete al placer profano, a este ritual de sangre y este altar de sacrificio de carne y deseo.

Sus manos ahuecaron sus pelotas mientras su cuerpo desnudo y sudoroso empezaba a emitir un aroma embriagante. Y a pesar de que Ducanor sabía que no era real, sus sentidos no eran capaces de distinguir el engaño.

Pero a pesar de ello no logró aguantar mucho más y el segundo clímax llegó, pero mucho más profundo esta vez, provocando que las mejillas de la mujer lobo se llenaran mientras su cola y orejas se movían como locas al llegar también al clímax.

Y como si aquello fuera de una señal, repentinamente Ducanor halló la libertad, cuando simplemente la figura de la mujer se desvaneció al igual que su restricción.

Y con las piernas tiritando y desnudas como un recién nacido, se enfrentó al desafío que tenía delante de él.

….

El eco de sus propios pasos reverberaba a la distancia, pero aquello no alertó a Ulrika; no tenía sentido actuar con sigilo ahora.

Ellos sabían sobre su llegada.

—Qué desagradable —gruñó Benia mientras observaba los cadáveres regados por todas partes. Su expresión era tensa, y la suya no era mucho mejor.

Estaba lleno de cadáveres: hombres, mujeres, e inclusive…

—Mierda, ¿cómo pueden…? —Tolrik apenas podía caminar mientras el horror de la vista delante de él lo inundaba—. No pueden salvarse.

Los cadáveres de los licanos estaban cubiertos de corrupción. No sabía si era la gnosis u otra fuerza, pero aquello no era normal; los cadáveres cubrían toda la estancia y no podía evitar sentirse culpable.

No todos habían muerto en sus manos; varios habían muerto por sus propios parientes, que en su locura habían intentado devorarse entre sí para fortalecerse. Pero eso no quitaba la culpa que sentían.

Con el pecho apretado repentinamente escuchó una respiración. Era lenta y débil. Se acercó a ella con la espada envainada; entonces la vio, era una hembra.

O mejor dicho una mujer. Había sido una mortal alguna vez, pero sus rasgos se habían deformado a los de un felino; su cuerpo estaba cubierto de sangre, mordidas y rasguños cubrían su vientre. Estaba muriendo.

Pero a pesar de ello se aferró con ferocidad a un objeto: era una capa de piel. Benia se acercó a ella con los puños apretados y dudó.

Ulrika también habría dudado, pero no había opción. Estaba contaminada; no podían dejar supervivientes, cualquiera podría extender nuevamente este caos a la superficie.

Había que cortar las cosas de raíz.

—Que en tu próxima vida encuentres la felicidad —murmuró Ulrika mientras alejaba a Benia, quien tenía ya lágrimas cubriendo su rostro.

Ella la miró con una mirada ciega; no podía ver bien, uno de sus ojos había sido destruido, pero el otro la miraba suplicante. Pero cuando la espada estaba a punto de descender y terminar su vida…

Un aura aterradora se filtró hacia adelante y en un instante, la espada en su mano se movió como un látigo bloqueando el ataque.

—¡Auuu! —gruñó una voz severa.

Decenas de licanos surgieron de las cavernas y en un instante una nueva batalla había comenzado. Si no fuera porque repentinamente, abriéndose paso entre ellos, surgió una bestia mucho más grande que todas.

Un licano que superaba con facilidad a todos los demás.

—Tsk, tsk, tsk. ¿Acaso los Guardas no tienen corazón, que matan mujeres inocentes e inclusive niños? —dijo con crueldad el licano.

Sus palabras hicieron que toda la manada rugiera con ira; sus ojos se enrojecieron mientras su piel se hinchaba y la espuma surgía de sus bocas. Estaban perdiendo la cordura que les quedaba, y aquello era suficiente como para presionar al trío de Guardas que ya se había enfrentado a decenas de oponentes.

—¡Basura! —gritó furiosa Benia—. Tú corrompiste y ultrajaste la carne de mortales y los convertiste en monstruos. ¡Cada muerte pesa sobre ti!

—¿Jajajaja, sobre mí? ¿Sobre mí? Jajajaja. —Su risa reverberó en la cueva, cuando se transformó en un rugido. En un instante la presión provocó que el trío fuera arrojado a la distancia; su sangre fluyó de sus gargantas mientras que sus órganos sentían una presión sin igual.

—Un Señor Mortal con una Intención Divina… —gruñó estupefacta Ulrika mientras intentaba limpiarse la sangre de la boca.

Pero entonces no pudo moverse. La diferencia entre un Noble y un Señor Mortal era absoluta. Sin importar qué tan poderoso fuera entre los nobles, Ulrika y Benia no podían enfrentarse a un Señor Mortal.

Especialmente a uno con una Intención.

—Intención Diabólica —les corrigió el licano—. No me gusta que comparen mi atadura celestial con esos bastardos divinos. Pero bueno, supongo que ahora tienen miedo.

—¡Nunca! —rugió Tolrik mientras intentaba ponerse de pie—. ¡Los Guardas morirían antes de rendirse!

—¿Quién habló de rendirse, niñato? —se burló el licano monstruoso mientras lamía la sangre en el suelo con una expresión de dicha—. Hablo de matarte y devorar tu cadáver, o tal vez violar a tus amigas y luego devorarlas y luego a ti, o transformarte en mi hijo y dejar que tú lo hagas por mí.

Sus palabras provocaron que una expresión de desconcierto y miedo surgiera en los tres, mientras las lágrimas amenazaban por salir en los ojos de Benia.

Pero aun así nadie suplicó. Ni nadie suplicaría.

—Jajaja, sabía que no se rendirían tan fácil. Pero haré un juego con ustedes; después de todo tengo que irme porque alguien invadió mi escondite —dijo riéndose—. Pero antes les daré un regalo o dos, tal vez una historia. A mí me gustan las historias.

Y sin esperar respuesta, comenzó.

—Hace eras, en los tiempos de los antiguos, donde los dioses caminaban todavía por la tierra, había un divino descendiente de la estirpe Titán Celestial. Su nombre era Delus , hermano menor de los fundadores de la Liga Lemur y Lamar. Pero antes de que fuera el quinto Rex Sacrorum de la Liga Lemuriana, había sido un joven dios que vivía en soledad y no buscaba la riqueza, sino la iluminación.

»Buscaba alcanzar la verdadera iluminación, conectar con la esencia divina que existe en todo ser vivo, ya que incluso si era un dios no podía trascender su propia condición sin esfuerzo.

»Por lo cual meditó y adoró a las Tres Inmortales Divinas esperando un día alcanzar la iluminación. Se convirtió en un asceta; no bebió ni tocó mujer alguna por seis milenios.

»Seis milenios de silencio y meditación, pero no ocurrió nada. No alcanzó el estado que buscaba; Aquello lo desesperó.

»Lo intenté nuevamente, esta vez viajando por el Reino Mortal de esos tiempos. Viajó durante diez milenios, experimentó un millón de emociones, pero se contuvo y siguió las enseñanzas ascéticas. Y el tiempo siguió pasando y no ocurrió nada.

»No alcanzó a tocar ni siquiera el borde de la trascendencia.

»Furioso y lleno de impotencia, maldijo a los Inmortales y pensó en abandonar todo y recluirse nuevamente, esta vez ignorando el tiempo para alcanzar ese estado que tanto deseaba.

»Pero entonces se le apareció una visión. Era una de las Tres Inmortales bajo una forma austera y sagrada, y le dijo dos frases antes de desaparecer:

“Evita la angustia y busca la ausencia de dolor”.

»Esas palabras provocaron estupefacción en Delus. Había perdido millas de años por esas palabras. Pero aún así reflexionó y finalmente decidió vivir una vida plena, pero no sabía vivirla, por lo cual bajó al mundo mortal. Un mundo no muy diferente al que vivimos ahora.

»Y entonces por primera vez entró a un prostíbulo. Al principio vio con horror cómo los hombres y mujeres caían bajo sus instintos. E increpó a la dueña del local por rebajar a esa práctica tan impía y comportamiento tan desviado: hombres y mujeres en un escenario orgiástico mientras bebían vino y disfrutaban de placeres sin fin.

»Aquello no podía traer la iluminación. Si así vivían los mortales, ¿por qué la diosa había dicho que la trascendencia estaba en este mundo de tentaciones mundanas?

» Entonces la matriarca se reveló como nada menos que la Diosa y, con una expresión de sabiduría, respondió al estupefacto Delus:

“Oh, benefactor, no hay dicha en seguir el camino recto. Aquellos de espíritus débiles y temerosos de sí mismos eligen el aislamiento y la reflexión absurda del mundo. En opuesto, no existe la maldad o la bondad; la liberación de los espíritus heroicos como el tuyo está en los placeres inmediatos. Las existencias más brillantes recorren este camino, no esclavizándose a estas sensaciones, sino abrazándolas para liberarse de su dolor y del ego.”

»Y ahí entonces conocemos el Delus que todos nacieron; el Delus dominante que conquistó medio mundo y se dejó llevar por sus deseos mundanos nacidos, alcanzando la gloria máxima y la trascendencia.

….

La sangre fluyó de su boca, pero aun así se levantó. Ducanor Kal Arreus había vuelto, y el Lobo de Sangre había desaparecido nuevamente en las profundidades de su mente.

Ducanor no lo sabía, pero había superado una tribulación que normalmente solo los Señores Mortales eran capaces de superar: el Diablo de Corazón. Y aunque aquello no tenía beneficios palpables llegado este punto…

Claro, excepto uno.

—Mocoso, aunque sigas vivo, no has escapado de la muerte —rugió una voz desconocida que lo sorprendió mientras se lanzaba hacia un lado.

Repentinamente estaba siendo rodeado de decenas, si no cientos, de enredaderas que, como látigos y lanzas, parecían empecinadas en matarlo.

—Maldita sea, ¿en qué mierda me he metido? —Los recuerdos de los últimos días, o semanas, parecían tan difusos como un sueño.

Pero aun así se movió con agilidad. Su cuerpo había experimentado una mejora física que lo aturdió, mientras sentía que se movía con una flexibilidad y velocidad inconmensurablemente mayor que en el pasado.

Pero a pesar de ello, la velocidad de las ramas y enredaderas era mucho mayor. Una de las espigas se clavó directamente en su hombro hasta casi atravesarlo.

—¡Me niego a morir luego de volver! —rugió de ira Ducanor.

Repentinamente, en su pecho ardió una llama. Pero esta llama no era metafísica o emocional; una llama real surgió de su pecho y se extendió a su hombro, inyectándose en la rama, mientras un frío glaciar inundaba la misma y rompía sus raíces.

—Tú… ¿cómo acaso posees una Llama Espiritual? —rugió con ira el Árbol, mientras sus raíces retrocedían para comenzar una nueva ofensiva aún más feroz que antes.

Ducanor desconocía la naturaleza del poder que había despertado en él, pero no se quejó. Al destruir su Diablo de Corazón, había también destruido su capacidad para transformarse en un Licano, aunque en un rincón de su mente la voz siniestra de su alter ego pedía usar aquel poder.

Pero sabía que si el Lobo de Sangre salía nuevamente a la superficie, Ducanor no podría resurgir como ahora.

—¡Come mi puño destructor de árboles! —rugió Ducanor mientras saltaba atrás y esquivaba los ataques que venían de todas las direcciones, cubriendo su cuerpo de llamas azules al mismo tiempo que su Runa Dhármica brillaba considerablemente.

En ese momento, en su pecho, la imagen del Grifo desapareció para ser reemplazada por la imagen de una criatura totalmente diferente.

—¡Maldito imbécil! —gritó frustrado el Árbol ante las palabras de Ducanor.

Su tronco carnoso expulsó más ramas, sangre y carne, mientras decenas de cráneos y cabezas surgían a la superficie del tronco del mismo árbol.

Mientras tanto, para Ducanor la situación era diferente.

La Segunda Runa Dhármica se había formado en la espalda de Ducanor. Las leyendas decían que las Runas Dhármicas tomaban formas de bestias o tesoros porque, en la antigüedad, los ancestros de la raza Aesir habían sellado en su propia carne el espíritu de demonios antiguos para fortalecer su fuerza innata menguante a través de la dilución de su linaje.

Y ahora había despertado.

—Segunda Runa Dhármica: Kirin Ártico.

Repentinamente, de la frente de Ducanor surgieron un par de cuernos de ciervo ilusorios. Las llamas árticas cubrieron su cuerpo al mismo tiempo que todo en un área de cien metros a su alrededor se congeló.

—Imposible… —gruñó estupefacto el Árbol al sentir una presión no despreciable por parte de Ducanor.

Repentinamente, la carne empezó a surgir del mismo árbol. Pero esa carne era dorada; todo el cuerpo carnoso del árbol se volvió dorado y sus ramas se deformaron, no en ramas y vides, sino en espadas y flechas.

—Muere —sentenció con una frialdad absoluta el Árbol.

Las armas de oro llovieron sobre él como proyectiles, dejándolo estupefacto. Rápidamente se retiró lo más lejos posible del alcance del árbol.

Su fuerza física había aumentado gracias al poder de la Segunda Runa Dhármica, y en menos de una respiración había recorrido una distancia igual a cien metros sin siquiera tocar el suelo. Sus pies pisaban el aire como si fuera sólido y era capaz de levitar levemente. Lamentablemente, no estaba en situación de admirar la destreza que había ganado gracias a su transformación.

—Maldita sea, ¿por dónde entré? —Sus sentidos se habían extendido más allá de la visión; era capaz de percibir todo en un área de cincuenta metros a su alrededor con facilidad, pero no encontraba nada parecido a una salida o una entrada.

—Estás atrapado conmigo, niño. Todas las salidas están selladas y toda esperanza perdida. Ríndete y tal vez sea tan piadoso como con Julia, aunque esa perra huyó a la más mínima oportunidad —gruñó con ira y amenaza el Árbol Demoníaco.

—¿Qué? ¿Acaso piensas chupármela también? —respondió con desdén Ducanor, mientras observaba que cada vez los ataques del árbol eran menos poderosos, como si sus fuerzas estuvieran menguando.

Haciendo que Ducanor se sintiera algo confiado.

—No puede escapar y está perdiendo fuerzas. Tengo que matarlo, pero… —Acercarse era peligroso.

Una lanza dorada atravesó el vacío y se enterró profundamente en el suelo a pocos centímetros de Ducanor.

—Gracias por el arma —gruñó Ducanor.

Repentinamente, al tocarla con su mano derecha, se sintió horrorizado al ver que el color dorado en el que estaba cubierta la lanza ahora había llegado a la punta de sus dedos.

—¡Mierda! Tú… —Horrorizado, se alejó de la lanza, pero en ese instante cientos de proyectiles llovieron sobre él.

—Voy a morir —pensó con cólera. Las llamas árticas eran inútiles contra el poder misterioso que imbuía en oro todo.

Pero aun así…

—¡Cuidado!

Escuchó y vio estupefacto cómo el aire enfrente de él se distorsionaba. Una corriente de agua feroz cubrió decenas de metros de distancia, dispersando las olas de ataques, mientras tres figuras tomaban forma delante de él.

—¡Rápido! ¡Destruyan sus raíces, ese es su cuerpo principal! —gritó el que parecía ser un joven de cabello azul.

Repentinamente, de su voz surgió un canto profundo, un himno en una lengua incomprensible así como un lenguaje desconocido.

—Guardián de la Tierra.

Ante esas palabras, el suelo se abrió formándose un gigante humanoide de roca y grava que empezó a embestir en dirección al Árbol Demoníaco, quien se resistía a duras penas, disparando desde lanzas hasta armas mucho más grandes, como cadenas, para limitar el avance del gigante.

—Ustedes… ¿cómo llegaron? Ese bastardo de Intermezzo no pudo haber huido de ustedes. ¿Quién fue? ¿Acaso lo mataron o simplemente huyó ese maldito…?

Los insultos del árbol se rompieron cuando una tercera figura femenina disparó un haz de energía que destrozó directamente el suelo debajo del árbol, revelando sus horribles raíces.

—¿Qué es ese horror? —gruñó aturdido Ducanor.

Sangre y cadáveres, decenas si no cientos de cadáveres bañaban el interior, fusionándose con las raíces formando un purulento y deforme corazón de carne y madera. Y entonces gritó de sorpresa.

—Hijo de…

Aturdido, vio cómo una belleza de cabello verde rizado lo miraba con una sonrisa. Y vio cómo sus cuatro dedos caían al suelo de un movimiento limpio de una daga hacia abajo.

—¡Ahhh! —El dolor era absurdo, pero la sorpresa mayor fue ver cómo sus dedos, su sangre y carne, se convertían en oro. Cuatro pedazos de oro bañados de su propia sangre azul.

—Tranquilo, te salvé la mano, niño. Aunque supongo que eso no es un muy buen consuelo para ti, especialmente tan joven.

—¡No! ¡Me niego a morir! ¡No puedo morir! Soy Abasi Al Amin, soy el ancestro del Clan Amin, soy el futuro Dragón de Sangre, soy…

Pero en ese momento, la hermosa mujer de cabello azul atravesó con una larga espada el vacío, formando una larga cuchilla de agua que atravesó directamente el corazón, haciendo explotar el último vestigio de vida del Árbol Demoníaco.

Y el final llegó como un haz de luz cegador, llenando a Ducanor de desconcierto. Un desconcierto que se rompió…

Cuando repentinamente, de los restos del árbol seco, algo surgió. Una pequeña luz dorada atravesó el aire como un relámpago. E inclusive para sorpresa de la mujer a su lado, que ni siquiera pudo bloquear el repentino proyectil, este se alojó en la frente de Ducanor, fundiéndose en ella.

Siendo la luz dorada el último recuerdo consciente de Ducanor antes de caer al suelo inconsciente.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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