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Ciclo de fresno y hierro - Capítulo 31

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Capítulo 31: Capitulo 31

Año 312 después de la Ascensión del Monarca Celestial.

Tess sintió un escalofrío en su carne mientras observaba el patio de entrenamiento del Castillo de Viddar. Era de noche; su esposo, cuando no acostumbraba estar en sus aposentos o en su biblioteca privada, estaba en el patio de entrenamientos.

El frío del bosque inundaba el lugar. A pesar de que Ducanor Kal Arreus no era el señor de este castillo, sí era su protector. Era un hombre de honor, ella lo sabía bien; había jurado proteger a su hijo y a ella misma hacía ya años, cuando rechazó el cargo de Señor. A veces se preguntaba si se arrepentía de algún modo.

El camino que tenía delante suyo pasó por los restos de un enorme edificio que había sido reemplazado por un enorme almacenamiento. Cenizas y madera quemada cubrían el lugar donde había estado la antigua Abadía Dhármica.

El día que el Monarca Celestial dominó el Reino Mortal, ordenó la Persecución Dhármica, también llamada la Era de Decadencia Dhármica, en una búsqueda de hacer desaparecer la influencia del Mantra, reemplazándola por la adoración continua de los Dioses Muertos y a los Ancestros.

La persecución había durado años, aunque no tuvo el mismo efecto en toda la Hegemonía. Solo Pandamar, en el continente del este, había elegido seguir las órdenes del Monarca al pie de la letra al destruir las abadías, encarcelar a mantristas y forzarlos a abdicar de sus votos dhármicos, obligándolos con Geiss a capitular de sus creencias.

En el continente del sur, en cambio, los sacrificios de diversos grandes Kalidharmas los habían convertido en venerables mártires de su causa. Ejemplos como los Kalidharmas Gironio y Barsel, la Mayalama Meridia, o inclusive los Rahulas como los gemelos Cala y Horrus. O tragedias más numerosas como los 18 enviados mantristas ejecutados en conjunto, los hijos de un Kalidharma Alcalio y Henari, el propio Abad de Vicentia, Valencio, o también el Abad de Asciclea, Cordo, o el propio Princeps de la misma ciudad, Breda, o las acólitas Sevia e Illya que murieron al igual que los demás por su fe.

Historias trágicas como aquella le llegaban desde el lejano continente del sur de manos de su hermana adoptiva, que antaño había sido una seguidora ferviente del Mantra, pero que ahora solo podía llorar amargamente por las víctimas de esas injusticias.

Y ella misma solo podía sentir pena en su corazón, sin denotar tristeza ni a su esposo ni a su hijo, y lo único que podía hacer era guardar esos nombres en su mente.

Mientras avanzaba por el frío paisaje, se encontró a una figura solitaria cortando con su hacha el aire enfrente de él con tal facilidad y belleza que parecía un espejismo provocado por la luz de la luna.

Estuvo así durante unos pocos minutos antes de detenerse, girando su cabeza hacia ella con una sonrisa amable pero fría.

Los labios y los ojos de Ducanor eran púrpuras y azules como el hielo, como si tuviera hipotermia, pero eso no era algo ambiental, era innato.

Ella le había preguntado a alquimistas y sanadores, e inclusive habían pensado en buscar a un Augur del centro de la Hegemonía Celestial, pero él se había negado diciendo que simplemente era una condición innata que no le provocaba ningún problema.

Aunque con el tiempo se había acostumbrado a ello e incluso amado esa parte de él, se alegró cuando sus hijos nacieron sin ojos azules como el hielo y labios púrpuras.

Ducanor clavó la punta del hacha de guerra en el suelo mientras se apoyaba en su pomo. Su nombre era Trueno Nocturno; había oído a Pandamar decir que estaba hecha de la cristalización de un rayo en una noche sin luna y que era tan antigua como el propio Castillo de Viddar. De tiempos antiguos y más violentos, los tiempos de los ancestros de Ducanor y su hijo.

Y suyos también, aunque no sentía la misma cercanía de Ducanor hacia ellos.

Había leyendas de todo tipo en estos páramos. Ella, habiendo sido criada como rehén en la corte del Monarca Celestial, había oído cosas, aunque posteriormente su vida se había desarrollado muy lejos de las intrigas de palacio del continente del sur. Pero había oído tantas leyendas respecto al continente del este, leyendas que eran inclusive más viejas que su propia raza.

El conocimiento del mundo por parte de Tess venía de la sabiduría y de los escritos de la Raza Dorada y Plateada, pero ambas razas, que habían existido más tiempo del que había existido la propia Hegemonía y habían sobrevivido el Consulado y múltiples eras, estaban disminuyendo lentamente.

El último gobernante puro de la Raza Áurea (aunque la línea no había sido ininterrumpida, muchos dicen que fue Colonia Adela) era una falsedad; ella era una mestiza de la raza de Hierro y Plata. Su propio hijo y posterior heredero era más férreo que argénteo.

Tal vez esa fue la razón de su caída.

En el continente del sur, los ancestros no eran los mismos que los del este. La llamada Raza de Hierro cubría el continente del sur, cuyos ancestros eran las razas de Plata y Oro, una raza de origen mestizo aunque ellos mismos se llamaban Férreos, o la Raza de Acero.

El hierro era débil, el acero invencible; aquella dualidad era inevitable.

Los poetas que antes admiraba en el sur, en el este eran bardos borrachos que cantaban burlas a sus señores, mientras que sus consejeros en vez de sabios y eruditos eran guerreros y generales.

Todo era tan diferente.

—Tess —murmuró la voz de Ducanor, dura como la piedra pero cálida como el fuego, mientras la observaba con esos ojos fríos y helados.

—Mi señor esposo —dijo ella con un tono neutro, tal vez demasiado, pero a Ducanor no parecía importarle.

—Hace frío. ¿Los niños están durmiendo? —preguntó él.

—Illantyr ya está durmiendo, pero tu hijo sigue despierto; quiere esperar a su padre antes de dormir —dijo con una sonrisa cálida ella, mientras sentía un tirón en su corazón al sentir lo rápido que estaba pasando el tiempo.

—Apocaline. Ya tiene dieciséis, pronto tendrá veinte. Le gustan las hachas y las mazas, será un buen guerrero —dijo con una sonrisa orgullosa Ducanor, mientras su propio temor y orgullo surgía en su pecho haciendo que no supiera qué decir.

—Son tan pequeños…

—Sí —murmuró mientras le agarraba las manos. A pesar de su rostro frío y taciturno, sus manos eran cálidas. Siempre sabía qué decir. Había oído rumores de que Ducanor era un donjuán antes de ella, antes de volver.

Ella lo había conocido desde mucho tiempo atrás, pero se habían separado durante años; el tiempo los había cambiado a ambos hasta el punto que inclusive le costó reconocerlo.

A veces tenía curiosidad por el hombre que había sido su marido, el hombre que no conoció. Pero en este punto eso ya no importaba.

Su mirada cayó repentinamente en sus manos negras. No eran guantes ni pintura de algún tipo; las manos de Ducanor estaban hechas casi de metal. Lo había oído decir que sus manos habían sido refinadas bajo un misterioso arte conocido como el Arte de la Forja Divina, siendo un efecto secundario de aquello ese aspecto de sus manos, además de, claro, poder endurecerlas como si de acero se tratase.

—Deberías volver, ya no eres tan joven como antes. El liderar las tropas debería ser deber de Pandamar, sigues mimándolo demasiado —dijo ella con una sonrisa mientras recordaba a su hijo mayor.

—Debería ser yo quien dijera eso —murmuró Ducanor con un suspiro cansado—. Tú eres la que insistió en que Pandamar estuviera más tiempo con sus hijos y sus esposas. Realmente lo mimas demasiado.

Ella intentó mostrar un rastro de envidia o celo en su rostro, pero no había nada, solo afecto y algo de fatiga.

—Mmm, supongo que realmente me estoy haciendo viejo —murmuró Ducanor mientras suspiraba.

Repentinamente un ladrido lejano lo quitó de sus pensamientos. Un enorme perro de unos dos metros de altura surgió de la perrera corriendo en dirección de Ducanor, deteniéndose a pocos metros de él mientras su peludo rostro miraba tímidamente a Tess.

—Jaja, al parecer Yangyi también está emocionado —dijo con una sonrisa Ducanor mientras acariciaba al Mastín de Sangre, que a pesar de su apariencia mansa en realidad era un Sidhe demoníaco.

—No entiendo tu afición por los perros —murmuró con un tono cansado mientras suspiraba. Pero a pesar de todo le dio una mirada cálida al cachorro; ella había visto crecer a este sabueso desde que prácticamente era un cachorro, era imposible no ser sentimental.

—Bueno, todos los hombres tienen diferentes aficiones. Por ejemplo, tu hijo y tu señor es aficionado a las mujeres —se burló Ducanor con una sonrisa.

Riéndose ligeramente, a pesar de ser una mujer y madre, ella no podía evitar sentirse orgullosa del carisma innato de su hijo, aunque le preocupaba que esto mismo le causara problemas.

Y como si le leyera sus pensamientos, Ducanor dijo:

—La chica Yin Puro está a punto de alcanzar la mayoría de edad —dijo con un suspiro Ducanor—. Me hubiera gustado que Pandamar la eligiera como nuera más que como esposa.

—Es demasiado importante como para dejársela a Serach o a alguien más —intentó defenderlo ella, a pesar de que sabía que tenía razón. Pandamar tenía ya tres esposas; una cuarta sería demasiado problemática.

La única razón por la que las tres esposas de su hijo no se habían matado entre sí era porque eran, además de la mujer de un mismo hombre, hermanas. Pero otra mujer, joven y hermosa, no podría evitar generar celos en la relación.

Ducanor decidió no discutir más. A pesar de ser su padrastro, él lo veía más como su señor que como un hijo, y no tenía intención de ocupar el lugar de padre más que de mentor y consejero de su hijo. Había dicho que educarlo y guiarlo en esos asuntos sería su responsabilidad.

No podía evitar sentir rencor por ello.

—¿Crees que soy una mala madre? —murmuró destrozada casi, aunque la mayor parte de esa pena era fingida.

—No quise decir eso. Eres la mejor que pudo haber tenido, porque es tu hijo y nadie más, al igual que mis hijos son tuyos, pero…

—No es tu hijo —dijo con un tono algo amargo. Ciertos recuerdos no eran agradables, especialmente antes de Pandamar, antes de…

Ducanor guardó silencio. Si estaba dolido por sus palabras no lo demostró en ningún segundo; guardó silencio durante un instante antes de suspirar nuevamente.

Finalmente fue ella la que rompió el silencio: —Mi señor, el Gran Monarca Celestial ha mandado una carta a todos los señores de los cuatro continentes.

La expresión de Ducanor cambió con esas palabras. Si antes estaba melancólico, ahora había vuelto a su porte de señor. —¿Ya se lo dijiste a Pandamar?

Ella negó con la cabeza. Pensó en ver ira en Ducanor, decirle que tendría que informarle antes a su señor que a su consejero, pero para su sorpresa y alivio parecía haber comprendido la importancia de la carta.

—¿Qué dice?

Haciendo memoria de lo que había leído con facilidad, citó con un tono solemne: —A todos los señores de los cuatro continentes y los cuatro palacios: el Gran Monarca Celestial, Señor Absoluto y Regidor de la Hegemonía Celestial del vasto Reino Mortal, ha decidido abdicar. Tan vastos dominios no pueden ser dignos de un solo gobernante, ni siquiera uno tan sabio como el propio Monarca. En razón de aquello, se nombrarán cuatro Tetrarcas, cuatro señores que gobernarán cada uno de los continentes del reino y sus mares y dominios contiguos. »Renar Flandes como Señor del Continente del Sur. »Kazan como Tetrarca del Continente Oeste. »Astracan como Tetrarca del Continente del Norte. »Y el elegido como gobernante del Este es Lagnesh, la Señora de Tara.

Y con esas últimas palabras la expresión de Ducanor se nubló, sabiendo que pronto habría bastantes problemas.

Y como su esposa, ella debía aligerar la carga sobre la espalda de su marido.

Una observadora, eso era lo que era Nyx. A veces pensaba que la vida para todos tal vez era eso: ser un simple espectador del mundo y sucesos que no puedes controlar.

—Mi señora, el señor Pandamar ha enviado piel de pantera dorada importada del continente del norte hacia aquí. Es muy valiosa, realmente la adora —dijo halagadoramente su sirvienta.

No recordaba su nombre; normalmente se iban antes de que pudiese encariñarse con ellas, cortesía de su futuro esposo.

—Solo me amarás a mí y solo recibirás cariño de mí, porque tú eres mía y yo soy tu mundo.

Esas fueron las primeras palabras de afecto que había usado con ella cuando tenía trece años. En ese entonces estaba aterrorizada; controló su miedo simplemente manteniendo su sonrisa dulce.

Lamentablemente ya no tenía trece años. Los Feynir se consideraban adultos a los veintiuno en el caso de los hombres y dieciocho en el caso de las mujeres.

Este año ella pronto cumpliría dieciocho.

Ella en este punto no sentía nada, se sentía vacía, como si no existiera, mientras miraba el escenario fuera de su habitación en el Torreón de Invierno.

—Si un árbol cae en un bosque y nadie puede oírlo, ¿puede considerarse realmente que ese árbol hizo ruido? —murmuró ella.

Su voz era angelical y tan suave como el rocío de la mañana, o eso decían todos de ella.

La mujer más hermosa del continente del este.

La mujer que iniciaría una tragedia que bañaría en sangre a Ulheim, como nunca se hubiera visto antes y pocas veces se vería después.

…

—Los informes no dicen nada interesante. Por lo menos en el continente del norte los monstruos no se han movido, mientras que en el sur o en la Escalera a los Cielos no hay avistamientos de los Demonios del Vacío. Todo está bastante tranquilo —dijo Ducanor con un suspiro cansado.

—Perfectamente tranquilo para una guerra civil —gruñó Elios con una expresión aburrida en el rostro mientras le entregaba el informe en su oficina.

Su aparición repentina lo había sorprendido en mal momento, cuando llegó repentinamente con una multitud de cartas y expedientes. Pronto asumiría un nuevo Hegemón, o mejor dicho, Tetrarca.

Debían estar listos.

—Estás siendo bastante pesimista, Elios. Después de todo, no creo que la situación sea tan mala —dijo Ducanor con un tono sereno y seco.

—Ese es el problema: los tiempos pacíficos fortalecen demasiado a las diferentes naciones. Pronto la ambición de algunos pocos les hará pensar que es el momento de que triunfen en la vida. Sin el Monarca Celestial para amortiguarlos, será difícil mantener la paz —gruñó mientras suspiraba.

Elios era un joven de cabello rubio casi dorado y con ojos verdes y piel brillante. Parecería una mujer si no fuera por la nuez de Adán en medio de la garganta. Realmente le recordaba demasiado a su abuelo; eran demasiado iguales.

—Por esa misma razón el Monarca creó a los Tetrarcas, para evitar aquello. Un sucesor débil no podría controlar los cuatro continentes, pero cuatro grandes líderes se suprimirían entre sí. Incluso si uno es más fuerte que el otro, o uno es debilitado por conflictos internos, la existencia de los otros dos Tetrarcas impedirá que sus ambiciones escapen de su continente.

Ducanor sabía a lo que se refería Elios y por aquello estaba orgulloso de él por su buena cabeza. A pesar de no compartir sangre con él, e incluso que él no fuera un Feysir, no le impedía verlo como un hijo.

—Tal vez, pero nuestro señor es demasiado ambicioso para contentarse con el rango de Señor de Ulaid. Se ha contenido gracias a ti y a que las demás provincias no estén unificadas, pero que alguien esté encima de él, especialmente una mujer, no lo va a poner contento.

Frunciendo el ceño, no solo emitiendo reproche, suspiró, mientras su expresión cambiaba a una más extraña, la cual un distraído Elios no detectó.

—Que no te escuche hablar así. Pandamar es tu tío y tu señor, además debes respetarlo, como me respetas a mí. En cuanto a sus ambiciones… —la mirada de Ducanor se volvió aguda— él sabrá lo que hace. Aunque son tiempos peligrosos; tirar la primera piedra podría ser contraproducente en este punto.

—Como siempre, maestro, eres demasiado suave con él. Como sea, tienes razón, es mi tío. Debería salir a jugar un poco más, hay muchas doncellas que no han oído hablar del gran Elios —riéndose mientras se levantaba del sillón de un salto, salió apresuradamente de la habitación con una sonrisa.

Ducanor se quedó en silencio durante lo que fueron para él unos incómodos segundos, cuando repentinamente un sonido húmedo y de succión resonó debajo de él.

Suspirando, Ducanor murmuró hacia abajo: —Cariño, realmente deberías salir. ¿Qué pasa si te descubren?

Pero lo único que le respondió luego de aquello fue la lengua cálida de su esposa pasándose por el borde de su pene.

—Bueno, supongo que un descanso no estaría mal —pensó Ducanor mientras agarraba la cabellera rubia de su esposa.

…

La Hegemonía era Orden.

Y el orden estaba forjado en sangre.

Desde los tiempos de la antigua Liga Lemuriana la sangre se había derramado en el continente del sur. Ducanor no era muy versado en ello; su conocimiento era más bien elemental o superficial.

Había vivido mucho y experimentado mucho, pero solo en estas últimas décadas había tenido el tiempo para reflexionar sobre aquello. Había ganado la costumbre de escribir y anotar cosas en razón de ello.

Al verse al espejo, lo que vería era nada menos que un Lemuriano. Una palabra rara, tomando en cuenta que hace trescientos años pensaría que era un Fey un poco más rico.

Pero era Lemuriano, no por nacimiento, sino por costumbre.

Cabello corto y ordenado, una barba gruesa pero bien afeitada y ordenada. Llevaba puesta no una armadura de cuero, sino un traje de seda y una capa de piel de bestia feroz.

Usaba solo un anillo en su mano derecha enjoyado con una piedra de sangre negra. Hace años hubiera estado afeitado o con una barba descuidada, cabello largo y trenzado con joyas y huesos al igual que su barba, y todos sus dedos estarían cubiertos de anillos de metal negro y toscos.

No era un Fey, era un Lemuriano. Llegado a este punto, no una raza o un clan, sino un pueblo compuesto por una miríada de personas tan diferentes como las estrellas en el cielo.

Eso era fascinante a su manera. Aunque Ducanor no llegaba a realmente comprenderlos, seguía siendo fascinante.

Sus hijos no conocerían probablemente el nombre de la mayoría de los Reyes de Tara, antiguos gobernantes del continente del este, pero sí conocían el nombre de cada Hegemón, o por lo menos los gobernantes más famosos de la Lemuria, desde el legendario Delus hasta Isauro Leonis y algunos más recientes de la época de la Hegemonía como Siberia.

Si aquello era bueno o malo, lo juzgarán las siguientes generaciones. Por ahora simplemente cosechaba los frutos que había sembrado.

Y mientras la figura esbelta y voluptuosa de su esposa estaba tendida en la cama enfrente de él, todas estas preocupaciones simplemente se desvanecieron.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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