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Ciclo de fresno y hierro - Capítulo 35

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Capítulo 35: Capitulo 35

El frío inundaba el territorio más extremo al norte de Ulheim. Esta zona, aunque en el papel era parte del territorio de Ulheim, realmente no tenía asentamientos Feys, y la autoridad del Señor de Ulheim (y mucho menos de la Hegemonía) apenas se aplicaba en este territorio.

Llamada por los lugareños como Ulstrost, era el territorio más septentrional del continente del este, y donde actualmente Ducanor viviría durante un tiempo.

—Espero que tu casa sea agradable, porque yo vivía en una maldita mansión, ¿eh? —gruñó Ducanor molesto mientras avanzaba detrás de la comitiva cargando un poco de equipaje.

Liderando la comitiva había varios caballos Ferghana, unos de los más fuertes y resistentes de su especie, llevando los carromatos. Mientras, otros sirvientes y esclavos caminaban en una larga línea guiando los caballos o llevando parte de las provisiones, mientras que los demás vigilaban los alrededores.

—Mi hogar es la sede del Clan Kangqueror, por lo cual obviamente es mejor que cualquier villa o casa de cualquier pueblo, pero estamos muy lejos de todo, por lo cual no esperes mucho —respondió Tolrik con una sonrisa confiada y algo orgullosa.

Y luego de decir aquello, adelantó a Ducanor en su caballo mientras guiaba el séquito.

Ducanor había sido liberado de su anterior condición de prisionero, pero bajo la condición de que se convertiría en un siervo del Clan Kangqueror. La maestra de Tolrik le había notificado aquella decisión a través de una carta, y actualmente, luego de un par de días y de que Ducanor enviara una carta a Masha y al resto para notificarles su condición, partió.

Y para su sorpresa inicial, muchos de los esclavos y sirvientes del clan eran supervivientes de las masacres anteriores llevadas a cabo por el trío. Los más inofensivos, como aquellos cuya transformación de linaje había sido débil (especialmente no logrando abrir su Dantian), se convirtieron en siervas o siervos al igual que Ducanor. Pero otros que superaban la destreza de un mortal ordinario fueron marcados con un Sello de Esclavitud.

Y entre la multitud de esclavos había una figura familiar la cual Ducanor no pudo evitar reconocer a lo lejos.

—Al parecer la desgracia te llegó a ti también, mujer. Supongo que tus dotes no son útiles con otras mujeres —dijo Ducanor con una sonrisa pedante mientras miraba con diversión a la figura que estaba cerca suyo.

Ya no estaba desnuda y con un porte seductor como antes, sino que vestía de forma pulcra y con capucha, intentando ocultar sus características licanas así como su cabello rubio.

—Tsk, así que no moriste. El Ancestro es bastante inútil para no terminar con tu vida, aunque supongo que tienes un punto para sobrevivir —gruñó la mujer licana mientras detrás de ella había una buena cantidad de siervas y esclavas con características licanas similares.

—Sigues siendo bastante venenosa a pesar de tu situación —dijo con un poco de sorpresa Ducanor; después de todo, esperaba que estuviera un poco más deprimida a causa del hecho de que se hubiera vuelto una esclava.

—¿Qué situación? Mi situación ha mejorado más que empeorado —gruñó con desdén la mujer—. ¿Esperabas que disfrutara el hecho de convertirme en una puta entre bestias? Si no fuera por mi talento y destreza ese viejo bastardo me hubiera matado. Y no tengo ningún apego por los que murieron, simplemente murieron como lo que eran: bestias. El hecho de transformarte en un licano no significaba que debas vivir como uno. Los de corazón amable mueren asesinados por su debilidad, quedando solo bestias crueles sin escrúpulos.

Ducanor guardó silencio y no pudo evitar sentir cierto acuerdo con la mujer; probablemente la muerte era mejor para ellos, pero seguían vivos.

—Aun así, tú eres diferente —dijo repentinamente la licana; su mirada era aguda como la de un zorro—. Superaste tu alter ego y te sobrepusiste; tu voluntad es fuerte.

—¿Todas las mujeres sobrevivieron? —preguntó con un nudo en el pecho Ducanor, recordando el rostro de esa hembra.

La mujer lobo, perspicaz, entornó la mirada y sonrió. —¿Acaso piensas en la pequeña blanca?

—Blanca… ¿Acaso la conoces? —A pesar de que el nombre le era desconocido, inconscientemente esperó que se refiriera a la misma persona que estaba pensando.

—Claro que la recuerdo, después de todo es mi hermana —dijo indiferente la mujer lobo.

—¿Hermana? —preguntó dudoso Ducanor.

—Sí, curiosamente la pequeña es mi hermana. Ambas somos, por así decirlo, una segunda generación de licanos; Madre era una de las primeras mujeres del grupo de Intermezzo.

—Era… —murmuró inconscientemente en voz alta—. ¿Acaso…?

—No —respondió ella—. Sobrevivió, pero se la llevó la mujer de cabello verde, al igual que a otras de mis hermanas y algunos mortales supervivientes. Pero no debería haber un peligro para ellos.

Un alivio absurdo inundó el pecho de Ducanor mientras se sentía algo más relajado. Si decía que amaba a Blanca estaría mintiendo, pero sentía algo de alivio al ver que estaba bien y sintió que sus emociones se relajaban y su estado de ánimo volvía a la normalidad.

—¿Y tu madre? —preguntó esta vez más por curiosidad Ducanor.

Los ojos de la licano brillaron con un resplandor dorado. A pesar de que su Dantian estaba sellado por el Sello de Esclavitud, una sensación extraña inundó la mente de Ducanor, mientras se sentía atraído a su mirada.

—Lo desconozco. Desapareció. Algunos dicen que la mató Intermezzo, otros que logró huir. Espero sinceramente lo segundo; Madre era…

—Lo siento, por traer recuerdos desagradables —dijo Ducanor después de un largo silencio. Mirando al resto de esclavas y siervas no pudo evitar sentir lástima; esperaba que la vida que ahora le diesen estos mocosos fuera mejor que antes.

—No te preocupes —desviando la mirada con un temblor anormal en su voz continuó—: Gracias por escucharme, es fácil abrirse contigo.

Ducanor sonrió y dijo: —Gracias por tus amables palabras. Por si acaso, ¿cuál es tu nombre? Nunca lo supe.

A lo cual la mujer licana respondió con una sonrisa: —Julia. Mi nombre es Julia.

…..

Ulheim era gigantesco. Y a pesar de que había un Señor sentado en el Castillo de Viddar, este mismo era un anciano débil que llevaba más de quinientos años en el poder. Pero debajo de los señores habían Mormaers, o Grandes Condes como también se les llamaba.

Ulstrost, a pesar de que no era un condado, el título sobre él caía sobre el propio Señor de Ulheim, siendo soberano de esas tierras pero no habiendo nadie debajo de él supervisándolas.

Por lo cual era una tierra de nadie, o mejor dicho, la tierra de los Clanes Gigantes.

Miles de clanes gigantes vivían en los cientos de miles de kilómetros de extensión de la cordillera. Muchos eran de tamaño reducido, sus números no eran demasiados, aunque de vez en cuando bandidos de los clanes descendían del norte a saquear los territorios del sur.

—Mi señora, ha llegado una notificación de su señor padre —dijo repentinamente una de las sirvientas a Ulrika.

Ella suspiró mientras asentía y recibía una perla. Esta no era una perla ordinaria, era una Perla Espiritual, específicamente una Perla de Transmisión de Voz.

Y una voz familiar resonó a través de la piedra, la voz de su padre.

—Ulrika, mi hija, la situación en Otranto es mala. Los clanes han descendido con una fuerza que no he visto ni en los tiempos más convulsos; están saqueando tierra que pertenece a nuestros ancestros —dijo con un tono lleno de dolor y cansancio la voz de su padre.

Como Jefe del Clan Kangqueror, era uno de los Toisech, un señor de una delegación dentro del Condado de Otranto.

—Te suplico que uses a los Guardas para limpiar esta amenaza. Pronto llegarán a las puertas de Apulia y si no hacemos algo robarán nuestras tierras. Como tu padre y señor, te suplico que actúes según lo dicta tu sangre y honor.

Ulrika guardó silencio al escuchar esas últimas palabras mientras inconscientemente recordaba la última reunión que había tenido con su maestra.

….

El aire se volvió solemne. Una vez Tolrik hubo salido de la habitación mientras su sonrisa desaparecía, Ulrika y su maestra también parecían serias en este punto para cuando esta última empezó a hablar.

—Vuestra misión ahora será diferente a cualquiera que hayáis tenido antes como Guardas —dijo con un tono severo mientras señalaba el aire, en el cual se materializó una imagen holográfica de la nada a partir de un instrumento de proyección de energía espiritual.

—Hemos descubierto la rama principal del Culto Licano el cual estábamos tratando. Al parecer se trata de un culto mayor de la Raza de Sangre, llamado el Templo de la Bestia.

»Ha empezado a moverse porque la selección de los elegidos comenzará, y eso significará derramamientos de sangre innecesarios. Necesitaré que os infiltréis como sacrificios y esclavas en el lugar. Vuestra identidad no será un problema; además, hemos esclavizado usando el Veneno del Maligno Profundo a uno de sus miembros, a quien hemos extorsionado dándole simplemente un amortiguador del veneno, por lo cual está a nuestro completo servicio —dijo con una frialdad a la cual ninguna de las dos reaccionó demasiado.

—Además, quiero que vaya como salvaguarda el chico que capturamos antes.

—¿Qué? —dijeron ambas estupefactas por primera vez desde que había empezado a hablar su maestra.

—Es necesario. No tiene una marca de esclavitud y no tiene signos de contaminación, pero eso no quita que se convirtió en un licano. Aquello probablemente lo vuelva compatible para convertirse en un miembro de la Raza de Sangre. He puesto en su corazón un Gusano Devorador de Sangre, el cual se activará si se sale de control, pero por ahora será vuestro seguro.

Esta vez el dúo no protestó, ya que comprendía que su maestra se había decidido por esta táctica.

Después de todo eran Guardas; las tácticas crueles e inclusive malvadas eran indiferentes. Los cultivadores no eran existencias que defendían el bien o el mal, eran existencias que buscaban seguir su propio corazón y deber sin caer en la necesidad que tuvieran que ir en contra de este.

Una vez un cultivador iba en contra de lo que podría llamarse sus convicciones, su camino futuro en el cultivo se podría llamar obliterado.

—Sí, maestra, aceptamos vuestra voluntad —dijeron al unísono tanto ella como Ulrika con total convicción y falta de dudas o siquiera una queja en su corazón.

Eran Guardas y para salvaguardar la Hegemonía harían lo que fuera. Ese era su Dao.

—Esta es vuestra última oportunidad para negaros. No estaré decepcionada o enojada si lo hacéis; esta no es una misión ordinaria, la muerte tal vez no sea el peor destino que puedan enfrentar.

Pero a pesar de sus palabras las dos se quedaron en silencio mientras se arrodillaban al unísono, poniendo sus mentes y cuerpos al servicio de Ernzu.

Y entonces una expresión orgullosa y llena de satisfacción apareció en el rostro de Ernzu mientras observaba al dúo y con una sonrisa murmuraba: —Espero que no me decepcionen, niñas.

El sonido del galope apresurado de un caballo resonó en el camino maltrecho. Tolrik iba a la máxima velocidad que le permitía el caballo, sintiendo cómo el viento silbaba a su alrededor como si fuera una flecha detrás de él.

Iban nada menos que tres Guardas de la secta que habían respondido a su llamado, además de, claro, dos personas extras.

El galope continuó hasta que llegaron a la base de una colina. Tolrik la reconoció; faltaba poco para que llegaran al castillo que lo vio crecer. Los terrenos del Clan Kangqueror estaban cerca de este lugar.

Una persona se acercó apresuradamente. Tenía el cabello rojo como el rubí y tenía una expresión solemne en el rostro; tenía aproximadamente la misma edad que Tolrik y portaba una lanza en su mano.

Tenía una expresión funesta en el rostro, cosa que hizo que el corazón se hundiera incluso antes de que dijera unas palabras.

—Tolrik, los Gigantes se han abierto paso a través de las aldeas, las han saqueado y destruido —dijo mientras apretaba los dientes de ira—. El castillo sigue indemne pero lo están cercando; los supervivientes al parecer se han refugiado en su interior. Por ahora siguen saqueando, pero no tardarán mucho en ir al castillo.

Detrás de él apareció el resto del grupo.

Todos iban a caballo excepto dos que iban en el carromato. Uno de ellos era el mensajero de su padre que había logrado llegar donde su comitiva y ayudarlo; el otro era el siervo que llevaba el carromato. Según recordaba, el nombre de ambos era Jonio y Ducanor.

—Debemos atacar pronto por sorpresa, no tenemos suficiente tiempo para esperar a las fuerzas de la Hegemonía —gruñó un hombre de mediana edad y de porte imponente. Era el mayor de los presentes y era el más poderoso del grupo; era un Guarda oficial, por lo cual era un Señor Mortal. Su nombre era Gedik.

—Cumpliré su voluntad, amo Tolrik, esa es mi misión —dijo el último miembro del grupo.

Medía más que cualquiera de los presentes, incluso si todos eran Feysir. Tenía el cabello afeitado dejándole una cola de caballo de color esmeralda y tenía una contextura gruesa, siendo un brazo suyo tan grueso como la propia pierna de Tolrik.

Su nombre era Fernand, y a pesar de ser un Guarda, también era un siervo del Clan Kangqueror cuya lealtad nunca se había movido en lo más mínimo.

—Atacaremos y exterminaremos a estas alimañas, les mostraremos el poder de la Hegemonía. —Y con una mirada severa su mirada cayó en el carromato detrás de él y murmuró—: Ustedes quédense aquí y esperen al resto. Terminaremos rápido.

Y sin esperar respuesta el grupo desapareció a la distancia a gran velocidad mientras los caballos se hundían en el espeso bosque de Ulheim.

…..

Tanto Tolrik como Benia eran jóvenes, niños prácticamente a los ojos de Ulrika. Una pareja tierna de novios de infancia, algo que ella misma no había tenido a pesar de haber conocido a varios jóvenes talentosos de su edad. Lamentablemente su talento y su propia reputación que crecía con el tiempo la habían aislado en ese sentido.

Por eso vio la relación naciente entre su hermanito y Benia como algo agradable de experimentar, por lo menos como una tercera persona no involucrada.

—Espero que Benia no quede embarazada si lo hacen, no quiero ser tía tan pronto —pensó con una expresión un tanto envidiosa así como irónica, mientras pensaba en la relación de ambos.

Aunque para desgracia de las ensoñaciones románticas de la propia Ulrika, había subestimado la torpeza de Tolrik así como la irascibilidad de Benia.

Así como muchos amores de juventud, los sentimientos eran intensos porque eran una experiencia nueva, pero a su vez el miedo podía hacer que estos primeros roces amorosos se volvieran infructuosos.

La inexperiencia, después de todo, era una maldición para los jóvenes amantes, pero también una necesidad.

Tener decepciones amorosas era algo que cualquier persona debía tener para poder ver su sentido del mundo y de las personas cambiar y moldearse bajo sus pies.

Lamentablemente el camino de muchas personas comenzaba torcido en una dirección que probablemente nunca debería haber mirado.

—Me tengo que ir —dijo preocupada Benia por Tolrik mientras miraba el camino por el cual él y el resto habían desaparecido.

—Tranquila —dijo Ulrika—, volverán pronto. Son solo unos saqueadores ordinarios, deberían poder encargarse por ellos mismos.

Pero Benia no estaba tranquila y nerviosamente se retorcía en el carromato mientras miraba por la ventana.

Ulrika también se puso algo nerviosa mientras recordaba el mensaje de su padre. No se lo había dicho a Tolrik porque sabía que iría inmediato al clan, pero aun así un mensajero había llegado y hecho que el viaje del grupo, en principio en dirección a la Secta de la Rama Sombría, se desviara al clan.

Había pasado menos de una semana de viaje y se habían desviado. La distancia hasta la Isla del Alba era bastante larga cruzando Otranto; después de todo, era un área bastante desolada y tendrían que desviarse por el exterior de la Cordillera Helada.

Pero las incursiones gigantes habían disparatado los planes del grupo. Además de que se suponía que cruzarían el condado de Ahmedapacha, donde estaba la ciudad de Edna, su verdadero objetivo de infiltración.

Y mientras los caballos pura sangre avanzaban a un ritmo constante por el camino de tierra y roca…

Repentinamente un sentimiento extraño inundó su mente cuando sintió a la distancia una fuerte perturbación de energía espiritual.

—¡¿Qué está pasando?! —gritó apresuradamente Ulrika mientras miraba al exterior del carromato sacando la cabeza hacia el camino.

Y entonces vio delante suya una carroza volcada, en la cual la cabeza ensartada en una saeta del conductor sobresalía sobre un árbol en la cercanía, mientras su cuerpo destrozado estaba tendido en el suelo.

Mientras, más adelante, una lucha férrea se cernía ante los ojos de los presentes, que con miradas de horror gritaron mientras intentaban retirarse.

Porque inclusive los licanos se sentían intimidados ante la presencia de los monstruos de carne y hueso que era la Raza Gigante.

Y ahora estaban enfrente de ellos.

…..

El rayo inundaba los alrededores como si fueran copos de nieve. Ducanor apenas pudo reaccionar cuando decenas de lanzas de rayos atravesaron el aire sobre su cabeza.

—Maldición.

El carruaje tembló mientras era volcado hacia la derecha del camino; él, al estar a su lado, apenas logró evitar ser aplastado por el mismo.

—Esos no son malditos bandidos comunes —gruñó Ducanor mientras observaba de reojo encima del carruaje.

Una flecha atravesó el aire silbando sobre su cabeza; apenas logró bajarla rápidamente para ver la cabeza del pobre de Jonio empalada en el árbol enfrente de él, con el cuello destrozado y restos de columna vertebral colgando de forma torcida.

—No me jodas.

El temor brilló en la mente de Ducanor. Jonio no era un chófer ordinario, era un Noble, no uno fuerte, pero había muerto tan fácilmente que prácticamente le hizo dudar de su propia vida.

—Vamos, cobarde azul, muestra tu cabeza un poco —escuchó una voz lejana hablando con un tono provocativo—. Morirás de todas maneras como tus amigos. Pronto llegarán el resto de pequeños sangre azul, ¿cierto?

Una risa y otras voces bajas se escucharon tras sus palabras. Ducanor no fue capaz de calcular la cantidad de personas a la distancia, pero estimó que eran por lo menos tres.

—Las mujeres serán buenas esclavas, mientras que a las más bonitas tal vez les demos de probar un poco de la razón por la que nos llaman Gigantes.

—Gigantes… —gruñó para sí mismo ignorando las palabras del bandido—. Mierda, mierda, mierda.

—¡Ajajjajajaja!

Más risas resonaron cada vez más cerca, mientras Ducanor también sentía a lo lejos el ruido de otros carruajes. No tardarían en llegar el resto de la comitiva; si ese grupo de bandidos los sorprendía podrían morir casi todos.

La Runa Dhármica de Grifo brilló en su cuerpo al unísono de la Runa Dhármica de Kirin.

Y en un instante saltó directamente sobre el carruaje volteado, solo para ser sorprendido por un enorme martillo de hielo que directamente golpeó su pecho, haciendo temblar sus órganos mientras la sangre florecía de su boca y oídos.

No podía oír nada. Su cuerpo fortalecido por la Runa Dhármica le permitió sobrevivir al ataque, pero aquello no le daba una defensa impenetrable.

—Mátalo —escuchó a duras penas encima de él.

Logró divisar tres hombres, todos de aspecto similar, altos, muy altos, de cuatro metros, tal vez un poco más. Uno de ellos portaba un martillo cubierto de escarcha, mientras que el otro portaba una ballesta tan grande que probablemente se requerían dos Feys para cargarla.

—Es un maldito manco, no requiere ningún esfuerzo…

Repentinamente Ducanor, como una bestia furiosa, antes de que el primer gigante pudiera atacarlo nuevamente, extendió su boca y mordió directamente, enterrando sus dientes afilados en su carne.

—¡Maldito hijo de perra, suéltame!

Sus puños descendieron en su rostro como yunques.

Destrozando y nublando su conciencia con cada ataque, intentó resistirse, pero no tenía fuerza para realizar un ataque. El puño descendió nuevamente sobre él, destrozando su mandíbula; usaba el pomo del martillo para desgarrar parcialmente su mejilla.

En ese momento la muerte y la inconsciencia estaban más cercanas para Ducanor. No sentía dolor, todo era confuso; su visión estaba nublosa mientras que apenas podía percibir su entorno.

Intentó invocar la llama helada circulando la energía espiritual con su mano izquierda, pero entonces un dolor garrafal, que su boca rota y conciencia destruida no le permitía gritar, lo detuvo.

—Moriré así —pensó confundido.

No podía pensar bien, pero la idea de morir le pareció curiosa. Nunca había temido a la muerte, pero se sentía estúpido muriendo de esta manera: emboscado, rodeado y humillado.

Así moriría el gran Ducanor Kal Arreus.

—Qué inútil.

No sabía quién dijo esas palabras, o tal vez las había pensado, pero aun así eso provocó que gruñera por última vez e intentara moverse.

Y entonces finalmente logró abrir sus ojos para pelear por última vez si era necesario.

Porque moriría con un arma en mano, porque ese era su destino.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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