Ciclo de fresno y hierro - Capítulo 3
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3: Capitulo 3 3: Capitulo 3 Año 399 antes de la ascensión del monarca celestial El frío del invierno en el norte de Ulheim penetraba cada centímetro de las tierras nevadas de este lugar.
—La mierda es más agradable que este maldito lugar —gruñó Richard mientras sentía el frío escalofriante y húmedo de las tormentas sobrenaturales que se cernían sobre sus cabezas.
Las tierras que tenía frente a él eran desoladas: un desierto blanco donde apenas podía ver más allá de un palmo de distancia, gracias a la nieve pesada que caía y a los cientos de árboles pálidos cubiertos de un abrigo ceniciento que no permitía diferenciarlos entre sí en ese escenario desolador.
—Entonces ve a comer mierda.
Si te sigues quejando, te voy a mandar a cavar letrinas en el límite exterior —gruñó Morgan con una expresión poco halagadora.
A pesar de que Richard probablemente duplicaba los inviernos y primaveras de Morgan, este último no era alguien a quien se pudiera ofender.
Prefiriendo no responder, Richard simplemente agudizó la mirada mientras los mastines demoníacos pasaban el hocico por la tierra húmeda y blanda debido a las torrenciales lluvias en el bosque.
El clan Galloway era el encargado, bajo las órdenes del Tudigong, de vigilar los caminos y los bosques y, cuando era la ocasión, perseguir a prófugos.
Y esta era una rara ocasión donde esto último era su labor.
Trazando el símbolo de la runa de la dualidad en la tierra, Garlanad ignoró la discusión del dúo mientras miraba los cambios que provocaba la lluvia y el afluente de lodo alrededor de las marcas que había creado, como si estuviera leyendo un mapa.
Sus facciones, ocultas tras la capa de cuero y lana, eran invisibles, a excepción de los dos puntos pálidos que eran sus ojos.
—Geomancia —gruñó Richard con un tono cargado de resquemor e incluso miedo.
Como un simple mundano que rondaba los bosques de Ulheim, nunca la había visto en sus noventa años de vida, aunque había oído muchas cosas siniestras y misteriosas respecto a la hechicería dhármica.
Por ello, no se le podía culpar por su precaución.
—¿Qué ves?
—preguntó Morgan.
Morgan ignoraba a Richard, quien en ese punto se estaba acercando a los perros para ver si habían rastreado algo.
Como un verdadero guerrero al servicio del Tudigong, realmente no le interesaba relacionarse con un simple cazador.
Pero Garlanad era mucho más misterioso que él mismo; a pesar de que no había visto su rostro en todo el viaje, Morgan podía sentir el poder de las runas en su propia carne y cómo sus huesos temblaban en sumisión ante la sangre pura del geomante.
—Muerte… —gruñó en tono seco el hombre encapuchado.
Susurró esas palabras con una voz sin fuerzas, como si ese aliento hubiera drenado toda su vitalidad.
—¿Cómo que muerte?
En este lugar no se atreven a entrar las bestias o incluso los saqueadores.
Esos bastardos han estado corriendo por tres días enteros y llevan mujeres y niños.
¿Cómo vamos a encontrar la muerte?
—gruñó Richard, confundido y sintiéndose algo insultado.
Morgan, aunque no dijo nada, hizo eco de esa afirmación con un asentimiento de cabeza.
—No nuestra muerte —dijo en un tono más sereno Garlanad—.
Ellos ya son cadáveres.
La duda apareció en la mente de Richard y Morgan ante esas palabras.
Aunque confiaban en los dones de su sombrío compañero, no pudieron evitar sentir escepticismo.
Un escepticismo que no duraría mucho.
Los caballos no podían cruzar el bosque por el barro y la oscuridad de una noche sin luna.
Los ojos agudos del trío les permitían detectar la mayoría de los peligros, pero la temperatura del ambiente seguía disminuyendo tanto que se vieron forzados a tomar píldoras de sangre para conservar el calor.
Y, como si los dioses muertos estuvieran gastando una siniestra broma, mientras consumían las píldoras, el olor a sangre junto a los ladridos de los perros los sacó de su silencio sepulcral.
Entonces los vieron: sangre y cadáveres repartidos por la tierra en lo que había sido un campamento improvisado.
Richard había visto muertos antes, pero nunca como estos.
Estos no eran cadáveres esqueléticos devorados por las bestias o cuerpos consumidos por la plaga; esto era una carnicería.
La sangre azulada, con una leve tonalidad violeta por su linaje Fey, revelaba su ascendencia noble, además de las runas muertas, ya sin brillo, en la piel de los caídos.
—Es la primera vez que veo a unos nobles muertos —gruñó sorprendido Richard, acercándose a uno de los cadáveres con cautela, como si temiera despertar la ira de un espíritu ausente.
—Y será probablemente la última —dijo en un tono brusco Morgan.
A pesar de que a Richard no le gustaba Morgan, no tenía más opción que admitir que estaba por debajo de él en términos de pureza de sangre.
Las propias runas que cubrían su carne apenas se extendían por sus brazos y piernas, mientras que Morgan era un noble con dos runas.
Él era un mortal con una.
—¿Qué es eso?
—preguntó repentinamente al darse cuenta de que, en medio de los cadáveres, había palabras talladas en la madera de un árbol.
A diferencia de las runas sánscritas que manifestaba Garlanad, estas eran caracteres feéricos ordinarios.
—«Cuando tú estés sufriendo, sabrás que te he traicionado» —susurró Garlanad con un tono siniestro mientras leía las palabras talladas con sangre.
Un escalofrío hizo tiritar sus labios.
—¿Por qué nos mandaron a buscar a unos nobles?
Incluso si los hubiéramos encontrado, capturarlos sería complicado —murmuró Richard, intentando controlar su pánico.
Ya percibía que él y Morgan eran simplemente guías, y que su acompañante silencioso era el verdadero brazo ejecutor.
—Estaban debilitados.
Además, la mayoría no son combatientes —murmuró Garlanad mientras se acercaba a uno de los cadáveres.
Era un hombre alto incluso para un Fey; probablemente le ganaba por una cabeza al propio Morgan, que medía poco más de dos metros.
Runas carmesíes cubrían la carne de su pecho y brazos, pulsando todavía con una misteriosa aura, como si fuera el latido de un corazón moribundo.
—¿Está vivo?
—Esa frase fue más una pregunta que una afirmación.
Morgan tensó su agarre en su cuchilla maltrecha.
Las runas que cubrían el cuerpo del hombre eran Yang, la tonalidad rojiza lo delataba (el rojo para los hombres y el azul para las mujeres).
El hombre tenía el cabello negro y un rostro cuadrado y magno, pero la mayor parte de su abdomen estaba abierto, cortado en canal y sin órganos, como si se los hubieran extraído.
Garlanad no respondió.
Se agachó frente al cadáver y se quitó la capucha, permitiendo que su rostro se mojara con el aguanieve que caía a raudales.
—¿Quién era?
—preguntó Richard inconscientemente.
—Un desertor —gruñó Garlanad—.
Y un tonto.
Pero era un buen guerrero; quienquiera que lo haya matado no es alguien normal.
—Alguien… más que algo.
Esto es una carnicería.
¿Qué Fey se atrevería a realizar actos tan atroces?
—gruñó Richard, aunque en el fondo ya intuía la respuesta.
Garlanad frunció el ceño mientras su cuerpo se tensaba como una flecha en un arco.
Su mirada pasó por el muerto hacia el árbol en el que estaba apoyado; hojas y arbustos se habían amontonado alrededor de forma apresurada.
Se acerco lentamente como sí estuviera preparado para cualquier movimiento imprevisto, y justo cuando iba a tocar el cuerpo, ocurrió el cambio.
Richard sintió algo diferente en el ambiente.
El olor a muerte se difuminó bajo el penetrante aroma —e incluso el sabor— de la sangre qué se expandió por todo él aire junto a sombría luz carmesí qué nublo su vista.
Confundido, giró la cabeza al cielo y vio el horror manifestado: la luna había surgido, pero no era la luna pálida de luz amarillenta, sino una luna roja, cubierta de nubes escarlatas entre las que estallaban rayos de un negro violáceo.
Sangre.
Solo sangre.
En el suelo, el líquido rojo empezó a reemplazar el agua, creando costras en la tierra que cubrían los cadáveres.
Los perros sollozaron e intentaron huir, abandonando a sus amos, pero el miedo los superó; cayeron al suelo gimiendo lastimeramente mientras escupían espuma blanca y convulsionaban entre la suciedad y nieve rojiza.
—¡Por los ancestros!
¿Qué está pasando?
—murmuró aterrorizado Morgan.
Richard ya se había ocultado al amparo de un árbol.
El único que permaneció en su sitio fue Garlanad.
La sangre tiñó su capa gris de negro, formando costras rojizas.
Se levantó y, para sorpresa del dúo, desenfundó su espada con una rapidez que escapó a los sentidos de Morgan.
La hoja, de hierro meteórico, rechazaba el brillo escarlata con su propio fulgor azulado, como si quisiera competir contra las fuerzas siniestras de esa pesadilla.
Entonces, los cadáveres cubiertos de sangre empezaron a temblar como capullos sanguinolentos.
De las costras rotas del suelo surgió una mano cadavérica.
Morgan intentó correr, pero era demasiado tarde.
La lluvia lo hizo tropezar mientras la sangre del cielo se filtraba por sus orificios, derritiendo su piel y carne hasta que su figura desapareció tras una neblina roja.
Richard ya no podía ver nada.
Se quedó quieto tras el tronco de un árbol, abrazándose a su costado como si fuera un niño, temblando por el frío del averno y por el temor primordial de su corazón.
El choque del metal impactando contra algo contundente resonó a lo que parecían kilómetros de distancia, aunque sabía que Garlanad luchaba a pocos metros.
Un segundo impacto, más cercano, le indicó que el peligro acechaba en la niebla.
El tercer impacto fue un chirrido helado, como el de cristal estallando, seguido de un bramido animal de dolor y lucha.
Luego, el silencio.
Había terminado.
Richard seguía vivo.
Su respiración se tranquilizó y su agarre sobre la cuchilla se aflojó.
Había sobrevivido.
Pasaron sesenta minutos en los que no se movió.
Él había vivido; no Morgan con su arrogancia, ni Garlanad con su sabiduría misteriosa.
Él, Richard, un simple explorador hijo de granjeros.
La alegría casi lo hizo estallar en carcajadas y lágrimas, pero se contuvo mientras se acercaba al lugar de la carnicería.
Los cadáveres habían desaparecido, convertidos en charcos sanguinolentos.
No encontró rastro de sus compañeros, pero la lluvia se había detenido, dejando una película de sangre en el suelo.
Los árboles parecían seres vivos con venas que pulsaban.
Entre los restos, vio la espada de Garlanad flotando sobre un charco de sangre negra.
Era una pieza exquisita.
Antes no se habría atrevido a codiciarla, pero ahora era su premio por salir con vida.
Se acercó cautelosamente al pomo grabado con runas.
Su mano se aferró al arma con fuerza.
—Maldición, sale, maldita porquería —gruñó haciendo palanca.
Pero una fuerza innatural jalaba con la misma potencia hacia abajo.
Aterrado, intentó soltarla, pero no pudo.
—¡No, no, no!
¡Aaaah!
Un grito ahogado salió de su garganta.
Pudo ver que de su propia mano sobresalía la punta de una lanza que terminaba atravesando su propia garganta.
La sangre rezumaba de su boca mientras se ahogaba.
La fuerza de atracción de la espada lo arrastró hacia el charco.
Hacia la herrumbre.
Hacia el negro.
Hacia la muerte.
Hacia la Gnosis.
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