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Ciclo de fresno y hierro - Capítulo 32

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Capítulo 32: Capitulo 32

Una observadora, eso era lo que era Nyx. A veces pensaba que la vida para todos tal vez era eso: ser un simple espectador del mundo y sucesos que no puedes controlar.

—Mi señora, el señor Pandamar ha enviado piel de pantera dorada importada del continente del norte hacia aquí. Es muy valiosa, realmente la adora —dijo halagadoramente su sirvienta.

No recordaba su nombre; normalmente se iban antes de que pudiese encariñarse con ellas, cortesía de su futuro esposo.

—Solo me amarás a mí y solo recibirás cariño de mí, porque tú eres mía y yo soy tu mundo.

Esas fueron las primeras palabras de afecto que había usado con ella cuando tenía trece años. En ese entonces estaba aterrorizada; controló su miedo simplemente manteniendo su sonrisa dulce.

Lamentablemente ya no tenía trece años. Los Feynir se consideraban adultos a los veintiuno en el caso de los hombres y dieciocho en el caso de las mujeres.

Este año ella pronto cumpliría dieciocho.

Ella en este punto no sentía nada, se sentía vacía, como si no existiera, mientras miraba el escenario fuera de su habitación en el Torreón de Invierno.

—Si un árbol cae en un bosque y nadie puede oírlo, ¿puede considerarse realmente que ese árbol hizo ruido? —murmuró ella.

Su voz era angelical y tan suave como el rocío de la mañana, o eso decían todos de ella.

La mujer más hermosa del continente del este.

La mujer que iniciaría una tragedia que bañaría en sangre a Ulheim, como nunca se hubiera visto antes y pocas veces se vería después.

…

—Los informes no dicen nada interesante. Por lo menos en el continente del norte los monstruos no se han movido, mientras que en el sur o en la Escalera a los Cielos no hay avistamientos de los Demonios del Vacío. Todo está bastante tranquilo —dijo Ducanor con un suspiro cansado.

—Perfectamente tranquilo para una guerra civil —gruñó Elios con una expresión aburrida en el rostro mientras le entregaba el informe en su oficina.

Su aparición repentina lo había sorprendido en mal momento, cuando llegó repentinamente con una multitud de cartas y expedientes. Pronto asumiría un nuevo Hegemón, o mejor dicho, Tetrarca.

Debían estar listos.

—Estás siendo bastante pesimista, Elios. Después de todo, no creo que la situación sea tan mala —dijo Ducanor con un tono sereno y seco.

—Ese es el problema: los tiempos pacíficos fortalecen demasiado a las diferentes naciones. Pronto la ambición de algunos pocos les hará pensar que es el momento de que triunfen en la vida. Sin el Monarca Celestial para amortiguarlos, será difícil mantener la paz —gruñó mientras suspiraba.

Elios era un joven de cabello rubio casi dorado y con ojos verdes y piel brillante. Parecería una mujer si no fuera por la nuez de Adán en medio de la garganta. Realmente le recordaba demasiado a su abuelo; eran demasiado iguales.

—Por esa misma razón el Monarca creó a los Tetrarcas, para evitar aquello. Un sucesor débil no podría controlar los cuatro continentes, pero cuatro grandes líderes se suprimirían entre sí. Incluso si uno es más fuerte que el otro, o uno es debilitado por conflictos internos, la existencia de los otros dos Tetrarcas impedirá que sus ambiciones escapen de su continente.

Ducanor sabía a lo que se refería Elios y por aquello estaba orgulloso de él por su buena cabeza. A pesar de no compartir sangre con él, e incluso que él no fuera un Feysir, no le impedía verlo como un hijo.

—Tal vez, pero nuestro señor es demasiado ambicioso para contentarse con el rango de Señor de Ulaid. Se ha contenido gracias a ti y a que las demás provincias no estén unificadas, pero que alguien esté encima de él, especialmente una mujer, no lo va a poner contento.

Frunciendo el ceño, no solo emitiendo reproche, suspiró, mientras su expresión cambiaba a una más extraña, la cual un distraído Elios no detectó.

—Que no te escuche hablar así. Pandamar es tu tío y tu señor, además debes respetarlo, como me respetas a mí. En cuanto a sus ambiciones… —la mirada de Ducanor se volvió aguda— él sabrá lo que hace. Aunque son tiempos peligrosos; tirar la primera piedra podría ser contraproducente en este punto.

—Como siempre, maestro, eres demasiado suave con él. Como sea, tienes razón, es mi tío. Debería salir a jugar un poco más, hay muchas doncellas que no han oído hablar del gran Elios —riéndose mientras se levantaba del sillón de un salto, salió apresuradamente de la habitación con una sonrisa.

Ducanor se quedó en silencio durante lo que fueron para él unos incómodos segundos, cuando repentinamente un sonido húmedo y de succión resonó debajo de él.

Suspirando, Ducanor murmuró hacia abajo: —Cariño, realmente deberías salir. ¿Qué pasa si te descubren?

Pero lo único que le respondió luego de aquello fue la lengua cálida de su esposa pasándose por el borde de su pene.

—Bueno, supongo que un descanso no estaría mal —pensó Ducanor mientras agarraba la cabellera rubia de su esposa.

…

La Hegemonía era Orden.

Y el orden estaba forjado en sangre.

Desde los tiempos de la antigua Liga Lemuriana la sangre se había derramado en el continente del sur. Ducanor no era muy versado en ello; su conocimiento era más bien elemental o superficial.

Había vivido mucho y experimentado mucho, pero solo en estas últimas décadas había tenido el tiempo para reflexionar sobre aquello. Había ganado la costumbre de escribir y anotar cosas en razón de ello.

Al verse al espejo, lo que vería era nada menos que un Lemuriano. Una palabra rara, tomando en cuenta que hace trescientos años pensaría que era un Fey un poco más rico.

Pero era Lemuriano, no por nacimiento, sino por costumbre.

Cabello corto y ordenado, una barba gruesa pero bien afeitada y ordenada. Llevaba puesta no una armadura de cuero, sino un traje de seda y una capa de piel de bestia feroz.

Usaba solo un anillo en su mano derecha enjoyado con una piedra de sangre negra. Hace años hubiera estado afeitado o con una barba descuidada, cabello largo y trenzado con joyas y huesos al igual que su barba, y todos sus dedos estarían cubiertos de anillos de metal negro y toscos.

No era un Fey, era un Lemuriano. Llegado a este punto, no una raza o un clan, sino un pueblo compuesto por una miríada de personas tan diferentes como las estrellas en el cielo.

Eso era fascinante a su manera. Aunque Ducanor no llegaba a realmente comprenderlos, seguía siendo fascinante.

Sus hijos no conocerían probablemente el nombre de la mayoría de los Reyes de Tara, antiguos gobernantes del continente del este, pero sí conocían el nombre de cada Hegemón, o por lo menos los gobernantes más famosos de la Lemuria, desde el legendario Delus hasta Isauro Leonis y algunos más recientes de la época de la Hegemonía como Siberia.

Si aquello era bueno o malo, lo juzgarán las siguientes generaciones. Por ahora simplemente cosechaba los frutos que había sembrado.

Y mientras la figura esbelta y voluptuosa de su esposa estaba tendida en la cama enfrente de él, todas estas preocupaciones simplemente se desvanecieron.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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